sábado, 11 de abril de 2020

La Pandemia y la Pascua

Vivimos nuestra existencia humana, en medio de experiencias de bien y de mal, a nivel personal, familiar, social, nacional e internacional. Hoy, la humanidad entera enfrenta una experiencia de mal: la pandemia por el contagio exponencial del coronavirus Covid-19 que llegó para trastocar y poner en tela de juicio todo: nuestra manera de ser, nuestros modos de relacionarnos a nivel familiar y social, nuestras instituciones y estructuras sociales. Esta experiencia de mal pone al descubierto todas nuestras debilidades y fragilidades, además de las deficiencias de nuestras organizaciones sociales, especialmente las del sector de la salud. Por ello, vivimos horas de desconcierto, ansiedad, angustia, sufrimiento, dolor y luto a nivel global. 

Para evitar y detener, en lo posible, el avance de esta pandemia, las comunidades humanas del mundo entero han acordado días y semanas de confinamiento, de aislamiento social, de cuarentena de todos en nuestras casas.

Los noticieros están saturados, minuto a minuto, con cifras de contagiados y muertos, con las nefastas consecuencias que en todas las áreas – especialmente la económica y laboral - de nuestra convivencia social va dejando la pandemia por donde pasa, con titulares sobre iniciativas que aparecen por aquí y por allá para mitigar el sufrimiento de tantos y con llamados a que – entre todos – salvemos lo construido hasta aquí. 

Para los que nos correspondió vivir aquí y ahora, en este momento de la historia de la humanidad, esta es una situación inédita. Tan novedosa como en el mundo de la medicina en el que no era conocido este virus. Todos – cada uno en su estilo de vida y ambiente - vamos aprendiendo, con el paso de las horas, cómo enfrentar al enemigo común y cómo sobrevivir…. 

Pero, en estas horas difíciles para todos, ni todo es malo, ni todo es negativo, ni todo está perdido. Hay, en esta experiencia de mal global,  lecciones que podemos prender. 

En primer lugar, esta insólita experiencia de mal, que toca lo más íntimo y profundo de nuestro ser, porque toca nuestra salud y, con ello, nuestra posibilidad de continuar viviendo o de morir, es una oportunidad para reconocer, por una parte, nuestra total fragilidad, nuestra no autosuficiencia y, en términos religiosos, nuestra “creaturalidad” y total dependencia de un ser superior al que llamamos Creador y Dios. Pero además, una oportunidad para reconocer nuestra interdependencia respecto de todos los demás seres humanos y lo profunda, esencial y estrechamente solidarios que somos en el bien pero también en el mal. En una palabra, somos seres “dependientes” de Dios y de los demás. 

En segundo lugar, el aislamiento social, decretado ya en la mayoría de los países, es una valiosa oportunidad para entrar en nosotros mismos, para reencontrarnos con nosotros mismos, para viajar hasta el fondo de nuestro propio yo interior y descubrir allí la verdad sobre la cual cimentamos nuestra historia personal y los valores o anti-valores que sostienen la trama de nuestras vidas. El confinamiento en nuestras casas es una oportunidad única - en contra de la exterioridad, la apariencia, la ostentación y el bullicio cotidiano – para volver al silencio, a la reflexión a la meditación, a la oración. La obligada cuarentena que vivimos todos es, también, una oportunidad sin igual para volver a encontrarnos y reencontrarnos con nuestros seres más queridos, con nuestros íntimos, con nuestra familia. 

La enorme facilidad y rapidez con la que el virus se transmite y contagia nos enseña, además, la corresponsabilidad solidaria que todos tenemos en la construcción o en la destrucción de nuestra vida en la tierra. Y si el bien común, el consenso general, el acuerdo más conveniente para todos es el de querer sobrevivir a esta pandemia, entonces todos tendremos que desterrar de cada uno de nosotros el egoísmo y todo lo negativo que él conlleva y aportar lo mejor de nosotros mismos, lo mejor de nuestros valores humanos, para reconstruir el mundo y nuestra convivencia humana con maneras, espacios, formas sociales e instituciones más justas, más solidarias, más equitativas, más fraternas, más compasivas y misericordiosas. Es decir, que esta experiencia de mal que a todos nos toca tan profundamente y a todos nos afecta, es una oportunidad para la esperanza en que, a partir de ahora todos seremos distintos y construiremos un mundo distinto y mejor. 

