domingo, 29 de agosto de 2010

La Biblia - Dios habla y un Pueblo escucha y responde (Parte 3)

Los cristianos leemos el Antiguo Testamento, porque encontramos unas relaciones de continuidad y/o de contexto y de novedad/ruptura importantes entre éste y el Nuevo Testamento. Así:

· Jesús es judío, hijo de padres judíos, miembro de su pueblo y parte de sus costumbres, conocedor de las escrituras y la ley de su tiempo, asiste a las sinagogas, etc.

· Los primeros cristianos, miembros de las primeras comunidades cristianas y autores de los textos del Nuevo Testamento son hombres y mujeres judíos convertidos muy recientemente al “cristianismo”. Lo cual explica que en el “Nuevo” aparezcan todavía textos con mentalidad del “Viejo Testamento”. Por ejemplo, leemos textos en el Nuevo Testamento que hablan de mandamientos (en plural) cuando Jesús debió hablar de uno solo: el amor, o cuando se habla de pecados (también en plural) cuando Jesús quita es el pecado, en singular, como una situación estructural en la vida de la persona, que lo hace cometer, ahí si, pecados, en plural.etc.

· Más aún, los cristianos confesamos a Dios Uno y Trino pero, además, le atribuimos todos los rasgos de Dios revelados y confesados ya por el Pueblo de Israel en el Antiguo Testamento: Creador, Liberador, Santo, Misericordioso, Juez Justo, Rey, Peregrino, Nuestro Dios, Único, etc.

· Pero también es verdad que Jesús y su ministerio (hechos y palabras) suponen una novedad y por tanto una ruptura con “las tradiciones de sus antepasados”: “Antes se dijo..., pero ahora yo les digo...”

· La “norma, normativa, no normada” para la fe de nosotros los cristianos es Cristo y su evangelio pero no se descubre lo nuevo si no se conoce lo viejo. No descubriremos la “novedad” que trae Jesús y su “ruptura” con el pasado, si no conocemos primero el “orden de cosas” del Antiguo Testamento.

En este interés “hermenéutico” por conocer mejor a Dios por medio de su revelación escrita consignada en la Biblia, es importante, además, saber que la escritura fue conocida e Israel aproximadamente hacia el año 1000 antes de Cristo, cuando el Rey David quiso traer “escribas” desde Alejandría en Egipto para que consignaran por escrito y archivaran los alcances y la prosperidad de su reinado.

Si esto es así, entonces hemos de entender que los escritos bíblicos, obviamente posteriores a los acontecimientos relatados o datos históricos, estuvieron siempre precedidos y mediados por tradiciones orales, con todas sus eventualidades y matices. Y que, además, no fueron escritos ni aparecieron en el mismo orden cronológico en el que los tenemos “ordenados” en nuestra Biblia. Finalmente, los textos bíblicos han de ser leídos – y vividos – con el mismo espíritu con el que fueron escritos: desde la fe.

Porque así como el poema de amor es bien entendido e interpretado por el que tiene o ha tenido la experiencia de estar enamorado; los textos bíblicos son los “poemas de amor” (construidos con datos históricos y confesiones de fe) de unos hombres y mujeres, de un pueblo y de unas primeras comunidades cristianas que pusieron “toda su confianza en Dios” y que son bien entendidos, bien leídos, bien interpretados y bien vividos por quienes, como aquellos, tienen hoy la experiencia de la misma fe en el Dios que se comunica en la Biblia.

Lo cual supone, ponerse en disposición de escucha, de diálogo, de acogida. Con una mirada hacia la propia situación de la persona o comunidad que lee la Palabra, dejando que ésta interpele, ilumine, presencialice a Dios en la realidad más profunda de la existencia, haciendo así de la Palabra de Dios palabra de salvación. (MC I – Pág. 53).

