jueves, 14 de septiembre de 2017

Hispanidad y Desafíos

Por estas fechas, cada año y por Decreto del Congreso de los Estados Unidos, celebramos el MES DE LA HERENCIA HISPANA.

Es un mes dedicado a reconocer la presencia de los hispanos y de “lo hispano” en la vida de los Estados Unidos de Norteamérica. Es una ocasión anual para congratularnos como hispanos y rememorar nuestros orígenes históricos y culturales. Pero es, sobretodo, una magnífica oportunidad para reflexionar sobre la presencia de la Comunidad Hispana en la vida de esta gran Nación. Una magnífica ocasión para que los hispanos rememorando nuestro pasado, y revisando nuestro presente proyectemos nuestro futuro en los Estados Unidos.

Los hispanos sumamos ya cincuenta y ocho millones en los Estados Unidos. Esta cifra nos convierte en el 20% del caudal electoral de esta Nación. Esto significa que ya – políticamente hablando - nos constituimos en una Comunidad con poder decisorio y decisivo en el presente, en el rumbo y destino de esta sociedad norteamericana.

Sin embargo, las cifras mencionadas no corresponden a lo que hoy podemos evaluar como logros de la hispanidad en los Estados Unidos. A pesar de nuestro poderío numérico aún no contamos con leyes que protejan y preserven la presencia hispánica en esta Nación. Más aún, no hemos logrado ni leyes ni estructuras institucionales y estatales que propugnen por las virtudes y valores propiamente hispanos, en medio de una cultura dominante cada vez más materialista, consumista, hedonista, utilitarista, pragmática e individualista.

Cabe entonces, que en el MES DE LA HERENCIA HISPANA, nos preguntemos, desapasionada y honradamente, por la causa de nuestros desaciertos, las razones por las que no acertamos, los motivos por los que nuestra presencia numérica no se corresponde con la importancia, la influencia y el poder de nuestra presencia hispana en el concierto de la sociedad estadounidense.

Y las causas de nuestro bajo rendimiento, pocos logros o claros fracasos como comunidad hispana en Norteamérica no hay que buscarlas fuera de nosotros mismos. Al interior de nuestra comunidad hispánica encontramos desorganización, falta de formación política en general y de formación política de nuestros líderes o definitiva falta de liderazgo, divisiones, desconocimiento de nosotros mismos, de nuestras culturas y países distintos de donde provenimos todos los que aquí somos llamados genérica y globalmente como hispanos; una ausencia de interés por el bien común; una falta de identidad o pérdida de la misma; carencia de una agenda hispana global; una falta de conocimiento de nuestra esencia, identidad o mismidad y, además, una falta de conocimiento de la esencia cultural de la alteridad, del otro, es decir, de la sociedad que ahora nos alberga; etc.

Estas carencias de parte nuestra agravan los desafíos que hoy tenemos como hispanos en estados Unidos. Sumemos a estas dificultades un nuevo reto externo: el replanteamiento de la inmigración en general y de lo hispánico en particular que proviene de lo que podemos llamar el “fenómeno Trump”. Replanteamiento que se convierte en una verdadera amenaza para nuestro presente y futuro en esta Nación y para el cual, porque no estamos consciente y debidamente preparados, no respondemos ni en comunidad ni acertadamente, sino que patinamos, balbuceamos, lloriqueamos, o, como decimos en nuestras tierras, respondemos con “patadas de ahogado”.

Es importante que resolvamos al interior de nuestra Comunidad y comunidades hispanas los desafíos y problemas arriba enumerados. Es muy importante que, viviendo e integrándonos en y a esta sociedad que nos recibe - y sin asimilarnos – logremos ofrecer, aquí y ahora, lo mejor de nuestros orígenes y de nuestro pasado, lo mejor de nuestra historia y de nuestras culturas como naciones hispánicas. Es muy importante que – en medio de la sociedad norteamericana cada vez más posmoderna y cada vez más con las características arriba descritas – los hispanos rescatemos, por ejemplo, el valor que damos en nuestra cultura a la vida en familia y al cuidado de la salud.

Porque los hispanos, en contra de la absolutización del placer, de la discriminación y la intolerancia, de las marginación, la indiferencia y el silencio, etc… formas éstas de mal-vivencia que generan violencia; hemos de ofrecer y privilegiar el amor como la primera vocación humana, las formas democráticas de participación en la construcción social,  el esfuerzo permanente por la construcción solidaria y justa de la paz, el respeto por la riqueza de lo diferente y de las otras culturas, el respeto por la vida humana sobre cualquier otro valor e interés, la importancia y primacía de la persona sobre las cosas, del ser sobre el tener, de la ética sobre la técnica, del ser humano y su trabajo sobre la empresa y el capital, del servicio sobre el poder, de lo trascendente sobre lo pasajero, temporal y transitorio.

Familia y salud están, aquí y ahora, potencialmente en riesgo de ser sometidas y devoradas por los principios posmodernistas de la cultura dominante y en contra de nuestras culturas hispanas. En el campo de la salud, es evidente un interés utilitarista y mercantilista antes que un interés de servicio solidario y humano.

El presente de la humanidad entera y, en concreto de esta Nación, desafía a la comunidad hispana presente en los Estados Unidos a que estemos a la altura de las cifras que ya representamos pero, sobre todo, a la altura de los desafíos al interior mismo de la comunidad hispana.

