domingo, 7 de agosto de 2016

Trump o Clinton, elegir el mal menor



Nos encontramos inmersos en el debate electoral que concluirá con la elección del próximo presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. La elección se dará entre los dos candidatos representantes de los dos partidos mayoritarios y tradicionales del ámbito político de esta Nación: el candidato por el partido Republicano Donald Trump y la candidata por el partido Demócrata Hillary Clinton.

El partido Republicano o Conservador, tradicionalmente aliado de los poderosos quienes han sustentado el sistema capitalista y promovido el éxito material y económico de esta gran Nación enfrenta hoy, con el candidato Trump – entre otros – dos graves problemas: por un lado, promueve la discriminación y, con ello, la intolerancia pero, además, se trata de un candidato que no pertenece al estamento tradicional político del partido republicano.

El discurso de Trump recoge y explota los peores sentimientos de quienes, como él, olvidan su condición de inmigrantes para autoproclamarse aborígenes y dueños de una tierra que no les pertenece, de quienes olvidan que esta Nación fue siempre territorio de inmigrantes y que ha sido esta mezcla, precisamente, la que ha contribuido a convertir en poderosa esta Nación ante el resto del mundo con lo cual, dicho discurso, se convierte en populista, demagógico, dañino y peligroso para la estabilidad política y social de Estados Unidos y del Mundo.

El partido Demócrata, del otro lado, tradicionalmente aliado de las causas de los más desfavorecidos, de las clases obreras, de los que tienen menos posibilidades de acceso a los beneficios sociales que brinda esta Nación, ha abrazado – indiscriminada y últimamente – una serie de causas y leyes de corte postmodernista como el aborto o el matrimonio entre parejas del mismo sexo que menoscaban las tradiciones y valores humanos fundamentales y fundantes de esta Nación como el derecho a la vida y la familia. Temas que si bien son publicitariamente novedosos, protegen a unas minorías y satisfacen tendencias postmodernas según las cuales cada uno - buscando su placer y satisfacción personal - construye su propio vida a la carta, distorsionan y ocultan la verdad en medio de mil medias verdades y nos acercan peligrosamente al abismo de un relativismo moral donde ya no es posible discernir – para el bien del individuo y de la sociedad - lo fundamental de lo accesorio, lo esencial de lo accidental, lo permanente de lo transitorio y efímero.

Dadas estas circunstancias políticas, someramente descritas, hoy es muy difícil decidir por quién votar, a qué persona y conglomerado político elegir para que rija los destinos de esta Nación. Hoy, las grandes mayorías de votantes experimentan confusión, incertidumbre y desánimo a la hora de elegir entre la alternativa política anteriormente descrita. Alternativa política – la de los demócratas y republicanos – con postulados extremos, igualmente populista e igualmente peligrosa – como quedó dicho - para el futuro próximo de las familias, de la sociedad, de esta Nación y del Mundo.

De otra parte, y para empeorar el ambiente político electoral en el que nos encontramos inmersos, otras instancias e instituciones sociales que tendrían el rol y deber moral de orientar políticamente al pueblo norteamericano para la mejor elección política posible, se encuentran hoy – como nunca antes – desprestigiadas y, por ello, sin ninguna autoridad para guiarnos en esta coyuntura histórica, política, social, cultural y electoral.

Esta elección política entonces no será entre dos propuestas muy buenas para la Nación, o entre una propuesta buena y una mala, sino que nos encontramos condenados a elegir entre lo menos peor o como se dice en filosofía, a elegir entre dos males el mal menor.

Así las cosas, es muy difícil entonces el panorama electoral que se nos propone y en el que necesariamente tenemos que elegir. Panorama electoral que, muestra el decaimiento moral y espiritual de nuestra sociedad según lo cual nuestro progreso material y económico como sociedad norteamericana no coindice con el progreso humano, moral y espiritual, devela la falta de líderes políticos moralmente bien formados que luchen por el bien común y, por último, panorama electoral que – por todo lo anteriormente dicho – nos urge a todos a continuar bregando en la búsqueda por establecer y continuar consolidando esta sociedad y Nación en los grandes valores de la humanidad, tales como la verdad para la libertad, la justicia para la paz y la solidaridad para la convivencia. Entonces, ¡que gane el menos peor!

viernes, 29 de julio de 2016

Todos Somos Responsables



Aún están frescos los titulares de prensa y las imágenes que dieron cuenta de la recientemente ocurrida masacre en la ciudad de Orlando, Florida, aquí en los Estados Unidos.