Otro aspecto a tener en cuenta, para una lectura inteligente de la Biblia es la “unidad” de la Biblia porque Cristo es el centro de toda la Biblia, de tal manera que el Antiguo Testamento es profecía y promesa mientras que el Nuevo Testamento es la presentación y la explicación de ese acontecimiento ya realizado. A la luz del acontecimiento-Cristo se han de leer todos los libros de la Biblia. (MC I – Pág. 51)

Por otra parte, hay que tener en cuenta que la verdad que nos enseña la Biblia es una verdad religiosa y no una verdad científica. Lo que la Biblia nos quiere enseñar es la gran verdad y sentido de nuestras vidas: nuestra salvación en Cristo y por Cristo. (MC I – Pág. 52)

La Biblia es historia de salvación, pero una historia en la que son protagonistas los hombres con sus miserias y virtudes, sus violencias y sus maldades. En esa historia, Dios manifiesta su fidelidad, su misericordia, su propósito de salvar a los hombres a pesar de todos los pecados y maldades del mundo, a partir de Cristo. A esto apunta toda la enseñanza moral de la Biblia.(MC I – Pág. 52).

En todos los textos y de manera especial en las enseñanzas y parábolas de Jesús es importante conocer y tener en cuenta – además del contexto religioso, histórico, etc. – a los destinatarios del texto, sus tendencias, sus pretensiones, su actitud religiosa frente a Jesús y a los demás.

El mejor ejemplo para la comprensión de esta clave hermenéutica lo constituye quizá, la referencia que el Evangelio de Lucas hace en los dos primeros versículos del capitulo 15, con los cuales sintetiza y describe bien la distinta actitud de los dos grupos presentes siempre en el auditorio del ministerio de Jesús (sus hechos y sus palabras) y a los que El interpela permanentemente con sus enseñanzas.

· Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo, para recibir su perdón, su misericordia, su sanación ( sanación ) y

· Los fariseos y los escribas murmuraban, criticaban, lo ponían a prueba (por su compasión con aquellos)

Entonces, el mensaje de la Biblia cobra vigencia y actualidad en la medida en que hoy, como ayer, hay hombres y mujeres con una actitud religiosa semejante a la de los escribas y fariseos (actitud del hijo mayor) o a la de los publicanos pecadores (actitud del hijo menor) descrita, de inmediato, en Lc 15,11-31.

Bienvenida a Arzobispo Jose Gomez

El día 27 de mayo el Arzobispo Jose Gomez fue recibido en la Arquidiocesis de Los Angeles como su Arzobispo coadjutor con derecho a sucesion. La Arquidioceses es la mas grande de los Estados Unidos con mas de la mitad de los feligreses de origen Hispano. Como Presidente de la Junta de Directores, tuve el honor de presidir el desayuno de bienvenida que le ofreció la Asociación Católica de Lideres Hispanos, donde tuve el gusto de presentarle, en nombre de todos los miembros, un vaculo, símbolo de la autoridad episcopal.

martes, 6 de abril de 2010

De la muerte a la vida

Si la pascua judía es la celebración-memoria de la gesta histórica que supuso la liberación del pueblo del Antiguo Testamento sometido al poder de los egipcios, la pascua cristiana es la celebración-memoria de otro hecho histórico: la Resurrección de Cristo en los cristianos.

Se considera “hecho histórico” a aquello que es constatable y verificable por el universo de las personas por haber ocurrido en un espacio/tiempo determinado y con el hombre como sujeto de dicho acontecimiento. Este es precisamente el caso de LA RESURRECCION: un hecho constatable en un espacio/tiempo determinado hace ya 2000 años en la vida de unos primeros hombres y mujeres - los primeros cristianos - a quienes el Crucificado les cambió de tal forma la vida que llegaron, por tal causa a la evangelización valiente de ese kerigma (primer anuncio) por el mundo entonces conocido y, por ello mismo, al martirio (Hc 2,14ss).

Así, la Resurrección acontece y se verifica en la transformación de la vida, una vida nueva, según el apóstol Pablo lo repite tantas veces (2 Cor 5,17) de los primeros cristianos. Dicho de otro modo, es la vida transformada y nueva de los primeros cristianos a causa del Crucificado la que da fe y testimonio histórico de la presencia viva de Cristo en medio de los cristianos, en medio de su Iglesia, en medio del mundo.

