domingo, 29 de agosto de 2010

La Biblia - Dios habla y un Pueblo escucha y responde (Parte 1 de 3)

Los cristianos tenemos como fuente y deposito de nuestra fe la revelación de Dios contenida en la Sagrada Escritura. Para los cristianos, la Biblia es, entonces, el conjunto de textos sagrados, fundamentales y más importantes porque creemos que ellos contienen la Palabra de Dios, es decir, lo que Dios ha revelado y comunicado de sí a lo largo de la historia y, con ello, la respuesta de unos hombres (especialmente los profetas), de un pueblo (Israel), de Jesús de Nazaret y de las primeras comunidades cristianas a sus designios salvíficos.

“Biblia” es vocablo griego que significa “colección de libros”. Porque la Biblia se compone de 73 libros diferentes. Algunos de ellos muy antiguos y escritos por distintos autores a los que llamamos autores sagrados o hagiógrafos y en contexto o contextos socio-culturales muy diferentes al nuestro. Por lo que, para la lectura “inteligente”, el estudio y vida de la Biblia urge:

  • Conocer la estructura de la Biblia.
  • Conocer unos elementos fundamentales de hermenéutica (interpretación) bíblica.
  • Conocer el contexto del Texto. Es decir, conocer el pueblo del Antiguo Testamento como el espacio/tiempo en el que transcurren la revelación histórica y, por tanto, progresiva de Dios hasta Jesús de Nazaret y donde surge el cristianismo.

Para todo lo cual, la Teología y específicamente la Teología Bíblica cuenta con el auxilio de ciencias y métodos tales como: la exegesis, la hermenéutica, la arqueología, la paleontología, la antropología, la sociología, la psicología, la semiología, etc.

Las Lenguas de la Biblia: Originalmente, la Biblia fue escrita en tres lenguas: el hebreo, el arameo y el griego.

Los Géneros Literarios: Llamamos “géneros literarios” a las diversas formas o maneras de expresión oral y escrita, utilizadas por los autores de un tiempo y un lugar determinado. En la Biblia encontramos, especialmente, ocho grandes y distintos géneros literarios: la historiografía, la ley, la profecía, la lirica, la sabiduría, la apocalíptica, el evangelio y la carta.

El Antiguo Testamento: consta de 46 libros que se refieren a la historia del pueblo de Israel desde Abraham (aproximadamente por el año 1.850 A.C) hasta Jesús de Nazaret y el nacimiento de las primeras comunidades cristianas y se dividen en cuatro bloques, de acuerdo al género literario predominante en cada uno de ellos:

El Pentateuco:



Sigla

Numero de Capítulos

1

Génesis

Gn

50

2

Éxodo

Ex

40

3

Levítico

Lev

27

4

Números

Nm

36

5

Deuteronomio

Dt

34

Los Libros Históricos o Narrativos:

6

Josué

Jos

24

7

Jueces

Jc

21

8

I de Samuel

I Sam

31

9

II de Samuel

II Sam

24

10

I Reyes

I Rey

22

11

II Reyes

II Rey

25

12

I Crónicas

I Cro

29

13

II Crónicas

II Cro

36

14

Esdras

Esd

10

15

Nehemías

Neh

13

16

Ruth

Rt

4

17

Tobías

Tb

14

18

Judith

Jdt

16

19

Esther

Est

10

20

I Macabeos

I Mac

16

21

II Macabeos

II Mac

15

Los Libros Proféticos:

22

Isaías

Is

66

23

Jeremías

Jr

52

24

Lamentaciones

Lm

5

25

Baruc

Ba

6

26

Ezequiel

Ez

48

27

Daniel

Dn

14

28

Oseas

Os

14

29

Joel

Jl

4

30

Amos

Am

9

31

Abdías

Ab

1

32

Jonás

Jon

4

33

Miqueas

Miq

7

34

Nahúm

Nah

3

35

Habacuc

Hab

3

36

Sofonías

Sof

3

37

Ageo

Ag

2

38

Zacarías

Zac

14

39

Malaquías

Ml

3

Los Libros Sapienciales:

40

Job

Jb

42

41

Salmos

Sal

150

42

Proverbios

Pr

31

43

Eclesiastés

Qo

12

44

Cantar de los Cantares

Ct

8

45

Sabiduría

Sb

19

46

Eclesiástico

Si

51

El Nuevo Testamento: contiene 27 libros que se refieren a la vida, ministerio, pasión, muerte, resurrección de Jesús y a la vida de las primeras comunidades cristianas (hasta aproximadamente el año 110 D.C.) y puede dividirse, también, en cuatro bloques literarios:

