sábado, 28 de junio de 2008

El Año Paulino - “Es Cristo quien vive en mí”

Con motivo de la solemnidad que la liturgia de la Iglesia contempla cada año el día 29 de junio en honor de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, en las vísperas de dicha celebración y desde la Basílica de San Pablo Extramuros en Roma, el Papa inaugurará “el Año Paulino”: un año en el que Benedicto XVI convoca a los católicos del mundo entero a recordar, conocer, reflexionar sobre la figura y obra del Apóstol Pablo pero, especialmente, a actualizar su legado teológico y misionero en las actuales circunstancias de la Iglesia y del mundo.

Pero, quién fue y qué hizo este hombre para merecer que después de dos mil años los católicos seamos convocados a poner nuestra mente y corazón en él como modelo en nuestro itinerario de vida cristiana? A esta pregunta - a la que corresponde una extensa respuesta por la abundante y rica vida y obra del Apóstol - intentaré responder aquí condicionado por la brevedad que exige un artículo de prensa.

Unos datos biográficos

Gracias a la literatura neotestamentaria, a sus mismos escritos y especialmente al libro de los Hechos de los Apóstoles, hoy contamos con algunos datos cronológicos de la vida de Pablo y, más abundantemente, de su obra como misionero, escritor y teólogo. Saulo Pablo nació hacia el año 8, después de Cristo, en la Ciudad de Tarso, en la región o provincia de Cilicia (a los nacidos en esta ciudad se les otorgaba como privilegio la ciudadanía “romana”) en el seno de una familia de tradiciones y observancias fariseas. Dado que pertenecía a la tribu de Benjamín, recibió – como se acostumbraba en la época - el nombre de Saúl (o Saulo) que era común en esta tribu en memoria del primer rey de los judíos y, como ciudadano romano, se le dio el nombre latino de Pablo (Paulo). Fue apenas natural que, al inaugurar su apostolado entre los gentiles, Pablo usara su nombre romano.

Saulo aprendió el oficio de fabricante de tiendas o más bien – como también se piensa - a hacer la lona de las tiendas. Muy joven, fue enviado a Jerusalén para recibir una buena educación en la escuela de Gamaliel. A partir de este momento resulta imposible seguir su pista hasta que tomó parte en el martirio de San Esteban, momento en el que se le califica de “joven” pero este término (neanias) bien podía aplicarse a cualquiera entre veinte y cuarenta años.

“En el mundo tendréis persecuciones…”

Fruto de profundas y coherentes convicciones con el judaísmo farisaico que profesaba y de su temperamento combativo y fogoso, Pablo se dedicaba a perseguir a los primeros cristianos. Hoy podemos decir que Pablo, a partir de su “encuentro con Cristo” y con las mismas profundas convicciones, con el mismo temperamento impetuoso, con renovado y crecido fervor, pasó de ser el mejor de los judíos a ser el mejor (y mayor perseguido) de los creyentes en Cristo y en su obra salvadora. Tanto y de tal manera que pudo decir de sí mismo y exclamar con plenitud: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mi”(Gál 2,20).

En el libro de los Hechos de los Apóstoles encontramos tres relatos sobre la conversión de Pablo (9, 1-19; 22, 3-21; 26, 9-23) que aunque presentan ligeras diferencias no son difíciles de armonizar y no afectan en nada la única experiencia: la del “encuentro” de Pablo con Cristo en una circunstancia singularísima y que marcó su vida – ahora vida de fe - para siempre.
Después de su conversión - en la que innegablemente debieron influir en muy buena medida los testimonios de fidelidad al evangelio de Cristo de aquellos que él perseguía - de su bautismo y de su cura milagrosa Pablo empezó a predicar a los judíos. Después se retiró a Arabia, probablemente a la región al sur de Damasco (a lo que hoy llamaríamos una especie de “retiro espiritual”). A su vuelta a Damasco, las intrigas de los judíos le obligaron a huir de noche. Fue a Jerusalén a ver a Pedro, pero se quedó solamente quince días porque las celadas de los griegos amenazaban su vida. A continuación pasó a Tarso y allá se le pierde de vista durante seis años. Bernabé fue en busca suya y lo trajo a Antioquía donde trabajaron juntos durante un año con un apostolado fructífero. También juntos fueron enviados a Jerusalén a llevar las limosnas para los hermanos de allá con ocasión de una hambruna. No parecen haber encontrado a los apóstoles allí esta vez ya que se encontraban dispersos a causa de la persecución de Herodes.