De esta forma, la Resurrección de Cristo no es un mito literario, un cuento de hadas, una leyenda o un embeleco metafísico. La Resurrección de Cristo, muy por el contrario, es un hecho histórico, tangible, incuestionable y verificable en cada hombre y/o mujer que, desde los primeros días de la Iglesia hasta hoy, transforma su vida en el encuentro con el evangelio de Cristo y la propuesta de hombre-nuevo que contiene. La Resurrección de Cristo ocurrió y continua ocurriendo cada vez que un hombre “renueva la mente” (Rm 12,2) y configura su vida al estilo de vida, a los principios y valores vividos y predicados por Cristo en el Evangelio.

Tal renovación de la mente, tal nueva criteriología, tal vida nueva es la que hace que podamos clamar a Dios “Padre”(Rm 5,5 ; Gal 4,6) y vivir la misma vida de Cristo en nosotros, hasta poder gritar como Pablo “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mi”(Gal 2,20); es decir: la vida de hijos de Dios y hermanos de todos. De tal manera que alegres y confiados podemos exclamar que “ya no somos esclavos sino hijos” (Gal 4,7) y que para ser libres nos liberó Cristo (Gal 4,31). Por ello también Juan indica que “En esto sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida en que nos amamos los unos a los otros” (1 Jn 3,14); y al revés: si no somos capaces de reconocernos hijos de Dios, si no somos capaces de amarnos los unos a los otros, si los frutos (Mt 7,16) que más aparecen en nuestra vida social no son ni buenos ni abundantes entonces Cristo no ha resucitado y “vana es nuestra fe y vana también nuestra predicación” (1 Cor 15,17).

Hoy, la Resurrección de Cristo tiene que continuar siendo un hecho histórico y una celebración en la historia mediante la vida de los cristianos que hacen presente a Cristo en cada espacio/tiempo, en cada cambiante y nueva situación histórica de la humanidad.

Dicho de otra manera, lo que da testimonio de la Resurrección de Cristo, clara y abundantemente testimoniado por los primeros cristianos y su vida comunitaria (Cfr. Hc 2,42ss y 4,32ss) es la vida fraterna de los que cumplen la voluntad del Padre ensenada por los Hijo: que nos amemos los unos a los otros (Jn 13,14) como Dios mismo nos ama. Los relatos de la tumba vacía contenidos en los llamados “relatos de las apariciones” son, por su parte, hermosísimas piezas literarias para expresar la mas importante y fundamental confesión de fe de los cristianos: Cristo continúa vivo en la historia, no ha muerto, ha resucitado (Hc 2,32)siempre que haya hombres y mujeres que se aventuren sin temor y valientemente (Hc 9,28) a compartir el pan (Lc 24,13ss) y a construir la paz por el perdón (Jn 20,19ss) en la alegría y justicia de los hijos de Dios.

Celebrar la Resurrección implica, entonces, resucitar cada día, resucitar siempre: volver a la conversión permanente para vivir-en-Cristo, la vida nueva de los hijos de Dios y hermanos de todos los hombres porque sin vida-nueva confesar que Cristo ha resucitado no es creíble y motivo de escándalo.

Por ello, desear y desearles a todos Ustedes unas Felices Pascuas de Resurrección significa el deseo de una vida nueva en Cristo según su Evangelio.

lunes, 15 de febrero de 2010

"Todo era bueno"

La historia de la salvación judeo-cristiana consignada en la Biblia se abre, en el libro del Génesis del Antiguo Testamento, con una maravillosa constatación: “Creó Dios todas las cosas y vio Dios que todo era bueno”.( Gen 1,4). Sin embargo, la inocultable tragedia de mal, la abrumadora evidencia de sufrimiento, de dolor, de violencia, de injusticia, de inequidad, de muerte… en el mundo, experimentado en forma de mil conflictos de tipo individual, familiar, social, inter-nacional, hace que el hombre se haya preguntado, desde siempre, por la causa de estos desarreglos, de los atentados contra la armonía primigenia con la que Dios creó y nos creó.

