miércoles, 30 de diciembre de 2020

martes, 22 de diciembre de 2020

martes, 24 de noviembre de 2020

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Programa de Vacunación contra la COVID-19 del Estado de Nueva York

 


El Gobierno del Estado de Nueva York acaba de anunciar su Programa de Vacunación contra la COVID-19, un plan integral de acción que habrá de aplicarse en cuanto esté disponible una vacuna fiable para su distribución masiva. Debemos conferirle el crédito respectivo al gobernador Cuomo por su constante liderazgo durante la pandemia y por encabezar este esfuerzo, el cual aspira, según ha escrito el propio gobernador, a convertirse en “el mejor programa de vacunación” del país entero.

Este documento, señala el resumen ejecutivo, “describe los pasos que deben seguirse y los protocolos que deben aplicarse para garantizar la seguridad y la eficiente distribución y administración de la vacuna en beneficio de los neoyorquinos”. Dada la gran cantidad de “dudas” que aún existen, el Programa está “diseñado para ser flexible”. El Programa fue elaborado a petición de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC). “Se espera que el Gobierno federal marque los lineamientos sobre la manera de distribuir y administrar la vacuna una vez que la entregue a los estados”, indica el resumen ejecutivo.

Una función relevante del Programa es elevar la confianza pública en este proceso: en septiembre, apenas alrededor del 50 por ciento de los estadounidenses dijo que se aplicaría la vacuna en cuanto estuviera disponible, en comparación con el 72 por ciento de mayo. 

Evidentemente, es crucial que la población atendida por SOMOS —las comunidades marginadas de origen hispano y chino— tenga acceso a la vacuna. Esta población tiene un mayor riesgo de contagio que el resto de la población a causa del hacinamiento que caracteriza sus viviendas y de otros factores ambientales, así como a la mayor incidencia de enfermedades pre-existentes.

Por lo mismo, es alentador que uno de los “principios rectores” del Programa sea “la distribución equitativa y clínica”. Básicamente, esto significa: “que el enfoque de la distribución de la vacuna contra la COVID-19 en el Estado de Nueva York se basará exclusivamente en estándares clínicos y equitativos que prioricen el acceso a las personas con mayor riesgo de exposición, enfermedad y/o resultados deficientes, al margen de otros factores no relacionados, como la riqueza o el estatus social, que podrían conferir un tratamiento preferencial injustificado”.

Otro “principio rector” del Programa pareciera estar hecho a la medida del papel relevante que desempeña la red de médicos comunitarios de SOMOS y de su aparato publicitario vecinal, en cuanto la vacuna esté disponible: “asociación, coordinación y enlace público”. Ahí se lee: “el Gobierno del Estado de Nueva York reconoce que la coordinación con organizaciones locales y médicos comunitarios es esencial para garantizar la seguridad y la distribución y aplicación exitosa de la vacuna contra la COVID-19. Los esfuerzos estatales de enlace con la sociedad se enfocarán especialmente en contactar a las poblaciones de difícil acceso, a las más vulnerables, las menos accesibles y a las escépticas sobre la utilidad de la vacuna, así como a quienes corran mayores riesgos de contagio y que tengan resultados deficientes en el tratamiento clínico”. El enfoque del plan de enlace social del Programa ¡se basa en poblaciones de pacientes como los nuestros!

En relación a dicho plan de enlace, el Programa especifica: “Todos los esfuerzos destinados a la educación pública y al compromiso comunitario incluirán pasos capaces de lograr una eficaz conexión con las poblaciones de difícil acceso, con las más vulnerables y con las escépticas sobre la utilidad de la vacuna, y también incluirán aproximaciones de enlace dirigidas a las comunidades con mayor riesgo de contraer la COVID-19. El gobierno estatal de Nueva York trabajará estrechamente con socios a nivel estatal que puedan coadyuvar en el propósito de asegurar que todas las comunicaciones públicas se hagan de manera que garanticen que las personas con inequidades sanitarias estén representadas y, asimismo, capaces de asegurar que el acceso a la vacuna no sea una barrera para las comunidades marginadas”.   

Además, el Programa será capaz de “coordinar estrechamente a las partes involucradas, los líderes sociales y las organizaciones comunitarias para proveer masivamente información sobre la distribución y administración de la vacuna en el Estado de Nueva York. Esto incluirá la participación comprometida de los interesados para vincular a representantes de organizaciones comunitarias que atiendan a poblaciones marginadas, de difícil acceso, vulnerables y escépticas sobre la utilidad de la vacuna, a fin de apoyar a las autoridades en el diseño de estrategias relativas a temas como enlace, comunicación y participación social”.     

Estamos seguros de que SOMOS puede desempeñar un papel significativo en el Programa de Vacunación contra la COVID-19 del Estado de Nueva York, sobre todo mediante la promoción y la aplicación de la vacuna en las comunidades más vulnerables. ¡Esperemos que la vacuna esté disponible muy pronto!




sábado, 31 de octubre de 2020

Jerónimo, el hombre que inspira al Papa su pasión por la Biblia

 

Publicado en Aleteia.com el 30 de octubre de 2020.

El Obispo de Roma dedica una carta apostólica al amor por las Sagradas Escrituras del doctor de la Iglesia, traductor y difusor de los dos Testamentos.

El pasado 30 de Septiembre del 2020, desde la Basílica de San Juan de Letrán en Roma, en la memoria litúrgica del presbítero y doctor de la Iglesia, San Jerónimo, y con motivo de la conmemoración de los mil seiscientos años de su muerte en Belén, el Papa Francisco promulgó la carta apostólica “Scripturae Sacrae affectus” (Una estima por la Sagrada Escritura).

Carta con la que, además de rendir tributo a la vida y obra de este gran ser humano y cristiano, el Papa reafirma la doctrina de la Iglesia Católica sobre la Sagrada Escritura, fuente primordial para la fe y la religión de todos los creyentes en Cristo, de los católicos y, además, para la experiencia y quehacer humano de todo hombre y mujer de buena voluntad.

La vida y obra de San Jerónimo, dice el Papa, como «incansable estudioso, traductor, exegeta, profundo conocedor y apasionado divulgador de la Sagrada Escritura; fino intérprete de los textos bíblicos; ardiente y en ocasiones impetuoso defensor de la verdad cristiana; ascético y eremita intransigente, además de experto guía espiritual, en su generosidad y ternura», hacen que «hoy, mil seiscientos años después, su figura siga siendo de gran actualidad para nosotros, cristianos del siglo XXI«. Por todo lo cual, san Jerónimo, nos ha legado como herencia «una estima por la Sagrada Escritura, un amor vivo y suave por la Palabra de Dios escrita».

Para resaltar la excelencia, la oportunidad y necesidad de este documento pontificio, me permitiré subrayar – a continuación – siete ideas esenciales que corresponden a los siete apartados en los que está dividida la misma carta apostólica mencionada.

 

1
CONSAGRADO A DIOS Y A LAS ESCRITURAS

En primer lugar, mirando y analizando los retratos que pintores importantes han hecho sobre San Jerónimo, el papa encuentra en ellos la repetición de dos rasgos que definen el perfil del santo como un hombre, en primer lugar, absolutamente consagrado a Dios (monje y penitente) y, en segundo lugar, como un estudioso, absoluta y rigurosamente dedicado al conocimiento de las Sagradas Escrituras.

2
AMOR “APASIONADO” POR LA SAGRADA ESCRITURA

En segundo lugar, Francisco destaca el profundo amor de Jerónimo por la Sagrada Escritura que, según el modo de entender el Papa, es un amor apasionado semejante al que experimentaron, vivieron y transmitieron los grandes profetas, de la mejor tradición del Antiguo Testamento, por la Palabra de Dios.