Los Evangelios Sinópticos:

1

Mateo

Mt

28

2

Marcos

Mc

16

3

Lucas

Lc

24

El Bloque de los Escritos de Pablo:

4

Romanos

Rm

16

5

I Corintios

I Cor

16

6

II Corintios

II Cor

13

7

Gálatas

Ga

6

8

Efesios

Ef

6

9

Filipenses

Fip

4

10

Colosenses

Col

4

11

I Tesalonicenses

I Tes

5

12

II Tesalonicenses

II Tes

3

13

I Timoteo

I Tm

6

14

II Timoteo

II Tm

4

15

Tito

Tit

3

16

Filemón

Flm

1

El Bloque de los escritos de Juan:

17

Cuarto Evangelio

Jn

21

18

I de Juan

I Jn

5

19

II de Juan

II Jn

1

20

III de Juan

III Jn

1

21

Apocalipsis

Ap

22

Las Cartas Católicas:

22

Hechos de los Apóstoles

Hc

28

23

Hebreos

Hb

13

24

Santiago

St

5

25

I de Pedro

I Pe

5

26

II de Pedro

II Pe

3

27

Judas

Judas

1

La Biblia - Dios habla y un Pueblo escucha y responde (Parte 2 de 3)

Los cristianos confesamos que todo lo contenido en la Biblia es Palabra de Dios, es decir, que todos los textos contenidos en la Biblia fueron inspirados por el Espíritu Santo y, por tanto, son escrituras en las cuales Dios se revela, se comunica con nosotros. Más aún, confesamos que “Dios se revela en la historia” (DV 2). Pero... qué significan todas estas verdades de nuestra fe?, como entenderlas y confesarlas razonablemente? Veamos:

La acción propia de Dios es “crear”, es decir, Dios se comunica y “gasta su tiempo” creando.... y crea al hombre “a su imagen y semejanza”. Y así, como la mesa, hechura del (árbol) pino, tiene tendencias o “semejanzas” al pino: textura, color, vetas, olor, etc., el hombre, “creatura” o “hechura” de Dios tiene, por ello, “tendencias divinas”, “semejanzas a Dios” tales como: la tendencia a lo bueno, a lo puro, a lo verdadero, a lo noble, a lo perfecto, a lo bello, a la solidaridad, a la alegría, a la vida, a la justicia, a la paz, al amor, en definitiva: tendencias “al bien” como Dios es “bueno”.

La respuesta del hombre a la acción creadora de Dios consiste en tomar conciencia – mediante la oración - de su creaturalidad y obrar en consecuencia. Es decir, alegremente agradecido, vivir desatando y manifestando “lo divino” que hay en él, obrando “el bien”.

Los cristianos confesamos a Jesús como “Verbo de Dios hecho hombre”, “Palabra del Padre”, “manifestación cumbre y culmen de Dios”, “verdadero Dios y verdadero Hombre”, porque El, de manera perfecta, es totalmente “divino” por lo profundamente “humano” y plenamente “humano” por lo verdaderamente “divino”. Dicho de otra manera, la encarnación de Dios en Jesús significa que, en El, lo profundamente humano es profundamente divino y/o se diviniza y lo divino es profundamente humano y/o se humaniza.

Esta es la vocación, el llamado, la tarea, la misión original de todo hombre y la respuesta a la incesante búsqueda de felicidad: la de llegar a ser “imagen y semejanza” de Dios, revelarlo a El, ser creaturas semejantes al Creador.

Y si esta es la vocación primera de todo hombre, lo es mucho más de quienes nos llamamos “cristianos”, pues, en seguimiento de Jesús, el Hijo, hemos de llegar a ser, hijos semejantes a nuestro Padre del Cielo: “Perfectos como nuestro Padre del cielo es perfecto”, amando perfectamente como perfectamente el nos ama.