“Id por todo el mundo…”

El periodo que transcurre entre el año 45 y el año 57 comprende el periodo más rico y fructífero de la vida del apóstol. En este tiempo ocurren sus famosos tres viajes o misiones (tal y como han sido organizados tradicionalmente a partir de sus mismos testimonios en sus mismos escritos) que, partiendo siempre desde la Ciudad de Antioquía, concluían invariablemente en una visita a Jerusalén. Viajes que estuvieron signados siempre por enormes cuotas de sacrificio (naufragios, incomodidades y peligros de todo tipo…), importantes conversiones a la fe en Cristo (jefes de sinagoga, autoridades y ricos de ciudades visitadas…) y muchas persecuciones y cárceles (especialmente de parte de los judíos) a causa del Evangelio que vivía y predicaba incansablemente. La Primera Misión se relata en Hechos 23, 1- 24, 27; la Segunda Misión se narra en Hechos 25, 36 - 28, 22 y la Tercera Misión en Hechos 28, 23 - 31, 26.
Importante es recordar también que estos viajes misioneros de Pablo tenían como primera finalidad visitar iglesias ya fundadas para animarlas en su fe. Pero, en el ejercicio de esta tarea, iban naciendo - al paso del apóstol y gracias a su testimonio y predicación - nuevas comunidades cristianas que en viajes posteriores él visitaba y animaba….

Pablo es un hombre de su tiempo al que le cabe el tiempo y el mundo de su tiempo en la cabeza: el mundo romano (por la ciudad donde nació), el mundo judío y semítico (por la herencia familiar) y el mundo griego (por la cultura y lengua reinante en su lugar y momento histórico). Este perfil de hombre cosmopolita, sumado a su locura porque todos conozcan la salvación (felicidad) que se alcanza con el Evangelio de Cristo, explica que sea Pablo quien, con sus viajes, con su espíritu aguerrido, valiente, abierto, universal (católico) y misionero, el que – no sin duras confrontaciones con los que se oponían a ello - hace posible que la persona de Jesús y su mensaje salga del reducido mundo del Israel de entonces y alcance e inunde todos los rincones del mundo entonces conocido.

“Es Cristo quien vive en mi…”

Es en la tarea de animación en la fe y exhortación a la fidelidad al Evangelio de Jesucristo a las comunidades cristianas donde nacieron los escritos del apóstol Pablo que se preservaron y que, en forma de cartas, llegaron hasta nosotros: a los Romanos, a los (1 y 2 ) Corintios, a los Gálatas, a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses, a los (1 y 2) Tesalonicenses, a (1 y 2) Timoteo, a Tito, a Filemón.

Es en sus escritos donde podemos descubrir la profunda experiencia humana y, al mismo tiempo, cristiana de Pablo. Sus escritos – como toda su vida de creyente – están animados por el deseo profundo de que todos conozcan la salvación en Cristo, es decir, la posibilidad de ser plenamente felices en el encuentro con quien a él mismo lo ha salvado: Jesucristo, el Hijo del Dios de sus padres: el Dios del Antiguo Testamento.

Por lo que, la doctrina hablada y escrita de Pablo es, primero y sobretodo, una experiencia de vida, la experiencia de un hombre en búsqueda honesta de salvación, de felicidad, de vida plena, de vida eterna: primero en el mundo fariseo y ahora, finalmente, encontrada y realizada a plenitud, en el seguimiento autentico de Cristo.

Por ello mismo, su teología es una antropología (una visión del hombre desde la fe en Cristo) y su antropología teológica es una soteriología (una reflexión teológica para la salvación del hombre-en-Cristo).

  • Además, su vida como su obra (después de su encuentro con Cristo): es cristocéntrica: centrada en el acontecimiento “Cristo” (a quien Pablo llama el “Evangelio”: la buena noticia para él y para todo hombre que quiera escucharlo, conocerlo, seguirlo, vivirlo, anunciarlo) y su mensaje. Pablo divide la historia de la humanidad y de cada hombre en dos grandes etapas: antes y después del encuentro con Cristo. El “encuentro” con Cristo recibe en Pablo diversas denominaciones debido a la riqueza misma del acontecimiento y al diverso auditorio al cual se dirige: misterio, redención, resurrección, justificación, expiación, liberación, salvación, bautismo, fe, etc…

  • La vida del hombre antes de su encuentro con Cristo es la vida del hombre viejo, apegado a la ley (del Antiguo Testamento y, en general, a toda ley) que lo conduce al pecado y por el pecado a la muerte. El hombre viejo vive según la sabiduría del mundo y produce unos frutos: “fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías, y cosas semejantes…” (Gál 5,19s).