La interpretación bíblica y cristiana trata la experiencia y la causa del mal como “pecados” (en plural, en el Antiguo Testamento) y como “pecado” hamartía en singular, en el Nuevo Testamento). Esta última interpretación, la que más nos interesa como cristianos, como hombres y mujeres del Nuevo Testamento, consiste en una postura estructural, en una opción fundamental de la vida del hombre en contra de su Creador y Padre compasivo y misericordioso, en contra de su voluntad, en últimas, en contra del amor al hermano (especialmente al más pequeño) a quien – según lo revelado por Jesús de Nazaret – debemos amar del mismo modo y en las misma proporción en la que Dios nos ama. Así, si la vida en Dios es vida en el amor, el pecado y la vida en él es vida sin Dios, es decir, sin amor, y las terribles manifestaciones del mal se explican como carencia del amor de Dios vivido por los hombres y mujeres, sus creaturas, sus hijos. Pero, al revés, toda curación definitiva de cualquier experiencia de mal en el mundo – desde el punto de vista cristiano – procede del amor de Dios entre los hombres.


En esta coyuntura histórica de tránsito de la modernidad a la posmodernidad, el hombre de hoy quedó a tientas, sin una verdad absoluta que oriente y regule su vida. La vida del hombre de hoy transcurre en el relativismo moral de las medias verdades, de las verdades de bolsillo, de los estilos de vida “a la carta” según los cuales nada vale o todo vale por igual de acuerdo a la utilidad práctica que todo tenga para el goce ya, aquí y ahora; pues vivimos el cada día sin la visión trascendente de la historia y con la triste perspectiva del no-futuro. Solo cuenta el hoy para el goce inmediato y todo se valida y justifica con este fin.

En el mundo del relativismo moral, del laxismo, del subjetivismo, del sentimiento (en contra de la razón), una interpretación teológica del mal, universal y objetiva, perdió su sitio pues todo le es permitido al hombre de hoy, especialmente si es prohibido, tanto en cuanto le produzca placer. En la otra orilla se encuentran las posturas y comportamientos de hombres y mujeres, más propios de la modernidad, que tienden a juzgarlo todo como malo, como pecado, de manera rigorista, escrupulosa y que, en palabras del mismo Jesús, “cuelan el mosquito pero se tragan el camello”. Cuaresma nos recuerda que no cualquier cosa es pecado pero que existe el pecado: la negación a la voluntad de Dios que nos pide que nos amemos los unos a los otros como hermanos para la construcción de una mejor sociedad y mundo que éste en el que hoy habitamos y del que todos somos co-responsables.


“Viendo Dios que la maldad del hombre cundía en la tierra… se arrepintió de haber hecho al hombre…”(Gen 6,6). La Cuaresma, tiempo litúrgico de fuerte llamado a la (metanoia) conversión es, sobre todo, un tiempo fuerte para volver a interpretar el mundo y la historia de la humanidad a la luz de Aquel de quien pende y depende nuestra vida. Por Cristo, con El y en El, la humanidad tiene una nueva oportunidad y la Cuaresma tiene que ser un tiempo propicio para volver a mirar nuestra vida y la vida de nuestros próximos desde el querer de Dios que nos descubre su amor pero, al mismo tiempo, nos desvela nuestras negativas al amor de Dios y al amor de nuestros hermanos. Tiempo en el que ha de quedar al descubierto nuestro pecado: nuestra mentira, nuestro sin-sentido, nuestras traiciones y temores, en definitiva, nuestra falta de fe que es falta de confianza en el Dios que nos ha estado amando y nos llama eternamente a su casa, a la vida en El.

La conversión a la que la Palabra de Dios y la liturgia de la Iglesia Católica nos convocan en el tiempo de Cuaresma consiste en la toma de conciencia del amor de Dios manifestado en nuestras vidas, en todo lo que somos y tenemos y – con ello – a la toma de conciencia de nuestro pecado como postura fundamental contra el amor primero de Dios. Cuaresma es tiempo para el arrepentimiento sincero, para la adecuación de nuestra vida a la vida que Jesús nos propone en su evangelio y para la confianza absoluta en el amor perdonador del Padre.