3
ESTUDIO RIGUROSO DE LA ESCRITURA

Respecto del estudio y conocimiento de la Sagrada Escritura, y animándonos a hacer a todos lo mismo, dice el Papa de Jerónimo que «la competencia en las lenguas en las que se transmitió la Palabra de Dios, el cuidadoso análisis y evaluación de los manuscritos, la investigación arqueológica precisa, además del conocimiento de la historia de la interpretación, en definitiva, todos los recursos metodológicos que estaban disponibles en su época histórica los supo utilizar armónica y sabiamente, para orientar hacia una comprensión correcta de la Escritura inspirada».

4
DIVULGADOR DE LA ESCRITURA

En cuarto lugar, el Papa resalta en su Carta, el invaluable aporte que hizo el Santo de la Dalmacia Romana, al iniciar los trabajos de traducción de los textos bíblicos, del hebreo original al latín de la Europa de su tiempo; dando así, acceso a la lectura de las Sagradas Escrituras por el entero pueblo cristiano, por el «vulgo», de donde le viene a esta traducción de Jerónimo el nombre de ‘Vulgata.

Trabajo para el que – dice el papa – San Jerónimo «hizo un buen uso de sus conocimientos de griego y hebreo, así como de su sólida formación latina, y utilizó las herramientas filológicas que tenía a su disposición…. El resultado es un verdadero monumento que ha marcado la historia cultural de Occidente…».

De esta manera, continúa el Papa: «la Europa medieval aprendió a leer, orar y razonar en las páginas de la Biblia traducidas por Jerónimo», por lo que «la literatura, las artes e incluso el lenguaje popular se han inspirado constantemente en la versión jeronimiana de la Biblia, dejándonos tesoros de belleza y devoción».

5
EVANGELIZAR CON LA BIBLIA

Pero además, y en quinto lugar, el Papa subraya el inmenso valor que tiene la vida y obra de Jerónimo – especialmente con la traducción de la Vulgata – para el trabajo evangelizador de la Iglesia en el mundo, si valoramos los aspectos positivos que tiene todo pueblo y su cultura para la vida de la entera humanidad y, por tanto, para la vida de la Iglesia; de tal manera que la Palabra de Dios pueda llegar a todos en sus propias formas culturales.

Porque «con su traducción, Jerónimo logró ‘inculturar’ la Biblia en la lengua y la cultura latina, y esta obra se convirtió en un paradigma permanente para la acción misionera de la Iglesia».

En efecto, «cuando una comunidad acoge el anuncio de la salvación, el Espíritu Santo fecunda su cultura con la fuerza transformadora del Evangelio». Por lo que «el trabajo de traducción de Jerónimo nos enseña que los valores y las formas positivas de cada cultura representan un enriquecimiento para toda la Iglesia».

6
EN COMUNIÓN CON EL OBISPO DE ROMA

En relación con la vida y trabajo del santo hermeneuta y exegeta, el Papa subraya, además, la fuerte relación que siempre tuvo Jerónimo con Roma y, por ello, con la Cátedra de Pedro «incluso cuando la envidia y la incomprensión lo obligaron a abandonar la ciudad, siempre permaneció fuertemente vinculado a la cátedra de Pedro».

7
AMAR LO QUE JERÓNIMO AMÓ

Y al final de la Carta, en séptimo lugar, el Papa nos lanza a todos, especialmente a los jóvenes, una invitación a amar, leer, conocer, entender y vivir lo que Jerónimo amó y vivió: la Palabra de Vida nueva y eterna, Palabra del Padre que es Cristo mismo. «Atrévanse a fijar la mirada en Jerónimo, ese joven inquieto que, como el personaje de la parábola de Jesús, vendió todo lo que tenía para comprar ‘la perla de gran valor’ (Mt 13,46). Y con las mismas palabras que Jerónimo solía repetir nos aconseja, nos exhorta el Papa: Lee muy a menudo las Divinas Escrituras, o mejor, nunca el texto sagrado se te caiga de las manos».

Con esta Carta, como dije al comienzo, el Papa Francisco – en sintonía con las grandes reformas hechas, en la Iglesia y para su misión en el mundo, por el Concilio Ecuménico Vaticano II, nos invita – una vez más – a volver a las fuentes, a beber y alimentar nuestra fe de la fuente primordial de la Revelación de Dios que es Jesús mismo – Verbo del Padre – y sus evangelios y poner en la centralidad de nuestra personal experiencia cristiana y en la vida de toda la Iglesia, de su ser y quehacer, las Sagradas Escrituras.


miércoles, 21 de octubre de 2020

¡HERMANOS TODOS: CONSTRUYAMOS LA ESPERANZA!


El pasado 3 de octubre de este año 2020, en la víspera de la fiesta de San Francisco de Asís y en el octavo año de su Pontificado, el Papa Francisco presentó a los fieles católicos del mundo entero y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, su tercera Carta Encíclica sobre LA FRATERNIDAD Y LA AMISTAD SOCIAL, titulada con la frase “Fratelli Tutti” (Hermanos todos), que tanto acostumbraba pronunciar el “Poverello” de Asís. 

Con estas dos palabras, título de la Encíclica, Francisco el Papa, como Francisco el de Asís, reclaman desde el inicio mismo del documento “una fraternidad abierta, que permite reconocer, valorar y amar a cada persona más allá de la cercanía física, más allá del lugar del universo donde haya nacido o donde habite”.(1) 

Un documento que aunque, lógicamente, bebe de las fuentes del Evangelio de Jesucristo y en primera instancia tiene como primeros destinatarios a los fieles de la Iglesia Católica por él guiada, cobra importancia, de primer orden, dada la autoridad mundial de este líder espiritual, reconocida por todos y en todos los ámbitos de la humanidad y, además, por la cobertura universal que tienen todos los temas que en ella trata el Papa Francisco. Por ello dice él mismo: “Si bien la escribí desde mis convicciones cristianas, que me alientan y me nutren, he procurado hacerlo de tal manera que la reflexión se abra al diálogo con todas las personas de buena voluntad”.(6). Y Sin olvidar la coyuntura histórica y mundial de la pandemia que estamos padeciendo, Francisco cuenta que “cuando estaba redactando esta carta, irrumpió de manera inesperada la pandemia de Covid-19 que dejó al descubierto nuestras falsas seguridades. Más allá de las diversas respuestas que dieron los distintos países, se evidenció la incapacidad de actuar conjuntamente. A pesar de estar hiperconectados, existía una fragmentación que volvía más difícil resolver los problemas que nos afectan a todos….(7)

De otra parte, es una Encíclica con la que Francisco deja totalmente claro y definido su pensamiento social y su cosmovisión: un mundo – en el que según la Buena Nueva que es Jesucristo, vivamos en fraternidad universal, con signos de amor fraterno, concretos y comprometidos, hasta las últimas consecuencias, como el Buen Samaritano del Evangelio, que es Jesús mismo. 

Tal es el interés que este Documento Pontificio ha suscitado, que ya empieza a ser equiparado con Cartas Encíclicas tan importantes para el concierto de las Naciones como la Rerum Novarum de León XIII o la Populorum Progressio de Pablo VI. Es decir, empieza a ser catalogada entre los más importantes documentos pontificios con los que la Iglesia – Madre y maestra – con su doctrina social, inspirada siempre en los hechos y palabras del Nazareno, quiere servir e iluminar a la entera convivencia humana, a las instituciones sociales y al desarrollo de los pueblos y naciones. 

