sábado, 7 de abril de 2012

“Para que tengan Vida abundante” (Jn 10,10)


Con la solemnidad de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo los cristianos conmemoramos la principal confesión de nuestra fe. Celebramos que “Al que mataron colgándolo de un madero…Dios lo resucitó” (Hc 2,22ss). Porque si Cristo no resucitó vana es nuestra fe, vana es nuestra predicación y vana también nuestra esperanza (Cfr.1 Cor 15,17).

Esta confesión de fe es la que nos conecta e identifica con los apóstoles, con los primeros discípulos, con los creyentes de los primeros siglos y con los cristianos de todos los tiempos y rincones de la tierra. Esta confesión de fe es la que imprime el carácter y la señal de los cristianos en el mundo como hombres y mujeres de esperanza. Porque en la resurrección de Cristo triunfó la vida sobre la muerte y – por ella – sabemos que el destino último y definitivo del hombre, en el plan del Padre, no es la muerte, el caos, la nada, el absurdo, el fracaso sino la vida y no cualquier vida sino una vida abundante (Jn 10,10).

Pero esta confesión de fe para que sea auténtica ( y no sólo de labios para afuera) ha de nacer hoy de la misma experiencia vital que nació ayer entre los primeros cristianos: una experiencia transformadora de sus vidas por la que se confesaron hombres y mujeres nuevos (Cfr. Ef 4,24; Mt 9,17), renovados en la mente (Ef 4,23), es decir, con una criteriología nueva, con una vida según la lógica del evangelio y la sabiduría de la cruz y no según la lógica del mundo(Cfr. 1 Cor 1,21; Jn 8,23; Jn 15,18-21). Experiencia transformadora que les hizo proclamar por el mundo entero que el muerto está vivo, que ha resucitado y vive hoy entre nosotros

Dicha experiencia vital y transformadora se probó entre los primeros cristianos y ha de experimentarse, probarse, manifestarse y predicarse hoy en la vida de quienes – como Cristo mismo – llaman a Dios Padre, (Gal 4,6; Rm 8,14) se reconocen sus hijos y hermanos de todos, cumpliendo la voluntad del Padre, el mandato del amor.

Hoy, como hace dos mil años, se nos pregunta a los cristianos dónde lo hemos puesto al Resucitado? (Cfr. Jn 20,2ss) Dónde puede el mundo encontrar a Jesucristo el Viviente de los skiglos? Por lo que la confesión de fe en la Resurrección nos interpela y compromete a presentar a Cristo vivo en el mundo mediante el testimonio de nuestras vidas transformadas según el evangelio de Jesucristo. Así, la presencia del Resucitado en el mundo de hoy la realizan los cristianos que viven la vida de Cristo en ellos y que pueden gritar como Pablo: “Ya no vivo yo es Cristo quien vive en mi”(Gal 2,20

De otra parte, la sociedad actual clama por posibilidades y espacios de vida en medio de una “cultura de la muerte”. Dicha urgencia desafía a los cristianos: a todos los hombres y mujeres creyentes en el Dios de la Vida eterna, plena, abundante (Cfr. Jn 10,10), creyentes en el Dios que en su Hijo triunfó sobre el mal, sobre el pecado, sobre el dolor, sobre la injusticia y la muerte y nos ofrece posibilidades infinitas de vida nueva.

Resurrección es pascua. Pascua es palabra hebrea que significa “paso”, transformación, cambio, conversión.

· Paso de la muerte a la vida si nos amamos los unos a los otros (1 Jn 3,14).
· Paso del odio al amor.
· Paso de la tristeza a la alegría: “Una alegría que nada ni nadie nos podrá arrebatar” (Jn 16,22).
· Paso del egoísmo al servicio y a la solidaridad.
· Paso del egoísmo a la entrega generosa de la vida por el evangelio (Lc 9,22-25).
· Paso del odio al perdón.
· Paso de la inequidad a la justicia.
· Paso de la competencia a la fraternidad.
· Paso de las tinieblas a la luz.
· Paso de la esclavitud a la libertad de los hijos de Dios.
· Paso del pecado a la gracia.
· Paso de lo viejo a lo nuevo.
· Paso de la condición de esclavo a la vida de hijo.

