sábado, 22 de marzo de 2008

La Resurrección como celebración de la esperanza

Todos los domingos pero especialmente en el Tiempo de Pascua y de modo especial el Domingo que sucede a la Vigilia Pascual, la liturgia católica conmemora y celebra la confesión de fe que sostiene y da sentido a la religión y a la vida de cada creyente y de la comunidad eclesial: que Cristo Resucitó, esto es, que su anuncio, su mensaje, su proyecto de vida y el Reinado de Dios por El anunciado y presencializado continúan en la vida nueva de los cristianos en Iglesia y en la construcción de un mundo mejor - en la que hemos de vivir empeñados - mediante el cumplimiento de la voluntad del Padre de Jesucristo, nuestro Padre, que consiste en que nos amemos los unos a los otros como Dios mismo nos ama.

El centro y fundamento de la predicación de Jesús, con sus hechos y palabras, su pretensión profética, y la percepción que de su obra tienen sus paisanos y contemporáneos, tal como lo consignan en los textos neotestamentarios, es la instauración del Reinado de Dios anunciado por los profetas y esperado por el pueblo del Antiguo Testamento. Pero contrario a las características guerrero/militares y político expansionistas que tendría el Mesías y con las que contaba el perfil del Esperado, del Enviado a instaurar el Reino de Dios, Jesús hace presente la soberanía de Dios en el mundo mediante el amor de los que se reconocen hijos del mismo Padre y, en consecuencia, construyen el mundo en la paz que brota de la justicia, la paz como suma de bendiciones de Dios para el hombre explicitadas en abundancia de verdad, de compasión, de misericordia, de solidaridad, de pan, de salud, de perdón, de libertad, de nuevas y renovadas oportunidades de vida y no cualquier vida sino una vida abundante.

La Resurrección, confesión fundamental de fe de los primeros cristianos, nace de una transformación de sus vidas operada por el Crucificado: transformación por la que se experimentan, se saben y se confiesan “hombres nuevos”; vida nueva por la que ahora claman a Dios “Padre” y se encuentran con el Crucificado Viviente “al partir el pan” que los alimenta y que los congrega como hermanos en pequeñas comunidades de fe y esperanza en las que saben que han pasado de la muerte a la vida nueva porque ahora se aman los unos a los otros eficazmente, de tal manera que ni uno solo, entre ellos, pasa necesidad.

La pascua cristiana es, por tanto, la celebración del triunfo de la vida sobre la muerte, es la victoria del amor y el perdón sobre el odio y es, por tanto, la apertura a una vida nueva y a un mundo nuevo en el que la convivencia, la reconciliación y todo bien sean posibles mediante el mandamiento nuevo del amor, síntesis del evangelio de Jesucristo, que invita al hombre a un nuevo estilo de vida que consiste no en ahorrar y cuidar la propia vida egoístamente sino en gastarla en favor de los otros como condición para la felicidad o vida eterna que todos buscamos y anhelamos mientras somos peregrinos en la tierra.

Un somero análisis de nuestra realidad actual a nivel internacional y nacional, contrasta, en mucho, con los principios neotestamentarios y evangélicos del Reinado de Dios vivido y anunciado por Jesús y practicado por las comunidades de los hechos de los apóstoles. Las categorías de nuestra sociedad hoy se alejan de aquellas presentadas y sugeridas por el carpintero de Nazareth como una manera más humana de construir el cielo nuevo en la tierra nueva.

Hoy, en los Estados Unidos, vivimos tiempos de profundas crisis, de gran y grave incertidumbre respecto del futuro inmediato: no vivimos en paz debido a los conflictos bélicos en que erráticas políticas gubernamentales nos han embarcado, no sabemos si las personas mayores podrán gozar de los derechos y beneficios de su trabajo en su jubilación o si los servicios médicos actuales podrán continuar teniendo una cobertura la más universal y la más eficaz posible para la población norteamericana, tampoco sabemos si los niños y jóvenes del presente tendrán acceso a educación y a una educación cualificada, etc…. Todo ello, en medio de evidente recesión económica oficialmente no declarada como tal pero con signos evidentes de crisis en la realidad comercial y laboral cotidiana e inmersos en una campaña presidencial muy intensa, extensa y costosa caracterizada por la emergencia de nuevos modelos de candidatos y de nuevos sectores de población electora al vaivén del manejo, siempre interesado y sesgado, que de ésta y de toda la información hacen los Medios de Comunicación Social.