Sobre el propósito de la Encíclica dice el mismo Francisco que “no pretende resumir la doctrina sobre el amor fraterno, sino detenerse en su dimensión universal, en su apertura a todos (6). Porque, dice el Papa: “Anhelo que en esta época que nos toca vivir, reconociendo la dignidad de cada persona humana, podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad. Entre todos: «He ahí un hermoso secreto para soñar y hacer de nuestra vida una hermosa aventura. Nadie puede pelear la vida aisladamente. […] Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante. ¡Qué importante es soñar juntos! […] Solos se corre el riesgo de tener espejismos, en los que ves lo que no hay; los sueños se construyen juntos». 

Y, para ello, en ocho capítulos y doscientos ochenta y siete numerales, Francisco nos interpela sobre la realidad de cada ser humano y de la realidad local y mundial que hoy se experimenta como vivir en “LAS SOMBRAS DE UN MUNDO CERRADO” (Capítulo Primero). Es decir, analiza “algunas tendencias del mundo actual que desfavorecen el desarrollo de la fraternidad universal”(9), tales como los sueños de progreso y humanidad “que se rompen en pedazos”, conflictos – especialmente bélicos – miedos y pesimismo frente al futuro,  la falta de “conciencia histórica” y de un  proyecto universal para todos, el “descarte” mundial que se manifiesta especialmente en el empobrecimiento de grandes mayorías, violaciones a los derechos humanos, una globalización y progreso social que no alcanza ni beneficia a todos por igual, pandemias y otros grandes flagelos, la tragedia de los movimientos migratorios de grandes masas humanas, los problemas de las telecomunicaciones que deshumanizan, aíslan y crean soledad, falta de dialogo y encuentro personal en la verdad y la “agresividad sin pudor” del consumismo, etc. 

Pero quizá la crítica más profunda de Francisco en esta Carta se la hace al sistema económico-político-social del Capitalismo Neoliberal y su sistema de mercado sobre el cual dice: “no resuelve todo…Se trata de un pensamiento pobre, repetitivo, que propone siempre las mismas recetas frente a cualquier desafío que se presente. El neoliberalismo se reproduce a sí mismo sin más, acudiendo al mágico “derrame” o “goteo” —sin nombrarlo— como único camino para resolver los problemas sociales. No se advierte que el supuesto derrame no resuelve la inequidad, que es fuente de nuevas formas de violencia que amenazan el tejido social”.

Pero, dice el Papa, que a pesar de estas sombras densas que no conviene ignorar, quiere hacerse “eco de tantos caminos de esperanza. Porque Dios sigue derramando en la humanidad semillas de bien. La reciente pandemia nos permitió rescatar y valorizar a tantos compañeros y compañeras de viaje que, en el miedo, reaccionaron donando la propia vida. Fuimos capaces de reconocer cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes…”(54)

Sombras que el Papa ilumina con la Parábola evangélica conocida como del “buen samaritano” sobre “UN EXTRAÑO EN EL CAMINO”(Capítulo Segundo). Parábola que nos pide “PENSAR Y GESTAR UN MUNDO ABIERTO”(Capítulo Tercero), con un “UN CORAZÓN ABIERTO AL MUNDO ENTERO” (Capítulo Cuarto) en el que el quehacer de “LA MEJOR POLÍTCA”(Capítulo Quinto), mediante el “DIÁLOGO Y AMISTAD SOCIAL”(Capítulo Sexto)nos lleve por “CAMINOS DE REENCUENTRO” (Capítulo Séptimo) en el que “LAS RELIGIONES (se pongan) AL SERVICIO DE LA FRATERNIDAD EN EL MUNDO” (Capítulo Octavo).

Y en el hermoso entretejido de la Encíclica, aparecen por aquí y por allá, otros temas recurrentes en el Magisterio de Francisco, tales como: el evangelio y su dinamismo universal del amor, que convoca el compromiso de todo hombre y mujer de buena voluntad, la relación entre lo local y lo universal, la necesidad de la “cultura del encuentro”, el destino común de los bienes y la promoción humana a través del trabajo, etc.

Si bien el Papa hace un retrato desesperanzador y desconsolador de la experiencia histórica y social del ser humano en el mundo actual, al final se abre y nos abre a la esperanza para todos, como  el mayor desafío que tiene la humanidad hoy, que - según el Papa – como en la enseñanza del evangelio del carpintero de Nazaret -  está en la construcción de un mundo fraterno, en el que pasemos del individualismo que se vive desde las altas esferas políticas hasta en el uso que damos a las redes sociales; individualismo que aísla, deja solos a millones y se olvida de “los pobres, de los abandonados, de los enfermos, de los descartados, de los últimos.(2) a la construcción, de un “nosotros” en el amor universal, por el reconocimiento de que somos hermanos, con un destino común y en una misma casa y mesa, en la que podamos llamarnos, con verdad: “Fratelli tutti” (Hermanos todos). 

Fratelli Tutti es, entonces y ante todo, una invitación al compromiso de todos, personas, pueblos, gobiernos y naciones, para construir la esperanza que «nos habla de una realidad que está enraizada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y los condicionamientos históricos en que vive. Nos habla de una sed, de una aspiración, de un anhelo de plenitud, de vida lograda, de un querer tocar lo grande, lo que llena el corazón y eleva el espíritu hacia cosas grandes, como la verdad, la bondad y la belleza, la justicia y el amor. […] La esperanza es audaz, sabe mirar más allá de la comodidad personal, de las pequeñas seguridades y compensaciones que estrechan el horizonte, para abrirse a grandes ideales que hacen la vida más bella y digna»[52]. Caminemos en esperanza.

Bienvenida esta Encíclica que está llamada a convertirse en la hoja de ruta de nuestros tiempos, de la entera familia de naciones y que convoca el compromiso de todos, si queremos – como lo anhelamos – un mundo mejor para nuestro presente y para el futuro de las generaciones venideras. Es el mismo Papa el que nos invita a soñar: “Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos” (8). “Necesitamos desarrollar esta consciencia de que hoy o nos salvamos todos o no se salva nadie. La pobreza, la decadencia, los sufrimientos de un lugar de la tierra son un silencioso caldo de cultivo de problemas que finalmente afectarán a todo el planeta” (137).


domingo, 27 de septiembre de 2020

martes, 1 de septiembre de 2020

Rezar para Orar


En la suma de las dimensiones que somos como seres humanos, hay una, la más importante: esa que nos eleva por encima de la cotidianidad, que nos libera de la materialidad tangible, perecedera y consumista postmoderna, que nos hace volar, que nos permite crear ideales y metas, soñar con utopías y a no resignarnos a la estrechez, precariedad y limitaciones de nuestro barro; se trata de la dimensión trascendente de la vida de cada ser humano.

Esta dimensión humana hace que el hombre tienda a la divinidad con anhelos de plenitud, de perfección, de infinitud, de eternidad y explica, además, que todos los seres humanos establezcamos, en el día a día de nuestras vidas o en acontecimientos especiales de nuestra existencia, relaciones con el Trascendente.

La manera de hacerlo es intentando comunicación con quien cada uno considera y confiesa como su Dios, su ser Trascendente, su Creador… Y, en general, este intento de comunicación se llama – en la mayoría de los sistemas religiosos de la humanidad – oración.

Para orar e intentar entrar en un diálogo con la divinidad, los seres humanos usamos ritos, devociones, recitamos himnos, cánticos, etc. En general, usamos fórmulas tradicionales, social y culturalmente aprendidas, que - en español y en teología católica - llamamos REZAR, es decir: recitar… Y a rezar dedicamos espacio-tiempos de nuestra existencia.

