domingo, 21 de junio de 2020

Por Una Única Raza



Por estos días, la población de los Estados Unidos prosigue su marcha bajo los titulares noticiosos, la tensión y las protestas por el homicidio por asfixia –así lo determinó la autopsia- del afroamericano George Floyd a manos del agente policial Derek Chauvin y con la complicidad de tres compañeros más. Este suceso opacó, incluso, la noticia de la pandemia por COVID-19, que ya deja miles de contagiados y de muertos en esta nación.

La vida de un ser humano es invaluable y la vida de muchos, mucho más. Entonces, ¿por qué, de repente, en el acontecer nacional, la muerte de uno se vuelve más importante y más noticiosa que la muerte de miles? Porque la muerte de George Floyd revive dolorosamente, en las entrañas norteamericanas, el atroz fantasma del racismo: una tara, una plaga, una terrible pandemia que ha acompañado –desde sus orígenes– la historia de este país.

Sí. Triste, dolorosamente, durante toda la trayectoria de nuestro acontecer nacional, hemos tenido que convivir con la plaga social y moral de la discriminación y la desigualdad racial. Cierto que Estados Unidos constitucionalmente abolió la esclavitud, también es cierto que en la presidencia de Lyndon B. Johnson, en 1964, se firmó y promulgó la llamada Ley de los Derechos Civiles y que son muchas las conquistas y logros ciudadanos que los llamados grupos poblacionales minoritarios en esta nación han alcanzado. Y, sin embargo, conviviendo en paralelo con las formalidades legales y constitucionales, no es menos cierto que la muerte de George Floyd nos revela nuestras taras, nuestras hipocresías, nuestras falencias como tejido social y lo mucho que nos queda a todos por trabajar, construir y lograr en el empeño por una sociedad verdaderamente democrática, es decir, verdaderamente equitativa, justa, solidaria y humana.

Abolimos la esclavitud, pero quedó latente su peor secuela: el racismo. Casi seis décadas después del famoso discurso de Martin Luther King en Washington, la muerte de George Floyd devela la coexistencia hipócrita de dos naciones en una: la de los multimillonarios y la de los sin-nada, la de los lujos y la de los ghettos, la de los que tienen todo y todas las oportunidades y la de los muchos que carecen de las mínimas oportunidades políticas y sociales para vivir con dignidad. Porque la inmensa mayoría de los afroamericanos, como la inmensa mayoría de otras poblaciones de grupos “minoritarios” viven en esta nación carentes de calidad y dignidad en aspectos esenciales para la vida del ser humano como educación, vivienda, empleo, salud; sometidos a permanentes abusos legales y policiales, en medio de injusticia e inequidad en la aplicación de los derechos y las oportunidades; injusticia e inequidad que segrega, que discrimina, que margina, que descarta, que atropella, que aplasta, que colma las  cárceles y que, finalmente, mata.

Esta plaga moral y social del racismo es, para nuestra desgracia, un asunto estructural, casi institucional, sistémico, sistemático y endémico, en el ser y quehacer de los Estados Unidos. Vale decir: es un asunto enraizado e introyectado en la médula de esta nación. El racismo funciona y se manifiesta, unas veces sutilmente, otras descarada y salvajemente, en nuestras estructuras mentales, en nuestras interrelaciones cotidianas, en nuestro sistema educativo, en la configuración y paisaje de nuestros planeamientos urbanísticos, en nuestras legislaciones, etc.

En el caso más reciente, cuatro agentes de la policía, que deberían representar la protección gubernamental para los ciudadanos, se convirtieron en instrumento vil y brutal contra la vida de un hombre afroamericano, hasta asesinarlo; para escribir así, una página más en la cruenta y vergonzosa historia racista de este país.’

En consecuencia, Estados Unidos ha vivido, ya por dos semanas, manifestaciones públicas de protesta -legítimamente amparadas por la Constitución- por el asesinato de George Floyd, a lo largo y ancho del territorio nacional. Y, oprobiosamente, el papel del presidente Trump, en esta difícil y peligrosa coyuntura, como ya reiteradamente se ha diagnosticado en esta y en otras ocasiones, no ha sido el de unir a la población, sino el de dividir y tratar de restarle justificación a las justas reclamaciones de las protestas públicas, rotulando –entre otros adjetivos– con el de “terroristas” a los protestantes. Todo esto es más grave, tratándose de sucesos que ocurren en el país que se erige como ejemplo de logros políticos, económicos y sociales, y modelo de democracia para el concierto mundial de las naciones de la Tierra.

Escondidos, camuflados, infiltrados en las justas protestas hubo quienes desviaron el propósito primero de las mismas –protestar contra la muerte de George Floyd y contra el racismo- y se dedicaron a cometer toda clase de desmanes contra la propiedad privada y los comercios de las ciudades por donde transitaron las manifestaciones. Abusos que tienen dos implicaciones y consecuencias principales: el atropello contra una población también minoritaria y vulnerable, como la mayoría de la población en protesta, que hizo que, en cuestión de horas, muchos hombres y mujeres pobres perdieran propiedades y negocios fruto de muchos años de trabajo, esfuerzo y sacrificios. Y, de otra parte, con dichos comportamientos abusivos validan y aparentemente dan la razón y justifican el discurso de los racistas de nuestra sociedad.

El asesinato de George Floyd nos recuerda que hemos fallado y estamos fracasando como sociedad; que son muchas nuestras conquistas, pero mucho más lo que nos falta por lograr… y, al mismo tiempo, nos señala el norte hacia el que todos tenemos que avanzar unidos para lograr una nación verdaderamente igualitaria, libre, diversa, plural, justa, solidaria, reconciliada, equitativa y democrática. La equidad racial no puede ser reducida a un “sueño”, a un parágrafo de la Constitución, a una frustración o a una rabia que esporádicamente se manifiesta públicamente. La equidad racial tiene que ser una conquista cotidiana de parte de todos y debe manifestarse en todos nuestros comportamientos, actitudes y relaciones.

Por otro parte, es esperanzador que sea la población joven la que mayoritariamente se lanzó a las calles a protestar, porque podemos esperar un futuro mejor de parte de los que van tomando las riendas de nuestro destino nacional. De cómo se resuelvan todas las demandas justamente pregonadas en las recientes protestas por la muerte de G. Floyd dependerá, en mucho, el futuro próximo de esta nación, de su progreso y bienestar interno y de su rol como líder político de la humanidad.

¡Ya basta! Que la muerte de Floyd no sea en vano. Mientras… los invito a seguir soñando con Martin Luther King para que lleguen días en que “los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de los esclavos se puedan sentar juntos en la mesa de la hermandad” y a vivir en un país en el que nadie sea juzgado “por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad” y para que, en adelante y por siempre, sólo hablemos de una única raza: ¡la raza humana!