  • La vida del hombre-en-Cristo es, por el contrario, la vida del hombre “nuevo”. Vida según la sabiduría de Dios que es sabiduría de la cruz, otra lógica, otros criterios. Es una vida en el amor por la que el hombre permanece en gracia y encuentra la vida plena, la felicidad, la salvación y comienza a producir frutos nuevos y buenos o frutos del Espíritu, a saber: “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí…” (Gál 5,22s).
Desde esta comprensión de la historia de la humanidad y de la historia de todo hombre, como la historia del mismo Pablo, desde la cual el reflexiona, vive, predica, escribe y da testimonio, es posible entender la riqueza de sus escritos con los cuales el Apóstol acompaña hasta hoy la liturgia de la Iglesia Católica y nos desafía, si queremos ser felices, a una discipulatura más auténtica y siempre renovada de Jesucristo.

“He combatido el buen combate…”

Un último viaje de Pablo que tuvo como destino final la ciudad de Roma es conocido como el viaje de “la cautividad” y quedó consignado - incluidos cinco famosos discursos del apóstol - en Hc 21, 27-28. 31. Después de sufrimientos y sacrificios sin cuento Pablo llega a Roma y allí se "quedó dos años completos en una vivienda alquilada (en cárcel domiciliaria)… predicando el Reino de Dios y la fe en Jesucristo con toda confianza, sin prohibición". Con estas palabras, concluye el libro de los Hechos de los Apóstoles. Unánimemente se acepta que las “epístolas de la cautividad” se enviaron desde Roma.

Como no tenemos documentación escrita sobre los últimos años de la vida del apóstol, “ el itinerario se vuelve sumamente incierto aunque los hechos siguientes parecen estar indicados en las epístolas pastorales…”.

Sobre la muerte de Pablo, “una antigua tradición hace posible establecer los puntos siguientes:
  • Pablo sufrió el martirio cerca de Roma en la plaza llamada Aquae Salviae (hoy Piazza Tre Fontane)… cerca de tres kilómetros de la espléndida basílica de San Pablo Extra Muros, lugar donde fue enterrado.

  • El martirio tuvo lugar hacia el fin del reinado de Nerón…

  • De acuerdo con la opinión más común, Pablo sufrió el martirio el mismo día del mismo año (aproximadamente) que Pedro…

  • Durante tiempo inmemorial, la solemnidad de los apóstoles Pedro y Pablo se celebra el 29 de Junio, que es el aniversario, sea de la muerte, sea del traslado de sus reliquias.\

La fiesta de la conversión de San Pablo (25 de enero) tiene un origen comparativamente reciente. Hay razones de creer que este día fue celebrado para marcar el traslado de las reliquias de San Pablo a Roma…”.


Aprendiendo de Pablo…

Que oportuna y benéfica esta iniciativa de Benedicto XVI al convocarnos a vivir un “Año Paulino”! Cuánto tenemos que re-aprender de la vida de Pablo, de su fervor, de sus empeños, de su mística, de la entrega generosa e incondicional de su vida a la causa del Evangelio y, especialmente, del carácter universal de su experiencia auténticamente “cristiana”.

“Católica” significa universal. Hoy tenemos nostalgia de Pablo, necesidad de muchos que como él empeñen lo mejor de sus fuerzas en la construcción del mundo y la Iglesia no como un mar de islas, distintas, distantes diferentes y xenofóbicas sino como una sola y única (aunque diversa) comunidad de los hijos de Dios, sin muros ni fronteras (raciales, religiosas, culturales, económicas…) donde todos tengan lugar porque nos hermana a todos la misma fe, el mismo amor, la misma esperanza y la misma búsqueda de salvación, de felicidad.

Todo esto, en contra de la comodidad de un cristianismo instalado y encerrado en las sacristías que olvida la misión primordial de la Iglesia y la urgencia de misionar y predicar el evangelio no ya en territorios lejanos e ignotos sino, aquí y ahora, en medio de una familia, una ciudad, una sociedad y una cultura que se intentan construir en contra y a espaldas de Dios, del Evangelio de Cristo y por tanto del mismo hombre.