Congratulaciones en este mes de la hispanidad y mucho ánimo y esfuerzos pensados, conjuntos y coordinados en la tarea de impactar en los Estados Unidos no sólo por los números sino por la eficacia benéfica de nuestra presencia en Norteamérica. ¡Adelante!.

jueves, 13 de abril de 2017

Pascua Para La Vida Abundante

Sin-sentido de la vida, vicios y evasiones, rupturas en la familia, abortos, inestabilidad económica personal y familiar, difícil acceso a las oportunidades sociales, imposibilidad de alcanzar ideales por falta de recursos económicos, estratificación social, desempleo, carencia de vivienda, imposibilidad de acceder a la educación, imposibilidad de acceder a los sistemas de salud social, vejez desprotegida por los sistemas de seguridad social, soledad, corrupción administrativa, política y gubernamental, inequidad e injusticia social, hambre, epidemias y pandemias, pésima calidad en la prestación de los servicios públicos, violencia, inseguridad social, delincuencia organizada, grandes masas migratorias, desplazados, guerras y guerrillas intestinas locales o entre naciones, grandes catástrofes naturales, son unos pocos elementos de un extenso elenco de males y conflictos personales, familiares y sociales que representan, en definitiva, mil formas de muerte o lo que se ha dado en llamar una CULTURA DE LA MUERTE.

Por estos días la Iglesia Católica celebra el acontecimiento fundante del cristianismo: la confesión de fe, según la cual, el Crucificado transformó la vida de unos primeros testigos, hombres y mujeres; transformación por la que estos llamados primeros cristianos lo proclamaron RESUCITADO y VIVIENTE en medio de ellos y a partir de su personal y comunitaria experiencia como hijos de Dios y hermanos todos los unos de los otros.

Es decir, durante dos mil años, desde aquellos primeros hombres y mujeres testigos del ministerio público de Jesús, de los conflictos que dicho ministerio le acarreó, de su proceso judicial y pasional y de la muerte en cruz, hasta hoy, los cristianos confiesan a al Crucificado Jesús de Nazaret Viviente en cada cristiano y en cada comunidad cristiana que vive la misma vida que Jesús mismo vivió y enseñó.

Dicha confesión de fe en el Crucificado Resucitado supone, al mismo tiempo, confesar que la definitiva y última palabra que Dios, el Padre, pronunció sobre la vida de Jesús de Nazaret, confesado el Hijo por los cristianos, no fue muerte y fracaso total de su proyecto sino VIDA y VIDA ABUNDANTE, (Cfr. Jn 10,10) vida eterna, vida plena, vida feliz.

Todo lo cual significa que la religión cristiana, en general, y cada creyente en Cristo, en particular tiene – como fundamento y principal confesión de su fe – la certeza religiosa y el compromiso a favor de la Vida y en contra de la muerte, en las mil formas en que ésta se presenta. Que toda la vida de Jesús de Nazaret, su Evangelio y la forma de relacionarnos con Dios (como hijos) y con los otros (como hermanos) que de esta vida y enseñanza se derivan, es decir, la religión (relación) cristiana son una propuesta-protesta a favor de la Vida y de la Vida abundante, y por tanto, podríamos decir, el fundamento programático-doctrinal y el estilo de vida (personal y comunitario) que aliente lo que podemos llamar una CULTURA DE LA VIDA (en contra de la ya mencionada “Cultura de la Muerte”).

Nuestra vida personal, familiar y social transcurre, ya quedó dicho, en medio de mil formas de muerte. Cada uno de nosotros, (personal y socialmente) padece carencias, extraña mejores condiciones de vida, tiene la esperanza de días mejores que suponen días de mayor justicia y equidad, días de mayor y más fácil acceso a las oportunidades sociales, tiempos de mayor solidaridad, libertad y fraternidad. Todos añoramos “el cielo nuevo en la tierra nueva”. Diríamos que esta es la esperanza que jalona nuestro presente y que motiva nuestro ser y quehacer cotidiano.

LA RESURRECCION DE CRISTO alienta esta esperanza porque alienta la necesidad de mejores sistemas de educación, de vivienda y de salud; mayores niveles de equidad y de justicia, mayor búsqueda del bien común en la administración de justicia y de los dineros públicos. La Resurrección de Cristo, también llamada, PASCUA (paso) CRISTIANA nos empuja a todos a comprometernos por un mundo mejor, más humano, más fraterno, más solidario, más vivible, más amable.

Esta CULTURA DE LA VIDA, que se funda en la experiencia y confesión de fe en un Dios Creador y de la Vida abundante en la Resurrección de Cristo y, por El, con El y en El, en nuestra propia Resurrección ha de manifestarse especialmente en las sociedades en las que mayoritariamente nos llamamos “cristianos”, aunque nuestra experiencia pública de fe la celebremos en congregaciones religiosas con distintas denominaciones.

Dicho de otra manera, las manifestaciones de la Cultura de la Muerte resultan contradictorias y escandalosas en sociedades donde mayoritariamente – como en nuestro caso – nos confesamos públicamente como “cristianos”. Porque dichas manifestaciones chocan y contradicen el proyecto fundamental de Dios en Cristo; su Resurrección que es abundancia de vida, en contra de la abundancia de muerte.

Si nuestra profesión de fe como “cristianos” la vivimos en medio de situaciones manifiestas de precariedad de vida para unos frente a la abundancia desigual de unos pocos; si mientras millones mal viven o sobre-viven mientras unas minorías nadan en la abundancia; si las decisiones gubernamentales no procuran el bien de todos y – con ello – vamos construyendo persecución, desigualdad, desunión, divisiones, discriminación e intolerancia; si – en fin – no logramos aún la construcción de un mundo más humano por lo fraterno y justo, entonces nuestra experiencia religiosa es falsa porque es hipócrita, porque la construcción que hacemos de nuestro entorno personal y social contradice los postulados, principios hy valores del Evangelio de la Vida de Jesucristo.

Pascua Cristiana, por la Resurrección de Cristo, es tiempo para que examinemos nuestros compromisos personales y familiares y nuestros frutos como sociedad norteamericana. Tiempo para que nos preguntemos si los frutos y valores con los que estamos diseñando la construcción de nuestra sociedad – poblada mayoritariamente por “cristianos” – corresponden coherente y auténticamente al proyecto y Cultura de la VIDA ABUNDANTE para todos que emana del Evangelio.