Pero REZAR (recitar fórmulas, conversar con el trascendente mediante ritos, devociones, etc.) es un instrumento que nos tiene que abrir y empujar a la ORACIÓN, es decir, a vivir una vida cónsona, acorde y coherente con nuestras confesiones de fe o religiosas, con aquello que creemos y profesamos.

Así, se puede rezar mucho y vivir vidas totalmente divorciadas de aquello en lo que creemos y de los valores humanos más fundamentales (como el amor, la paz, la justicia, la verdad, la libertad, la vida…) del mismo modo que se puede tener poco tiempo-espacio para rezar y, sin embargo, ser protagonistas y constructores de mejores relaciones humanas y de sociedades más fraternas y justas.

Los rezos, pues, son un instrumento y acompañamiento para una vida en ORACIÓN. Y mientras rezar es un asunto puntual y momentáneo en la cotidianidad, la oración implica toda la vida del creyente, del ser que es religioso.

Rezar nos abre a una vida de oración, a aquello que es la voluntad profunda de Dios en el hombre: amar y servir. Rezar no es, entonces, un instrumento mito-mágico, un fetiche, un acto de magia para forzar la voluntad de la divinidad y para que todo suceda según nuestras conveniencias, según lo queremos y según nuestros caprichos e intereses, casi siempre mezquinos. 
Rezar está al servicio de la oración, Vale decir, las prácticas rituales y las devociones religiosas han de estar al servicio de vidas vividas profunda y honestamente de forma humana y humanizadora.

Cuando no se entienden los rezos como instrumentos y manifestaciones de una vida entera en oración y la oración no se entiende como una vida que necesita y se manifiesta en los momentos – individuales o colectivos - de plegarias, lo que ocurre es un divorcio escandaloso entre la fe y la vida, entre las prácticas religiosas y nuestras prácticas cotidianas, entre lo que creemos y lo que vivimos, entre lo que profesamos y lo que practicamos.

La dolorosa y muy difícil coyuntura actual - por muchos temas y problemas - en la que vive hoy la humanidad, seguramente nos urge a todos a establecer más y mejores relaciones con el Trascendente, a más y mejores momentos de rezos y plegarias. Y, por estas mismas prácticas religiosas, ojalá nos sintamos más urgidos a vivir una vida en oración, haciendo la voluntad de Dios que – en todas las religiones – nos pide que nos amemos y sirvamos más los unos a los otros.

La construcción de un mundo mejor la delega Dios a la inteligencia y la libertad del hombre. Es falsa una experiencia religiosa en la que el ser humano, mediante ritos y devociones, no se hace responsable de la construcción de un mundo mejor. Es falsa y cínica una experiencia religiosa en la que el hombre pide a Dios hacer lo que es pura responsabilidad humana.
Que nuestra vida religiosa nos empuje a la construcción de un mundo mejor como voluntad de Dios en el hombre. Que recemos para vivir en oración, para amarnos los unos a los otros y que, viviendo en oración, amándonos y sirviéndonos, recemos los unos por los otros, por todas nuestras mejores intenciones y más profundas necesidades y las de la entera humanidad. 


domingo, 16 de agosto de 2020

El Vaticano nos convoca a impulsar una transformación ética y moral para enfrentar a la COVID-19

EN PRINCIPIO, todos los documentos que produce el Vaticano están dirigidos a la humanidad en su conjunto, pero en cuestión de fe, los católicos somos, desde luego, sus primeros destinatarios. Sin embargo, una nueva serie de reflexione sobre el coronavirus, publicada por la Pontificia Academia para la Vida, se dirige a todos los miembros de la familia humana global, la humana communitas.

En el texto intitulado precisamente Humana communitas en la era de la pandemia: consideraciones intempestivas sobre el renacimiento de la vida, dicha Academia, dedicada a promover la consistencia ética de la Iglesia católica sobre la vida, nos convoca a impulsar una reorientación radical para combatir la pandemia. Nos pide prestar atención especialmente a “nuestra responsabilidad común por la familia humana”, una renovada apreciación del don de la vida y una conciencia acerca de y una respuesta concreta ante el hecho de que la mayoría de los miembros de la sociedad —específicamente los ancianos y los marginados del mundo entero, así como “los prisioneros [y] los abandonados destinados al olvido en los campos de refugiados del infierno”— sufren la mayor carga infligida por la pandemia.

Al argumentar a favor de la dignidad inherente a todos los seres humanos, estas reflexiones se califican a sí mismas de “intempestivas”, condición que explica puntualmente el arzobispo Vincenzo Paglia, presidente de la Academia: “para indicar la urgencia de encontrar una concepción de comunidad, misma que, aparentemente, no es ya contemporánea”. El documento convoca a los líderes gubernamentales, a las élites sociales y a los ciudadanos ordinarios del acaudalado mundo desarrollado a no permitir que el egoísmo y los intereses económicos particulares pesen más que el cuidado y la preocupación que deben merecernos nuestros hermanos que no cuentan con los medios necesarios para protegerse del impacto de la pandemia y de otras “enfermedades debido a no tener acceso a los tratamientos por ser demasiado caros”.  

Por ello, la vacuna contra el virus, una vez que esté disponible en el mercado, no deberá tratarse como una mercancía rentable, sugiere el documento, sino, en solidaridad con los más pobres y vulnerables de nuestra sociedad, deberá distribuirse entre todos aquellos que la necesiten y que estén en mayor riesgo. No deberá estar al alcance sólo de las naciones ricas, donde “la gente puede permitirse los requisitos de seguridad”.

Al final de cuentas, por encima de todo, dice el documento: “todos somos ‘frágiles’: radicalmente marcados por la experiencia de la finitud en la esencia de nuestra existencia”, aun cuando el mundo occidental se las ingenie para ocultar su vulnerabilidad mediante sus hazañas económicas. En las naciones ricas, los gobiernos y los individuos se dejan llevar a la par por “una ética de racionalidad calculadora inclinada hacia una imagen distorsionada de la autorrealización, impermeable a la responsabilidad del bien común a escala global, y no sólo nacional”. 

“La interdependencia humana”, al igual que “la vulnerabilidad común”, prosiguen estas meditaciones, “demandan una cooperación internacional al mismo tiempo, y la comprensión de que no se puede resistir una pandemia sin una infraestructura médica adecuada, accesible a todos a nivel mundial”. Esto requiere el “intercambio de información, la prestación de ayuda y la asignación de los escasos recursos [que] deberán abordarse en una sinergia de esfuerzos”. En este sentido, por ejemplo, el hecho de que Estados Unidos ayude a México en el combate de la pandemia beneficia obviamente a ambos países. 

El documento plantea “una renovada apreciación de la realidad existencial del riesgo: todos nosotros podemos sucumbir a las heridas de la enfermedad, a la matanza de las guerras, a las abrumadoras amenazas de los desastres. A la luz de esto, surgen responsabilidades éticas y políticas muy específicas respecto a la vulnerabilidad de los individuos que corren un mayor riesgo”. Todo es cuestión de ética: “centrarse en la génesis natural de la pandemia, sin tener en cuenta las desigualdades económicas, sociales y políticas entre los países del mundo, es no entender las condiciones que hacen que su propagación sea más rápida y difícil de abordar”. 

La aceptación de una “ética del riesgo”, declara el documento, significa que debemos “dar cuerpo a un concepto de solidaridad que vaya más allá del compromiso genérico de ayudar a los que sufren. Una pandemia nos insta a todos a abordar y remodelar las dimensiones estructurales de nuestra comunidad global que son opresivas e injustas, aquellas a las que en términos de fe se les llama estructuras de pecado”. Al final, “el acceso a una atención de salud de calidad y a los medicamentos esenciales debe reconocerse como un derecho humano universal”. 