Pablo, entiende y vive de tal manera ¨novedosamente” su propia experiencia, el acontecimiento Crístico y la vida eclesial, que se afana – incluso - por otorgarle a esta “novedad” una terminología, nueva y distinta respecto del Antiguo Testamento: “ministros”, “diáconos” (no sumos sacerdotes ni levitas) etc…. Esta actitud paulina es necesaria siempre: la de atrevernos a renovar, a intentar nuevas formas de evangelización; volviendo y bebiendo siempre de las fuentes del Nuevo Testamento y de las primeras comunidades cristianas pero realizando la tarea evangelizadora conscientes de las nuevas y siempre cambiantes circunstancias del mundo en el que nos correspondió vivir nuestra fe en Cristo (Cfr. Discurso de Pablo en el Areópago Hc 17, 23s)

Que siempre, en todo tiempo y circunstancia, cada día y al final de nuestras vidas, en nuestra experiencia de Cristo personal y comunitaria, podamos decir como Pablo de Tarso: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mi” y que la convocatoria a vivir un “Año Paulino” nos ayude y fortalezca en este propósito.


Citas textuales en itálica: www.enciclopediacatolica.com

lunes, 2 de junio de 2008

Benedicto XVI y los Hispanos

Es muy pronto para evaluar el verdadero impacto, significación y consecuencias, que - en el futuro próximo – pueda tener entre los hispanos católicos y no católicos residentes en los Estados Unidos la pasada visita a Nueva York del Papa Benedicto XVI. Sin embargo, me atrevo aquí a consignar por escrito, desde ya, unas primeras impresiones.

Volver a los números, a las estadísticas, a los datos últimos y oficiales del Censo de los Estados Unidos nos ayuda para tener una mejor idea de la importancia que va cobrando y que de hecho ya tiene la presencia de la Comunidad Hispana en esta Nación: se estima que un 68 por ciento de los 45 millones de hispanos que viven en los Estados Unidos se consideran católicos y, entre ellos, más de la mitad de los católicos menores de 25 años son hispanos. Así las cosas, los católicos hispanos están muy cerca de constituirse en la mitad de la población católica de esta nación que ronda los 70 millones; al tiempo que, sumada y gracias a la presencia hispana, Estados Unidos es hoy el tercer país con mayor número de católicos del mundo, después de México y Brasil.

No ha de extrañarnos pues la evidente y numerosa presencia que la Comunidad Hispana Católica hizo en todos los actos programados para la visita del Papa Benedicto XVI a las ciudades de Washington y Nueva York con motivo de la clausura de la celebración del Bicentenario de la fundación Arquidiócesis de Baltimore y las Diócesis de Boston, Filadelfia, Nueva York y hoy Louisville. Laicos y ministros ordenados hispanos dijeron “presente”, cantos litúrgicos en español se dejaron oír en todas las celebraciones y “vivas” espontáneos en la lengua de Cervantes animaron todas las jornadas con el Papa.

Por su parte, Benedicto XVI no ignoró la importancia que la Comunidad Hispana tiene para esta Nación en general y para el presente y el futuro de la Iglesia Católica en los Estados Unidos. Por ello, rompiendo el protocolo que ordena hablar en inglés como lengua oficial en los Estados Unidos se dirigió con palabras dirigidas en exclusiva a los hispanos, en cada una de sus celebraciones el Papa tuvo mensajes en español y nos alentó diciéndonos, entre otras cosas: «No se dejen vencer por el pesimismo, la inercia o los problemas… La Iglesia en los Estados Unidos, acogiendo en su seno a tantos de sus hijos emigrantes, ha ido creciendo gracias también a la vitalidad del testimonio de fe de los fieles de lengua española. Por eso, el Señor les llama a seguir contribuyendo al futuro de la Iglesia en este País y a la difusión del Evangelio. Sólo si están unidos a Cristo y entre ustedes, su testimonio evangelizador será creíble y florecerá en copiosos frutos de paz y reconciliación en medio de un mundo muchas veces marcado por divisiones y enfrentamientos».

En la Ciudad de Nueva York, durante el encuentro con los jóvenes, el Papa les presentó a seis católicos como modelos de vida cristiana, de santidad. Entre ellos, un hispano: el Venerable Padre Félix Varela, a quien en Cuba se le reconoce como un gran intelectual y patriota, entre nosotros, como el insigne sacerdote y misionero que fue, incesante defensor de la fe, fundador de tres periódicos católicos y vicario general de la Arquidiócesis bicentenaria.