Entonces, concluyo aquí con una invitación: Que nuestras confesiones de fe “cristiana” y nuestro culto “cristiano” se manifiesten finalmente en instituciones, estructuras y relaciones sociales “cristianas” a favor de LA VIDA (en todas sus expresiones) y en contra de la muerte (en sus tantas formas). ¡FELICES PASCUAS!





domingo, 9 de abril de 2017

Categóricamente, la reforma en materia de salud debe ser no-partidista.

En las últimas semanas, el público estadounidense ha venido presenciando un lamentable espectáculo. Justo porque el futuro de la Ley de Atención Asequible de la Salud (ACA, por sus siglas en inglés) pende de un hilo, los integrantes de la cúpula política del país —desde la Presidencia hasta los más bajos rangos— se han enfrascado en una ominosa guerra de palabras, donde no han faltado francotiradores partidistas. Todos esos litigantes se han venido aferrando a inflexibles posiciones ideológicas, revelando, así, su obstinación de buscar sólo mezquinas ventajas políticas. 

El destino de millones de estadounidenses pobres, o relativamente marginados, quedó omiso por completo desde la primera batalla que el nuevo gobierno entabló en torno a la reforma sanitaria (la primera de muchas escaramuzas políticas, obvio). El acceso a una atención médica de calidad por parte de esas amplias masas depende ahora de lo que se les ocurra a sus representantes en la capital del país. Al margen de cualquier politiquería, su bienestar debiera estar en el centro del debate. El deber y la alta vocación para servir al bien común —valores inscritos en las actas fundacionales de la nación— deben guiar a los legisladores de ambos bandos.
Tristemente, esto está muy lejos de la realidad; y, con la inminente batalla por la reforma fiscal que ahora mismo se extiende sobre todo Washington, D.C., es de temer que en el camino quede extraviada una auténtica reforma sanitaria. Por lo mismo, ya sea para bien o para mal, la ACA se mantendrá vigente en el futuro previsible, protegiendo como hasta ahora a algunos ciudadanos, al tiempo que aumentará la carga financiera de muchos otros, sobre todo por las elevadas tarifas y el reducido número de aseguradoras que se han adherido a esta ley, al margen de muchas otras dificultades, complejas e irresolubles, que complican dicho programa. 
De manera concreta, debe recordarse que la ACA no fue una simple ocurrencia del gobierno de Obama. Hace tres décadas, al menos, la Primera Dama del gobierno de Clinton impulsó, aún imperfectamente,  un proyecto para proporcionarles atención médica a las masas más desprotegidas de nuestro país. El eslogan simplista y chovinista de «repeal and replace» (rechaza y sustituye) difícilmente expresa la complejidad de esta situación. Aún más grave, tal enfoque deja de lado las necesidades inaplazables de los destinatarios finales de cualquier reforma: los estadounidenses más vulnerables y desprotegidos, cualquiera que sea su origen.
Por supuesto, a todos nos queda claro que la ACA necesita mejorarse en diversos aspectos. Todos los involucrados —legisladores, aseguradoras,  empresas farmacéuticas, fabricantes de aparatos médicos, etc., así como el pueblo estadounidense en su conjunto— hemos llegado a la conclusión de que es necesario restaurar y transformar el programa en cierta medida. No bien así, el proceso requerido deberá guiarse a partir del sentido común y de un enfoque de bienestar general (nada de políticas partidistas que sólo buscan su propio beneficio, siempre veloces y relajadas al traficar con el bienestar físico, emocional y mental de incontables ciudadanos estadounidenses).
Un primer paso ideal hacia la reforma de la ACA y del sistema sanitario en general sería establecer un panel o comisión de especialistas, cuyos miembros aportaran sus respectivos conocimientos para enfrentar este reto desde una perspectiva totalmente imparcial. Esto significa que a los miembros del panel o de la comisión se les encomendaría diseñar un plan al respecto, pero desde una perspectiva totalmente imparcial, apolítica y ajena a cualquier simpatía. Su objetivo sería más que claro: ¿cómo el gobierno puede atender de manera más eficaz las necesidades de todos los estadounidenses, especialmente de quienes sufren las peores y más vulnerables condiciones?
Un caso ejemplar de ello sería incluir, junto con el grupo de expertos, a un número significativo de médicos de cabecera, todos reconocidos y selectos. Su experiencia sería crucial gracias al trabajo que han realizado en algunas de las comunidades más pobres del país, como las ubicadas en las zonas rurales y en los barrios bajos de las grandes ciudades. Dichos médicos están en condiciones de ofrecer un testimonio, tan elocuente como factual, de las difíciles situaciones que padecen los estadounidenses que no cuentan con una adecuada atención médica a causa de la pobreza, la cual los ha condenado a vivir largamente en condiciones de miseria tan ocultas como lastimosas y atroces.
Este aspecto doloroso —y, francamente, digno de vergüenza— que define la realidad de Estados Unidos en pleno siglo XXI, nos obliga a reconocer la importancia que entraña fortalecer y mejorar el programa Medicaid del país. Este propósito debe formar parte de cualquier programa de reforma del sector salud. Estados Unidos carece de un programa de cobertura sanitaria como del que gozan los países europeos. Nuestros desplazados tienen al Medicaid como la opción más cercana con que pueden contar en ese sentido. Y, nadie puede negarlo, el Medicaid requiere reformarse también: el programa de beneficios debe llegar a ser más eficiente, ser menos propenso al desfalco y al fraude. En cualquier caso, Estados Unidos debe hacer todo lo posible para atender a los más desvalidos y vulnerables miembros de su sociedad.
La reforma en materia de salud no debe tratarse como un partido de fútbol, con ánimos de desquite y de humillación para los oponentes. Nuestros políticos están llamados a avanzar por vías superiores para mejorar al máximo el acceso a la atención médica que requieren los estadounidenses de todas las clases sociales. Esto también significa aliviar la carga financiera que soportan las clases medias, cada vez más oprimidas. Sin embargo, por encima de todo, la máxima autoridad del país es quien tiene la mayor obligación de asegurar que los estadounidenses menos favorecidos obtengan la atención que necesitan, lo cual constituye el sine qua non de cualquier reforma sanitaria moralmente legítima. 