Pero la situación no es mejor ni más esperanzadora en el resto de la tierra: hemos adelantado en la manipulación técnico-científica de la materia pero hemos retrocedido en la tarea humanizadora del hombre y de las comunidades. Así lo muestran las hambrunas, los desplazamientos forzados, las grandes oleadas migratorias, las enormes inequidades entre los pocos hombres y naciones que tienen de sobra para el lujo y el derroche y las enormes masas que no tienen nada, la corrupción administrativa campeante en los sistemas de gobierno y en las grandes corporaciones multinacionales, la violencia de mil maneras y con las más diversas motivaciones, la falta de oportunidades humanas y sociales elementales para la mayor parte de la población mundial tales como el acceso a la nutrición, a la vivienda, a la salud, a la educación, al trabajo.

Desde nuestra visión cristiana del hombre, del mundo y de su historia, este desalentador panorama hunde sus raíces en el pecado que es el odio, la injusticia, la avaricia desmedida y el hedonismo de una cultura que privilegia la sabiduría del mundo sobre la sabiduría del Reinado de Dios, que da las espaldas a Dios para que primen los caprichos mezquinos del hombre sobre su voluntad creadora, paternal y misericordiosa.

Pero es en esta misma realidad inhumana e injusta en la que los cristianos tenemos que preguntarnos por el legado de Jesús de Nazareth en la vida de los creyentes, por la presencia de los valores del evangelio en el mundo, por el fermento en la masa, por la eficacia de la tarea evangelizadora de la Iglesia. Esta realidad carente de la luz del evangelio lejos de amilanarnos nos desafía, desde la Pascua de Cristo, a construir la pascua del mundo: paso de las tinieblas a la luz, del desamor al amor, de la no aceptación de las diferencias a la reconciliación en el dialogo fraterno, del apego a lo temporal al anhelo de lo eterno, de lo corrupto y corruptible a lo nuevo y trascendente, de la muerte en mil formas a la vida abundante que Dios nos ofrece en el Resucitado.

Entonces hoy, más que nunca, cobra significado la celebración de la Resurrección de Cristo como desafío a los cristianos y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad para construir, con los criterios del Reinado de Dios, el mundo nuevo que anhelamos y la tierra nueva que esperamos como espacio/ tiempo posible para las futuras generaciones.

martes, 1 de enero de 2008

Para que este año sea “nuevo”

En nuestros Calendario, en nuestra manera de medir el tiempo, termina un año y comienza otro. Ocasión propicia para hacer un alto en el camino, para evaluar, para reflexionar sobre lo que dejamos atrás, para medir nuestra vida pasada, para sopesar nuestro presente y para calcular y prever nuestro futuro personal y comunitario.

Es tiempo de celebraciones: celebramos la vida que pasó, celebramos todo cuanto somos y tenemos en el presente pero, sobre todo, celebramos nuestras mejores aspiraciones para la humanidad entera.

Cada año llega con sus propias novedades y sorpresas tanto en el terreno individual y familiar como en el plano social, nacional y mundial.

Para el caso de quienes vivimos en los Estados Unidos de Norteamérica, el nuevo año 2008 nos involucra en una campaña y elección presidencial. No ignoramos que los resultados de dicha contienda política influyen no sólo en el ámbito local o nacional sino, sobre todo, a nivel internacional y mundial.

Este proceso electoral que se avecina está signado por un desgaste político y social que no tiene parangón en la historia reciente de esta Nación. La campaña por la presidencia ha comenzado tempranamente y será larga. Campaña electoral que - mal llevada y como otras tantas y en otras latitudes – puede atentar contra el valor de la política y de lo político, contra el valor de lo social y del bien común, contra el valor de la democracia y del servicio público y puede cansar y agotar a electores abrumados por la danza de los millones que se derrochan en publicidad mentirosa, nociva y en propaganda denigrante, difamadora y deformadora de la realidad.