Especial importancia tiene en la actualidad, para los Estados Unidos y para La Iglesia Católica que aquí peregrina, todo lo que atañe a la Comunidad Hispana y, especialmente, lo referente al tema migratorio. Este fue tema obligado en la reunión privada que Papa y Presidente de los Estados Unidos sostuvieron en la Casa Blanca tal como se presenta en el Comunicado Conjunto que Santa Sede y Gobierno de los Estados Unidos emitieron: ambas partes abordaron y coincidieron en la necesidad de una política urgente, digna y justa con respeto a los inmigrantes y el bienestar de sus familias.

Para la Iglesia Católica en los Estados Unidos, el tema migratorio se ha ido convirtiendo en el más acuciante de la actualidad, en la prueba de su fidelidad al Evangelio de Jesucristo y, por tanto, en la medida de su autenticidad cristiana. Es en este tema en el que la Iglesia tiene que ser “Madre” y “Maestra de humanidad”, “voz de los que no tiene voz”, “Sacramento de Cristo” como Jesús, en su tiempo y circunstancias, lo fue del Padre: como espacio de compasión y misericordia para los más necesitados, los indefensos, los marginados…

Mediante Agencias de las Caridades Católicas, Oficinas Diocesanas para el Ministerio Hispano, Servicios de Inmigración y Clínicas con diversos servicios a los inmigrantes, a Iglesia Católica en los Estados Unidos manifiesta la responsabilidad que tiene como “Madre” por el presente y futuro de los inmigrantes en este país, de su legalización, de su justa y plena inserción a la vida de la sociedad norteamericana. Por ello, la defensa de los inmigrantes de parte de la Iglesia no está reñida con la legalidad del asunto. Muy por el contrario, la Iglesia aboga por un sistema justo, equitativo, humano y respetuoso de los derechos civiles de cada persona tal como lo postula y defiende la misma Constitución de los Estados Unidos.

Pero, perversamente, en un año electoral, el tema migratorio se ha escogido como tema-bandera, demagógico y politiquero para ocultar y distraer la atención del público sobre otros, más grandes, más graves y más reales problemas que enfrenta el presente y el Gobierno de esta Nación. Y es que temas como la guerra, la recesión económica, el desempleo, el alto costo de la vida, el bajo nivel académico y la falta de oportunidades educativas, la falta de programas de salud, la crisis hipotecaria, la crisis de las grandes empresas y la corrupción administrativa… no pueden continuar siendo eludidos, evitados, evadidos, escondidos, disimulados y postergados usando como “sofisma de distracción” el tema que toca a los más débiles: el tema de los inmigrantes que, en busca de mejores oportunidades de vida, han construido - con sudor y lagrimas – y construyen hoy la grandeza de esta Nación y a cambio reciben como paga el desprecio, la explotación laboral, el mal trato, la discriminación, la persecución, la marginación, el empobrecimiento y la postergación social. No sobra, entonces, recordar aquí, que los políticos y la política están para legislar en bien de toda la nación y del bien común de todos sin excepción y no para jugar vilmente con los intereses y los sentimientos de las clases menos favorecidas.

El viaje del Papa nos recuerda, además, que la verdad de la “catolicidad”, es decir, de la universalidad de la Iglesia se juega, como pocas veces en la historia, en la realidad presente y eclesial de los Estados Unidos donde no podemos ser dos iglesias que pertenecen a dos estratos sociales diferentes: el de los dominadores y el de los dominados; sino una y única Iglesia, la de creyentes en Cristo que nos enseña a vivir en la fraternidad universal que brota del Mandamiento Nuevo del Amor.

Por una “experiencia de humanidad”.

Durante la visita de Benedicto XVI a los Estados Unidos con ocasión de la clausura de las celebraciones por el Bicentenario de la fundación de la Arquidiócesis de Nueva York, el Papa fue invitado por el Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para visitar la Sede central de la Institución y para dirigir un Mensaje a los cuerpos diplomáticos de los países que están representados en ella. Esta visita ocurre en año de las celebraciones por el Sesenta Aniversario de la promulgación de la Carta Magna de la ONU: La Declaración Universal de los Derechos Humanos, documento que fue el resultado de una “convergencia de tradiciones religiosas y culturales, todas ellas motivadas por el deseo común de poner a la persona humana en el corazón de las instituciones, leyes y actuaciones de la sociedad y de considerar a la persona humana esencial para el mundo de la cultura, de la religión y de la ciencia”.