Por estos días los cristianos celebraremos la Pascua, la mayor celebración religiosa de nuestro año litúrgico. “Pascua” que tanto en el sistema teológico judío como en el cristiano rememora y conmemora el “paso” del pueblo del Antiguo Testamento de la esclavitud a la libertad al cruzar el mar rojo o el “paso” de la muerte a la vida por el triunfo del proyecto de vida de Jesús de Nazaret confesado – después de su muerte en la cruz - como Viviente y Resucitado en la comunidad por los primeros cristianos y por todos sus discípulos hasta hoy. 

Todo lo que nos acontece puede ser vivido como una maldición o como una bendición. Los invito a vivir esta experiencia de mal, esta pandemia, este aislamiento social, este sufrimiento por seres queridos enfermos o fallecidos como un momento de bendición, como una “pascua”, como una experiencia de “paso” de la muerte a la vida en la búsqueda común de un mundo más humano, más solidario, más fraterno.

¡Felices Pascuas!

domingo, 8 de marzo de 2020

El Papa Francisco y la Postmodernidad

El 13 de marzo celebraremos siete años de Pontificado del Papa Francisco; siete años de servicio a la Iglesia y al mundo desde la Sede de Pedro en Roma. Recordaremos que en el 2013, en la quinta votación de un cónclave que duró dos días, el Cardenal Argentino Jorge Mario Bergoglio fue elegido como el primer Papa argentino y latinoamericano, quien para su Pontificado eligió el nombre de Francisco, como emblema y en honor del santo pobre de Asís.

Desde el mismo instante de su elección como nuevo Papa, Francisco dejó ver al mundo un nuevo estilo, su propio estilo de hombre, su genuino estilo de cristiano, de jesuita, de latinoamericano y de nuevo guía de la Barca de Pedro. Un estilo que quedó bien expuesto y resumido en las primeras alocuciones que hizo Francisco, el Papa, en las primeras alocuciones que realizó durante actos que tuvieron lugar durante la primera semana, desde su elección hasta la Misa Inaugural de su Pontificado, celebrada el 19 de marzo de 2013, en la fiesta de San José.

Así, el 14 de marzo, un día después de su elección, en su primera celebración eucarística en la Capilla Sixtina,  hizo un llamamiento a “proclamar el mensaje de Jesucristo, para evitar ser considerados simplemente como una «ONG compasiva». Además, destacó la necesidad de que la Iglesia se aleje de lo mundano edificándose sobre el Evangelio y la piedra angular de Cristo”. Luego, el 15 de marzo, en audiencia con todos los Cardenales del mundo, los invitó a “tratar de responder con fe para llevar a Jesucristo a la humanidad y para traer a la humanidad a regresar a Cristo, a la Iglesia».

El Sábado 16, en el Aula Pablo VI y en audiencia con los periodistas de todo el mundo que cubrieron el Cónclave en el que resultó elegido Papa, les dijo: “Muchos de ustedes no pertenecen a la Iglesia Católica y otros no son creyentes, pero respetando la consciencia de cada uno, os doy mi bendición sabiendo que cada uno de vosotros es hijo de Dios. ¡Qué Dios los bendiga!». El domingo 17 de marzo presidió el rezo del Ángelus, momento en el que habló de la misericordia de Dios que nunca castiga" Ese mismo día escribió su primer tuit:  «Queridos amigos, os doy las gracias de corazón y os ruego que sigáis rezando por mí». Petición que ya había hecho desde el primer instante de su elección cuando se asomó al balcón del Palacio Apostólico para su primer saludo y primera bendición al mundo. Y el 19 de marzo, en la homilía inaugural de su Pontificado, hablando del poder que Cristo otorgó a Pedro, Francisco recordó: «Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio», considerando la figura del Papa como alguien que «debe poner sus ojos en el servicio humilde» y «abrir los brazos para custodiar a todo el pueblo de Dios y acoger con ternura y afecto a toda la humanidad, especialmente a los más pobres, los más débiles, los más pequeños» (1)

Evangelio, humanidad, respeto, misericordia, servicio, acogida, pobres, etc., son todos estos y otros los temas recurrentes por cotidianos en el ministerio petrino de Francisco. Temas y énfasis que lo muestran, de cuerpo entero, como un hombre, un cristiano y un Papa consciente y conocedor que estamos no sólo en una época de cambios sino en un cambio de época (Doc. Aparecida 44) que involucra y afecta todas las áreas y dimensiones del ser humano y, por tanto, de la entera humanidad.  Un Papa, también conocedor y consciente como pocos y al mismo tiempo, de los desafíos que dichos cambios en este cambio de época lanzan a la tarea evangelizadora de la Iglesia Católica en el mundo.