Con todo, sin ignorar los grandes problemas que Estados Unidos enfrenta actualmente y la grave crisis institucional y económica en la que está sumido; sin olvidar tampoco las graves crisis institucionales y económicas que enfrentan el resto de la comunidad de naciones pero conscientes de que habitamos el País más influyente de la tierra, no podemos eludir la responsabilidad histórica, política y social de preguntarnos - en la alborada de un año nuevo - cuáles son nuestras más profundas y mejores aspiraciones y cuáles las más urgentes y convenientes para nosotros mismos y para el porvenir de la entera humanidad.

Urge, entonces, una participación en el debate público y en la elección política que sea activa, consciente, discernida, razonada, razonable, democrática y responsable. Participación que evite la politiquería, la demagogia, la mentira y la mezquina visión de intereses particulares en aras de la construcción y del servicio al bien social que es el bien de todos.

La Comunidad Hispana presente cada vez más y en números más crecientes en esta Nación puede y debe romper los esquemas tradicionales que han balanceado y repartido, hasta ahora, al quehacer político entre la derecha y la izquierda, entre conservadores y liberales, entre azules y rojos, entre demócratas y republicanos. La Comunidad Hispana tiene, aquí y ahora, la responsabilidad política de participar para plantear, para liderar, para reivindicar, para reinventar, para innovar, para promover y para elegir alternativas políticas distintas y mejores a las actuales. La Comunidad Hispana tiene en la actual coyuntura y circunstancias de esta Nación la ocasión impostergable, irrenunciable e intransferible de hacer la diferencia.

Mediante la participacóon política de la Comunidad Hispana, es tiempo de aclarar y terminar con la vergonzosa situación del proceso político migratorio en el que politiqueros y leguleyos han jugado y se han burlado de la esperanza y de las justas reivindicaciones de millones. Es tiempo de acabar con la situación humillante e indigna en la que viven millones de nuestros hermanos y hermanas migrantes indocumentados en esta Nación y más allá de nuestras fronteras.

Décadas después del aparente final de la guerra fría, de la caída del muro de Berlín, del derrocamiento de dictaduras y de sistemas políticos que son hoy mancha y verguenza en la historia de la civilización humana, nos encontramos, avergonzandos de nuevo, asistiendo a guerras, a la hostilidad en la frontera mexicoamericana, a la construcción de muros físicos y en el corazón de los hombres, a las persecuciones, a las exclusiones, a la marginación, a la explotación de individuos y pueblos, al racismo y a la discriminación alentada por los Medios de Comunicación Social y a tantas otras formas de injusticia que ensombrecen y empobrecen el espíritu humano.

Los que hundimos las raíces de nuestra fe en la mentalidad semítica y bíblica, sabemos que es en el entretanto del más acá, del aquí y del ahora, del espacio / tiempo histórico que inexorablemente pasa y que miden nuestros almanaques (kronos) en el que ocurre el tiempo de la actuación, intervención y salvación de Dios en la historia de los hombres (kayros). Que es en este tiempo (kronos) en el que construimos la soberanía de Dios entre nosotros (kayros) mediante el cumplimiento de su voluntad.

El final de un año y comienzo de uno nuevo es el tiempo propicio para que - mediante la participación política de la Comunidad Hispana - derribemos los muros y los mitos en contra de la migración hispana y para que exijamos el noble puesto que, por el pasado y el presente, nos corresponde en la construcción del futuro de esta Nación. Sólo así tendremos un próspero y bendecido 2008!

lunes, 24 de diciembre de 2007

Para celebrar “Cristianamente” la Navidad

En medio de la voracidad consumista, del desenfreno comercial y de la paganización que está caracterizando la temporada decembrina, además de la abudante proliferación y divulgación de apócrifos sobre Jesús de Nazaret que atentan contra los fundamentos de la fe cristiana, se oscurece la esencia, el sentido, la significación de la Navidad y los cristianos corremos el riesgo de olvidar lo que en ella celebramos y las implicaciones que esta conmemoración anual tiene para nuestra vida cristiana y eclesial y para todo hombre y mujer de buena voluntad.


La memoria del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, que los católicos celebramos en el tiempo litúrgico de la Navidad tiene como inspiración, fundamento y fuente los datos que del nacimiento e infancia de Jesús nos proveen los escritos del Nuevo Testamento y, concretamente, los evangelios de Mateo y Lucas que son los que se ocupan de esta etapa de la vida de Jesús de Nazareth.