Esta visita, como el Papa mismo lo expresó en su alocución, es un reconocimiento y una inyección de vitalidad de parte de la Iglesia Católica a la original función de la Organización de las Naciones Unidas como “Centro que armonice los esfuerzos de las Naciones por alcanzar los fines comunes de la paz y el desarrollo…. la búsqueda de la justicia, el respeto de la dignidad de la persona, la cooperación y la asistencia humanitaria. (Fines que) expresan las justas aspiraciones del espíritu humano y constituyen los ideales que deberían estar subyacentes en las relaciones internacionales”. Institución que, a pesar de sus “errores históricos” es, en la actualidad y en medio de una sociedad globalizada, el mayor foro de representación mundial y organismo fundamental para la promoción y defensa de la dignidad de la persona humana en todos los rincones de la tierra. Foro mundial en el que “la Iglesia está comprometida a llevar su propia experiencia "en humanidad", desarrollada a lo largo de los siglos entre pueblos de toda raza y cultura, y a ponerla a disposición de todos los miembros de la comunidad internacional”.

“Mi presencia en esta Asamblea - dijo el Papa - es una muestra de estima por las Naciones Unidas y es considerada como expresión de la esperanza en que la Organización sirva cada vez más como signo de unidad entre los Estados y como instrumento al servicio de toda la familia humana. Manifiesta también la voluntad de la Iglesia Católica de ofrecer su propia aportación a la construcción de relaciones internacionales en un modo en que se permita a cada persona y a cada pueblo percibir que son un elemento capaz de marcar la diferencia. Además, la Iglesia trabaja para obtener dichos objetivos a través de la actividad internacional de la Santa Sede, de manera coherente con la propia contribución en la esfera ética y moral y con la libre actividad de los propios fieles. Ciertamente, la Santa Sede ha tenido siempre un puesto en las asambleas de las Naciones, manifestando así el propio carácter específico en cuanto sujeto en el ámbito internacional. Como han confirmado recientemente las Naciones Unidas, la Santa Sede ofrece así su propia contribución según las disposiciones de la ley internacional, ayuda a definirla y a ella se remite”.

No obstante, en su discurso el Papa no dejo de señalar las imperfecciones de la Organización ni los desbalances, injusticias e incongruencias que la Iglesia, iluminada por el Evangelio de Jesucristo, descubre en las realizaciones de la Organización y, especialmente, en el tema de las relaciones bilaterales e internacionales. Por ello el Papa exhortó a los gobernantes de todas las naciones allí representadas a “redoblar los esfuerzos ante las presiones para reinterpretar los fundamentos de la Declaración y comprometer con ello su íntima unidad”. La ONU, una Organización que cobra mayor importancia “en un tiempo en el que experimentamos la manifiesta paradoja de un consenso multilateral que sigue padeciendo una crisis a causa de su subordinación a las decisiones de unos pocos, mientras que los problemas del mundo exigen intervenciones conjuntas por parte de la comunidad internacional”.

La tarea de la cual la Iglesia Católica se sabe administradora, consiste, según la voluntad de su fundador en “ir por todo el mundo predicando la Buena Nueva.” que nos permita construir un mundo fraterno en el reconocimiento de que somos hermanos, hijos del mismo Dios y Padre de todos. “La Iglesia, entonces, se alegra de estar asociada con la actividad de esta ilustre Organización, a la cual está confiada la responsabilidad de promover la paz y la buena voluntad en todo el mundo”. Así, función de la ONU y misión de la Iglesia en el mundo no son tareas que se oponen sino que, esperanzadoramente, se complementan.

Finalmente, los cristianos, iluminados por el Evangelio y asistidos por el Espíritu, hemos de anteponer al concepto laico de “globalización” el concepto y la experiencia cristiana de “catolicidad”, es decir, de “universalidad” y la Iglesia Católica, especialmente en los Estados Unidos, ha de erigirse en Casa de la misma familia de los hijos de Dios en la que todos caben y en la que todos – con las más diversas lenguas como en el primer pentecostés - encuentran una única mesa: la del mundo, con un pan partido: el de la Eucaristía.