Todo esto, en contra de una sociedad aparentemente satisfecha, soberbia, prepotente, engreída, con unas conquistas de la ciencia y la técnica que en vez de acercarnos más para “amarnos los unos a los otros” nos ha dejado encerrados entre muros, llenos de armas más sofisticadas para matarnos más, muy lejos de la vida en el paraíso original para el que fuimos creados.

La Cuaresma es un llamado a construir una sociedad ética y moral. La “amoralidad” (vida sin normas morales) e “inmoralidad” (vida en contra de los principios morales) de tantos, recorre por estos días los caminos del mundo abriendo surcos de violencia, sangre, muerte, crisis, guerras, divisiones, hambre, injusticia, inequidad, miseria, etc…

El sistema teológico cristiano permite a los creyentes en Cristo volver a empezar siempre de nuevo, volver a intentarlo, volver a confiar en el Padre amoroso, dejarnos abrazar por su amor eterno. El Sacramento de la Reconciliación es la experiencia de que la armonía primera siempre es posible, que las relaciones rotas con Dios, con el otro y con la naturaleza pueden curarse definitivamente y que la bondad de todas las cosas queridas por Dios en el primer día de la creación es posible también hoy.

Los invito a vivir intensamente esta Cuaresma 2010 como un espacio-tiempo precioso que la Liturgia Católica nos concede para intentar de nuevo y entre nosotros el paraíso perdido que hizo Dios cuando “vio que todo era bueno”.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

FELIZ 2010, PERO…

Nos aprestamos a la llegada de un año nuevo, el que será el 2010 de la era cristiana. Este advenimiento nos llena de buenos propósitos, de alegría y de esperanza por alcanzar los proyectos que no se realizaron o quedaron inconclusos en el año que termina.
Los hispanos y católicos de los Estados Unidos esperamos, especialmente, que el 2010 sea el año de la reforma migratoria: el año de una ley, lo más humana, generosa y justa posible, que permita la integración social y legal, total y plena, de los millones de inmigrantes que en esta Nación, como en Europa, no gozan de plenas garantías constitucionales ni del pleno acceso a los beneficios sociales, por falta de documentación que los acredite como ciudadanos bienvenidos, documentados y legales en el territorio de los Estados Unidos de Norteamérica (o de Europa) pero que, sin embargo, se constituyen en la población que con su sacrificado trabajo – aunque nunca suficientemente valorado – sostienen la difícil situación económica de esta Nación y del Mundo.

En los últimos años hemos sido testigos de un fenómeno social contrario a esta aspiración social y legal: los medios de comunicación y fenómenos sociales cada vez menos esporádicos de agresiones privadas y/o publicas dan cuenta de un creciente racismo, de una peligrosa y creciente discriminación, explotación y marginación social de los inmigrantes indocumentados, mal llamados “ilegales”.

Estas posturas inhumanas e injustas, este discurso discriminatorio, racista y anti-inmigrante, esconde intereses oscuros y siniestros: el interés de perpetuar en el ostracismo a una gran masa de población que – por indocumentada – pueda seguir siendo explotada; una población que – por marginada y no-reconocida – pueda seguir siendo maltratada, pisoteada, usada y abusada laboral y socialmente. Es un discurso que oculta esta gran verdad: las corrientes migratorias, tanto en Estados Unidos como en Europa, no son queridas, deseadas, aceptadas ni reconocidas por la vía del derecho pero sí por la vía de hecho para convertirlas en mano de obra barata, en población que empuja y levanta la economía de conglomerados sociales, los mismos que quieren mantener en el engaño y la marginalidad social a sus trabajadores “indocumentados”.