Fue, sin lugar a dudas, un crimen de odio y un acto terrorista. Y entre las mil voces, opiniones, especulaciones y evaluaciones que se han hecho sobre el macabro acontecimiento, me quedé pensando en una sentencia de Oscar Arnulfo Romero, que – me parece – aplica bien para nuestra actual situación: “En nuestra sociedad todos vivimos como si nadie es culpable pero la verdad es que todos somos responsables”.

No es la primera vez que nuestra sociedad norteamericana es estremecida por un acto como la masacre en Orlando, porque no es la primera vez que en esta sociedad un ser humano con graves perturbaciones mentales puede acceder fácilmente a armas de alto impacto y ocasionar tanto miedo, tanto dolor, tantos lamentos.

Tampoco es la primera vez que se alzan voces en esta nuestra sociedad a favor y en contra del control de armas. Pero la efervescencia de estas manifestaciones baja como la espuma cuando se van apagando los titulares de prensa respecto de cada última masacre acontecida, en espera de la próxima… Y así, nos vamos acostumbrando, nuestros corazones y memoria se van endureciendo, encalleciendo  y como la letra de aquella canción “al final, la vida sigue igual”

La ocurrencia de estos casos de terrorismo y masacres entre nosotros es un caso muy serio. Son casos en los que el Estado y el establecimiento gubernamental de esta Nación tienen que preguntarse por su responsabilidad moral en que actos atroces como el ocurrido en Orlando sigan pasando, con la ya facilidad señalada para que cualquiera pueda – con el corriente, legal, normal y cotidiano acceso a la compra de armas – producir acontecimientos tan nefastos para la vida en sociedad.

La masacre en Orlando nos recuerda, desgraciadamente por enésima vez, que acontecimientos como éstos exigen voluntad política en la legislación específica del uso de armas y, de otra parte, lograr nivelar y equilibrar en nuestra sociedad el crecimiento humano, moral y espiritual con los progresos, avances y crecimiento en el aspecto material y económico.

Trabajamos, nos esforzamos todos por el progreso y poderío económico y material de esta Nación. Nos enorgullece a todos poder decir que vivimos en el País más desarrollado materialmente del Planeta. Pero este desarrollo y progreso ha de corresponder, simultáneamente y en cada situación a un desarrollo y progreso en el aspecto humano y espiritual de tal manera que – con orgullo – podamos proclamar ante el mundo que vivimos, además, en la Nación más civilizada de la tierra.

La masacre de Orlando deja mucho que desear y mucho que reflexionar y cuestionar al respecto. Pareciera que no hemos superado las balaceras de la conquista del Oeste de esta Nación. Pareciera que el sistema democrático del que alardeamos y desde el cual vamos por el mundo sentando cátedra tiene graves fisuras cuando de tolerancia y convivencia ciudadana se trata.

La masacre de Orlando duele en sus víctimas directas, duele por el dolor de los familiares de quienes allí cayeron, pero duele, también y sobre todo, porque nos confronta con nuestras verdades verdaderas y cuestiones fundamentales como sociedad norteamericana: ¿Qué tanto progreso en la convivencia hemos logrado?. ¿Qué tan fácilmente logramos tolerar en la diaria convivencia a quienes no tienen nuestro mismo color de piel, nuestro mismo credo religioso, nuestra misma ideología política, nuestros mismos orígenes histórico-culturales, nuestra misa condición o estilo de vida sexual, nuestra misma condición económica, etc.? ¿Con cuánto odio vivimos ante las diferencias de los otros?

Resolver positivamente estas preguntas será lo que nos permita convivir juntos en la construcción permanente de una sociedad grande, próspera y más democrática, más equitativa, más humana y humanizante, más solidaria, más justa, más vivible, más amable, con más esperanza en el futuro para las generaciones venideras.