sábado, 1 de abril de 2017

Misión Médica en República Dominicana

https://goo.gl/photos/g9D8fmYEmDg5MLY27 La Sociedad Médico-Dental Dominicana ha organizado una vez más una misión médica en República Dominicana. Este año han asistido 120 médicos. Entre las especialidades principalmente contábamos con 30 dentistas, 40 cirujanos, 20 oculistas, 30 pediatras.  El operativo medico tuvo lugar en las afueras de la capital en un barrio llamado la Nueva Barquita, recientemente inaugurado con viviendas nuevas para familias de escasos recursos. Más de 4000 operaciones se realizaron durante este operativo. Se acercaron alrededor de 6000 personas para solicitar asistencia médica. 

Haga clic aquí para ver las fotos de la misión.




martes, 21 de marzo de 2017

La Biblia en Estados Unidos: varias razones de esperanza
y un motivo de preocupación

Recientemente, el papa Francisco sugirió, tanto figurativa como literalmente, que las personas llevan ahora un ejemplar de la Biblia consigo y consultan sus páginas con la misma facilidad con que usan sus celulares para entretenerse, informarse o mantenerse en contacto con sus amigos y familiares.

En efecto, hay muchas aplicaciones de la Biblia o aparatos móviles que hacen de esa práctica una realidad al alcance de la mano de casi todos, salvo acaso de las personas de edad muy avanzada. Esas herramientas son muy valiosas, especialmente en el propósito de contactar a los millennials  y los adolescentes.  Al mismo tiempo, el Pontífice puso el dedo en la llaga de lo que es, o debería ser, motivo de preocupación para las iglesias cristianas de todas las denominaciones: en todo Occidente y en todos los grupos generacionales, está en franco retroceso el compromiso y el aprecio de la Biblia como objeto encarnado de la Palabra de Dios. 


Esto es verdad particularmente entre quienes rara vez asisten a los servicios litúrgicos y entre quienes han dejado de ir a la iglesia de plano. Es el caso, desde luego, de quienes —sin importar la edad— conciben a las Sagradas Escrituras como una creación netamente humana y, peor aún, como una fuente de opresión bajo la forma, por ejemplo, de homofobia o de otras formas supuestamente contrarias a la libertad humana.

El Grupo Barna, en colaboración con la Sociedad Bíblica de Estados Unidos (ABS, por sus siglas en inglés) hizo una extraordinaria aportación en este sentido con la publicación de La Biblia en Estados Unidos: el fluctuante panorama de las percepciones y el compromiso bíblicos. Este libro recopila los resultados de 14,000 entrevistas realizadas a adultos y adolescentes estadounidenses en los últimos seis años. La segmentación demográfica del estudio fue realmente extensiva, pues abarcó desde adolescentes hasta baby-boomers y ancianos; y se registraron allí las opiniones de creyentes y no creyentes, de feligreses y vecinos ajenos a las iglesias, y entre los encuestados hubo adeptos a la tradición católica pero también a las iglesias protestantes, tanto principales como adyacentes.

Los hallazgos derivados de este sondeo son altamente representativos del gran número de actitudes y perspectivas que existen en torno a la Biblia y a su papel en la vida privada y comunitaria. Por lo mismo, deben ser una poderosa herramienta para los jerarcas de la Iglesia estadounidense en la asignatura inaplazable de evitar un definitivo y alarmante declive del compromiso bíblico en Estados Unidos.

Seamos claros: el amor y la consulta de la Biblia se han mantenido inalterados entre los feligreses y los creyentes devotos. De hecho, la Biblia está ahora aún más enraizada en las vidas de innumerables personas, gracias en parte al resurgimiento entre católicos y protestantes de la ancestral práctica de Lectio Divina: un método de lectura de las Sagradas Escrituras que, en última instancia, abre las puertas a la oración contemplativa y al misticismo.

Vaya desde aquí mi mayor reconocimiento y más profunda gratitud a la ABS por haberme concedido la oportunidad de producir una serie de manuales de Lectio Divina, en varios idiomas, durante los años extremadamente provechosos en que estuve al frente del Departamento de Ministerios Católicos de esa organización.  Aunque sigue estando a la zaga de los protestantes en cuanto a compromiso bíblico se refiere, la Iglesia católica ha avanzado significativamente en este sentido desde el Concilio Vaticano II.

Aun así, la investigación de Barna tiene un grave tono de advertencia: en 2016, el número de «escépticos bíblicos» creció a 22 por ciento, mientras que el porcentaje de «adeptos bíblicos» se ubicó en 17 por ciento. Apenas en 2001, sólo 1 de cada 10 estadounidenses era escéptico de la Biblia, y 45 por ciento confirmó que «Dios les hablaba regularmente a través de la Biblia». Esto significa un cambio dramático, apenas matizado por el dato de que, en 2015, el 61 por ciento de los encuestados indicó que «les gustaría leer más la Biblia»; asimismo, en 2016, el 53 por ciento creía que los políticos harían mejor su trabajo «si leyeran la Biblia más a menudo».

No bien así, la investigación de Barda revela que en Estados Unidos existe un evidente declive de personas comprometidas con la Biblia, fenómeno que es aparentemente más dramático entre los jóvenes, los millennials y los adolescentes, especialmente entre quienes no son feligreses. En su prólogo de este libro, Jason Malec, director administrativo de la Misión de la ABS en Estados Unidos, no se anda por las ramas. Luego de confirmar que la Biblia «ha tenido un impacto más profundo en nuestra cultura como ningún otro libro», advierte que «si prosigue la actual tendencia, la Biblia perderá ciertamente su lugar como principal factor definitorio de nuestra cultura».