“En última instancia, el significado moral, y no sólo estratégico, de la solidaridad es el verdadero problema en la actual encrucijada a la que ha de hacer frente la familia humana. La solidaridad conlleva la responsabilidad hacia el otro que está en una situación de necesidad, que se basa en el reconocimiento de que, como sujeto humano dotado de dignidad, cada persona es un fin en sí mismo, no un medio. La articulación de la solidaridad como principio de la ética social se basa en la realidad concreta de una presencia personal en la necesidad, que clama por su reconocimiento. Así pues, la respuesta que se nos pide no es sólo una reacción basada en nociones sentimentales de simpatía; es la única respuesta adecuada a la dignidad del otro que requiere nuestra atención, una disposición ética basada en la aprehensión racional del valor intrínseco de todo ser humano”. El egoísmo, en cualquier aspecto de nuestra vida, debe dar paso a un auténtico altruismo. 

“Sin un verdadero despertar de la conciencia”, afirma el arzobispo Paglia, “sólo podremos remediar algunos problemas organizacionales, pero al final, todo será como solía ser. Más bien, debemos replantear nuestros modelos de desarrollo y coexistencia, de modo que sean cada vez más valiosos para la comunidad humana. Y, en consecuencia, deben ser adecuados para las personas vulnerables, sin rebasar sus límites, como si no existieran: dentro de esos límites, de hecho, hay hombres, mujeres y niños que merecen una mejor atención en todos los sentidos. Todos ellos, no sólo nosotros”. 

El arzobispo finaliza sus reflexiones con un tono optimista: “a partir del ensayo general de esta pandemia, seguramente habrá un florecimiento de orgullo de la humana communitas. Así será si nos lo proponemos”. 


Para leer el texto completo de las meditaciones, por favor haga clic aquí.

jueves, 23 de julio de 2020

Video: Por Una Única Raza


 Haga clic aquí para texto en español.

Click here for text in English. 



domingo, 21 de junio de 2020

Por Una Única Raza



Por estos días, la población de los Estados Unidos prosigue su marcha bajo los titulares noticiosos, la tensión y las protestas por el homicidio por asfixia –así lo determinó la autopsia- del afroamericano George Floyd a manos del agente policial Derek Chauvin y con la complicidad de tres compañeros más. Este suceso opacó, incluso, la noticia de la pandemia por COVID-19, que ya deja miles de contagiados y de muertos en esta nación.

La vida de un ser humano es invaluable y la vida de muchos, mucho más. Entonces, ¿por qué, de repente, en el acontecer nacional, la muerte de uno se vuelve más importante y más noticiosa que la muerte de miles? Porque la muerte de George Floyd revive dolorosamente, en las entrañas norteamericanas, el atroz fantasma del racismo: una tara, una plaga, una terrible pandemia que ha acompañado –desde sus orígenes– la historia de este país.

Sí. Triste, dolorosamente, durante toda la trayectoria de nuestro acontecer nacional, hemos tenido que convivir con la plaga social y moral de la discriminación y la desigualdad racial. Cierto que Estados Unidos constitucionalmente abolió la esclavitud, también es cierto que en la presidencia de Lyndon B. Johnson, en 1964, se firmó y promulgó la llamada Ley de los Derechos Civiles y que son muchas las conquistas y logros ciudadanos que los llamados grupos poblacionales minoritarios en esta nación han alcanzado. Y, sin embargo, conviviendo en paralelo con las formalidades legales y constitucionales, no es menos cierto que la muerte de George Floyd nos revela nuestras taras, nuestras hipocresías, nuestras falencias como tejido social y lo mucho que nos queda a todos por trabajar, construir y lograr en el empeño por una sociedad verdaderamente democrática, es decir, verdaderamente equitativa, justa, solidaria y humana.

Abolimos la esclavitud, pero quedó latente su peor secuela: el racismo. Casi seis décadas después del famoso discurso de Martin Luther King en Washington, la muerte de George Floyd devela la coexistencia hipócrita de dos naciones en una: la de los multimillonarios y la de los sin-nada, la de los lujos y la de los ghettos, la de los que tienen todo y todas las oportunidades y la de los muchos que carecen de las mínimas oportunidades políticas y sociales para vivir con dignidad. Porque la inmensa mayoría de los afroamericanos, como la inmensa mayoría de otras poblaciones de grupos “minoritarios” viven en esta nación carentes de calidad y dignidad en aspectos esenciales para la vida del ser humano como educación, vivienda, empleo, salud; sometidos a permanentes abusos legales y policiales, en medio de injusticia e inequidad en la aplicación de los derechos y las oportunidades; injusticia e inequidad que segrega, que discrimina, que margina, que descarta, que atropella, que aplasta, que colma las  cárceles y que, finalmente, mata.

Esta plaga moral y social del racismo es, para nuestra desgracia, un asunto estructural, casi institucional, sistémico, sistemático y endémico, en el ser y quehacer de los Estados Unidos. Vale decir: es un asunto enraizado e introyectado en la médula de esta nación. El racismo funciona y se manifiesta, unas veces sutilmente, otras descarada y salvajemente, en nuestras estructuras mentales, en nuestras interrelaciones cotidianas, en nuestro sistema educativo, en la configuración y paisaje de nuestros planeamientos urbanísticos, en nuestras legislaciones, etc.

En el caso más reciente, cuatro agentes de la policía, que deberían representar la protección gubernamental para los ciudadanos, se convirtieron en instrumento vil y brutal contra la vida de un hombre afroamericano, hasta asesinarlo; para escribir así, una página más en la cruenta y vergonzosa historia racista de este país.’

En consecuencia, Estados Unidos ha vivido, ya por dos semanas, manifestaciones públicas de protesta -legítimamente amparadas por la Constitución- por el asesinato de George Floyd, a lo largo y ancho del territorio nacional. Y, oprobiosamente, el papel del presidente Trump, en esta difícil y peligrosa coyuntura, como ya reiteradamente se ha diagnosticado en esta y en otras ocasiones, no ha sido el de unir a la población, sino el de dividir y tratar de restarle justificación a las justas reclamaciones de las protestas públicas, rotulando –entre otros adjetivos– con el de “terroristas” a los protestantes. Todo esto es más grave, tratándose de sucesos que ocurren en el país que se erige como ejemplo de logros políticos, económicos y sociales, y modelo de democracia para el concierto mundial de las naciones de la Tierra.

Escondidos, camuflados, infiltrados en las justas protestas hubo quienes desviaron el propósito primero de las mismas –protestar contra la muerte de George Floyd y contra el racismo- y se dedicaron a cometer toda clase de desmanes contra la propiedad privada y los comercios de las ciudades por donde transitaron las manifestaciones. Abusos que tienen dos implicaciones y consecuencias principales: el atropello contra una población también minoritaria y vulnerable, como la mayoría de la población en protesta, que hizo que, en cuestión de horas, muchos hombres y mujeres pobres perdieran propiedades y negocios fruto de muchos años de trabajo, esfuerzo y sacrificios. Y, de otra parte, con dichos comportamientos abusivos validan y aparentemente dan la razón y justifican el discurso de los racistas de nuestra sociedad.

El asesinato de George Floyd nos recuerda que hemos fallado y estamos fracasando como sociedad; que son muchas nuestras conquistas, pero mucho más lo que nos falta por lograr… y, al mismo tiempo, nos señala el norte hacia el que todos tenemos que avanzar unidos para lograr una nación verdaderamente igualitaria, libre, diversa, plural, justa, solidaria, reconciliada, equitativa y democrática. La equidad racial no puede ser reducida a un “sueño”, a un parágrafo de la Constitución, a una frustración o a una rabia que esporádicamente se manifiesta públicamente. La equidad racial tiene que ser una conquista cotidiana de parte de todos y debe manifestarse en todos nuestros comportamientos, actitudes y relaciones.