A este cambio de época en el que nos correspondió vivir en este espacio-tiempo de la historia de la humanidad y en el que peregrinamos con nuestra fe cristiana en el mundo, se le ha llamado “transición de la modernidad a la postmodernidad”, “cultura light” o “modernidad líquida” (Z. Bauman). Términos con los que se intenta designar un conjunto de cambios y características que están sucediendo y definiendo al ser humano en su nuevo modo de ser, de pensar, de hacer y de comportarse en el mundo, y con él, todos las comunidades humanas en esta coyuntura histórica.

Grosso modo, dichos cambios suponen una pérdida del sentido de la vida, un relato “líquido” y pobre (no sólido) de la historia sin futuro, sin esperanza (después de guerras mundiales y de ideales insatisfechos de nuestros antepasados modernos) y, con ello, una pérdida del trabajo y del esfuerzo y una búsqueda desenfrenada y hedonista del goce del propio yo, que se olvida de la importancia de todo lo colectivo, de lo institucional, de lo jerárquico y del bien común. Con la búsqueda del placer inmediato ocurre una pérdida del sentido trascendente de la vida y adquieren valor todo lo fácil y rápido, lo efímero, lo desechable y pasajero, todo lo descomprometido y sin esfuerzo. El “valor moral” supremo del hombre light o posmoderno es el placer y, para lograrlo, “no importan los medios…”. En medio de la abundancia de información y de valoración egocéntrica de la persona la verdad queda diluida en un subjetivismo y relativismo moral en el que nada vale o todo vale por igual y cada quien maneja “a la carta” las verdades con las que intenta lograr el placer de vivir en medio de este inmenso “cementerio de esperanzas”. Para el placer hay que tener y consumir, así que el materialismo, el lujo, el dinero, el consumismo y el confort se imponen como medio muy importante en la búsqueda de la felicidad. Aquí, la estética sustituye a la ética, el sentimiento a la razón y, en el gran mercado para el consumo que es toda sociedad, la religión es un artículo más - ecléctico y a la carta - en el juego de la oferta y la demanda.

Esta nueva axiología, esta nueva criteriología “moral”, este nuevo modo de ser, pensar y actuar el ser humano actual, reta el ser y la identidad misma de la vida y tarea de la Iglesia en el mundo porque desafía la esencia misma del evangelio de Jesús de Nazaret. Los valores “líquidos” y gaseosos de la postmodernidad desafían la solidez de los hechos, palabras, criterios y actitudes vividas y enseñadas por Jesús a sus discípulos de todos los tiempos, si es verdad que, con ellos y sólo con ellos podemos construir nuestras vidas como quien construye sobre roca (Mt 7,21ss). 

Es decir, y con ejemplos más concretos: ¿Qué tiene que decir la esperanza cristiana a la desesperanza postmoderna? ¿Qué lugar tiene la cruz del evangelio frente al hedonismo actual? ¿Qué valor tiene la búsqueda del amor y la fraternidad evangélica en un mundo egocéntrico y egoísta? ¿Cómo alcanzar una visión trascendente de la vida en medio del inmanentismo materialista y consumista del hombre “light”?, etc.

El Papa Francisco conoce, siente y padece a diario y a fondo estos desafíos y sabe de las urgencias en las que tiene que ponerse el quehacer evangelizador de los discípulos en Iglesia si queremos ser “luz y sal de la tierra” (Mt 5,13ss). Por ello invita permanente a los católicos a construir nuestra vida cristiana como una “Iglesia en salida: Iglesia que “sale de los conventos, de las burocracias eclesiásticas y de las estructuras clericales al encuentro del pueblo, de las personas, especialmente, de los sufrientes, de los pobres, de los abandonados como chatarra o desperdicios en una sociedad que se acostumbra al descarte, a la obsolescencia tecnológica” (Morandé Court, Pedro: Modernidad “líquida” y anuncio de Cristo).