Para una lectura “inteligente” de la Biblia y, con ello, una celebración “cristiana” de la Navidad, es preciso distinguir y diferenciar en todos los relatos bíblicos dos tipos de datos con los que se contruye todo relato humano y se consigna por escrito la urdimbre de la humanidad: los datos históricos y las confesiones de fe.


Los Datos históricos son todos aquellos que tienen evidencia tangible y comprobable en nuestras categorias espacio/temporales, constatables - por ello mismo - por el universo de las personas. Están, incluso, presentes en narraciones extrabiblicas, por ejemplo: que existieron personajes y acontecimientos tales como un grupo esclavo de los egipcios, el destierrro a Babilonia, Jesús de Nazareth, su predicación, su muerte en cruz, los primeros discípulos, Pedro y Pablo, la fundación de las primeras comunidades cristianas, las persecuciones, etc...


Las Confesiones de fe son todos aquellos datos válidos sólo para una comunidad o grupo de personas y nacen de una experiencia particular. Por ejemplo: Jesus “es el “Señor” o “la Luz del mundo” son confesiones de fe válidas sólo para los cristianos. Las confesiones de fe constituyen la prioridad y el aspecto principal en la intencionalidad teológica de los escritores sagrados pero no son posibles sin un fundamento histórico.


En otras palabras, si bien la primera y principal intencionalidad de los escritores sagrados es teológica, es decir, confesar y proclamar la fe en Jesucristo (para el caso de los del Nuevo Testamento) y no la de relatar hechos históricos al modo como hoy y en nuestra mentalidad cronológica y cronométrica lo entendemos, es posible, sin embargo, encontrar en los relatos bíblicos y neotestamentarios datos históricos que soportan e hicieron posible la experiencia con Jesús y que dieron lugar a las confesiones de fe. Confesiones de fe que, en otra época y en distintos contextos y circunstancias históricas, son las que conectan a los cristianos de hoy y de siempre con la misma fe de los primeros cristianos confesada y proclamada en el Nuevo Testamento.


Algunos de los datos históricos y de las confesiones de fe que encontramos y diferenciamos en los llamados “relatos de la infancia” de Jesús de Nazaret en los evangelios de Mateo y Lucas son los siguientes:


Datos historicos: Un varón llamado Jesús nace en tiempos del rey Herodes, cuando salió un edicto de empadronamiento de Cesar Augusto, siendo Cirino gobernador de Siria. Sus padres son José y María, quienes, en cumplimiento de la ley mosaica lo circuncidaron y presentaron en el Templo. El niño crece en Nazaret y allí se fortalece llenándose de sabiduría


Confesiones de fe: Con los relatos de las genealogías, la anunciación a María y a los pastores, su concepción virginal, su nacimiento en Belén y en un establo, la presentación de José como de la estirpe de David, la persecusión de Herodes, la adoración de los magos, el viaje a Egipto, la visitación, la circuncisión y la presentación en el Templo... las comunidades cristianas de Mateo y Lucas quieren confesar y confiesan ( a la luz de la Pascua) al Resucitado, ya desde niño, como el centro, el esperado y plenitud de la historia (de Israel - en Mateo - que lo emparenta con personajes de la talla de David y Abraham y de la humanidad - en Lucas - que lo emparenta con Adam), como el Hijo de Dios, el Señor, el Mesías anunciado por los profetas del Antiguo Testamento que tenían en David el modelo de rey de Israel, rey de reyes, luz de las naciones, gloria de Israel, nacido entre y como los pequeños del mundo para ser su salvador, el salvador de Israel y de todos los pueblos, con quien estaba la gracia de Dios. También a María, José y otros personajes (Simeón, Ana, Juan el Bautista, Isabel, los pastores...) se les reconoce y confiesa como fieles cumplidores de la voluntad del Padre y, por ello, benefactores de las promesas consignadas en el Antiguo Testamento.


Todo lo anterior es lo que los cristianos recordamos, confesamos y celebramos en el tiempo litúrgico de la Navidad.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Construyendo la ACCION DE GRACIAS!

El DIA DE ACCION DE GRACIAS es, histórica, tradicional y familiarmente hablando, la fiesta más importante en este País; la celebración que más congrega y la más arraigada en el sentir cultural y colectivo de la entera sociedad de los Estados Unidos de Norteamérica.