Finalmente, si resurrección es vida abundante (Cfr. Jn 10,10) vida eterna (Jn 3,16) y salvación y esa vida plena y salvación es sinónimo de la felicidad que todo hombre y mujer anhela y espera, entonces Cristo, su evangelio y todo el acontecimiento salvífico, pascual y cristiano se integran a nuestra vida y responden a la pregunta fundamental del ser humano: la búsqueda incesante de felicidad.

Cristo nos salva porque nos hace felices, enseñándonos a vivir su misma vida: la vida de hijos de Dios y hermanos de todos, que posibilita - en el amor - una sociedad más fraterna y justa, más justa y solidaria, más equitativa y en paz. Ya no hay divorcio entre fe y vida, entre pascua y nuestra cotidianidad, porque la resurrección de Cristo - y la que en El todos esperamos - es la felicidad que buscamos y que en el Viviente encontramos. Felices Pascuas!

martes, 3 de abril de 2012

Porque llamaba a Dios “Padre…”

“…Tenían ganas de matarlo: porque no sólo abolía el sábado sino que también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.” (Jn 5,17-30). Con esta frase, el evangelista Juan sintetiza el conflicto que Jesús enfrentó con las autoridades judías de su pueblo y de su tiempo (sumos sacerdotes, escribas, fariseos, ancianos, etc.). Conflicto que finalmente desencadenó en su pasión, muerte y resurrección. Por lo que, esta misma frase, nos introduce también en la celebración de la Semana Mayor o Semana Santa y concretamente en la celebración del Triduo Pascual.

Llamaba a Dios Padre suyo: Todos los hechos de Jesús, todas sus palabras (parábolas), todo su ministerio, es una buena noticia para hombres y mujeres de buena voluntad: el Creador y Dios del Antiguo Testamento es un Padre compasivo y misericordioso “que no se alegra con la muerte del pecador sino que quiere que se convierta y viva” (Cfr. Mt 22,32), que “hace salir el sol sobre buenos y malos y caer la lluvia sobre justos y pecadores” (Mt 5,45), “que da cosas buenas a quienes se lo piden” (Mt 7,10) y que – en Jesús – se manifiesta como el que ha venido “a llamar no a justos sino a pecadores” (Mc 2,17).

Haciéndose igual a Dios: Jesús es Hijo a imagen y semejanza del Padre. Es absolutamente divino porque es profunda y totalmente humano. Toda su humanidad es pura divinidad. Realiza en El la perfección de Dios a la que todos los hijos estamos llamados: “Sed perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto, compasivos y misericordiosos como el Padre del cielo es compasivo y misericordioso” (Mt 5,48). Quienes lo vieron a Él, vieron al Padre (Cfr. Jn 14,9).

Violaba el sábado: De esta relación filial con Dios, Jesús derivó todas las consecuencias para su vida y la de sus discípulos de todos los tiempos: Todos somos hermanos (Cfr. Mt 23,8), llamados a amarnos los unos a los otros como el Padre del cielo nos ama (cfr.1 Jn 4,11), con obras, especialmente a los más necesitados (Cfr. Mt 25,31ss). Con esta certeza, antepuso la voluntad del Padre, que consiste en que nos amemos los unos a los otros (Cfr. Jn 13,34) y denunció, violó e incumplió una relación con Dios de tipo ritual, legalista, externa, cultual y sacrificial que pretendía honrarlo y darle culto despreciando a los más pequeños. Por eso, en muchas ocasiones, habló así, especialmente contra escribas y fariseos, quienes por cumplir con la ley y el culto en el Templo desprecian y dan un rodeo ante el hermano caído (Cfr. Lc 10,33ss):


  • “Hipócritas, pagáis el diezmo de la menta, del anís y descuidáis lo más importante de la ley: la justicia y la misericordia” (Mt 23,23).


  • “Vayan y aprendan lo que significa quiero misericordia y no sacrificio” (Mt 9,13).


