sábado, 28 de junio de 2008

El Año Paulino - “Es Cristo quien vive en mí”

Con motivo de la solemnidad que la liturgia de la Iglesia contempla cada año el día 29 de junio en honor de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, en las vísperas de dicha celebración y desde la Basílica de San Pablo Extramuros en Roma, el Papa inaugurará “el Año Paulino”: un año en el que Benedicto XVI convoca a los católicos del mundo entero a recordar, conocer, reflexionar sobre la figura y obra del Apóstol Pablo pero, especialmente, a actualizar su legado teológico y misionero en las actuales circunstancias de la Iglesia y del mundo.

Pero, quién fue y qué hizo este hombre para merecer que después de dos mil años los católicos seamos convocados a poner nuestra mente y corazón en él como modelo en nuestro itinerario de vida cristiana? A esta pregunta - a la que corresponde una extensa respuesta por la abundante y rica vida y obra del Apóstol - intentaré responder aquí condicionado por la brevedad que exige un artículo de prensa.

Unos datos biográficos

Gracias a la literatura neotestamentaria, a sus mismos escritos y especialmente al libro de los Hechos de los Apóstoles, hoy contamos con algunos datos cronológicos de la vida de Pablo y, más abundantemente, de su obra como misionero, escritor y teólogo. Saulo Pablo nació hacia el año 8, después de Cristo, en la Ciudad de Tarso, en la región o provincia de Cilicia (a los nacidos en esta ciudad se les otorgaba como privilegio la ciudadanía “romana”) en el seno de una familia de tradiciones y observancias fariseas. Dado que pertenecía a la tribu de Benjamín, recibió – como se acostumbraba en la época - el nombre de Saúl (o Saulo) que era común en esta tribu en memoria del primer rey de los judíos y, como ciudadano romano, se le dio el nombre latino de Pablo (Paulo). Fue apenas natural que, al inaugurar su apostolado entre los gentiles, Pablo usara su nombre romano.

Saulo aprendió el oficio de fabricante de tiendas o más bien – como también se piensa - a hacer la lona de las tiendas. Muy joven, fue enviado a Jerusalén para recibir una buena educación en la escuela de Gamaliel. A partir de este momento resulta imposible seguir su pista hasta que tomó parte en el martirio de San Esteban, momento en el que se le califica de “joven” pero este término (neanias) bien podía aplicarse a cualquiera entre veinte y cuarenta años.

“En el mundo tendréis persecuciones…”

Fruto de profundas y coherentes convicciones con el judaísmo farisaico que profesaba y de su temperamento combativo y fogoso, Pablo se dedicaba a perseguir a los primeros cristianos. Hoy podemos decir que Pablo, a partir de su “encuentro con Cristo” y con las mismas profundas convicciones, con el mismo temperamento impetuoso, con renovado y crecido fervor, pasó de ser el mejor de los judíos a ser el mejor (y mayor perseguido) de los creyentes en Cristo y en su obra salvadora. Tanto y de tal manera que pudo decir de sí mismo y exclamar con plenitud: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mi”(Gál 2,20).

En el libro de los Hechos de los Apóstoles encontramos tres relatos sobre la conversión de Pablo (9, 1-19; 22, 3-21; 26, 9-23) que aunque presentan ligeras diferencias no son difíciles de armonizar y no afectan en nada la única experiencia: la del “encuentro” de Pablo con Cristo en una circunstancia singularísima y que marcó su vida – ahora vida de fe - para siempre.
Después de su conversión - en la que innegablemente debieron influir en muy buena medida los testimonios de fidelidad al evangelio de Cristo de aquellos que él perseguía - de su bautismo y de su cura milagrosa Pablo empezó a predicar a los judíos. Después se retiró a Arabia, probablemente a la región al sur de Damasco (a lo que hoy llamaríamos una especie de “retiro espiritual”). A su vuelta a Damasco, las intrigas de los judíos le obligaron a huir de noche. Fue a Jerusalén a ver a Pedro, pero se quedó solamente quince días porque las celadas de los griegos amenazaban su vida. A continuación pasó a Tarso y allá se le pierde de vista durante seis años. Bernabé fue en busca suya y lo trajo a Antioquía donde trabajaron juntos durante un año con un apostolado fructífero. También juntos fueron enviados a Jerusalén a llevar las limosnas para los hermanos de allá con ocasión de una hambruna. No parecen haber encontrado a los apóstoles allí esta vez ya que se encontraban dispersos a causa de la persecución de Herodes.