En nuestra tradición religiosa Judeo-Cristiana la dignidad, el bien-estar y el servicio al ser humano ha de estar siempre por encima de gobiernos, de intereses y de leyes. El 2010 tiene que ser, entre nosotros y con el aporte y la participación de todos, el año en que se reivindiquen los mejores y más altos valores de la persona-en-sociedad. Continuar con el doble discurso en el que por un lado se ensalzan los valores humanos y cristianos y, por el otro y simultáneamente, se pisotea, afrenta y desprecia la dignidad y el derecho de millones de inmigrantes a vivir en condiciones justas, equitativas y humanas – bien ganadas por el valor de su trabajo y el aporte económico y social – es hipócrita, deshonesto y desdice de una sociedad, la norteamericana como la europea – que se proclama fundadora y defensora de lo mas excelso en humanidad y en democracia.

Que en el 2010 la globalización alcance no sólo a los intereses geoestratégicos, económicos y políticos de esta Nación. Que la globalización se constate en un espíritu ecuménico por el que todos los hombres y mujeres nos sintamos en cada lugar como ciudadanos del mundo, con un lugar digno en la tierra que es de todos. Que la globalización se constate en un espíritu fraterno y universal que alcance para lograr – al fin - la inserción plena y total de los inmigrantes en esta Nación que tanto nos da pero que tanto recibe de todos cuantos hemos llegado aquí buscando mejores condiciones de vida a costa de enormes cuotas de esfuerzo, de trabajo, de renuncias y sacrificios.

Tradicionalmente, al comienzo de cada año nos deseamos un “feliz y próspero año nuevo”. El 2010 será feliz y será próspero para todos en la medida en que por encima del egoísmo y la hipocresía de unos pocos se anteponga el interés social que clama por una ley migratoria para el beneficio de las mayorías. En este interés todos hemos de comprometernos pues a todos nos beneficia. FELIZ Y BENDECIDO 2010!

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Navidad y la lógica de Dios

Navidad es un tiempo en la liturgia católica con el que cada año rememoramos el nacimiento de Jesús de Nazaret, a quien los cristianos confesamos como Nuestro Señor y Salvador. La Navidad, memoria de aquella primera natividad es, por tanto, un pasado que se actualiza en nuestro presente y que nos compromete en la construcción de un futuro “cristiano”.

Los dos evangelios del Nuevo Testamento (Mateo y Lucas) que contemplan el Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo tienen ambos, como intencionalidad teológica de los autores, la confesión de Jesús como Mesías, primero experimentada en la compañía, la enseñanza, la pasión, muerte y resurrección de Jesús y luego confesada verbalmente y puesta por escrito.

Los datos históricos sobre el nacimiento de Jesús, más lejanos en el tiempo para los autores de los dos evangelios mencionados y de menor importancia teológica frente al ministerio público, la pasión, muerte y resurrección de Cristo, deben ser leídos, también, como todo el evangelio y como los cuatro evangelios, “a la luz de la pascua”. Vale decir, a la luz de esa experiencia transformadora de sus vidas que experimentaron los primeros discípulos después de la muerte de Jesús y por la que un primer grupo de hombres y mujeres confiesan que Cristo vive, ha resucitado y es el Mesías, el esperado de todos los tiempos, en quien se han cumplido, con nuevo contenido, todas las promesas mesiánicas del Antiguo Testamento.

Pero, qué hay de datos históricos propiamente tales en los llamados “relatos de infancia”?. La tradición oral que llega hasta la consignación por escrito de estos relatos en Lucas (evangelista de este nuevo ciclo litúrgico “C” que hemos iniciado con el primer domingo de adviento) asegura que Jesús nació varón, en condiciones de pobreza, hijo único de José y María, en tiempos de un empadronamiento convocado por Cesar Augusto, siendo Cirino gobernador de Siria.

Estos datos históricos están, como en todo relato humano y como el resto de datos históricos de Jesús en los evangelios, envueltos en la intencionalidad teológica de los autores y en las confesiones de fe de la primitiva comunidad cristiana: de la estirpe de David (de donde debía surgir el Mesías , por ello el parentesco de José y la mención de Belén); la actuación del ángel (con todas sus intervenciones nos habla de un acontecimiento/nacimiento en el que el protagonista es Dios mismo, como debía suceder según lo profetizado desde el Antiguo Testamento para el Mesías).