No resolver estas cuestiones fundamentales nos dejará vulnerables a enfrentar cada cierto tiempo los mismos titulares de prensa dolorosos, las mismas lágrimas, los mismos lamentos y – peor aún - a continuar en una obligada convivencia llena de angustias, de temores, de prejuicios, de miedos….

En uno u otro caso, con nuestras vidas, con nuestros hechos y palabras, con nuestras actitudes y comportamientos cotidianos, con nuestras obras anónimas, pequeñas y elementales o vistosas y trascendentales, todos somos responsables de nuestra historia personal, familiar y de nuestro presente y futuro como sociedad y Nación.

miércoles, 27 de julio de 2016

EL SIDA - Nos reta y nos convoca a todos



Desde los primeros años de la década de los ochentas cuando aparecieron en el mundo los primeros casos de infección por el Virus de Inmuno Deficiencia Humana (VIH) hasta nuestros días la humanidad entera ha sido “contagiada” por la importancia de este tema, por todo lo que esta enfermedad implica, y significa para el individuo que la padece, para la comunidad médica y para la entera sociedad humana.

Porque el SIDA (enfermedad por el Virus de la Inmuno Deficiencia Humana - VIH) son muchos y muy importantes los temas humanos (personales y sociales) que quedan implicados: la cultura, la sexualidad humana, la moral privada y la ética de lo público, la educación, la libertad, la experiencia religiosa, el respeto, la responsabilidad personal y social, la compasión, la vida, la muerte, las posibilidades de la ciencia, etc…

Son grandes los avances científicos y enorme el progreso que se ha alcanzado en el manejo social y en las terapias médicas para prevenir nuevas infecciones y para tratar a las personas infectadas con dicho virus. Como la medicina, la investigación en la materia específica de este virus ha avanzado mucho y hoy contamos con grandes logros estadísticos que muestran cómo descienden las cifras de nuevos infectados y, al tiempo, como aumentan las esperanzas de vida – gracias a nuevos medicamentos - para las personas portadoras del virus.

Ya son casi cuarenta años de lucha social y médica contra esta enfermedad y la medicina no da tregua en la elaboración de nuevos medicamentos que – cada vez de manera más precisa y con efectos secundarios menos dañinos – alivien y procuren mejor calidad de vida a la de los pacientes portadores del virus. Hoy no hay cura médica en el tratamiento de esta enfermedad y, si bien es mucho lo que en la investigación médica se ha hecho es mucho más lo que falta por hacer.

También, hay que decirlo, se ha avanzado en la comprensión, tolerancia y servicios sociales hacia las personas infectadas y hacia el entorno familiar y social de cada uno de los pacientes.

Pero es preciso repetirlo una y otra vez: “además de combatir científica, clínica y humanamente la enfermedad, es preciso aceptar, como un hecho, que en la gran mayoría de casos existe una interdependencia entre infección por el virus del SIDA y determinados comportamientos o estilos de vida”. (1)

Hoy aplaudimos los avances médicos ya señalados en la prevención y tratamiento del SIDA y sin embargo afirmamos, al mismo tiempo, que el solo asunto médico-científico y farmacológico no basta. Que se precisa, antes, una cultura y una educación que ayuden en el manejo y prevención de situaciones humanas como las que la pandemia del SIDA plantean. Que la familia, los medios de comunicación, las iglesias y la sociedad entera han de estar implicadas en niveles educacionales que posibiliten abundancia de vida para los ciudadanos. Que el SIDA hace que nos preguntemos por los valores y estilos de vida que esta coyuntura histórica, social y cultural de transición de la modernidad a la posmodernidad exalta, motiva, propone.
Con todo, “ante los enfermos de SIDA el papel de la sociedad, de sus instituciones y de cada una de las personas concretas que la integramos, sólo puede ser el que se adopta con un enfermo: de solidaridad, acogida y ayuda. Los enfermos de SIDA tienen los mismos derechos humanos que los sanos. Y, uno más: el de -precisamente por ser enfermos- ser acogidos y ser beneficiarios de la solidaridad de los demás, lo que conlleva el esfuerzo correspondiente de todas las instituciones sociales y los poderes públicos. Rechazar a los enfermos de SIDA, por ser tales, en la escuela, en el mundo laboral, en la función pública o en las instituciones sociales, es inhumano e injusto. La sociedad está obligada positivamente, como respecto de cualesquiera otros de sus miembros dolientes o enfermos, a arbitrar los medios a su alcance para hacerles la vida lo más llevadera posible. En contrapartida, la sociedad tiene derecho a exigir de los enfermos de SIDA que eviten los riesgos de transmisión de esta enfermedad. La solidaridad debe poner también los medios económicos para la investigación que permita obtener tratamientos, para crear centros de acogida u hospitales cuando la enfermedad llega a su fase terminal, etc”. (2)
De donde, todos hemos de sentirnos implicados en la prevención de esta grave pandemia y especialmente los grupos y personas considerados de mayor riesgo de poder ser infectados y todos hemos de sentirnos convocados a luchar por una cultura de la vida en medio de tantas formas de muerte y destrucción humana.