Que sean muchos más los años de Pontificado de Francisco para que su evangélico servicio petrino continúe siendo faro que nos guie a todos, en medio de las diarias, graves, amenazantes y múltiples tempestades actuales, a puerto seguro.
_____________

      (1)     ( las citas están tomadas de:





jueves, 23 de enero de 2020

Para dar razon de nuestra fe

El fundamento del Credo y de la vida cristiana es la Sagrada Escritura. Ella es la fuente primera y primordial de donde mana la fe y la experiencia cristiana, porque en ella encontramos la revelación de Dios y su plan salvífico para el hombre y para todos los hombres de buena voluntad, mediante la historia del pueblo del antiguo testamento, especialmente en la misión de los profetas, y última y perfectamente (Cfr. Hb 1,1) mediante Jesús de Nazaret, sus hechos y sus palabras.

Toda la historia del pueblo del antiguo testamento, especialmente la vida y anuncio de los profetas, la vida de los primeros cristianos y de sus comunidades, pero especialmente la vida misma de Jesús de Nazaret, se convirtieron, por su autenticidad y coherencia, por su autoridad, es decir, por la manifestación de lo divino en lo profundamente humano, (Cfr. DV 2) en espacio revelatorio de Dios y de su voluntad para toda la humanidad.

Durante siglos la importancia, fundamento y centralidad que ha de tener la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia en general y en la de cada cristiano en particular se descuidaron y olvidaron. Y en el correr de veinte siglos pasaron a ser, quizá más importantes que la Palabra de Dios escrita, otras voces, otras palabras, otros documentos, otros anuncios, otras exhortaciones, otras nociones de vida a veces en sintonía con el Evangelio de Jesús de Nazaret pero otras muchas veces, han sido cuerpos y/o conceptos doctrinales totalmente contradictorios con la manifestación y comunicación de Dios en la Biblia.

Por eso – hace ya seis décadas - que la reunión de todos los obispos católicos del mundo en el Concilio Ecuménico Vaticano II invitó a todos los creyentes en Cristo  a volver - por encima de la maraña doctrinal tejida durante veinte siglos - a las fuentes de nuestro Credo cristiano, es decir, a la revelación de Dios contenida en la Sagrada Escritura, especialmente a lo que del Dios del Antiguo Testamento y nuestro Creador y Padre nos revela, con su vida, Jesús de Nazaret, nuestro Señor Jesucristo.

Por eso, también, los últimos Papas y documentos doctrinales más importantes de la Iglesia se han empeñado en dar el sitio central que le corresponde a la Sagrada Escritura en la vida del cristianismo, buscando con ello, hacer conciencia de la identidad, del ser y del quehacer de cada discípulo de Cristo, en cada comunidad de fe.

Así, en Carta Apostólica en forma de “Motu proprio”, titulada APERUIT ILLIS y dada en Roma el 30 de septiembre de 2019, el actual Papa Francisco instituye el TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO de la Liturgia Católica – que este año será el próximo 26 de enero - como EL DOMINGO DE LA PALABRA DE DIOS.

Este nuevo empeño, esta renovada importancia que la Iglesia quiere darle a la centralidad de la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia y de cada creyente la reconoce el mismo Francisco en la mencionada Carta cuando dice: “Ahora se ha convertido en una práctica común vivir momentos en los que la comunidad cristiana se centra en el gran valor que la Palabra de Dios ocupa en su existencia cotidiana. En las diferentes Iglesias locales hay una gran cantidad de iniciativas que hacen cada vez más accesible la Sagrada Escritura a los creyentes, para que se sientan agradecidos por un don tan grande, con el compromiso de vivirlo cada día y la responsabilidad de testimoniarlo con coherencia.” (2)

Quiere el Papa que esta celebración para “la reflexión y divulgación” de la Palabra de Dios tenga – al mismo tiempo - un carácter ecuménico: “Este Domingo de la Palabra de Dios se colocará en un momento oportuno … en el que estamos invitados a fortalecer los lazos con los judíos y a rezar por la unidad de los cristianos.” (3). Sea este el momento para subrayar y reconocer la importancia que, en las otras iglesias cristianas hermanas tiene, en el culto, la Palabra de Dios.