Por otro parte, es esperanzador que sea la población joven la que mayoritariamente se lanzó a las calles a protestar, porque podemos esperar un futuro mejor de parte de los que van tomando las riendas de nuestro destino nacional. De cómo se resuelvan todas las demandas justamente pregonadas en las recientes protestas por la muerte de G. Floyd dependerá, en mucho, el futuro próximo de esta nación, de su progreso y bienestar interno y de su rol como líder político de la humanidad.

¡Ya basta! Que la muerte de Floyd no sea en vano. Mientras… los invito a seguir soñando con Martin Luther King para que lleguen días en que “los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de los esclavos se puedan sentar juntos en la mesa de la hermandad” y a vivir en un país en el que nadie sea juzgado “por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad” y para que, en adelante y por siempre, sólo hablemos de una única raza: ¡la raza humana!


domingo, 10 de mayo de 2020

EL PRIMER PASO… Más allá de la Pandemia





Tímidamente, los humanos empezamos a asomarnos a las calles. Al parecer, van quedando atrás los más terribles días de miedo, tribulación, angustia y luto que nos dejó la pandemia por el coronavirus llamado covid 19. Cuando escribo este artículo, las cifras “oficiales” globales dan cuenta de casi tres millones y medio de contagiados, padeciendo en la más absoluta soledad, un millón de recuperados y casi doscientos cincuenta mil muertes en solitario, difuntos anónimos, sin dolientes ni pompas funerarias.

La humanidad entera vivió una situación inusitada e inédita de encierro, de retiro obligatorio, de confinamiento planetario, de cuarentena y asilamiento social como el remedio más efectivo para impedir el contagio, en prevención y cuidado de los dones inestimables de la salud y de la vida.

Esta, sin lugar a dudas, es la mayor crisis sanitaria de nuestro tiempo, que trastocó toda nuestra cotidianidad y “normalidad”, invirtió todas nuestras seguridades, certidumbres y costumbres, produjo la sospecha de los unos por los otros, sacudió nuestras ideas de solidaridad y fraternidad consistentes en estar-juntos, próximos los unos a los otros y produjo una – todavía – incalculable desaceleración económica mundial, manifestada – en primerísimo lugar, en una suma aterradora de desempleos.

Nadie duda que esta pandemia es un hito en la historia de la humanidad y un punto de inflexión para nuestra manera de vivir, de ser y estar en la tierra. Por eso, por estos días todos nos preguntamos cómo volver a lo que se llama ya la “nueva normalidad”. Y aunque la humanidad ha conocido anteriormente pestes y pandemias, ésta es la que nos correspondió vivir y sobre ésta quiero compartir aquí unas breves reflexiones que, siendo realistas, positivas y esperanzadoras, ojalá medien entre el exagerado optimismo de unos según el cual – pasada la pandemia – el mundo será “nuevo”, “otro” y radicalmente “distinto” al conocido, como si por arte de magia el virus nos convirtiera en mejores seres humanos y el pesimismo fatalista de otros que pregonan desastre, caos, hecatombe y muerte.

En primer lugar, permítanme resumir – además de las ya mencionadas arriba – otra de las evidencias y lecciones que nos deja la pandemia. De repente, descubrimos la inutilidad de las mil cosas que teníamos por importantes y la utilidad de las que valen de veras: una vida con sentido, con dirección, con valores… Porque la pandemia nos enfrenta a la realidad más real según la cual nada vale ni nada cuenta si no hay salud ni hay vida.

Por lo mismo, la pandemia nos enseña que no existen ni la economía ni ninguna otra área de la vida en sociedad sin la salud y la vida, como valores fundamentales de la existencia humana. Por lo mismo, también, la pandemia nos reveló de golpe y crudamente quién es quién en la sociedad. Quién es socialmente útil y quién inútil: porque hoy es más importante ser camillero de un hospital o domiciliario de un restaurante que jugador de futbol, estrella de cine o charlatán politiquero de pacotilla, a los que tanto culto y pleitesía rendimos… De repente, el personal sanitario y los profesionales científicos – a los que tan poco o ningún reconocimiento social damos - quedaron en la primera línea de la sociedad, en la lucha contra la pandemia

Aprendimos también sobre la condición planetaria y ecuménica de los seres humanos: que somos profunda y universalmente solidarios en el bien y en el mal. Que – literalmente – cuando alguien estornuda en china hay fiebre en el otro extremo de la tierra… Y que, por lo mismo, nada que interese a un ser humano puede dejar indiferente y ser ajeno al resto de la humanidad. Que como por estos días lo ha repetido el Papa Francisco “nadie se salva solo” y que todos compartimos la misma “casa común”.

Aprendimos que aunque la bondad y el altruismo no han desaparecido y se manifiestan por estos días en mil iniciativas de solidaridad con los más desprotegidos de la sociedad coexisten con formas de inconciencia, de egoísmo, corrupción y maldad manifestados por estos días especialmente en la no cooperación y cuidado para no contagiar a otros y en el robo de ayudas gubernamentales para los más pobres.

Políticamente hablando, si algo desnudó esta crisis sanitaria fue la insuficiencia e incapacidad de la tan publicitada “globalización” y de las instituciones gubernamentales para enfrentarla. Que un problema global ha pretendido ser resuelto con medidas locales. Quedaron, además, al

descubierto grandes fisuras y fallas estructurales en el seno de las sociedades. Fallas según las cuales las mil formas de inequidad y de injusticia estructurales no pueden continuar…

Nos percatamos también de una ausencia total de liderazgo mundial. Estados Unidos perdió la oportunidad de ejercerlo y los que soñábamos con un nuevo orden mundial multilateral, de golpe nos despertamos literalmente “desnortados”, sin norte, sin rumbo, desorientados…

Todo esto, con el peligro de que – con el pretexto de la pandemia – los abusadores en ciertos regímenes y gobiernos de turno se aprovechen de los miedos colectivos para atropellar y conculcar los derechos humanos, las libertades civiles e individuales alcanzadas, con - por ejemplo - estados de excepción, toques de queda, estados de emergencia para legislar, mayor intervención policial y militar para contener a la población en las calles, etc... Peligro que conduciría desgraciadamente a nuevas formas de autocracias, de autoritarismos, populismos, totalitarismos, dictaduras, proteccionismos, aislacionismos, nacionalismos y xenofobia, que atentarían contra formas de vida social en democracia ya conquistadas.

Curiosa y dolorosamente también, esta pandemia fue vivida con la ausencia del acompañamiento espiritual de las instituciones religiosas. En sociedades ya abiertamente ateas en las relaciones y estructuras sociales, a cada ser humano le ha tocado resolver solo – en su personal e íntimo confinamiento – las preguntas más angustiantes y fundamentales sobre el sentido de la vida y la proximidad de la muerte y el más allá…

Pero este no es el fin de la vida humana en la tierra y no puede ser tampoco el fin de la confianza, la solidaridad y la esperanza. Esta crisis ha de procurarnos a todos una nueva y distinta actitud frente a la vida y a los demás. Esta crisis puede significar una oportunidad para que los gobiernos del mundo apliquen nuevos paradigmas en todos los campos de la vida social: la familia, la salud, la educación, el trabajo, la vivienda, los servicios públicos, etc… Esta inconmensurable crisis es una oportunidad sin igual para ajustar valores humanos y sociales, para enderezar la andadura… Ahora se trata no sólo de vencer el virus sino de vencer nuestras soberbias vanas y los fracasos humanos y globales puestos al descubierto por la pandemia.