  • “Deja tu ofrenda en el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano” (Mt 5,23).


  • “Lo que hicisteis o dejasteis de hacer con uno de los más pequeños conmigo lo hicisteis o lo dejasteis de hacer” (Mt 25,31).


  • “El que dice que ama a Dios a quien no ve y no ama a su hermano a quien ve es un farsante, un homicida (1 Jn 4,20; 1 Jn 3,15).


  • “No debías tener tu compasión de tu hermano como yo tuve compasión de ti”(Mt 18,33).

Por eso, el triduo pascual en Semana Santa es la conmemoración de la vida del Hijo entregada por entero al cumplimiento de la voluntad del Padre: el establecimiento del Reinado de Dios en la medida en que reconociéndonos hijos del mismo Padre nos amamos todos como hermanos los unos a los otros.

Por eso, también, la lectura de los relatos evangélicos de la Pasión y Muerte son la actualización del proceso injusto hecho contra Jesús como consecuencia de sus opciones: padece y muere en la misma línea y forma (Cfr. Jn 1,29; Hc 8,32) y por similares conflictos y motivos por los que siglos antes murieron los profetas de su pueblo y por los que hoy continúan muriendo todos los que – como El -ofrendan su vida a la causa de la verdad, de la vida, de la solidaridad, de la justicia, de la libertad, de la paz.

Por todo lo anterior, Semana Santa es la conmemoración y actualización de la Vida, Pasión, Muerte y Resurrección de Aquel que entendió y nos enseñó que la vida se gana cuando se pierde, se dona, se entrega, se da, se gasta en favor de los otros y que se pierde cuando se ahorra egoístamente (Cfr. Mt 16,25).

Hoy, los discípulos de Jesús, podemos vivir la Semana Santa como el recuerdo de unos hechos pasados que en nada tocan nuestro presente o como la memoria de unos acontecimientos que hoy se actualizan en nuestras vidas y en la vida de un mundo que necesita de hombres y mujeres capaces de lavar los pies de sus hermanos, de partir y compartir el mismo pan, de cargar la cruz de los otros, de enjugar el rostro y consolar la existencia de los que más sufren para ir construyendo espacios de vida abundante (Jn 10,10), de resurrección.

martes, 21 de febrero de 2012

EL PECADO Y LA CUARESMA

Cuaresma es un tiempo litúrgico privilegiado para reflexionar sobre la condición humana, sobre lo frágil y vulnerable de la existencia humana y, especialmente, sobre la experiencia de mal (y bien) en la que el hombre vive y desarrolla toda su existencia histórica personal y comunitariamente. Experiencia de mal que se vive, evidencia y manifiesta en forma conflictos (personales, familiares, sociales, nacionales, internacionales, desastres naturales, etc.) y que, en la cosmovisión y teología cristianas llamamos “pecado”, a diferencia de otras cosmovisiones y sistemas teológicos en los que el mal se denomina falta, culpa, mancha, tabú, transgresión, etc.

Según nos da cuenta el evangelio (Cfr. Mt 4, 1-11; Mc 1,12-15; Lc 4,1-13 y Primer Domingo de los Ciclos Litúrgicos A, B y C) Jesús mismo experimenta el mal, el pecado, en forma de tentaciones que resumen las tres grandes apetencias de todo ser humano: el poder, el placer y el poseer. Realidad de pecado en forma de tentaciones a las que nadie escapa: “El que esé sin pecado…”(Jn 8,1-11). En el relato evangélico de las tentaciones vence Jesús y, con su victoria, nos enseña la posibilidad y el modo de triunfar sobre el mal, sobre el pecado, en el mundo.

Por ello, Jesús es – para los cristianos - “el Camino, la Verdad y la Vida”(Jn 14,6), el nuevo pozo de donde mana la vida eterna (Jn 4,5-42), la luz del mundo (Jn 9,1-41), el Salvador (Jn 3,14-21), la vida frente a la realidad de la muerte (Jn 11,1-45) y, finalmente en el único no-pecador: “semejante a nosotros en todo menos en el pecado” (Filip 2,7).