“Id por todo el mundo…”

El periodo que transcurre entre el año 45 y el año 57 comprende el periodo más rico y fructífero de la vida del apóstol. En este tiempo ocurren sus famosos tres viajes o misiones (tal y como han sido organizados tradicionalmente a partir de sus mismos testimonios en sus mismos escritos) que, partiendo siempre desde la Ciudad de Antioquía, concluían invariablemente en una visita a Jerusalén. Viajes que estuvieron signados siempre por enormes cuotas de sacrificio (naufragios, incomodidades y peligros de todo tipo…), importantes conversiones a la fe en Cristo (jefes de sinagoga, autoridades y ricos de ciudades visitadas…) y muchas persecuciones y cárceles (especialmente de parte de los judíos) a causa del Evangelio que vivía y predicaba incansablemente. La Primera Misión se relata en Hechos 23, 1- 24, 27; la Segunda Misión se narra en Hechos 25, 36 - 28, 22 y la Tercera Misión en Hechos 28, 23 - 31, 26.
Importante es recordar también que estos viajes misioneros de Pablo tenían como primera finalidad visitar iglesias ya fundadas para animarlas en su fe. Pero, en el ejercicio de esta tarea, iban naciendo - al paso del apóstol y gracias a su testimonio y predicación - nuevas comunidades cristianas que en viajes posteriores él visitaba y animaba….

Pablo es un hombre de su tiempo al que le cabe el tiempo y el mundo de su tiempo en la cabeza: el mundo romano (por la ciudad donde nació), el mundo judío y semítico (por la herencia familiar) y el mundo griego (por la cultura y lengua reinante en su lugar y momento histórico). Este perfil de hombre cosmopolita, sumado a su locura porque todos conozcan la salvación (felicidad) que se alcanza con el Evangelio de Cristo, explica que sea Pablo quien, con sus viajes, con su espíritu aguerrido, valiente, abierto, universal (católico) y misionero, el que – no sin duras confrontaciones con los que se oponían a ello - hace posible que la persona de Jesús y su mensaje salga del reducido mundo del Israel de entonces y alcance e inunde todos los rincones del mundo entonces conocido.

“Es Cristo quien vive en mi…”

Es en la tarea de animación en la fe y exhortación a la fidelidad al Evangelio de Jesucristo a las comunidades cristianas donde nacieron los escritos del apóstol Pablo que se preservaron y que, en forma de cartas, llegaron hasta nosotros: a los Romanos, a los (1 y 2 ) Corintios, a los Gálatas, a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses, a los (1 y 2) Tesalonicenses, a (1 y 2) Timoteo, a Tito, a Filemón.

Es en sus escritos donde podemos descubrir la profunda experiencia humana y, al mismo tiempo, cristiana de Pablo. Sus escritos – como toda su vida de creyente – están animados por el deseo profundo de que todos conozcan la salvación en Cristo, es decir, la posibilidad de ser plenamente felices en el encuentro con quien a él mismo lo ha salvado: Jesucristo, el Hijo del Dios de sus padres: el Dios del Antiguo Testamento.

Por lo que, la doctrina hablada y escrita de Pablo es, primero y sobretodo, una experiencia de vida, la experiencia de un hombre en búsqueda honesta de salvación, de felicidad, de vida plena, de vida eterna: primero en el mundo fariseo y ahora, finalmente, encontrada y realizada a plenitud, en el seguimiento autentico de Cristo.

Por ello mismo, su teología es una antropología (una visión del hombre desde la fe en Cristo) y su antropología teológica es una soteriología (una reflexión teológica para la salvación del hombre-en-Cristo).

  • Además, su vida como su obra (después de su encuentro con Cristo): es cristocéntrica: centrada en el acontecimiento “Cristo” (a quien Pablo llama el “Evangelio”: la buena noticia para él y para todo hombre que quiera escucharlo, conocerlo, seguirlo, vivirlo, anunciarlo) y su mensaje. Pablo divide la historia de la humanidad y de cada hombre en dos grandes etapas: antes y después del encuentro con Cristo. El “encuentro” con Cristo recibe en Pablo diversas denominaciones debido a la riqueza misma del acontecimiento y al diverso auditorio al cual se dirige: misterio, redención, resurrección, justificación, expiación, liberación, salvación, bautismo, fe, etc…

  • La vida del hombre antes de su encuentro con Cristo es la vida del hombre viejo, apegado a la ley (del Antiguo Testamento y, en general, a toda ley) que lo conduce al pecado y por el pecado a la muerte. El hombre viejo vive según la sabiduría del mundo y produce unos frutos: “fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías, y cosas semejantes…” (Gál 5,19s).

  • La vida del hombre-en-Cristo es, por el contrario, la vida del hombre “nuevo”. Vida según la sabiduría de Dios que es sabiduría de la cruz, otra lógica, otros criterios. Es una vida en el amor por la que el hombre permanece en gracia y encuentra la vida plena, la felicidad, la salvación y comienza a producir frutos nuevos y buenos o frutos del Espíritu, a saber: “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí…” (Gál 5,22s).
Desde esta comprensión de la historia de la humanidad y de la historia de todo hombre, como la historia del mismo Pablo, desde la cual el reflexiona, vive, predica, escribe y da testimonio, es posible entender la riqueza de sus escritos con los cuales el Apóstol acompaña hasta hoy la liturgia de la Iglesia Católica y nos desafía, si queremos ser felices, a una discipulatura más auténtica y siempre renovada de Jesucristo.