Nos congratulamos y aplaudimos esta iniciativa del Papa Francisco que, en consonancia con disposiciones similares de sus antecesores, va animando nuestra fe y nos va acercando a la fuente primaria de donde manan nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor: la Sagrada Biblia.

«La ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo» (San Jerónimo - In Is., Prólogo: PL 24,17 – Citado por Francisco en la Carta ya mencionada). Aplaudimos, repito, este nuevo empeño porque en la Iglesia Católica recuperemos la centralidad de la Palabra de Dios en nuestra vida cristiana, pero ello pide formación de parte de todos: de los agentes de la evangelización y de los destinatarios de ésta. Urge formación religiosa que empiece y brote del conocimiento de la Sagrada Escritura. Urge formación teológica (exegética y hermenéutica) para que aprendamos a leer los orígenes de nuestra fe en los textos bíblicos con la misma intencionalidad teológica – aunque en otros moldes culturales – con que fueron escritos. Urge que sintonicemos las confesiones de nuestra fe con las confesiones de fe de los primeros cristianos. Urge que conformemos nuestra vida a la vida de Cristo. Urge, en fin, que hagamos vida la Palabra de Dios en nuestro día a día.

Aprovechemos pues este nuevo ardor católico por la Palabra de Dios, participemos de los espacios de estudio de la Sagrada Escritura que se nos ofrecen, para que nuestra fe sea cada día más inteligente, más razonada, más razonable y, por ello, más creíble. Como nos exhorta y anima el apóstol Pedro: “Estemos siempre dispuestos a dar respuestas a todo aquel que nos pida razón de nuestra Esperanza”. (1 Pe,315).



domingo, 29 de diciembre de 2019

Un Año Nuevo para Renovarnos y Renovar




“Año nuevo, vida nueva”, reza un conocido refrán. Porque el inicio de un nuevo año civil es una magnífica oportunidad para revisar, evaluar, enmendar, enderezar, sanar, pasar páginas, perdonarnos y perdonar, olvidarnos y deshacernos de lo viejo y de lo que estorba, reinventar, emprender y volver a empezar…. Una oportunidad para experimentar que podemos renovarnos y recomenzar con nuevas ánimos, ilusiones y energías el camino que nos conduzca a la realización de nuestros mejores anhelos e ideales… Una oportunidad nueva para construir esperanza. Un año nuevo, en definitiva, es una ocasión propicia para hacernos “nuevos” como el año que comienza…

Y nunca tan necesaria esta esperanza de lo “nuevo” como en nuestras actuales circunstancias sociales, nacionales y mundiales. Minuto a minutos, los medios de comunicación nos transmiten noticieros plagados de malas noticias, de noticias desalentadoras sobre la vida de los hombres y de los pueblos: sin sentido de la vida, suicidios, crímenes, conflictos y rompimientos familiares, corrupción en la vida de líderes políticos y religiosos, corrupción en la administración de la cosa pública, negligencia y mala calidad en la administración de los servicios públicos esenciales (salud, vivienda, educación, etc.) empobrecimiento de las mayorías versus el enriquecimiento escandaloso y desbordado de unas élites, conflictos internos nacionales y amenaza de conflictos y guerras entre naciones, carrera armamentista, desengaño electoral y político en muchas naciones por el pésimo desempeño de sus líderes, desesperanza, injustica, mil formas de violencia y de muerte…

¿Qué decir ante este angustioso panorama que, en la realidad cotidiana del mundo y en los noticieros, parece asfixiar los signos de bondad, de verdad, de justicia, de rectitud y de honestidad que también subsisten – quién lo niega – en muchos hombres y en todos los rincones de la tierra?

Que todos tenemos que replantearnos cada día y con mucha seriedad y honestidad: ¿Cuál es el proyecto individual de vida que queremos para cada uno de nosotros? ¿Cuál es el tipo de sociedad que queremos construir y en el que queremos vivir nosotros y los que vienen? ¿Cuál es el tipo de sistema político que anhelamos, que elegimos, que deseamos para nuestros pueblos? ¿Cuál el tipo de sistema económico en el que queremos vivir y con el que queremos disfrutar cada día el don de nuestra existencia humana? Y, muy importante ¿Cuál es el planeta en el que queremos habitar para poderlo entregar, con las mejores condiciones de vida humana posible, a las futuras generaciones?