Pero los temas “pecado” y su correspondiente: “el perdón” son tratados de manera distinta en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Así, mientras en el Antiguo Testamento se habla de pecados (en plural) como faltas y transgresiones a la Ley y del perdón como castigos (y en el judaísmo tardío: ritos) impuestos para subsanar, reivindicar, armonizar, equilibrar la vida y resarcir los daños y reintegrarse a la vida en la comunidad, el Nuevo Testamento habla del pecado en singular (con el vocablo griego hamartía) como una negación deliberada (inteligente y libre) del hombre a todo lo divino que hay en él, como una negación de lo divino en el hombre, como una torcedura interior, como una “opción fundamental” del hombre de espaldas al Creador y Padre, como una negación de la vocación primera: la de llegar a ser semejantes al Padre; perfectos, compasivos y misericordiosos como Dios mismo. El pecado es en el Nuevo Testamento una postura diabólica (no divina), pecadora (una acción animalesca, irracional), inhumana (no divina) por la que el hombre va diseminando frutos malos, pecados (estos sí en plural).

Para corregir, enderezar, borrar del todo, curar y salvar al hombre, Cristo , con la Buena Nueva de su vida y anuncio, con su entrega hasta la muerte en Cruz y su Resurrección vence el mal, libera, redime, justifica al ser humano desde dentro (Mt 15,19), de tal manera que el árbol bueno de frutos buenos (Mt 7,17). Entonces, la obra perdonadora y salvadora de Cristo no consiste en limpiar los pecados sino en sanar el pecado, en curar desde dentro, estructural e integralmente al hombre para que ya no peque más (1 Jn 3,6).

Si el itinerario del discípulo, del hijo es llegar a ser semejante al Hijo (Ef 5,1) y, por Cristo, con El y en El, en su conocimiento y seguimiento, llegar a ser “ a imagen y semejanza del Padre”, entonces la Cuaresma nos recuerda, también, la necesidad de vivir en un permanente estado de conversión, de cambio de vida, de adecuación de nuestra vida a la vida de Cristo, de nuestros principios, criterios y actitudes a los criterios del Evangelio, de nuestra lógica del mundo a la lógica de Dios o sabiduría de la cruz, hasta alcanzar exclamar como Pablo “donde abundó el pecado ahora sobreabunda la gracia” (Rm 5,20), “ya no vivo yo es Cristo quien vive en mi”. (Gal 2,20). Conversión que, en el tiempo de Cuaresma, la liturgia equipara a la Transfiguración (Mt 17,1-9) porque convertirnos es hacernos dignos de escuchar – como Jesús - la voz del Padre que nos dice “este es mi hijo, el amado…”.

Cuaresma, entonces, nos recuerda nuestro pecado, nuestra necesidad de conversión pero, sobre todo, nos recuerda la necesidad de volver a la casa paterna en la que nos espera el abrazo compasivo y misericordioso del Padre que no nos trata como a jornaleros o sirvientes sino como a hijos (Lc 15) por lo que Cuaresma es, también, tiempo para la alegre confianza, para la gratitud, para la esperanza humilde en el amor compasivo de Dios. Conversión y fiesta que, en definitiva, implican toda la vida del discípulo, comprometen todo el itinerario del cristiano.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Año Nuevo y Desafíos para los Cristianos

Los cristianos, como el griego Heráclito, pensamos que “nadie se baña dos veces en el mismo rio”. Los creyentes en Cristo vivimos - con el estilo de vida de los peregrinos – de camino hacia la Casa del Padre, según una concepción histórica que no es cíclica ni en forma de espiral, tampoco vivimos como en un permanente devenir reiterativo, en un aburrido eterno retorno de las cosas, monótono y sin sentido, sino que concebimos la historia de manera lineal: como una serie sucesiva, ininterrumpida y no repetitiva de sucesos que nos conducen a “las mansiones eternas” (Jn 14,2)

El fin de otro año de la era cristiana es una oportunidad única para evaluar: y la evaluación reviste para el discípulo de Cristo fundamentalmente dos aspectos:


  • Una acción de gracias por la vida, por todo cuanto somos y tenemos, por lo acontecido. Una acción de gracias por todo lo bueno, por lo gozado y disfrutado y, al mismo tiempo, una acción de gracias por lo menos bueno, por lo mejorable, por todo cuanto nos causó sufrimiento y dolor porque gracias a las experiencias de mal y sus conflictos tuvimos la oportunidad de aprender, de superarnos, de luchar y de avanzar… Además de la identificación que con el Crucificado, su pasión y Kénosis, podemos hacer los discípulos en la medida en que leemos y vivimos nuestro dolor a la luz de la Cruz del Señor Jesucristo.


  • Un momento de proyección de nuestro futuro próximo, de cómo queremos vivir el año nuevo 2012 que se avecina. Proyección y planeación que para el cristiano comporta siempre la necesidad de conversión, es decir, de adecuación de nuestra vida a la vida de Cristo y a los principios, criterios y valores de su evangelio. Conversión y adecuación que no sólo implica la vida personal sino que – empezando por ella – supone también la transformación de las estructuras y de las instituciones que conforman nuestra sociedad.


Una somera mirada a nuestra realidad presente nos desafía, nos interpela. Nuestra coyuntura histórica, social y cultural reclama de – todos los que somos y hacemos Iglesia de Jesucristo – una apuesta por los criterios del Reino en contra de las realidades mundanas. Una apuesta por hacer posibles, visibles, vivibles y creíbles realidades como la justicia por la paz, la paz por el perdón, la solidaridad por la fraternidad y la vida en todas sus formas y manifestaciones en contra de una cultura materialista, consumista, individualista, egoísta e inmanentista.

Los grandes problemas individuales (el sin-sentido) y de la humanidad (la inequidad y la injusticia, la corrupción, el hambre, la violencia y las divisiones, el odio y las guerras, además del maltrato al planeta) reclaman de los creyentes en Cristo una vivencia y experiencia autentica de lo que significa ser cristiano, una experiencia religiosa más centrada en la ortopraxis que en la ortodoxia, menos pietista e individualista y más centrada en el hermano pobre (“Porque todo lo que hicisteis o dejasteis de hacer con uno de mis pequeños conmigo lo hicisteis o dejasteis de hacer” Mt 25,31), una religión menos puntual y cultual y más social y pública, menos sacramentalista o ritualista y más pastoral…

Por estos días y en todos los rincones de la tierra nos deseamos un feliz año nuevo. Y que así sea. Pero los creyentes en Cristo sabemos que no será próspero sin nuestro concurso. El Dios de Jesucristo, en el que creemos y esperamos, requiere de la tarea, el esfuerzo, el aporte, la inteligencia, la honestidad, la generosidad, el compromiso del hombre, de todos nosotros. ¡Que el 2012 sea lleno de bendiciones!



jueves, 15 de diciembre de 2011

"Os anuncio una gran alegría…"

El cristiano vive siempre en adviento porque vive siempre en espera del encuentro con el Señor. El cristiano espera, más allá de la muerte biológica, un encuentro personal y definitivo con Dios, pero vive – además - en la espera de los encuentros permanentes, cotidianos e inesperados con la presencia que el Señor hace de mil maneras y bajo las más diversas apariencias: una alegría, una tristeza, un logro, un fracaso, en la salud, en la enfermedad, en un amigo, en la oración personal, en el culto, en un libro, en un consejo, en todo lo que somos y tenemos… podemos descubrir la presencia de Dios en nuestras vidas y, también, esperamos y nos disponemos cada año al encuentro con el Señor mediante el tiempo litúrgico del adviento que nos prepara para el tiempo litúrgico de la navidad: Tres advientos que se resumen un único adviento: el de toda la vida del cristiano en la espera del Señor que ya viene, que llega, que se acerca, que se presenta, que está con nosotros, que pasa… Presencia siempre inesperada para la que el mismo Jesús nos pide, en el evangelio, estar alerta, despiertos, preparados...