El presidente de Grupo Barna, David Kinnamon, diagnostica las causas principales del declive de la Biblia como fuente de consulta y de la caída de los asistentes a los cursos bíblicos: hay un creciente escepticismo sobre «los orígenes, la relevancia y la autoridad de las Sagradas Escrituras»; asimismo, y de acuerdo con lo que él mismo llama «un nuevo código moral», más y más personas (incluso cristianos) «asumen la auto realización como el bien supremo». Esta orientación hace que la cultura sea más resistente a la fe basada en la Biblia y la cual sostiene que es «el orden moral de Dios el que conduce al florecimiento humano y social», y no la búsqueda obstinada y consumista de la auto determinación y la auto superación.

En el lado positivo, Kinnamon indica que el «acceso digital» es una bendición en la forma de «nuevas herramientas y tecnologías que están haciendo a la Biblia… más accesible que nunca». Desde luego, si este acceso no se hace acompañar por una educación y una guía adecuadas, es imposible garantizar una fe más profunda y un mayor compromiso bíblico. 

«Si estas tendencias prosiguen su actual curso», advierte el reporte, «continuará a la baja el número de personas (especialmente jóvenes) que vean a la Biblia como un libro sagrado» y como la fuente de la más profunda sabiduría sobre la vida y la verdadera naturaleza de la realidad. El núcleo del problema es que «de manera creciente, los estadounidenses rechazan fuentes ajenas de autoridad moral, tanto espiritual como cívica». Aun así, «2 de cada 32 millennials y 7 de cada 10 adolescentes mantienen una perspectiva ortodoxa de la Biblia», revela el reporte. Sin embargo, la falta de tiempo impide que un tercio de los millennials creyentes lean la Biblia.

El estudio presenta un panorama de grandes contrastes. Una y otra vez, los hallazgos críticos se compensan con señales esperanzadoras. Por ejemplo, 68 por ciento de los adultos estadounidenses —lectores habituales de la Biblia o no — están «totalmente o medianamente de acuerdo»  con que las Sagradas Escritura son una «guía integral para lograr una vida con significado». Curiosamente, esta convicción es mayor entre los afroamericanos y las mujeres y —tal como era de esperarse— más fuerte en el sur del país que en las costas este y oeste.

A pesar de sus hallazgos contradictorios, el reporte señala que «muchos estadounidenses parecen experimentar muy poca disonancia cognoscitiva entre su adopción de un nuevo código moral [la búsqueda de la auto realización] y su opinión de la Biblia como una guía para la vida». Alguien podría argumentar, desde luego, que la comprensión real de las Sagradas Escrituras de estos encuestados en particular es —más allá de un vago y general sentido de apreciación de la Biblia como un patrimonio de la civilización judeocristiana que debe valorarse y respetarse— más bien superficial. 

¿Qué puede incentivar a alguien, de cualquier edad, para que asuma un mayor compromiso con la Biblia? La respuesta número uno es llegar a la comprensión de que leer y estudiar la Biblia es «una parte importante de mi viaje en la fe»; una «difícil experiencia en mi vida» es la segunda motivación más importante, seguida de un evento «significativo» de la vida, como el matrimonio o el nacimiento de un hijo.

Para los ministros, pastores y catequistas laicos, estos momentos tan aleccionadores deben aprovecharse de modo proactivo; son ventanas de oportunidad para demostrar el poder de las Sagradas Escrituras y hay que hacerlo de prisa porque suelen cerrarse de nuevo en un tris. Los jerarcas de la Iglesia deben estar más atentos que nunca antes. Sobre todo, como escribe el presidente de la ABS, Roy Peterson, los pastores del rebaño «deben comprometerse activamente» con la Biblia ellos mismos, «creando oportunidades diarias que les permitan ser moldeados y guiados por la palabra de vida de Dios». Sólo entonces «se convertirán en testigos del poder de Cristo para transformar el corazón humano». Mientras tanto, el Grupo Barda y la ABS les han dado a los jerarcas de la Iglesia un formidable arsenal de investigación que debe procesarse todavía. 

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lunes, 20 de marzo de 2017

No tengan miedo. (Jn 16:33)


1.-El ser humano: un buscador de felicidad…

Son muchos los conceptos con los que filosóficamente pretendemos definir y abarcar la totalidad del ser humano. Uno de ellos lo describe como un incesante, permanente, eterno buscador de la felicidad. Porque en la minucia cotidiana de todo lo que hacemos y experimentamos queremos ser felices. Todo lo que vivimos, entonces, está condicionado, tiene sentido, valor y verdad, tanto en cuanto, nos haga felices.

2.- La experiencia religiosa cristiana es, entonces, para la felicidad del ser humano…

Especialmente, la experiencia religiosa, como modeladora de la misión, la visión y los valores en la vida del ser humano y de las instituciones sociales tiene un papel importante en esta búsqueda de felicidad. Las distintas experiencias e instituciones religiosas han de ayudar para que el seguidor y creyente sea feliz. La experiencia religiosa cristiana, por tanto, ha de ayudarnos, a los creyentes en Cristo a ser felices. Esto, para que la vida y misión de Cristo tenga, entonces, validez para sus discípulos.

La tarea evangelizadora de veinte siglos de la Iglesia en el mundo no ha logrado mostrar y establecer la sinonimia y coincidencia entre la salvación y la felicidad, entre la vida eterna y la felicidad, entre la vida plena y abundante que Cristo nos trae y la felicidad que todo hombre y mujer busca mientras vive.

Lo cual explica las incoherencias, hipocresías y el permanente divorcio entre nuestra fe y nuestra vida cotidiana. Pues, por un lado y al margen de nuestras historias personales, familiares y sociales, vamos buscando la salvación que la fe religiosa cristiana nos ofrece y, por otros lados, lejos y casi siempre en contraposición con nuestra experiencia religiosa, vamos buscando la felicidad.