Así, los pastores, Simeón, Ana, los doctores del Templo, los vecinos de Nazaret, los primeros cristianos y los cristianos de todos los tiempos, reconocemos “en el niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” al Señor y Salvador de los tiempos, al principio, centro y culmen de nuestra felicidad y vida eterna.

Esta confesión, como tiempo después lo predicará y escribirá Pablo de Tarso, rompe con la lógica griega y judía, rompe con los moldes de la sabiduría del mundo, rompe con los esquemas de poder del imperio romano y estable ce una nueva lógica, una nueva sabiduría, la sabiduría de Dios, según la cual “el que se engrandece será humillado y el que se humilla será enaltecido”, “levanta de la basura al pobre…,” y al “rico lo despide vacio”. Lógica según la cual Dios “elige lo que no es para confundir a lo que es”.

Por eso Navidad es conmemoración pero es protesta. En Navidad los cristianos desde el pesebre (como desde la necedad y la locura de la cruz) protestamos contra la lógica con la cual se construye el mundo y las relaciones entre los seres humanos. En Navidad, desde la humildad del pesebre, los cristianos protestamos contra la ostentación que deja a tantos hambrientos, contra el consumismo que deja a tantos en situación desigual e inhumana, contra el lujo, el derroche y el despilfarro que afrenta a tantos que no tienen nada.

La Navidad es, por ello mismo, acontecimiento y confesión de la solidaridad de Dios con los que lo necesitan para poner en El toda su confianza y esperanza. Por ello también, en el Niño Jesús y en su pesebre renace la esperanza de las mayorías, de los despreciados y marginados de los sistemas sociales actuales.

Es esta esperanza la que da sentido a la alegría que se manifiesta por todo el mundo en Navidad. Pero el actuar de Dios y su sabiduría nos comprometen, en el presente, a los cristianos a construir un mundo según el querer de Dios y la lógica del pesebre (y la cruz) y no según la lógica del mundo. Pues los discípulos “estamos en el mundo pero no somos del mundo”.

Amigos y amigas, me congratulo con todos ustedes en esta Navidad 2009 y pido al Niño Dios que a todos nos bendiga, nos ilumine y nos de fuerza para construir nuestras vidas, nuestras familias, nuestros trabajos y labores, todos nuestros proyectos personales y sociales, según la lógica que nació con Jesús en el pesebre de Belén. FELIZ NAVIDAD!

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Un “Río de Luz” en Nueva York

A la derecha del Altar Mayor de la Catedral de San Patricio, es decir, en un lugar privilegiado, desde hace años se expone para la veneración de los devotos un cuadro con la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe.

Cómo llegó allí el cuadro, quiénes fueron los protagonistas de esta gesta, qué acontecimientos se sucedieron hasta que la imagen de la Señora del Tepeyac alcanzó el lugar especial de veneración que tiene hoy en Nueva York es una historia que merece ser contada y consignada por escrito. Me propongo, en estas líneas, relatar hitos de esa historia:

La pintura tiene por autor a un artista anónimo del siglo XVIII. Se cree que se trata de un exitoso pintor discípulo del gran artista y maestro mexicano Miguel Cabrera y es un regalo de la Arquidiócesis de México a la sede catedralicia de los católicos en la Ciudad de Nueva York adquirida en la Galería de Arte de Enrique Romero en la Ciudad de México y traída hasta aquí personalmente por el entonces Arzobispo y Primado de México el Eminentísimo Señor Cardenal Ernesto Corripio.

El 8 de diciembre de 1991, en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, es la fecha mariana en la que el Cardenal Corripio presentó a su hermano, el entonces Cardenal de Nueva York John O’Connor, en solemne celebración litúrgica, el cuadro en mención de Nuestra Señora de Guadalupe.

