domingo, 18 de diciembre de 2016

Hablar de Dios en tiempos de Francisco




Hablar de Dios en tiempos de Francisco

+Fernando Chomali Garib
Arzobispo de la Ssma. Concepción
Concepción, Chile. Noviembre de 2016



1.  A Dios lo quieren sacar de la esfera pública

Hablar de Dios en estos tiempos no resulta fácil, pero sí desafiante y, sobretodo, fascinante. A Dios lo están sacando desde hace un buen tiempo de la esfera pública. Ello se percibe a todas luces en los más amplios campos de la vida social, educacional y cultural. También han intentado sacarlo del corazón de los hombres postulando la fe como un desquicio de la vida personal y social, y constitutivo de una alienación que oprime y quita libertad. Ha apoyado este intento una visión del hombre antropocéntrica, cuyo horizonte último es el bienestar a toda costa, con el acento puesto en la autorrealización que se vuelve el fundamento absoluto y razón de ser de la vida. Esta autorrealización el hombre no la encuentra fuera de sí, en otro, sino que en su propia subjetividad que adquiere valor normativo. El Dios creador, único y fundamento de todo bien ha sido suplantado por el querer y el deseo personal. Este verdadero desencuentro cultural llevó a la pauperización del pensamiento de orden filosófico y al desconocimiento del otro como parte de mi ser, menoscabando la dimensión racional y social del hombre.

2.  La erradicación del pensar metafísico

La pregunta por la esencia de las cosas, por su verdad, independiente del sujeto que la estudia es, para muchos, cosa del pasado. Como consecuencia de ello, la ética perdió espacio en el horizonte cultural y se limita a promover la idea de que los actos tienen valor en la medida que son fruto de la autonomía, que no dañen a otro y que tengan presente la utilidad como referente y máximo valor a alcanzar. ¿Acaso no es esta la razón por la cual las clases de filosofía y teología las quieren hacer desaparecer del horizonte educativo y cultural? En este contexto desprovisto de gnoseología y de ética vinculante, la belleza ha ido perdiendo todo sentido y los resultados de ello están a la vista. La sociedad en sus más variados aspectos se ha ido pauperizando, en un claro proceso de jibarización de la dignidad humana y de la cultura. El héroe, el santo, el hombre altruista que mira a lo alto y actúa incluso dando la propia vida, es un ser en extinción, en el mejor de los casos, se le considera a alguien digno de aplaudir, pero no de imitar. El hombre empeñado en construir una sociedad sacando a Dios del espectro personal y social, terminó destruyéndose a sí mismo. Esa es la tesis del Concilio Vaticano II, que todos los Pontífices han hecho ver insistentemente. Cómo resuenan las palabras e Pablo VI en Populorum Progressio: Ciertamente el hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero al fin y al cabo, sin Dios no puede menos que organizarla contra el hombre".

Los miles de inmigrantes que mueren ahogados en el mar a vista y paciencia de quienes tienen el poder de impedirlo, los miles y miles de ancianos solos, abandonados y pobres, que gimen por un poco de amor y se les ofrece la muerte como alternativa a ese dolor del alma del que nadie está dispuesto a hacerse cargo, así como los millones de niños que no ven la luz del día porque sencillamente constituyen una amenaza, dan cuenta de este panorama verdaderamente decadente que vemos día a día y que nos interpela. Ni hablar de las grandes brechas que existen entre los menos que tienen cada día más y los más que cada día tienen menos y que quedan al arbitrio de otros en todos los planos. El desencanto social que vemos día a día es la respuesta a esta lógica de la indiferencia y del ensimismamiento.

3.  Si no hay Dios sólo queda la autorreferencialidad

Este querer desembarcar a Dios de la cultura comenzó negando el valor de la condición religiosa del hombre como experiencia propiamente humana y social. A lo más se le reconoce un valor en la esfera personal, pero no una realidad que se puede convertir en cultura. Al perder el ser humano toda referencia objetiva que lo orientara más allá de las vicisitudes del tiempo y del espacio, queda despejado y pavimentado el camino para comenzar a construir al hombre autorreferente que se crea a sí mismo desde sus propias convicciones. Así, la condición de ser social, de ser sexuado en cuanto hombre o mujer, de ser un ser que se comprende a la luz de los demás, son meros resabios que, según ellos, fueron culturalmente impuestos pero no se ajustan necesariamente a la realidad (que ya deja de ser dada) que el mismo sujeto se siente llamado a imponer como tal. En este contexto cultural los parlamentos de Occidente terminaron siendo meros notarios de las infinitas antropologías y éticas que pululan por doquier. Si alguno postula la existencia de una realidad anterior a la percepción del sujeto que la aprehende es tratado duramente. Con ello la sociedad perdió. Perdieron sobre todo los más débiles. Ganaron los más fuertes. Allí está la paradoja. La libertad mal entendida se convirtió para muchos en la peor de las esclavitudes. Es la consecuencia lógica de una libertad que no reconoce una verdad última y menos un bien a alcanzar fuera del sujeto. Este panorama fue campo de cultivo de los caudillismos en todas las esferas de la sociedad y de un gran descontento. Hasta al mismo Dios cada uno lo dibuja a su manera. Lo importante es que me sea útil a “mi” significado de lo que significa ser un ser humano. La ausencia de un referente último en quién fundar la existencia y la convivencia ha llevado a la segregación social y a la violencia como método para resolver los conflictos. El mal trato cuya peor forma es hacia las mujeres, los niños, los inmigrantes, los pueblos originarios, y tantos otras comunidades, dan cuenta de este intento de negar toda verdad objetiva y valores que no se pueden negociar porque son anteriores al mismo hombre y al Estado. Sin un fundamento metafísico o trascendente que valga para todos y que esté por sobre todos como línea última de interpretación de la realidad, la verdad se diluye, la razón le cede el paso a la violencia y la justicia termina en venganza. ¿No es ese el panorama que vemos a diario y que ha adquirido un verdadero carácter pornográfico?