El fracaso mayoritario y mundial de planes políticos y económicos es rotundo e innegable. También saltan a la vista los alzamientos, reivindicaciones y protestas sociales justas en tantos pueblos y naciones. La brecha entre los pocos que tienen mucho y los muchos que no tienen nada no ha logrado ser ni revertida ni superada. Las amenazas a la paz mundial siguen latentes. El desmesurado crecimiento macro económico de las grandes corporaciones y multinacionales frente a la miseria de muchos. El padecimiento de los millones de hombres y mujeres que, emigrando de sus terruños, buscan un futuro mejor nos cerca y nos acosa por todos lados. El hambre de millones contra el confort indiferente de unos pocos. El manejo mentiroso y corrupto de la propaganda, las elecciones y la agenda de la política y de los políticos. La inequidad, las injusticias y las violencias diseminadas por todo el orbe evidencian nuestros fracasos, egoísmos y frustraciones sociales y, al mismo tiempo, ponen de presente nuestros mayores retos y más grandes desafíos.

Y en el fondo de todo lo anteriormente enunciado subyace, en la praxis, en la cotidianidad y en las relaciones de nuestras vidas individuales, la ausencia de los valores más elementales y profundos del ser humano y una falta de autoridad, de transparencia y coherencia  entre lo que creemos y lo que practicamos, entre lo que vivimos y lo que aspiramos. Incoherencia hipócrita que se traduce en instituciones y estructuras sociales corrompidas por la búsqueda desenfrenada egoísta y hedonista de placer, la codicia y la ambición a toda costa por el tener y el ansia de poder para aplastar y reprimir los mejores ideales del ser humano.

Qué tenemos qué hacer? ¿Hacia donde tenemos que caminar juntos y aunando los mejores esfuerzos y esperanzas de todos? Ha llegado el momento de cambiar estereotipos y modelos sociales que ya no funcionan porque producen los frutos y las circunstancias adversas por inhumanas y catastróficas ya mencionadas. Ha llegado el momento de anteponer el bien común al bien individual. De anteponer los objetivos y fines comunes (ambientales, sociales y gubernamentales) a las solas ganancias de las grandes empresas y corporaciones financieras. Ha llegado el momento de darle un sí a la vida y a la vida abundante en contra de una cultura de la muerte. Es el tiempo de darle un sí a la solidaridad, a la libertad, a la verdad, a la honestidad, al diálogo, a la participación, a la paz, al respeto por las culturas diferentes y por la naturaleza en contra del individualismo egoísta, del consumismo, de la intolerancia, de la injusticia, de la discriminación, de la marginación, de la corrupción moral y administrativa y de todas las formas de inequidad y violencia.

Si queremos superar los abundantes y muy graves males que azotan y afligen a la comunidad humana actual, hemos de proponernos vivir todos un año nuevo en el que el respeto por la persona y por la vida humana esté por sobre cualquier otro valor o interés, para lograr la construcción de una nueva sociedad y un mundo mejor en el que la ética prime sobre la técnica, el servicio sobre el poder, el trabajador sobre el capital y lo trascendente sobre lo inmanente y pasajero….

Les deseo pues a todos un feliz año nuevo 2020, que será feliz en la medida en que, todos, así lo queramos y lo construyamos!



domingo, 22 de diciembre de 2019

Por Una Navidad Universal


En el mundo cristiano la Navidad constituye una importante celebración, pues se conmemora en ella el nacimiento de Jesús de Nazaret. Pero es, al mismo tiempo, una celebración y conmemoración con carácter universal por el valor y legado histórico que la vida, obra y mensaje de Jesús representa y contiene para toda la humanidad.

Jesús de Nazaret, al que los cristianos confesamos como el Mesías, el Salvador, el Hijo de Dios, el Señor de la Historia, luz del mundo, pan de Vida, buen Pastor, principio y fin de la historia, fue – qué duda cabe – un  hombre único, peculiar o, con palabras de su apóstol Pablo, un hombre “nuevo” y novedoso.

El paso de Jesús por la tierra produjo tal impacto que la historia oficial de la humanidad, la de occidente y la de la casi totalidad de los pueblos de la tierra se cuenta a partir de su nacimiento.