1.- II La sociedad ante el Sida en https://www.aciprensa.com/sida/libro4.htm
2.- Ibid.

sábado, 14 de mayo de 2016

martes, 22 de marzo de 2016

PASCUA CRISTIANA: Transformación y Vida Abundante



Con el miércoles de ceniza los hombres y mujeres del mundo católico iniciamos un tiempo de preparación a la celebración de la mayor confesión de fe y fiesta cristiana: la PASCUA de la RESURRECCIÓN de JESUCRISTO.

La RESURRECCIÓN tiene, desde el origen de esta confesión de fe sobre Jesucristo, por parte de los cristianos, dos significados fundamentales: VIDA NUEVA Y VIDA ABUNDANTE.

Después de muerto Jesús, los primeros discípulos experimentaron una transformación de sus vidas por la que eran los mismos pero eran otros. Son muchos los textos de los evangelios y de todo el Nuevo testamento que muestran cómo TRANSFORMACION/VIDA NUEVA fue la experiencia que permitió y llevó a los primeros cristianos a confesar al Crucificado como EL VIVIENTE de todos los tiempos. Así, por ejemplo, ya no tenían miedos sino que salieron a predicar por el mundo valientemente el evangelio; ahora ya no se experimentaban siervos sino hijos; experimentaron una renovación de su mente, de su criteriología, de su manera de ver a Dios (como Padre) y a los otros (como hermanos); ya no se sentían hombres viejos (apegados a todas las categorías legales/cultuales del Antiguo Testamento) sino hombres NUEVOS, etc.

Dicha TRANSFORMACION y vida nueva, lleva implícita una vida plena, una vida feliz, una vida eterna. Y así lo ponen en labios del mismo Jesús como síntesis de la misión de su proyecto de vida: “He venido para que tengan VIDA y que la tengan en ABUNDANCIA” (Jn 10,10)

Estos dos aspectos fundamentales, en la principal confesión de fe del Credo Cristiano, como quedó dicho, contienen un enorme y esperanzador programa de vida para todo hombre y mujer de buena voluntad y para la sociedad y el mundo que estamos empeñados en construir.

Así, todos hemos de hacer la tarea diaria de ser cada día mejores seres humanos (“metanoia” – “conversión”, lo llama la teología cristiana), la tarea de transformarnos en mejores ciudadanos, cumpliendo cada uno de la mejor manera con el rol profesional y estilo de vida en el que se desempeña. Necesitamos con urgencia padres y madres de familia que hagan de la mejor manera su tarea, lo mismo que estudiantes, deportistas, artistas, médicos, profesionales de todas las áreas del saber, políticos, legisladores, empresarios, militares, líderes de todas las vertientes sociales, etc. Porque mejores seres humanos darán y construirán - como resultado - estructuras sociales más cónsonas con nuestros mejores sueños y anhelos…

Cualquier diagnóstico que hoy se haga – por somero que sea - a nuestras estructuras sociales, culturales, económicas, políticas, etc, dará como resultado la necesidad de un cambio interior en el corazón de cada ser humano, de sus principios, de sus valores, de sus prioridades, de sus perspectivas y de la manera de ver a los otros y al mundo. Del mismo modo, es una constante en los estudios sociales la necesidad de construir sociedad más equitativas, más justas, más solidarias, más pacíficas, más fraternas, es decir, con menores y mínimos niveles de hambre, de inequidad, de miseria, de violencia y de mil formas de muerte.

