sábado, 23 de diciembre de 2017

Hombres cuya vida no podemos ignorar…

Hay hombres y mujeres cuya vida marca – para bien de todos - la historia de la humanidad. Hay hombres y mujeres cuya vida se convierte en un estandarte para la vida de todos. Hombres y mujeres que con su vida dejan a su paso una estela de bien y mejoran, con su obra, la vida de todos en la tierra: Ghandi, Francisco de Asís, Pablo de Tarso, Martin Luther King, Teresa de Calcuta, Nelson Mandela, Einstein, Da Vinci, Aristóteles, Marie Curie, Diana de Gales, Einstein, Mahoma, Buda, Gutenberg, Confucio, Qin Shi Huang, Tsai Lun. JESUS DE NAZARET es uno de ellos.

En el mes de diciembre, los cristianos del mundo entero celebramos cada año la fiesta de la NAVIDAD; es decir, la natividad o el Nacimiento de Jesús de Nazaret. Celebración que no se refiere a una fecha histórica y cronológica exacta sino muy aproximada y correspondiente a la celebración de la fiesta pagana del nacimiento del Dios Sol. Los cristianos, para quienes Jesús de Nazaret es confesado como la Luz del mundo (Jn 8,12) quisieron hacer coincidir el nacimiento de Jesús de Nazaret con dicha fiesta en el imperio romano, que tenía lugar por las calendas que hoy corresponden a nuestro calendario y navidad decembrina.

Jesús de Nazaret nació hace unos 2017 años en Palestina, habitada por el Pueblo de Israel del Antiguo Testamento, colonia del Imperio Romano en tiempos del Emperador Augusto. Muy seguramente, Jesús nació en una pequeña aldea llamada Belén, (Mt 2,1ss) en una pesebrera, a unas dos horas de camino, a pie, de la Capital Jerusalén. Sus padres se llamaban José y María. Jesús creció en Nazaret como uno más de los suyos y de su pueblo: carpintero, pescador, etc.

Cuando tenía unos treinta años se lanzó por los caminos y pueblos de su tierra (Galilea, Judea…) a predicar (Mt 4,23) una Buena Noticia según la cual hombres y mujeres todos somos hijos de Dios que es Creador y PADRE del cielo, bueno, compasivo y misericordioso, por lo que resultamos siendo todos HERMANOS, HIJOS del mismo Padre, llamados a vivir en el AMOR, como único forma de relación entre las personas y como único mandato para los que, en adelante, se llamarían sus discípulos. Mandamiento del AMOR (Jn 13,34) entre los seres humanos que brota – primero - del reconocimiento del AMOR de Dios por nosotros y que se concreta, especialmente, en la verdad, en el perdón y en el servicio de los unos a los otros. Vida en el AMOR que nos convierte en mejores seres humanos y que convierte en mejor y más vivible y humana la experiencia de vivir y convivir en sociedad y en el mundo.

Se juntó con unos amigos, pescadores como él. La gente – especialmente los sencillos, empobrecidos, pecadores públicos, marginados - lo seguía porque encontraban y admiraban en él su “autoridad”, (Lc 4,36) es decir, coherencia entre lo que vivía y lo que predicaba, entre sus palabras y sus hechos, a diferencia de la hipocresía de otros maestros… Viviendo en el amor de Dios a quien confiadamente llamaba “Abba”: “Padre” (Lc 11,2) a todos consolaba, curaba, liberaba. Todos los que a él se acercaban encontraban en él “una fuerza”, la del amor de Dios mismo, que les daba vida y “vida en abundancia” (Jn 10,10).

Jesús pasó haciendo el bien (Hc 10,38) como un hombre fiel al Padre y fiel al ser humano. Un hombre libre que frente a la ley de su tiempo predica y vive la misericordia y la justicia y frente a un pretendido culto a Dios que olvida al ser humano (Lc 10,35) opta por el amor y el culto a Dios en el hermano, especialmente en el más necesitado. Libre de la ambición y la codicia, (Lc 12,15) libre del miedo (Mt 102,8) y del qué dirán, libre del odio y del rencor, libre del apego a las riquezas (Mt 6,24) y de la adulación (Lc 13,32) a los poderosos…

Por todo esto, lo mataron colgándolo de una cruz (Jn 5,18). Después de su muerte, sus primeros discípulos, a partir de una experiencia transformadora de sus vidas, según la cual se confiesan hombres y mujeres nuevos, viviendo la misma vida que el Maestro había vivido y les había predicado, confiesan a Jesús Resucitado y Viviente (Mt 28,6) en medio de la comunidad cristiana y en la vida de los cristianos, de cada cristiano.

Para los cristianos la vida de Jesús – mediante el amor - revela de tal manera el rostro de Dios que “quien lo ha visto a él ha visto al Padre” (Jn 14,9)  y, por ya veinte siglos, es confesado el Hijo de Dios.

Desde hace ya dos mil años no hay un día en que nombres, eventos, hechos, palabras, noticias en el mundo no tengan que ver con Jesús de Nazaret. El impacto de su vida y obra es de tal magnitud en la historia de la humanidad que ésta se divide en años y siglos antes y después de Cristo.

Por todo ello, los cristianos nos aprestamos a celebrar, un año más, su nacimiento. El nacimiento de Jesús de Nazaret. Aquel a quien confesamos nuestro “Camino, Verdad y Vida” (Jn 14,6). Celebración que si bien ha de tener y tiene infinidad de manifestaciones externas (adornos en las casas, en las calles y en los centros comerciales, mensajes, tarjetas, regalos, estrenos, música, reuniones, viajes, vacaciones, cenas familiares y fiestas, luces, árboles, pesebres y juguetes, etc.) ha de vivirse, sobre todo, al interior (Mt 6,6) de cada ser humano que reconoce a Dios como Padre, que se reconoce hijo de Dios, que es capaz de reconocer a todos como hermanos, que busca vivir de mejor manera el proyecto de hombre que Dios tiene para todo hombre y mujer que viene a este mundo. Proyecto de Dios para todo hombre que Jesús de Nazaret diseñó y continúa diseñando con su vida y evangelio: un nuevo estilo de hombre y mujer capaz de vivir en el amor de Dios dado y donado a todos en una vida vivida como entrega (Mt 10,39) y servicio a los demás, especialmente a los más necesitados del amor de Dios en el mundo, para que siempre sea NAVIDAD.



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