4.  La autorreferencia se construye desde el consumo

La sociedad fundada desde el individuo autorreferencial ha hecho que la sociedad, en su eje práctico, gire en torno al consumo, que se constituye en su motor, y ha hecho de los índices económicos el índice para medir el desarrollo del país. El desarrollo se comprende sólo como desarrollo económico y el crecimiento personal está íntimamente ligado al bienestar individual. La desigualdad que trae este modo de organizar la sociedad es muy silenciada. Suenan con fuerzas las palabras de Pablo VI en Populorum Progressio: "Nosotros no aceptamos la separación entre lo económico y lo humano, ni entre el desarrollo y la civilización en que se halla inserto. Para nosotros es el hombre lo que cuenta, cada hombre, todo grupo de hombres, hasta comprender la humanidad entera". Así resulta imposible lograr la coherencia social porque el otro deja de ser parte del proyecto común, y se transforma en uno más en la competencia, al que obviamente, hay que vencer. Muchos creen que lo importante es llegar primero, pero desde la condición de hermanos y miembros de la humanidad creemos que es mejor llegar juntos. Esta competencia, en la práctica, comienza en el vientre materno al desechar a los seres humanos que vienen con malformaciones, son fruto de una violación u otras causas. Ellos, según esta forma de concebir la realidad, no forman parte de esta estructura social donde el centro no es la persona sino que lo que ella pueda lograr para sí, o lo que la sociedad pueda otorgarle a ella. Así se entiende la desproporción entre la exigencia de derechos y el cumplimiento de los deberes. Notable al respecto el Magisterio de Benedicto XVI respecto del sentido más profundo de la solidaridad como forma de conocimiento y expresión del ser un don llamado a convertirse en un don para los demás.

La clave para comprender las relaciones humanas hoy está en el utilitarismo. Gran daño ha hecho esta forma social, ya que ha dejado a muchas personas, sobre todo pobres y ancianos, inmigrantes y discapacitados, en la más absoluta indefensión. La realidad de los niños que por distintas situaciones no viven con sus familias, sino que en residencias, de los ancianos solos y abandonados, los refugiados abandonados a su suerte, dan cuenta de esta realidad.

5.  Testimonio cristiano claro y sin ambigüedades

Francisco, el Papa, tiene clara esta realidad. Es por ello que nos ha invitado con insistencia y sin ambigüedades a volver al fundamento del aporte que hace la Iglesia Católica para generar una sociedad más justa, fraterna y digna para el hombre, todo hombre y todos los hombres. Ese fundamento no es el poder, no es el dinero, es Dios y, de modo específico, en su misericordia manifestada de modo único y definitivo en Jesucristo. El Papa pretende hacer volver la mirada de todos los miembros de la sociedad a aquel que está excluido y descartado de un sistema de intercambio de bienes y servicios que no ha puesto al hombre al centro de la organización social. Lo hace desde el prisma de Jesús. Desde su mirada, los dolores y las angustias de tantos y tantos seres humanos son consecuencia de un sistema que no tuvo como eje al hombre y su dimensión constitutivamente espiritual, sino que la avaricia y la ambición desmedida que se concreta en poder y dinero. La invitación a cambiar el estilo de vida del consumir por el del compartir que nos hace Francisco es concreto y real y quienes están llamados en primer lugar a acoger este llamado son aquellos que profesan que Dios se encarna en Jesús, el Cristo, presente, paradójicamente, en el sufriente. Para el Papa el testimonio cristiano vivido con coherencia y valentía ha de constituirse en el lugar teológico desde el cual se está llamado a darle al mundo otro rostro. Ello implica un profundo cuestionamiento de nuestra manera de comportarnos, especialmente de todos quienes reconocemos que Jesús es el Señor. Así, junto a la denuncia, necesaria por cierto, se abre un horizonte de construcción del entramado social más amplio, vinculado al amor entregado, a la ternura derrochada, a la alegría que contagia, al testimonio cristiano. No es esta una clave para interpretar las exhortaciones apostólicas “La alegría del Evangelio” y “La Alegría del amor”. ¿Acaso no es allí, en el Evangelio y en el amor, donde está la semilla de mostaza que generará la tan anhelada civilización del amor? Dicho con palabras de Juan Pablo II: "La civilización del amor debe ser el verdadero punto de llegada de la historia humana" (Juan Pablo II, 3.11.1991). Así, Francisco, con claridad nos está invitando a tomar una posición más clara respecto de nuestro propio estilo de vida, porque es en esa práctica concreta y real que seremos luz que ilumina a los demás. El Papa nos está pidiendo una y otra vez que nuestros actos hablen por sí mismos. Son los gestos el modo más preciado para mostrar no sólo que Dios es el fundamento de nuestra vida, sino que además el principio rector desde donde podemos recomponer el tejido social. Él claramente ha comenzado. Ahora nos corresponde actuar en consecuencia a cada uno de nosotros. Y con alegría, esperanza, fe y mucha caridad.

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