“He combatido el buen combate…”

Un último viaje de Pablo que tuvo como destino final la ciudad de Roma es conocido como el viaje de “la cautividad” y quedó consignado - incluidos cinco famosos discursos del apóstol - en Hc 21, 27-28. 31. Después de sufrimientos y sacrificios sin cuento Pablo llega a Roma y allí se "quedó dos años completos en una vivienda alquilada (en cárcel domiciliaria)… predicando el Reino de Dios y la fe en Jesucristo con toda confianza, sin prohibición". Con estas palabras, concluye el libro de los Hechos de los Apóstoles. Unánimemente se acepta que las “epístolas de la cautividad” se enviaron desde Roma.

Como no tenemos documentación escrita sobre los últimos años de la vida del apóstol, “ el itinerario se vuelve sumamente incierto aunque los hechos siguientes parecen estar indicados en las epístolas pastorales…”.

Sobre la muerte de Pablo, “una antigua tradición hace posible establecer los puntos siguientes:
  • Pablo sufrió el martirio cerca de Roma en la plaza llamada Aquae Salviae (hoy Piazza Tre Fontane)… cerca de tres kilómetros de la espléndida basílica de San Pablo Extra Muros, lugar donde fue enterrado.

  • El martirio tuvo lugar hacia el fin del reinado de Nerón…

  • De acuerdo con la opinión más común, Pablo sufrió el martirio el mismo día del mismo año (aproximadamente) que Pedro…

  • Durante tiempo inmemorial, la solemnidad de los apóstoles Pedro y Pablo se celebra el 29 de Junio, que es el aniversario, sea de la muerte, sea del traslado de sus reliquias.\

La fiesta de la conversión de San Pablo (25 de enero) tiene un origen comparativamente reciente. Hay razones de creer que este día fue celebrado para marcar el traslado de las reliquias de San Pablo a Roma…”.


Aprendiendo de Pablo…

Que oportuna y benéfica esta iniciativa de Benedicto XVI al convocarnos a vivir un “Año Paulino”! Cuánto tenemos que re-aprender de la vida de Pablo, de su fervor, de sus empeños, de su mística, de la entrega generosa e incondicional de su vida a la causa del Evangelio y, especialmente, del carácter universal de su experiencia auténticamente “cristiana”.

“Católica” significa universal. Hoy tenemos nostalgia de Pablo, necesidad de muchos que como él empeñen lo mejor de sus fuerzas en la construcción del mundo y la Iglesia no como un mar de islas, distintas, distantes diferentes y xenofóbicas sino como una sola y única (aunque diversa) comunidad de los hijos de Dios, sin muros ni fronteras (raciales, religiosas, culturales, económicas…) donde todos tengan lugar porque nos hermana a todos la misma fe, el mismo amor, la misma esperanza y la misma búsqueda de salvación, de felicidad.

Todo esto, en contra de la comodidad de un cristianismo instalado y encerrado en las sacristías que olvida la misión primordial de la Iglesia y la urgencia de misionar y predicar el evangelio no ya en territorios lejanos e ignotos sino, aquí y ahora, en medio de una familia, una ciudad, una sociedad y una cultura que se intentan construir en contra y a espaldas de Dios, del Evangelio de Cristo y por tanto del mismo hombre.

Pablo, entiende y vive de tal manera ¨novedosamente” su propia experiencia, el acontecimiento Crístico y la vida eclesial, que se afana – incluso - por otorgarle a esta “novedad” una terminología, nueva y distinta respecto del Antiguo Testamento: “ministros”, “diáconos” (no sumos sacerdotes ni levitas) etc…. Esta actitud paulina es necesaria siempre: la de atrevernos a renovar, a intentar nuevas formas de evangelización; volviendo y bebiendo siempre de las fuentes del Nuevo Testamento y de las primeras comunidades cristianas pero realizando la tarea evangelizadora conscientes de las nuevas y siempre cambiantes circunstancias del mundo en el que nos correspondió vivir nuestra fe en Cristo (Cfr. Discurso de Pablo en el Areópago Hc 17, 23s)

Que siempre, en todo tiempo y circunstancia, cada día y al final de nuestras vidas, en nuestra experiencia de Cristo personal y comunitaria, podamos decir como Pablo de Tarso: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mi” y que la convocatoria a vivir un “Año Paulino” nos ayude y fortalezca en este propósito.


Citas textuales en itálica: www.enciclopediacatolica.com