Esta crisis nos urge a todos por nuevas formas de cooperación internacional y formas de solidaridad globalizada menos dañinas y más sanas para todos, para que seamos capaces de lidiar con presentes y futuras crisis tales como el hambre, las guerras, el cambio climático, etc… temas estos que involucran también a al entera familia humana.

De la pandemia aprendamos que es falsa la disyuntiva salud-economía. Que en adelante el bien público exige que la economía esté puesta al servicio de la salud de todos… De cómo resolvamos y gestionemos las lecciones que nos deja esta pandemia dependerá – en gran parte – el futuro próximo de la humanidad. El virus no acabara con la desigualdad económica, tampoco con la mala entraña de gobernantes y gobernados. El virus tampoco no obrará milagrosamente una mutación en el espíritu humano. Nos salvarán – en adelante – eso sí, la solidaridad fraterna, la igualdad de oportunidades, el trabajo honesto y la confianza – sin temores ni angustias - en nosotros mismos, en los demás y en nuestras instituciones.

¡Que llegue pronto la vacuna! ¡Que regrese la alegría de vivir! ¡Que la próxima pandemia sea la del amor solidario y fraterno! “Llevadera es la labor cuando entre todos compartimos la fatiga” decía Homero. Y “un viaje de mil millas comienza con el primer paso” dijo Lao-Tse. Pues… ¡Demos el primer paso…!

jueves, 7 de mayo de 2020

SOMOS INNOVATION: el futuro después de DSRIP






Justo ahora, cuando nuestra ciudad, nuestro estado, nuestro país y el mundo entero se enfrentan a la pandemia del coronavirus, quiero antes que nada expresarles mi gratitud y mi mayor admiración por el trabajo que han venido desarrollando en la línea frontal para atender a las víctimas del coronavirus y para proteger a los neoyorquinos en todos los frentes. Es mi mayor anhelo que ustedes y su personal se mantengan sanos y salvos, y sepan que cuentan con todo el apoyo de nuestra organización SOMOS.

Como saben, el programa de DSRIP concluyó oficialmente el 31 de marzo de 2020. Nos causó una gran decepción enterarnos de que las autoridades federales y estatales hayan optado por no renovar el período del programa a pesar de los muchos logros alcanzados mediante DSRIP. Sin embargo, SOMOS continuará su labor innovadora en beneficio de los pacientes más pobres de la ciudad, ahora a través de SOMOS INNOVATION. Puesta la vista en ese nuevo capítulo, les escribo estas notas.

Lo siguiente se basa en las recomendaciones y observaciones contenidas en un reporte que elaboró Helgerson Solutions Group (HSG), el cual completó a principios de este año una auditoría estratégica de SOMOS, precisamente para delinear nuestro futuro después de DSRIP. El fundador y director de HSG es Jason Helgerson, ex director del Medicaid del Departamento de Salud de Nueva York y arquitecto visionario de DSRIP. Tanto él como su equipo conocen a detalle el panorama del sistema de salud. Es un panorama que se está transformando radicalmente a causa del modelo del Pago Basado en el Valor Real (VBP), y SOMOS INNOVATION será el guía y el defensor de nuestros médicos.

Como tal, el reporte de HSG asegura que SOMOS INNOVATION es “más que un simple innovador del VBP. […] SOMOS cuenta con el potencial para revolucionar la atención sanitaria y social… y para ser una luz en el desierto al servicio de los médicos y los grupos médicos de todo el país”. Tal como lo mostró por primera vez DSRIP, el modelo del VBP se aparta de la fórmula tradicional del Medicaid de pago-por-servicio, lo cual les permite a las organizaciones de médicos independientes evitar a los sistemas hospitalarios para “contratar directamente con las aseguradoras (o con el gobierno) y tomar el control de todos los dólares disponibles en el sistema de salud y de la flexibilidad que esos modelos de pago ofrecen para revolucionar la atención médica”. Con SOMOS INNOVATION de su lado, nuestros médicos podrán seguir “de pie para hacerse cargo de su propio destino”.

SOMOS INNOVATION continuará transformando la atención médica en beneficio de los pacientes más vulnerables de la Ciudad de Nueva York al proseguir con “la institucionalización de la competencia cultural, el empoderamiento de los pacientes y la atención de las auténticas causas de origen de la mala salud y sus efectos sociales”. El hecho de que muchos de nuestros médicos compartan los mismos antecedentes culturales de la gente que atienden significa “un conocimiento excepcional de su base de pacientes, algo que es muy difícil de lograr y mucho más difícil de replicar por parte de otras organizaciones”.

Con el fin de fortalecer la influencia y el crecimiento de nuestra red de médicos, SOMOS INNOVATION buscará sumar a otras asociaciones de médicos independientes (IPAs). También tendrá como prioridad asociarse con distintas organizaciones comunitarias para incluir a los Determinantes Sociales de la Salud, un componente crucial en la prestación de servicios integrales y holísticos en materia de salud. Una atención de tal naturaleza tiene el poder de mejorar “la felicidad comunitaria” al “incorporar todas las necesidades sanitarias, sociales y económicas de la comunidad”. Es un modelo de atención diseñado en torno al médico primario de vecindario como un auténtico líder comunitario.

Para prevenir la competencia, SOMOS INNOVATION planea establecer “asociaciones creativas” con hospitales que, de otra manera, podrían dificultar el acceso a una atención especializada. También buscará concretar contratos tipo VBP con organizaciones de atención médica administrada que aceptarán a SOMOS INNOVATION como un competidor hospitalario.

SOMOS INNOVATION ha estado funcionando por un tiempo y, actualmente, sigue implementando una rápida estrategia de desarrollo. El Consejo Directivo de SOMOS designó a un veterano del sistema de salud, con más de 20 años de experiencia, como presidente ejecutivo (CEO) de SOMOS INNOVATION: Dan McCarthy. Como experto en la atención médica basada en el valor real, Dan invirtió la mayor parte del año pasado construyendo la organización y poniendo en marcha a su equipo administrativo.

El momento es ahora, dice el reporte de HSG: “SOMOS está en el lado correcto de la historia del sistema de salud. Luego de varios años de retraso, el mundo sanitario está finalmente empezando a incorporar el valor real. El estado de Nueva York y el Medicare prosiguen presionando para que virtualmente todos los proveedores se incorporen al modelo del VBP”. El objetivo es posicionar a SOMOS INNOVATION en la vanguardia de la innovación de los servicios médicos financiados con recursos públicos, en todo el estado e, incluso, a nivel nacional.

El logro de este objetivo será crucial si SOMOS INNOVATION desea tener éxito en la tarea de habilitar a sus médicos para que sigan siendo competitivos en una época de cambios rápidos y de cara al desafío potencial que entraña el hecho de que los Cuatro Grandes —Apple, Google, Amazon y Microsoft— ingresen al campo de “la innovación tecnológica que revolucionará la prestación de muchos servicios médicos en la próxima década”, advierte HSG.
 
Bajo la forma de procesos robóticos y de Inteligencia Artificial, “la tecnología podría remplazar hasta un 80 por ciento de las funciones que actualmente desempeñan los médicos, y SOMOS deberá adelantarse a esa tendencia en beneficio de sus médicos”. Es necesario poner énfasis en el establecimiento de “asociaciones productivas entre médicos y máquinas”. El desarrollo de tecnologías cada vez más sofisticadas liberará a los médicos de sus “tareas rutinarias para que puedan volver a enfocar su tiempo y atención en el apoyo psicológico de sus pacientes y en ayudarles a comprender —y a actuar con respecto a— su condición médica”. Seguramente, esta estrecha atención brindada a los pacientes será esencial para proporcionar una óptima atención médica basada en el valor real.