Es aquí, donde adquiere todo su valor el mensaje central que nos transmite a todos los hombres y mujeres de buena voluntad y a todos los pueblos de la tierra la celebración de la Pascua cristiana por la confesión de fe en el Crucificado-Resucitado. Así, la Pascua cristiana, entonces, es la celebración y “paso” (eso significa la palabra hebrea pascua) de vidas menos plenas a vidas más felices, de la rutina de vidas ancladas en el pasado a vidas y estructuras sociales transformadas, renovadas, llenas, propiciadoras y promotoras de vida abundante.

Que la celebración de la Pascua Cristiana sea la celebración de nuestra cotidiana TRANSFORMACION en mejores hombres y mujeres para lograr espacios sociales llenos de VIDA.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Navidad es Misericordia



Este pasado 08 de diciembre, el Papa Francisco ha inaugurado el año jubilar dedicado a la contemplación y reflexión de la MISERICORDIA DE DIOS por nosotros y a las exigencias que dicho AMOR nos hace a cada uno de los discípulos de Cristo, en la práctica y cotidianidad de nuestras vidas.

Al mismo tiempo, en este tiempo de adviento, nos preparamos para el tiempo litúrgico de la NAVIDAD en el que – un año más - volvemos a conmemorar el NACIMIENTO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO.

Pero, ¿cuál es el mensaje que contiene este año jubilar de la MISERICORDIA para el mundo? y ¿qué tiene que ver el asunto de del amor misericordioso de Dios por nosotros con el tiempo de NAVIDAD?

En primer lugar digamos que MISERICORDIA significa – literalmente – estremecimiento del corazón ante la necesidad ajena. Misericordia es aquello que – según consta en los textos de los evangelios – impulsó siempre a Jesús para resolver las necesidades (especialmente de hambre y de perdón) de cuantos acudían a El para escucharlo y seguirlo.

Bien podemos decir entonces, que si de algo necesita el mundo de hoy, la humanidad entera, es de señales claras de compasión y de misericordia de los hombres, comunidades y naciones que tienen y cuentan con más recursos humanos (talentos) y materiales (recursos financieros) hacia los que menos tienen oportunidades de salud, de educación, de techo, de trabajo, de vida digna.

Es mucho lo que el mundo globalizado ha avanzado en términos de riqueza material, tecnología y alcances científicos de todo tipo y, sin embargo, no es menos cierto que dichos logros han ido generando una estela de marginalidad que conforman multitud – también global - de hombres y de comunidades ya no sólo pobres sino empobrecidos por la fría lógica de la estructura económica imperante. Empobrecidos que se constituyen en una vergüenza, en una afrenta ante los hombres y las naciones que detentan el poder, la riqueza y los recursos técnico-científicos.

Esta situación inequitativa, desigual, injusta, inhumana. clama por la compasión y la MISERICORDIA. Es decir, por un estremecimiento interior de todos por todos, especialmente por quienes más padecen necesidades de todo tipo en nuestra sociedad. Misericordia, compasión, estremecimiento interior que es contrario a toda forma de discriminación, segregación o franca indiferencia ante el dolor que los que más sufren.

La MISERICORDIA exige una postura tal a hombres y naciones que hace que tomemos conciencia del destino común que tenemos todos como seres humanos, habitantes de la casa común que es la tierra. Así, nada que ocurra a un ser humano (bueno pero especialmente doloroso, independiente de su ideología, raza, religión, etc.) puede ser indiferente a otro ser humano. En el mundo, nos afecta todo lo que a todos afecta. Nos engrandece lo que a un  ser humano engrandece y nos tiene que doler la necesidad de los postergados de nuestras sociedades.