La NAVIDAD, entonces, es un encuentro con Dios que, en el nacimiento y en la persona de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, quiso y quiere estar con el hombre, con nosotros, cada año y siempre… Precisamente Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros es el nombre que los profetas del Antiguo Testamento daban al Mesías, a Aquel que, por fin, instauraría y haría presente el Reinado de Dios.

Para los creyentes en Cristo, para los que en la persona del “niño envuelto en pañales y recostado en el pesebre” (Lc 2,12) reconocemos al esperado de los siglos, al Hijo de Dios, al que tenía que venir al mundo” (Jn 6,14) su nacimiento, conmemorado cada año en el tiempo de la navidad, constituye la mejor, la más grande y más buena noticia que haya escuchado y conocido la historia de la humanidad: “No temáis, pues os anuncio una gran alegría que lo será para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador, que es el Cristo Señor…” (Lc 2,10-11)

Esa buena noticia que tuvo como primeros destinatarios a unos pastores es buena noticia para todos los hombres y mujeres de buena voluntad, para todos. Porque todo el género humano busca felicidad es decir, busca salvación, vida eterna, vida plena, vida abundante: precisamente la vida que, con su vida, vive y nos enseña a vivir Jesús.

A pesar de las estructuras sociales de pecado y de mal que generan inequidad y desigualdad y aunque hay pecados personales y sociales que envilecen la convivencia humana y entristecen los corazones, aunque hay muros, egoísmos, rabias, rencores, envidias y divisiones de todo tipo, aunque abundan el hambre, la soledad y el sufrimiento, aunque se intenta siempre y de mil maneras acabar con la paz, la concordia y la vida, aunque hay desesperados y desesperanzados que deambulan sin-sentido…la navidad es la fiesta de los que “esperamos contra toda esperanza” (Rm 4,18) porque Dios-está-con-nosotros y porque la vida toda, los hechos y las palabras de Jesús nos alienten y comprometen en la construcción de un presente y un futuro donde habiten la paz por la justicia, la paz por el perdón, la vida por el amor, el respeto y la solidaridad porque – ahora enseñados por el mismo Jesús sabemos que - todos somos hermanos, hijos del mismo Padre.

Esta buena noticia es la que fundamenta la alegría de los creyentes siempre pero de manera especial en la Navidad. Así, hay quienes nos alegramos en este tiempo de la Navidad por todo lo que contiene y significa el nacimiento de Jesús, el plan de salvación de Dios para nosotros en su Hijo, pero hay quienes se alegran sin conocer o celebrar el contenido de la Navidad.

En Navidad compramos más, regalamos más, compartimos, viajamos, descansamos, enviamos mensajes, nos reencontramos con los seres queridos, adornamos los hogares y las calles, hay más música y más luces… Ojalá que todas estas manifestaciones sociales tengan como trasfondo la alegría por el nacimiento de Cristo; de lo contrario, todo queda reducido a la profana y pagana manifestación de una sociedad materialista y consumista en la que el contenido de estas fechas se diluye y distorsiona, todo pierde sentido y el corazón, como el bolsillo, queda vacío.

Pero gracias a la Navidad la esperanza no muere, nace cada año, ha de nacer todos los días. Contra todos nuestros desmanes y egoísmos, contra todo el mal y todo nuestro pesimismo, en Navidad nace cada año, siempre y tercamente, la Esperanza, nuestra Esperanza: nuestro Señor Jesucristo.

martes, 22 de noviembre de 2011

La Gratitud: Un Estilo de Vida

Nuestra coyuntura histórica, social y cultural es la transición de la modernidad a la posmodernidad. Dicho contexto atenta contra una actitud agradecida, contra la gratitud, contra el DIA DE ACCION DE GRACIAS.

El hombre posmoderno vive inmerso en una sociedad de consumo en la que lo que se quiere se obtiene por medio del dinero y éste por medio del trabajo y del esfuerzo… La acción de gracias queda relegada y anulada porque el pragmatismo materialista y consumista impiden el reconocimiento de lo gratuito: el hombre posmoderno compra, adquiere, negocia….

