martes, 25 de abril de 2023

Por un “Paso” urgente

La palabra hebrea “pesah/pesaj” y la española “pascua” significan “paso”. Palabra con la que conmemoramos el “paso” del pueblo del Antiguo Testamento por el mar rojo y su consecuente liberación de la esclavitud en Egipto y el “paso” a la vida “nueva” que significó, para los primeros cristianos, la transformación de sus vidas experimentada después de la muerte de Jesús de Nazaret. Transformación y vida nueva que se la atribuyen al Crucificado, al que ahora confiesan “Resucitado”, porque les cambió la vida.

Durante estas semanas, los católicos nos encontramos celebrando el tiempo de pascua. Tiempo en el que conmemoramos la Resurrección de Cristo y la nuestra con Él. Resurrección que significó entre los primeros discípulos y ha de significar hoy en nosotros – como ya dije - el “paso” a una vida distinta, transformada y nueva, para la construcción de mejores existencias, mejores sociedades, mejores historias y mejor humanidad. 

Todo lo cual suscita en mí las reflexiones que en estas líneas les comparto, con las que pretendo contrastar el hombre, la mujer, el estilo de vida y sociedad propios de esta coyuntura histórica en la que vivimos, frente al “hombre nuevo”, como lo llama San Pablo desde su propia experiencia de conversión y en su explicación teológica del acontecimiento pascual.

No eludo aquí mi postura como creyente en Cristo, pero entiendo que las verdades y criterios del Evangelio tienen validez universal en cuanto coinciden con los valores más profundos y ciertos grabados en el corazón y en la naturaleza humana de todo hombre y mujer, creyente o no creyente. Valores que se expresan como tendencias, en todo ser humano, a la vida, al bien, a la verdad, al amor, a la solidaridad, a la justicia, a la paz, etc.

Son estos los valores vividos y enseñados por Jesús de Nazaret y que se constituyen en la criteriología y lógica del Evangelio contra-distinta a la lógica del mundo. Son estos los valores que se constituyen en la “mentalidad renovada” del hombre “nuevo” y que se manifiestan en obras y en un estilo de vida también novedoso y bueno.

Nos correspondió vivir en este tiempo y cultura global, en transición de la modernidad hacia la postmodernidad, caracterizado por unos principios y valores que contradicen los valores humanos y universales antes mencionados.

La nuestra, es una coyuntura histórica caracterizada – después de dos guerras mundiales y fracasos sin cuento - por el sin-sentido de la historia, historia que es vista sin futuro y como un funeral de esperanzas. Vivimos inmersos en una cultura y sociedad de consumo en la que todo puede ser negociable, en la que la moda determina la conducta moral y la abundancia de lo material es la razón para vivir. 

Todo lo cual genera sociedades y estilos de vida materialistas en los que priman el “tener” sobre el “ser”, en un inmanentismo y desgano por situarse más alto, por trascender. 

A este hombre, cultura y sociedad “light” los caracteriza la apatía por lo colectivo y por los temas del bien común, porque en el “santuario” de lo individual, personal y privado es donde se da la felicidad. Todo lo cual conduce – a falta de verdades y certezas universales - a un “relativismo moral”, a un subjetivismo, a un sentimentalismo, a la permisividad moral y al laxismo. 

En un mundo en el que cada quien elabora “a la carta” sus propias medias-verdades de consumo, con mediocres proyectos de vida en los que “es verdad lo que es útil para cada quien” y en los que el goce, el disfrute, el placer de lo inmediato, aquí y ahora, se imponen como norma y medida de la vida.

Por todo ello, las nuestras son sociedades livianas, sin esfuerzo, sin sacrificios, ligeras, con estilos de vida imbuidos del facilismo, de lo desechable, de lo superficial, de lo banal, de las fachadas y las apariencias, de la exterioridad, de lo descomprometido.

Ante este panorama, nuestra sociedad y nuestro mundo están urgidos de modelos de humanidad, que en la búsqueda bienestar y felicidad sigan el manifiesto de las bienaventuranzas, enseñado por el maestro de Nazaret, contra los cantos de sirena de nuestra cultura construida en las tierras movedizas de las vanidades mundanas.

Estamos hastiados de los modelos con pies de barro, inflados por la publicidad “light”. Necesitamos hombres y mujeres que sean modelos a seguir, testigos y ejemplos de autoridad y verdad, de coherencia de vida, de coherencia entre las palabras y los hechos, entre los títulos profesionales y los estilos de vida.

El mundo de hoy urge por gobernantes, lideres religiosos, padres de familia, maestros, profesionales de todos los campos con autoridad moral y con vidas dignas de ser creídas e imitadas.

Estamos hartos de líderes sociales, en todos los campos, que “dicen pero no hacen lo que dicen”. Estamos hastiados de autoridades sociales y de profesionales deshonestos, con estilos de vida públicos y privados que desdicen de los valores más nobles a los que tiende todo ser humano y toda sociedad medianamente sana.

Nuestra sociedad y toda la humanidad urgen por mujeres y hombres “nuevos”, auténticos, capaces de construir, con sus hechos, palabras y actitudes, nuevos derroteros para posibilitar sociedades “nuevas”, es decir, sociedades justas, solidarias, fraternas, en las que sea posible la esperanza en tiempos mejores.

Quienes – neciamente, ostentosos y jactanciosos – se dedican a “perder sus existencias” en la “vida loca”, en el tráfico del mundo frívolo, superficial y materialista, mundo banal y light de las marcas y las etiquetas, mundo hedonista y pansexualista, mundo del confort, del lujo, del derroche y las bacanales, van por la vida confundiendo el éxito inmediato con la felicidad; atentan contra los valores fundamentales del ser humano, pero – además – convierten, insensiblemente, sus estilos de vida, en un descaro, una vergüenza y una afrenta ante un mundo plagado de necesitados y de necesidades, de hambrientos, de inequidades, de guerras fratricidas, de violencias, de injusticias que claman al cielo, etc.

“A quien más se le da más se le exige”. Nuestra sociedad urge porque líderes en todos los campos y profesionales de todas las ramas del saber llevemos vidas cónsonas, adecuadas y conformes con el ejercicio de nuestros roles sociales. Vidas ejemplares e integras en contra de las dobles vidas y dobles morales que hoy, en este mundo de relativismo moral - se condecoran y aplauden.

Invito a todos a preguntarnos por la coherencia entre nuestros hechos y palabras, entre lo que creemos y lo que vivimos, a preguntarnos por la coherencia entre nuestras vidas privadas y el ejercicio público de nuestras profesiones, por la coherencia entre las vidas que vivimos y la sociedad y el mundo que anhelamos.

Invito a todos a vivir la “Pascua” duradera. Es decir: el “Paso” cotidiano y permanente para ser mejores seres humanos y mejores profesionales, para la construcción de una mejor sociedad y un mundo “nuevo”.