En aquel acto litúrgico estuvieron presentes el cónsul general de México, señor Manuel Alonso y la Señora Rosa María Quijano; señora que fue protagonista, motor y donante principal para que este celebrado evento fuese posible.

El cuadro original de nuestra señora de Guadalupe impreso, entre rosas, en la tilma del indio San Juan Diego en aparición acaecida el 12 de diciembre de 1531 se encuentra permanentemente expuesto en la nueva Basílica construida en su honor y para su veneración en la Ciudad de México.

La palabra “Guadalupe” significa “río de luz”. Hoy podemos decir que son ríos de fieles devotos los que a diario acuden a honrar a la Madre de Dios y Madre nuestra bajo la advocación de la Virgen Morena, Mexicana, Latinoamericana, Americana y Amerindia, en el hermoso cuadro colonial en la Catedral de San Patricio. Para la visita del Papa Juan Pablo II a Nueva York el cuadro de la Guadalupana en mención fue trasladado y colgado sobre el altar mayor para presidir la visita del Santo Padre a la Catedral y para el rezo del santo rosario que guió el Pastor universal ante la venerada imagen.

Pero la ubicación prominente que tiene hoy el cuadro en el contexto catedralicio, vale decir, en el lugar que fue del tabernáculo de la Catedral, a la derecha del altar mayor, tiene también su historia entretejida de señales, de prodigios, en los que pareciera que - después de una serie de dificultades puestas a la exposición del cuadro en la Catedral, por la no consonancia de la pintura con el mármol y la piedra que prevalecen en la construcción de San Patricio - la Virgen misma encontró un lugar preeminente dónde ser venerada y desde donde acompañar la vida de sus hijos.

La señora Margarita Perusquia, es protagonista de primera plana en esta historia. Como fundadora de la Organización “Mensajeros de María de Guadalupe”, se ha dedicado con su institución a difundir en Nueva York y en todos los Estados Unidos la devoción a Nuestra Señora de Guadalupe, devoción mariana que encarna lo latinoamericano y que reúne, en la mejor simbiosis, lo más valioso de nuestros orígenes, nuestra historia, nuestra fe y nuestra cultura.

Fue una solicitud de Margarita Perusquia al entonces Arzobispo de Nueva York: Terence Cardenal Cook, para que le permitiese erigir un altar en la Catedral donde venerar a la Guadalupana, lo que originó esta historia que hoy inspira y atrae a tantos devotos, no sólo en Nueva York sino en todo el continente y allende los mares.

La misma solicitud, con las mejores muestras de paciencia y perseverancia cristiana, fue hecha por Margarita en reiteradas ocasiones a los Cardenales Cook y O’Connor. Estos, en su momento, la remitieron a hablar con los sucesivos párrocos o rectores de la Catedral, quienes - a su turno - le negaban la solicitud por, como señalé anteriormente, la no consonancia de la pintura con los materiales, la arquitectura y el arte de la iglesia Catedral.

Fue, como quedó dicho, el 8 de diciembre de 1991, cuando el Cardenal Mexicano Ernesto Corripio, celebrando en solemne Eucaristía en la Catedral, presenta y dona el cuadro de la Virgen al Cardenal John O’Connor, quien - emocionado - preguntó a la multitud, dónde querían que se expusiera el cuadro: en su casa, en su oficina o en la catedral; a lo que el pueblo creyente respondió a viva voz: “Aquí, en la Catedral”.

Año y medio se paseó al cuadro de la Guadalupe por rincones inadecuados de la Catedral, pero – pronto - la cotidiana muchedumbre de peregrinos, las ofrendas, las velas, las flores…. presionaron a las autoridades catedralicias para encontrar un mejor y más adecuado lugar para la veneración de la imagen de la Virgen Morena.

Sirvan estas líneas para dejar constancia escrita de esta historia, para enaltecer y agradecer a quienes hicieron posible esta gesta religiosa y para congratularme con todos mis hermanos mexicanos y latinoamericanos en el día en que los católicos celebramos alegres la solemnidad de nuestra Señora de Guadalupe, patrona de México y primada de América.