En esta cadena nada es gratuito y no hay razones para agradecer en una competencia comercial en la que lo que obtengo y tengo se lo debo a mi dinero y logros comerciales y profesionales. Aquí sólo funciona el libre juego de la oferta y de la demanda, de la producción y del consumo, juego en el que el ser humano es visto como un objeto y el “tener” se erige sobre el “ser” como el máximo ideal a alcanzar.

La ACCION DE GRACIAS, la posibilidad de agradecer, la gratitud, proviene de otro horizonte de comprensión de la vida: nace del reconocimiento de que todo cuanto somos y tenemos lo hemos recibido “gratis” para compartirlo y darlo “gratis”.

Ante esta certeza de lo gratuito el ser humano agradece, da gracias, vive en la alegre certeza del que es amado gratuitamente, con un amor que sólo exige amar: de lo recibido gratis, dar gratis (Mt 10,8). Así, el que agradece se compromete con la construcción de tiempos y espacios que posibiliten la gratuidad y la gratitud.

De otra parte, esta certeza de la tener, recibir y conservar la vida como un “don”, como un “regalo” posibilita una existencia alegre, con “una alegría que nada ni nadie puede arrebatar” (Jn 16,22).

En esta perspectiva, el DIA DE ACCION DE GRACIAS, es una bella tradición nacional, de incalculable valor, que permite que nos reunamos para agradecer, pero que más allá de la fecha y de los formalismos sociales, hace que nos preguntemos por el tipo de vida individual, familiar y social que estamos construyendo. Es decir, que nos preguntemos:

• Si comprendemos nuestra vida personal, familiar y social como un don?
• Si la sociedad mercantilista y consumista en la que vivimos nos permite trascender para descubrir la presencia amorosa de Dios en todo cuanto somos y tenemos.
• Si la gratitud es una posibilidad permanente en la vida de todos los que nos rodean o si, por el contrario, la gratitud es un privilegio de unos pocos: de los que tienen en contra de los empobrecidos de nuestra sociedad y del mundo?
• En definitiva, que nos preguntemos sobre las razones profundas que tenemos para mantener la tradición y celebrar el DIA DE ACCION DE GRACIAS.
Los cristianos, vivimos el estilo de vida de los hijos. Entendemos la vida como don de Dios y por ello vivimos confiados, en alegre esperanza…

El DIA DE ACCION DE GRACIAS, que más que una efemérides religiosa es una tradición nacional, nos compromete a todos los que habitamos en esta sociedad norteamericana, en la construcción de una Nación más justa y fraterna, más solidaria y equitativa, en la que no sólo un día al año sino todos los días y siempre podamos agradecer, tengamos todos motivos ciertos y suficientes para el optimismo, para la esperanza, para el gozo sin término.

sábado, 1 de octubre de 2011

Una Herencia Que a Todos Compromete



Cada década, por mandato del Congreso de los Estados Unidos se realiza en esta Nación el Censo Nacional de Población. El último Censo del año 2010 arrojó cifras que, de manera especial en este mes de la herencia hispana nos llaman a todos a la reflexión. A todos: a la entera sociedad norteamericana con todas sus instituciones políticas, culturales, sociales, económicas, religiosas etc…, a los hispanos residentes en esta Nación y a las Naciones Latinoamericanas de donde procedemos.

Según dicho Censo, residen en los estados Unidos 50.5 millones de Hispanos, número que no contiene a los hispanos indocumentados. Cifra que significa que la comunidad hispana residente en los estados Unidos se constituye en el 15% de la población total de esta Nación.

Demos una mirada al crecimiento de la comunidad hispana en los Estados Unidos desde el Censo de 1990 que contó 22.4 millones de hispanos; el Censo del año 2000 contó 35.3 millones de hispanos hasta el actual que muestra el aumento de la comunidad hispana hasta 50.5 millones de hispanos, cifra que muestra un rápido y enorme crecimiento – desde el último Censo - del 43%.

De otra parte, la edad media de la población hispana es 27 años de edad mientras que la media del resto de la Población norteamericana es de 47 años, lo cual muestra que la población hispana es una evidente inyección de juventud – y con ello, de fuerza de trabajo y progreso - para la entera sociedad de los Estados Unidos.