¿Y qué fue lo que hizo Jesús para causar tal impacto en la historia de la humanidad? ¿Qué tiene de grandioso y monumental el relato de su vida para seguir tan vigente a veinte siglos de su nacimiento? Lo impactante y monumental de su existencia consistió sencilla, simple y únicamente en vivir y amar, en vivir para amar, en entender la vida como un don de Dios para servirla – también como regalo - a todos, especialmente a los más débiles, a los empobrecidos, a los “descartados” de nuestra sociedad.

Su experiencia de amor, la donación de su propia vida a todos, brotó del reconocimiento de Dios como Padre de todos y, en consecuencia, del reconocimiento de todos los hombres como hermanos, hijos del mismo Dios, Creador y Padre compasivo y misericordioso.

Un ser humano como nosotros, profundamente humano, este varón israelita, de la tierra de Judá, colonia  - en su momento - del imperio romano – hijo, en condiciones de pesebrera y más tarde de taller de carpintería, de los campesinos José y María, emigrante, siendo niño en Egipto y luego en Nazaret se lanzó hacia sus treinta años de edad por los polvorientos caminos de su patria a predicar lo que – desde su propia experiencia – nos puede hacer felices: vivir el proyecto de hombre que Dios tiene para todo hombre que viene a este mundo, vivir como hijos de Dios y hermanos de todos, amándonos los unos a los otros.

Se juntó con unos amigos pescadores, los que después multiplicaron por el mundo entonces conocido la enseñanza de su maestro el nazareno y la gente lo seguía porque jamás nadie había hablado con su autoridad; es decir, con su coherencia entre lo que predicaba y lo que vivía, entre lo que exigía y lo que entregaba, entre lo que creía y lo que anunciaba…

Ama y amando cura toda clase de enfermedades físicas y espirituales. Los que se encuentran con Él, descubren y se encuentran con el amor de Dios y se sienten aliviados, sanados, liberados, felices, salvados…Pasa haciendo el bien. Vive y predica una vida buena y nueva que brote desde el interior, desde el corazón del hombre, porque entiende que si el hombre es bueno dará frutos buenos… Con sus hechos y palabras novedosas y, por ello, escandalosas, anuncia y denuncia y entra en conflicto con las autoridades de su pueblo y de su tiempo que lo matan en una cruz, del mismo modo que habían muerto los grandes profetas de su pueblo y tal como continúan matando a todos los comprometidos con el hombre y la verdad a lo largo de la historia y en todos los rincones del orbe.

Pero su proyecto de vida no quedó en la tumba y continúo a lo largo ya de veinte siglos de historia siendo reivindicado, seguido y, ojalá,  vivido por quienes se llaman sus discípulos: los cristianos, quienes lo confiesan vivo y resucitado en cuanto presente en la propia vida de cada creyente y en la vida de cada comunidad cristiana fiel a su “evangelio”.

La grandeza, entonces, de la vida de Jesús de Nazaret consiste y coincide paradójicamente con su pequeñez, con la simplicidad de vivir aquello para lo cual fuimos creados: para y por el amor y en realizar extraordinariamente bien la cotidianidad de nuestras existencias haciendo el bien.

Jesús de Nazaret es un hombre libre frente a todo y frente a todos. Es un liberador frente a la ambición y a la codicia, frente al odio y al rencor, frente al qué dirán y a los poderosos, frente al egoísmo y a la mentira, frente a la soberbia y a la hipocresía, frente al servilismo y a la injusticia, frente a la violencia y a la muerte… Un hombre que, con  la confianza, esperanza y dependencia de la vida puesta en Dios vive valiente y sin miedos. Jesús, así y además, es un hombre para los demás…

Por todo lo anterior, la vida de Jesús se constituyó – no sólo para sus discípulos - en modelo de vida,  en “Camino, Verdad y Vida” para todo hombre y mujer de buena voluntad. Frente a la vida y mensaje de Jesús todos nuestros mejores anhelos, nuestras tendencias humanas más profundas, nuestras mejores ansias de bien quedan esclarecidos e iluminados.