Tal divorcio, tales incoherencias e hipocresías desaparecen de la vida de los discípulos de Cristo cuando descubrimos que la salud, salvación y vida eterna ofrecida por Dios en su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, coinciden fundamentalmente con el anhelo incesante de la felicidad que experimenta todo ser humano. Que, como bellamente quedó expresado en el Concilio Vaticano II, “el misterio del ser humano se resuelve y esclarece en el Misterio de Jesucristo” (GS 22); que nuestra vida se ilumina y se interpreta desde y en la vida de Cristo; que nuestra búsqueda de felicidad y de humanización encuentra en Cristo y en su evangelio “el Camino, la Verdad y la Vida”, que nos hace felices, es decir, que nos salva; que nuestras opciones, trabajos, amores, sacrificios, renuncias, crisis y logros, se  entienden y adquieren sentido desde la vida, las opciones, la pasión, la cruz, muerte y resurrección del mismo Cristo.

Así, se entiende la hermosa y acertada definición que de esta humana e incesante búsqueda de felicidad dio San Agustín; “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón anda inquieto hasta que repose en Ti”

3.- La búsqueda de felicidad y la experiencia religiosa se viven en un contexto…
Pero la búsqueda de la felicidad y la experiencia religiosa cristiana, como toda experiencia religiosa se viven en un tiempo y en un espacio, no en una burbuja; vale decir: en contexto histórico, social y cultural. La búsqueda de felicidad la vive cada persona en el aquí y ahora de sus personales, familiares y sociales condicionamientos y circunstancias histórico-sociales. Contexto histórico-social que es distinto y cambiante en la historia de cada ser humano y de la humanidad entera y que, produce e introduce, por tanto, matices, interpretaciones, cambios, variaciones, en la noción de felicidad.

4.- Nuestro actual contexto histórico-social: transición de la modernidad a la posmodernidad…

A quienes aquí nos encontramos, a los habitantes todos del planeta tierra de este tiempo nos correspondió vivir en un contexto que llamamos: de transición de la modernidad a la posmodernidad,  Es un contexto y un momento histórico con unas globalizadas características que nos hace ser como somos, pensar como pensamos y actuar como actuamos hoy, a diferencia de como vivieron, sintieron, pensaron, actuaron y esperaron nuestros antepasados.

Sucintamente podemos decir que el hombre de hoy busca la felicidad mediante el ejercicio de un poder que atropella, aplasta y oprime. Que hoy confundimos la felicidad con la búsqueda del placer de los sentidos como principio y fin absoluto y sin importar los medios para alcanzarlo y que este poder y placer se logran mediante el tener entendido como acumulación de posesiones materiales, de bienes, de riquezas, en un entramado de relaciones interpersonales, sociales y regionales en las que más poder tiene y más placer logra quien más dinero maneja, acumula y ostenta. Todo esto, en total y absoluta contraposición con los principios y valores que emanan de la vida y ministerio de Jesús de Nazaret quien enseñándonos que somos hermanos, hijos del mismo Padre, entiende el poder como servicio, el placer en la entrega generosa de la propia existencia al servicio de los hermanos más desvalidos y necesitados del testimonio del amor de Dios y el tener como una capacidad y posibilidad para compartir compasiva, misericordiosa y solidariamente.

Contexto histórico-social, además, caracterizado y vivido en medio de conflictos y crisis de tipo:

  • Personal (especialmente, la pérdida de verdades absolutas  y con ello, el sin-sentido de la vida),
  • Familiar (especialmente, divorcios, rupturas y nuevos modelos familiares)
  • Social (problemáticas políticas y laborales, de salud, de educación y vivienda, de injusticia e inequidad, de corrupción administrativa en los gobiernos y mil formas de violencia, de ineficiencia en los servicios públicos, etc.)
  • Regional, nacional e internacional (choques entre distintos modelos políticos, ideológicos, gubernamentales y económicos; conflictos violentos internos y confrontaciones bélicas entre naciones, conflictos migratorios, desplazamientos, hambrunas, etc.)
  • Naturales (terremotos, huracanes, inundaciones, tsunamis, etc.)


Todas estas circunstancias de nuestro actual contexto histórico-social que empujan a que nuestro credo, nuestra fe, nuestra esperanza, nuestra experiencia religiosa cristiana empiece a ser vivida menos por tradición y más por convicción; menos como un conjunto de ritos y manifestaciones externas divorciadas de nuestra realidad cotidiana y más como un estilo de vida – según el evangelio de Jesucristo - que impregne nuestras vidas personales y familiares y nuestras relaciones e instituciones sociales, políticas,  culturales, económicas, naciones e internacionales.

Nuestro contexto histórico-social nos empuja y condiciona, aquí y ahora, para que nuestra búsqueda de felicidad-salvación mediante nuestra experiencia religiosa cristiana sea “como quien va a construir una torre o como quien va a dar una batalla…” (Lc 14, 28ss). Es decir, una experiencia religiosa cristiana razonada y razonable, libre, informada e inteligente que nos permita “estar siempre preparados para dar respuestas razonables a todo aquel que nos pida razón de nuestra esperanza” (1 Pe 3,15). Experiencia cristiana que llegue a ser en nosotros una opción fundamental de vida por la persona, la vida y el evangelio de Jesucristo, hasta poder gritar como Pablo de Tarso. “Ya no vivo yo es Cristo quien vive en mi” (Gál 2,20).