Este es, precisa y esencialmente, el mensaje de la NAVIDAD: en el Niño Jesús “envuelto en pañales y recostado en un pesebre” Dios se apiada, tiene compasión y misericordia, de todo hombre y de todos los hombres, especialmente de los últimos a los ojos del mundo, de los que nacen, viven y mueren en pesebreras. En Jesús de Nazaret Dios quiso compartir el diario vivir, las luchas cotidianas y el destino definitivo de la humanidad entera. La NAVIDAD, podemos decir, es la manifestación de LA MISERICORDIA DE DIOS POR NOSOTROS. Por eso, el nombre del esperado de todos los tiempos – según los profetas del Antiguo Testamento – corresponde a lo dicho aquí: EMMANUEL, que significa “Dios con nosotros”.

Amigos y amigas, los invito a convertir nuestra fe y nuestra vida cotidiana en un espacio de MISERICORDIA de todos por todos, especialmente por los más débiles, para que siempre SEA NAVIDAD. Para que este año Jubilar de la Misericordia sean todos los años de nuestra existencia en la tierra y así la NAVIDAD dure por siempre. ¡Feliz Navidad y un 2016 lleno de misericordia y de bendiciones!


sábado, 5 de diciembre de 2015

Por la Casa de Todos


Por estos días, en París, se dan cita representantes de los gobiernos de 195 naciones con la tarea de lograr un acuerdo global sobre el clima en la tierra. Se trata de una oportunidad más para frenar el fenómeno del cambio climático o – hablando más apocalípticamente – de la última oportunidad para salvar nuestra casa, nuestro planeta.

Es posible crecer económicamente sin emisiones, dicen unos. Es posible compaginar desarrollo, progreso económico y clima en la tierra dicen otros. Dos grados centígrados más en el calentamiento del clima sería el punto de no retorno advierten otros. 660 millones de niños (el futuro de la humanidad) viven en zonas de riesgo por el cambio climático. 25% del impacto económico por el cambio climático lo sufre el ambiente rural en el planeta. 2020 sería el año de entrada en vigor de lo que se acuerde esta semana en Paris y perduraría hasta el 2050, sustituyendo este acuerdo la segunda fase aprobada en el acuerdo de Kioto.

Estas con cifras, advertencias, opiniones, titulares de prensa que hablan de una enorme catástrofe que se cierne sobre la humanidad y de la que todos somos – en mayor o menor medida, colectiva o individualmente - responsables y víctimas, al mismo tiempo. Pero ciertamente, nadie puede quedar indiferente ante este grave problema que involucra a la humanidad entera.

También el Papa Francisco se sumó a esta gravísima preocupación mundial con un llamado urgente en su reciente Carta Encíclica LAUDATO SI (sobre el cuidado de la casa común).

En ella, Francisco expone magistralmente, en primer lugar, los distintos problemas que constituyen la grave crisis ecológica por la que atravesamos (la contaminación y el cambio climático, la basura y la cultura del descarte, la cuestión del agua, la pérdida de la biodiversidad, el deterioro de la calidad de la vida humana, la inequidad planetaria, la debilidad de las reacciones ante la problemática ecológica) y las que el Papa considera como las mayores causas de dichos problemas (la globalización del paradigma tecnocrático y las graves consecuencias del antropocentrismo moderno)

Otros ejes temáticos que atraviesan la encíclica son: “la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida”.(16)

Ya todos sabemos que si no cambian las tendencias actuales (de explotación irracional y de contaminación ambiental) se seguirá deteriorando acelerada y gravemente la relación del ser humano con la naturaleza.

Llegó la hora – por la supervivencia de la especie humana sobre la faz de la tierra - de tomar decisiones que se concreten en acciones claras y definitivas para el logro del llamado “desarrollo sostenible integral”.

Este desarrollo sostenible integral comporta, en primer lugar, una visión del hombre como administrador (no dueño) de todo lo creado, en favor y al servicio de todos, especialmente de los más necesitado; un trato con la naturaleza en la que los principios ético-morales (y no los intereses mezquinos y egoístas) fundamenten y se plasmen en las relaciones del ser humano con  la naturaleza. Todo lo cual permitirá que podamos preservar los recursos naturales y todo lo bueno construido por el hombre sobre la tierra para transmitirlos como rica herencia a las generaciones del futuro próximo.

Las alertas están encendidas. Sólo falta que cada uno de nosotros tome conciencia de la responsabilidad que le cabe en el cuidado de “la casa común” y obre cotidianamente en consecuencia.