Esta celebración tiene fundamento antropológico. La gratitud hunde sus raíces en la esencia misma del ser humano, pues hay en todo hombre y mujer la capacidad de observar todo cuanto es, todo cuanto tiene y todo cuanto le rodea, de tomar conciencia y de DAR GRACIAS.

La actitud y el estilo de vida del hombe y de la mujer capaces de agradecimiento van de la mano con la alegría, pues es alegre la persona capaz de percibir para reconocer y agradecer. Por el contrario, quienes han olvidado o no desarrolado - ciegos ante la vida y la realidad - esta capacidad ontológica corren el riesgo de la tristeza, del aburrimiento, del abatimiento.

De otra parte, la actitud alegremente agradecida genera esperanza, convierte la existencia en un espacio/tiempo digno de ser vivido y llena de matices distintos la siempre amenazante rutina en la cotidianidad de la historia humana. Pero no sólo la rutina de una sociedad materialista y de consumo en la que nos acostumbramos a tenerlo todo es una grave amenaza contra la gratitud, también lo es la incapacidad de asombrarnos ante lo nuevo, ante lo que somos y tenemos, ante lo que recibimos “gratis” por la soberbia de quien cree merecerlo todo y no agradece nada.

Así, la gratitud como actitud y estilo de vida se convierte, además, en antídoto contra la experiencia de mal en el mundo. El que agradece lo hace no olvidando el mal, sino a pesar de él y en su contra; siempre en búsqueda de condiciones y días mejores, en búsqueda de razones para dar gracias.

Entonces, la gratitud, como estilo de vida, evoca el pasado y el presente para agradecerlo pero, de manera activa, nos empuja a construir el “cielo nuevo y la tierra nueva” que esperamos para poder seguir agradeciendo...

La gratitud, por todo ello, es un canto, un grito de protesta contra todas las tan variadas manifestaciones del mal en la historia. La gratitud, en fin, nos libera porque exorcisa la miseria, la pobreza, los desastres, los odios, las divisiones, los fracasos, las violencias, los conflictos, los atropellos, los abusos, las injusticias, el sufrimiento y hasta la muerte misma....

Aquí, en este fundamento antropológico de la gratitud por la gratuidad de la vida, concebida ésta como un don inestimable, radica la grandeza de los ritos con los que festejamos en esta Nación el DIA DE ACCION DE GRACIAS.

A esta experiencia tan profundamente humana de la gratitud, inserta como quedó dicho, en la esencia misma de nuestro ser y en el corazón de todo hombre y mujer de buena voluntad, la revelación cristiana añade – para los creyentes en Cristo - más y más razones para vivir alegremente agradecidos.

Los cristianos damos gracias por la vida y la creación como don de Dios y damos gracias al Padre compasivo y misericordioso de todos, en el Espíritu Santo, por hacernos sus hijos y, por ello, hermanos entre nosotros. Damos gracias por su sempiterna presencia en nuestra historia y todo ello lo celebramos diariamente, pero especial y dominicalmente en LA EUCARISTIA (vocablo griego que significa ACCION DE GRACIAS): LA ACCION DE GRACIAS primordial y por excelencia en la vida de la comunidad eclesial y del cristiano.

Nos congratulamos pues por esta gran celebración nacional de ACCION DE GRACIAS que nos permite hacer, además, un alto en el camino para un examen de conciencia individual y comunitario sobre las razones suficentes o las sin razones que en esta fecha tenemos para dar o no dar gracias.

Si estamos construyendo un mundo, una sociedad, una cultura y unas personas en consonancia con el bien común, con la justicia, con la humanización y para la vida abundante, entonces esta fiesta como todo rito de acción de gracias cobra validez y tiene sentido; de lo contrario: si hay en nosotros mismos y, por ello, en la sociedad enormes y muy evidentes manifestaciones de mal, de injusticia y pecado entonces el día y la fiesta de ACCION DE GRACIAS como todo rito de agradecimiento corre el riesgo de convertirse en una celebración del absurdo, del sin-sentido, de la farsa y del vacío.

Construyamos, pues, espacios y razones suficientes para estar agradecidos y agradeciendo... y para vivir “esperando, incluso, cuando no hay esperanza”.