5.-La felicidad-salvación cristiana…

A lo largo de estas reflexiones he ido asomando en nqué consiste la noción de felicidad para los discípulos de Cristo: vivir su misma vida, vivir cotidianamente lo vivido y enseñado por Jesús de Nazaret. Vivir cada instante de nuestras vidas como hijos de Dios y hermanos de todos para, de esta manera, establecer relaciones personales, familiares y sociales que posibiliten y construyan “felicidad-vida abundante” (Jn 10,10) para todos…

6.- Una invitación: vivir la experiencia cristiana sin miedo, sin temores…

El contexto histórico social antes descrito en el que peregrinamos y vivimos nuestra fe y nuestra esperanza cristiana es, por conflictivo y anti-evangélico, retador. Porque “la mies es abundante y los obreros pocos…”(Lc 10,2).

¿Qué hacer cómo cristianos en el mundo de hoy y ante el panorama tan brevemente aquí descrito?. Desalentarnos, desanimarnos?

Urge hoy, escuchar, otra vez, la voz de Pablo que nos anima diciéndonos: “Estamos perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos…”( 2 Cor 4,9), porque nos fortalece nuestra certeza de felicidad-salvación en Cristo que nos dice: “No tengáis miedo, Yo he vencido al mundo” (Jn 16,33)

Los invito a retomar nuestra primera vocación cristiana. La de ser luz en medio de las tinieblas y sal (Mt 5,13) en medio de las actuales circunstancias insípidas por inhumanas.


Les renuevo la invitación tan recientemente hecha a todos los discípulos de Cristo de este tiempo por el Papa Francisco en la Exhortación Apostólica “Evangelli Gaudium”: vivir novedosamente felices, con gozo y alegría la experiencia cristiana. Ser testigos de la felicidad- salvación que nos da Cristo en la cotidianidad de nuestras vidas personales, profesionales, familiares y sociales. Vivir sin miedo nuestro compromiso bautismal. Vivir con la alegre confianza de los hijos de Dios y, en consecuencia, ser capaces de establecer relaciones de compasión y misericordia – como Dios nos ama – con todos los hombres y mujeres próximos al entorno de nuestras vidas. Vivir como misioneros de la alegre esperanza y de las buenas noticias del evangelio en el mundo de hoy, como testigos cotidianos de la felicidad/salvación que encontramos en el acontecimiento cristiano. Como hombres y mujeres felices y transformados en Cristo, con una mirada que – desde y por el evangelio - nos permite ver todo con la alegre confianza y esperanza de los que saben que “el novio está siempre con ellos” (Mt 9,15),  “todos los días, hasta el fin de los tiempos”.(Mt 28,20).


jueves, 16 de marzo de 2017

Francisco: Cuatro Estrellas en el Alma


El pasado 13 de marzo se inaugura el quinto año del Pontificado del Papa Francisco. Desde el 13 de marzo de 2013 hasta hoy han transcurrido cuatro años de un Pontificado corto pero denso, novedoso, fructífero, renovador, transformador.

¿Y cómo resumir la personalidad y el Pontificado de Francisco?. ¿Qué decir del Primer Papa Latinoamericano en la milenaria Historia de la Iglesia Católica?

Tendríamos que empezar por decir que es un ser humano, muy humano, profundamente HUMANO. Con toda la carga semántica que decir “humano” y “humanidad” contiene, encierra y significa. Es decir, un ser humano que por lo profundamente humano revela, al tiempo, profunda divinidad; revela la imagen y semejanza de Dios, impronta de nuestra creaturalidad. 

Son muchos los gestos y palabras profundamente humanas que brotan de la vida y obra de Francisco. Palabras y obras con las cuales ha estado siendo un vehículo de la divinidad en su humanidad y para toda la humanidad. En Francisco tenemos a un Obispo de Roma y, por ello, Cabeza de la Iglesia que es, ante todo y sobre todo, un hombre “humano”. Tan humano como Aquel de Asís al que nos remite su nombre de Pontífice.

Su profunda experiencia humana y de humanidad lo lleva – como Jesús – a acercarse a los débiles, a los más necesitados; a ocuparse de las causas de los marginados del mundo y alzar su voz en favor de la paz por la justicia, de la paz por la solidaridad y el respeto fraterno y misericordioso por todos, especialmente por los empobrecidos y despreciados de la tierra.

Esta profunda humanidad revela el “estilo” de Francisco y, como el filósofo Protágoras podemos decir de Francisco que “el estilo es el hombre” y su estilo, la medida de todas las cosas, la medida, carácter y sello de todo su ser y actuar, de todo su Pontificado.

Pero Francisco es un hombre CRISTIANO. Es un convencido de las causas del Evangelio de Jesucristo, que brotan del reconocimiento de Dios como Padre en el que todos quedamos hermanados, con un amor fraterno, misericordioso y universal, a la manera como el Padre bueno del cielo nos ama. La autenticidad de su vida cristiana no es un  añadido a su persona. Por el contrario, el Evangelio es la esencia de su ser y se revela en todo su humano proceder.

Humanidad y vida cristiana no son en la vida y tarea misionera de Francisco una yuxtaposición incoherente, farisaica e hipócrita. No. Francisco es un ser humano animado por el evangelio de Cristo, un cristiano en su profunda humanidad.

Francisco, es un hombre, cristiano que ha entregado su vida al MINISTERIO SACERDOTAL Y PASTORAL, primero como sacerdote jesuita, después como Obispo en Argentina y ahora como sucesor de Pedro en la Iglesia Católica.

Y todo su proceder ministerial, sacerdotal, pastoral, ha sido un espacio en el que ha quedado manifiesta su vida profundamente humana y, por ello, verdaderamente cristiana.

En nuestro momento histórico, el estilo de Francisco resulta novedoso, contradictorio y chocante. Porque siempre resulta novedoso el Evangelio; porque la vida del evangelio en el mundo engendra contradicción y porque la lógica del evangelio choca con la lógica del mundo.

La novedad/ruptura del Pontificado de Francisco - aquí y ahora - se explica por lo evangélico que va resultando su Pontificado, por el apego honesto de su ministerio papal a la lógica del evangelio en contra de la lógica del mundo.