Veamos otras cifras del último Censo (2010):

• En California hay 14 millones y más de hispanos,
• En Nueva York hay 3 millones y más,
• en la Florida viven 4 millones y
• en Texas residen 9 millones y más de población de origen hispano.

La discriminación según nacionalidades es de la siguiente manera:

• Los Mexicanos son 31.8 millones, el equivalente al 63 % de la población hispana residente en los estados Unidos.
• Los Puertorriqueños son 4.6 millones, es decir el 9.2 %.
• Los Cubanos son 1.8 millones, es decir el 3.5 %.
• Los Salvadoreños son 1.6 millones, es decir 3.3 %.
• Los Dominicanos 1.4 millones, es decir 2.8 %.
• Los Guatemala 1.0 millones, es decir el 2.1 %.
• Los Colombianos 0.9 millones, es decir 1.8 %.
• Y el resto de las nacionalidades no mencionadas aquí, constituyen el 14.3 % de la población hispana residente en esta Nación.

Ahora bien, estos números y porcentajes - enormes, importantes e impactantes por sí solos – qué significan en el concierto de la sociedad norteamericana en general (con todas sus instituciones), para la comunidad hispana aquí residente y para la comunidad de naciones latinoamericanas?

Para los Estados Unidos, la aumentada presencia hispana comporta un gran desafío que conlleva insospechados índices de progreso en todos los campos de esta gran Nación si -desde todas las instituciones sociales – se responde adecuadamente a los enormes retos que esta presencia demanda; pero al mismo tiempo, la presencia de la comunidad hispana en los Estados Unidos puede implicar enormes problemas si las respuestas de la sociedad norteamericana a los retos de lo que podemos llamar “el fenómeno de lo hispano” no son ni prontas, ni dignas, ni acertadas, ni justas, ni respetuosas.

Si bien, hay acuerdo general en que es necesaria la integración de la comunidad de origen hispano a la sociedad norteamericana, no es menos cierto que las instituciones (políticas, religiosas, culturales, económicas, etc…) de esta Nación, han de evitar entender por “integración” una “asimilación” y “absorción” por parte de la “cultura dominante” que nos “uniforme” a todos de tal manera que los hispanos vamos perdiendo la riqueza de nuestra propia identidad, nuestra propia cultura, nuestras propias raíces, nuestros orígenes histórico-sociales o, en el otro extremo de quienes se oponen a este concepto de integración, aparecen la discriminación, el ghetto, la explotación, la persecución y tantos males sociales contrarios a una visión cristiana, demócrata y liberal de la sociedad, principios de los cuales se ufana esta Nación desde sus inicios históricos.

La Comunidad hispana, por su parte, al tiempo que crece en número de residentes en esta Nación ha de crecer en conciencia social y en participación, en educación y en formación socio-política, ha de crecer en liderazgo y en todos los aspectos que le permitan tener voz y voto en la toma de decisiones que rigen el presente y forjan el futuro de esta Nación.

Las instituciones, comunidades y denominaciones religiosas en general y las iglesias cristianas en particular, presentes en los Estados Unidos, por su parte, han de trabajar para que la presencia hispana sea una bendición, un signo de enriquecimiento y crecimiento en la fe, en la fraternidad, en la unidad, en la justicia, en la solidaridad, en la equidad, en la comunión y en la participación.

Porque la comunidad hispana está llamada a contribuir al desarrollo de esta Nación no sólo con el crecimiento económico mediante el trabajo o el pago de impuestos, sino - sobre todo - con los valores del evangelio y del humanismo cristiano inserto en nuestro ser, en nuestra identidad y en nuestra historia, desde la primera evangelización católica presente en nuestros orígenes como Naciones Hispanoamericanas. Valores, éstos muy contrarios al individualismo, al inmediatismo, al utilitarismo, a la apariencia, al facilismo, al pragmatismo, al relativismo, al subjetivismo, al confort, al consumismo, al hedonismo, etc., tan propios de la actual coyuntura posmoderna y “light”.