Entonces, a los cristianos nos corresponde, personal y eclesialmente, ser espacio-tiempo revelatorio de Dios en el seguimiento del Hijo, nuestro Señor Jesucristo y lo hacemos: por El, con El y en El, hasta que Dios sea “todo en todos”. Por eso lo confesamos nuestro “Camino, Verdad y Vida”. Nos corresponde “cristificarnos” para que siendo “hijos en el Hijo” y a su “imagen y semejanza”, lleguemos a ser “a imagen y semejanza del Padre”

Más aún, esta es la resurrección con Cristo: la obra que realiza el Crucificado en nosotros, transformando (conversión) nuestras vidas y adecuándola al Evangelio hasta hacernos hombres nuevos, capaces de llamar a Dios “Padre”, como Cristo mismo lo llamo y nos enseno.

Pero el hombre en el ejercicio inteligente y libre de su existencia puede – a diferencia de la mesa, pues no nos hizo Dios objetos ni marionetas – negar o rechazar “lo divino” que hay en el por ser creatura de Dios y entonces aparece el mal en el mundo, que en teología cristiana llamamos “pecado”.

Por el contrario, como ya quedó dicho, ejerciendo su vocación primera, puede el hombre desatar todo lo que de Dios hay en el con lo cual se convierte en espacio “revelatorio” de Dios. De donde, la palabra del hombre y/o de la mujer (que ha tomado conciencia de su creaturalidad, que ha resucitado con Cristo) es palabra “humana” pero – por ello mismo y al tiempo – es palabra “divina” o de Dios, y sus hechos (DV 2) son gestas humanas y, por ello, hechos en los que Dios se revela, se comunica. Así, el hombre y su historia han de ser el espacio/tiempo revelatorio de Dios por excelencia.

La Biblia, entonces, es “Palabra de Dios”, “Palabra revelada/inspirada por el Espíritu de Dios” en cuanto que es palabra “humana” (hablada y/o escrita), procedente de hombres y/o comunidades que, tomando conciencia de su creaturalidad, revelan “lo divino” y confiesan a Dios compañero de su historia y/o protagonista en ella. Hora bien, la revelación divina y escrita – hecha canon - está consignada en la Biblia pero Dios continua creando, comunicando sus designios salvíficos, manifestándose en los hechos y palabras de los hombres y en la historia de las comunidades y de los pueblos que “revelan” a Dios.

Los cristianos somos hombres y mujeres del Nuevo Testamento (27 libros), sin embargo, el Canon de la Biblia contiene el Antiguo Testamento (46 libros) que trata de la historia de un pueblo: Israel. Vale la pena que nos preguntemos ahora: Por qué estudiar el Antiguo Testamento si no somos judíos sino cristianos, si no estamos ya en el Antiguo sino en el Nuevo Testamento y, además, por qué estudiar la historia de un pueblo especifico: el Israel del Antiguo Testamento?

Leyendo el Antiguo Testamento constatamos, en cada una de sus paginas, que Israel es un pueblo “religioso”, entendiendo, por tal, a unos hombres y a un pueblo capaces de entablar cotidianas y permanentes “relaciones” con “su” Dios, en el devenir de su historia. Israel confiesa a Dios presente en su historia, concibe su historia como espacio/tiempo en el que Dios se revela y se concibe a sí mismo como pueblo en el que acontecen los designios salvíficos de Dios al mismo tiempo que los “revela”.

Por ello, por ejemplo, cuando un israelita o el pueblo entero quiere conocer cuál es la comunicación, el querer y/o la palabra de Dios acude a los profetas, quienes para el pueblo son, en efecto, la transparencia, la palabra (el oráculo) de Dios (de Yahveh). Es decir, hombres y mujeres que tomando conciencia de su creatularidad (llamados por Dios “desde el seno materno”) “revelan” a Dios en cuanto que realizan en sus vidas el proceso “revelatorio” explicado anteriormente.

Por todo ello, los cristianos leemos el Antiguo Testamento como historia del pueblo de Israel que es historia humana pero, por ello y al mismo tiempo, “historia salvífica”, vale decir: historia en la que Dios va revelando, especialmente por los profetas, su plan de salvación.

Más todavía: Israel se percibe y confiesa como “pueblo elegido por Dios”, “propiedad y Nación” de Dios, “ovejas de su rebaño”. Fue Yahveh y “no otro”, quien “los sacó de Egipto con brazo fuerte y mano poderosa, quien los condujo por el desierto y los llevó a la tierra «que mana leche y miel» y quien con los acompañara – entre recuerdos y aparentes olvidos de la alianza - a mejores tiempos, cuando aparezca el Mesías prometido y esperado.