Esta autenticidad evangélica ha ido convirtiendo rápidamente a Francisco en un referente espiritual y moral para toda la humanidad. Lo cual ha quedado de manifiesto en toda su vasta obra en tan sólo cuatro años de Pontificado y, por ello, el interés que Francisco despierta en todo el mundo, en distintas sociedades y grupos sociales, en los Medios de Comunicación, durante sus viajes, en sus intervenciones en las redes sociales y en cada aparición pública que realiza.

Francisco nos ha recordado que el Evangelio de Jesús de Nazaret sigue vigente y – sin haber participado como padre conciliar – Francisco nos ha recordado que el Concilio Vaticano II – como el Evangelio – están por estrenarse, especialmente en esta coyuntura de transición de la Modernidad a la Posmodernidad tan necesitada del proceder humano y misericordioso de Jesús, de la lógica del Evangelio y del anuncio del Evangelio de una manera  genuina, llana, simple, sencilla, directa, sin ambages ni circunloquios, como en su tiempo lo hizo y enseño Jesús.

Evidentemente, y como dije anteriormente, el estilo de Francisco es un estilo chocante. El estilo de su Pontificado levanta ampollas porque sala, purifica, renueva, enciende y quema, no se casa con el statu quo ni con una tradición milenaria inamovible, anquilosada, petrificada y – como el mismo lo ha denunciado – corrupta por lo necesitada de movimiento, luz, claridad y renovación en el Evangelio de Cristo.

El gran filósofo Danés, Soren Kierkegaard, en su ya famosísima parábola, cuenta la imposibilidad de un payaso para convencer a los habitantes de un pueblo cercano de un incendio en su circo. Los coterráneos pensaron que se trataba de una broma más para atraerlos a las funciones del circo debido a sus modales y vestimenta de payaso y el circo se quemó.

Hoy, todos están de acuerdo en que, con el estilo de su tarea evangelizadora, Francisco superó el problema planteado por Kierkegaard: porque Francisco llega y convence. Su tarea es creíble porque es coherente. Francisco ha mostrado que es posible romper los vetustos, obsoletos y anticuados moldes en los que se ha transmitido el Evangelio para acercarse – con “olor a oveja” -  a los hombres de nuestro tiempo, especialmente a los de las “periferias” geográficas, sociales, institucionales, ideológicas, etc. Con Francisco queda patente que el vino nuevo requiere de nuevos cueros, de nueva mentalidad y de mentes y corazones sinceramente abiertos y dispuestos a la siempre nueva luz del Evangelio de Jesucristo, que todo lo renueva, que todo lo cambia, que todo lo transforma.

La densidad de este Pontificado, su extraordinaria riqueza se pone de manifiesto en lo basta de la obra de Francisco en tan corto tiempo. Que baste enumerar aquí sólo unos hitos de su ministerio petrino:

  • Una Encíclica: Lumen Fidei (sobre la fe)
  • Una Carta Encíclica; Laudato Si sobre el cuidado del medio ambiente. 
  • Una Bula: Misericordiae Vultus para convocar al Año Santo de la Misericordia
  • Una Carta apostólica para el Año de dicado a la Vida Consagarada
  • Dos Exhortaciones Apostólicas: Evangelii Gaudium sobre el gozo de anunciar el evangelio y Amoris Laetitia sobre el amor en la Familia.
  • La conformación de un Consejo de Cardenales para la reforma de la Curia Romana
  • Un Sínodo extraordinario sobre la familia
  • Viajes apostólicos innumerables seguidos por multitudes.
  • Un Motu proprio "Sobre la competencia de las autoridades judiciales de la Ciudad del Vaticano en materia penal", publicado el 11 de julio de 2013.
  • Un Motu proprio "Sobre la prevención y el contraste de las actividades de blanqueo, la financiación del terrorismo y la proliferación de armas de destrucción masiva", publicado el 8 de agosto de 2013.
  • Tres Consistorios.
  • Canonizaciones
  • La Constitución apostólica Vultum Dei Quaerere (La búsqueda del rostro de Dios) sobre la vida contemplativa femenina).
  • Etc.

Hoy, damos gracias a Dios por darnos a Francisco como Papa en este tiempo y sus circunstancias. Al iniciar su quinto año de Pontificado se alegran nuestros corazones y las campanas de la Iglesia Católica. ¿Y por qué se alegran nuestros corazones y por qué repican las campanas? Respondamos con el poeta: “Por un hombre que es herrero, es soldado y es poeta. Por un hombre que lleva tres estrellas en el alma: el trabajo, la energía y el ensueño. El trabajo que da fuerzas, la energía que da audacias y el ensueño que da glorias”.

Damos gracias a Dios por darnos en Francisco un renovado modelo de humanidad en la vida cristiana. Nos alegramos porque en Francisco aparece, para nuestro tiempo, un modelo de divinidad en la humanidad. Nos congratulamos porque Francisco nos muestra – de manera sencilla – que la vida de Cristo en nosotros es posible y no sólo posible sino un reto que a todos interpela, convoca y desafía. Francisco nos recuerda a diario el valor del evangelio, lo valioso de la vida cristiana y la importancia de “volver siempre a las fuentes” para iluminar nuestras vidas y la vida del mundo con los valores del Evangelio.

Francisco ha vuelto a hacer creíble el Evangelio en la vida de un hombre para todos los hombres. Con su modo de ser y de actuar, con su ministerio petrino, el argentino Jorge Mario Bergoglio, como Papa Francisco, se ha ido convirtiendo, en estos cuatro años de Pontificado y como dijera el gran dramaturgo Bertolt Brecht, en uno de esos “indispensables”, para toda la humanidad. En uno de esos hombres que validan y hacen creíble y amable hacer parte de la raza humana, del cristianismo y de la Iglesia Católica.

¡AD MULTOS ANNOS!