Entre las herramientas tecnológicas del futuro estarán las aplicaciones de los teléfonos celulares, gracias a las cuales será posible monitorear a los pacientes las 24 horas de los 7 días de la semana. Es de esperarse un fuerte crecimiento en los tipos de “tecnología portátil, sensores biométricos y en otras aplicaciones”, todos trabajando en armonía para crear un “Internet del cuerpo”. “En el futuro, los médicos prescribirán aplicaciones”, lo cual les permitirá a los pacientes diagnosticarse por su cuenta. Sobre todo, la tecnología generará “un cambio en el largo plazo del manejo de las enfermedades a la prevención de las mismas”.

El reporte dice que, en el futuro, los médicos podrían “dar sus indicaciones mediante aplicaciones de conversación, mensajes instantáneos y videollamadas, en vez de estar sentados en un consultorio con una larga fila de pacientes que esperan verlos”. Se hace notar en el informe que los médicos de SOMOS “ya sobresalen en algunos aspectos interactivos de su trabajo gracias a la virtud de estar en, y ser parte de, la comunidad a la que atienden”, pero será necesario que adquieran “nuevas destrezas” […] “para forjar el pivote que los eleve a un papel más interpretativo y contextual por sí solo”.

HSG señala que la telemedicina —la atención a distancia del paciente— tendrá un valor de mercado de $130 mil millones de dólares en 2025; y “se proyecta que el mercado de la inteligencia artificial abocada a la atención médica alcance los $19 mil millones de dólares en 2026”. Toda esta innovación significa que “el futuro de la medicina será más preciso, personalizado, inclusivo y preventivo. Estos atributos se apegan perfectamente a los valores actuales de SOMOS”.

En efecto, apoyar y capacitar a nuestros médicos para que puedan “planear y prepararse para las disrupciones tecnológicas del futuro” será el distintivo de SOMOS INNOVATION. Parte del compromiso general de nuestra organización es capacitar a nuestros médicos para que estén en posibilidades de ofrecer el mejor servicio posible a los pacientes más vulnerables de la Ciudad de Nueva York y, de esta manera, para llevar a cabo una reforma duradera de la prestación de servicios médicos subvencionados con fondos públicos.

sábado, 11 de abril de 2020

La Pandemia y la Pascua

Vivimos nuestra existencia humana, en medio de experiencias de bien y de mal, a nivel personal, familiar, social, nacional e internacional. Hoy, la humanidad entera enfrenta una experiencia de mal: la pandemia por el contagio exponencial del coronavirus Covid-19 que llegó para trastocar y poner en tela de juicio todo: nuestra manera de ser, nuestros modos de relacionarnos a nivel familiar y social, nuestras instituciones y estructuras sociales. Esta experiencia de mal pone al descubierto todas nuestras debilidades y fragilidades, además de las deficiencias de nuestras organizaciones sociales, especialmente las del sector de la salud. Por ello, vivimos horas de desconcierto, ansiedad, angustia, sufrimiento, dolor y luto a nivel global. 

Para evitar y detener, en lo posible, el avance de esta pandemia, las comunidades humanas del mundo entero han acordado días y semanas de confinamiento, de aislamiento social, de cuarentena de todos en nuestras casas.

Los noticieros están saturados, minuto a minuto, con cifras de contagiados y muertos, con las nefastas consecuencias que en todas las áreas – especialmente la económica y laboral - de nuestra convivencia social va dejando la pandemia por donde pasa, con titulares sobre iniciativas que aparecen por aquí y por allá para mitigar el sufrimiento de tantos y con llamados a que – entre todos – salvemos lo construido hasta aquí. 

Para los que nos correspondió vivir aquí y ahora, en este momento de la historia de la humanidad, esta es una situación inédita. Tan novedosa como en el mundo de la medicina en el que no era conocido este virus. Todos – cada uno en su estilo de vida y ambiente - vamos aprendiendo, con el paso de las horas, cómo enfrentar al enemigo común y cómo sobrevivir…. 

Pero, en estas horas difíciles para todos, ni todo es malo, ni todo es negativo, ni todo está perdido. Hay, en esta experiencia de mal global,  lecciones que podemos prender. 

En primer lugar, esta insólita experiencia de mal, que toca lo más íntimo y profundo de nuestro ser, porque toca nuestra salud y, con ello, nuestra posibilidad de continuar viviendo o de morir, es una oportunidad para reconocer, por una parte, nuestra total fragilidad, nuestra no autosuficiencia y, en términos religiosos, nuestra “creaturalidad” y total dependencia de un ser superior al que llamamos Creador y Dios. Pero además, una oportunidad para reconocer nuestra interdependencia respecto de todos los demás seres humanos y lo profunda, esencial y estrechamente solidarios que somos en el bien pero también en el mal. En una palabra, somos seres “dependientes” de Dios y de los demás. 

En segundo lugar, el aislamiento social, decretado ya en la mayoría de los países, es una valiosa oportunidad para entrar en nosotros mismos, para reencontrarnos con nosotros mismos, para viajar hasta el fondo de nuestro propio yo interior y descubrir allí la verdad sobre la cual cimentamos nuestra historia personal y los valores o anti-valores que sostienen la trama de nuestras vidas. El confinamiento en nuestras casas es una oportunidad única - en contra de la exterioridad, la apariencia, la ostentación y el bullicio cotidiano – para volver al silencio, a la reflexión a la meditación, a la oración. La obligada cuarentena que vivimos todos es, también, una oportunidad sin igual para volver a encontrarnos y reencontrarnos con nuestros seres más queridos, con nuestros íntimos, con nuestra familia. 

La enorme facilidad y rapidez con la que el virus se transmite y contagia nos enseña, además, la corresponsabilidad solidaria que todos tenemos en la construcción o en la destrucción de nuestra vida en la tierra. Y si el bien común, el consenso general, el acuerdo más conveniente para todos es el de querer sobrevivir a esta pandemia, entonces todos tendremos que desterrar de cada uno de nosotros el egoísmo y todo lo negativo que él conlleva y aportar lo mejor de nosotros mismos, lo mejor de nuestros valores humanos, para reconstruir el mundo y nuestra convivencia humana con maneras, espacios, formas sociales e instituciones más justas, más solidarias, más equitativas, más fraternas, más compasivas y misericordiosas. Es decir, que esta experiencia de mal que a todos nos toca tan profundamente y a todos nos afecta, es una oportunidad para la esperanza en que, a partir de ahora todos seremos distintos y construiremos un mundo distinto y mejor. 

Por estos días los cristianos celebraremos la Pascua, la mayor celebración religiosa de nuestro año litúrgico. “Pascua” que tanto en el sistema teológico judío como en el cristiano rememora y conmemora el “paso” del pueblo del Antiguo Testamento de la esclavitud a la libertad al cruzar el mar rojo o el “paso” de la muerte a la vida por el triunfo del proyecto de vida de Jesús de Nazaret confesado – después de su muerte en la cruz - como Viviente y Resucitado en la comunidad por los primeros cristianos y por todos sus discípulos hasta hoy. 

Todo lo que nos acontece puede ser vivido como una maldición o como una bendición. Los invito a vivir esta experiencia de mal, esta pandemia, este aislamiento social, este sufrimiento por seres queridos enfermos o fallecidos como un momento de bendición, como una “pascua”, como una experiencia de “paso” de la muerte a la vida en la búsqueda común de un mundo más humano, más solidario, más fraterno.

¡Felices Pascuas!