Pero, al mismo tiempo, en medio de nuestras actuales y difíciles circunstancias a nivel nacional y mundial, cuánta falta nos hacen hoy hombres y mujeres con la autenticidad de Jesús de Nazaret. Cuánta necesidad tiene el mundo de hombres y mujeres con la autoridad y coherencia de vida del carpintero de Nazaret! Cuánta lejanía y carencia tiene el mundo de hoy de los criterios, principios y valores vividos y predicados por Jesús de Nazaret! Cuán lejos estamos de alcanzar la utopía cristiana de un mundo en el que podamos convivir todos como hermanos! Cuánta falta nos hace vivir en la verdad, en el amor, en la justicia, en el perdón, en la esperanza, en la vida abundante vivida y predicada por Jesús de Nazaret!

La vida de Jesús de Nazaret y su mensaje son, entonces, un referente obligado, una llamada, un camino, una tarea para todos los que anhelamos una existencia feliz y un mundo mejor, en paz, más justo, más vivible, más fraterno, solidario, compasivo y humano.

Por todo lo anterior, Navidad es una gran fiesta, una fiesta cristiana, y una celebración universal, porque el proyecto y mensaje de vida del niñito del pesebre de Belén siguen siendo vigentes, porque hoy los hechos y palabras del nazareno son más necesarios que nunca, en un mundo que clama por justicia, verdad, paz y formas abundantes de vida y humanidad y porque el evangelio del carpintero de Nazaret está por estrenarse. 

¡Feliz Navidad!


 



miércoles, 27 de noviembre de 2019

DAR GRACIAS: Una Actitud y una Conquista permanentes.

En el mes de noviembre de cada año la tradición, cultura y sociedad norteamericana contempla la celebración del día de ACCION DE GRACIAS: “Thanksgiving Day”. En esta fecha, la más querida y la más esperada, la más importante y la más festejada por el pueblo norteamericano hacemos memoria de un hecho histórico fundacional de los Estados Unidos como Nación: la primera cosecha y comida compartida por nativos y peregrinos, en el año 1621.  La evocación de este hecho histórico sirve de pretexto a todos los que habitamos este País para viajar y congregarnos en familia y con nuestros seres más queridos, para regalarnos, para alegrarnos, para compartir el pan, pero, sobre todo, para DAR GRACIAS por todo cuanto somos y tenemos. 

Y en la oportunidad para DAR GRACIAS, en esta parada, reunión y fiesta anual que, como Nación, hacemos para AGRADECER reside la importancia y validez de esta celebración. Es una celebración que nos convoca a una ACCION DE GRACIAS para ser felices. 

Porque la vocación primera y la búsqueda primordial e incesante del ser humano es la de ser feliz y sólo quien es capaz de agradecer, de vivir encontrando motivos en la cotidianidad para agradecer logra ser feliz. Por eso, el día de ACCION DE GRACIAS es un día para la felicidad, es un día en el que nos sentimos y somos felices, porque es un día para evocar, colectar y poner de manifiesto todos los motivos que tenemos para agradecer, todos los motivos por los que somos felices.

Pero la gratitud no puede circunscribirse o limitarse a un día, a una fecha cada año, porque la vida diaria es ella misma un don, un regalo… por lo que la GRATITUD más que una celebración anual tiene que ser una actitud permanente en el ser y quehacer de cada uno de nosotros en particular y de todos como familia y Nación.

Nos facilita la posibilidad de agradecer, de ser felices, una existencia histórica vista, concebida y vivida con sentido de trascendencia: con la posibilidad de descubrir la vida y todo en la vida como un regalo y presencia del amor de Dios: la posibilidad, en definitiva, de vivir la vida como un espacio-tiempo de bendiciones…. Pero atenta contra la gratitud y por tanto contra nuestra posibilidad de ser felices una vida vivida en la inmediatez que da el dinero, en lo efímero de la compra-venta, en el utilitarismo tangible de la oferta y la demanda, en la materialidad consumista y en el mercantilismo agotador, inmanente y pasajero.

Todos los que aquí vivimos tenemos muchos motivos para agradecer y ser felices. Porque todo lo bueno que somos, tenemos y nos acontece es para agradecerlo y lo menos bueno para aprender de ello y seguir adelante. Nuestras vidas, nuestras familias, nuestros seres queridos, nuestra salud, nuestras oportunidades educativas y laborales, nuestros sueños y metas, nuestros esfuerzos cotidianos y nuestros logros personales y comunitarios reflejados en la grandeza de esta Nación y en la calidad de vida que podemos disfrutar… todos estos son motivos cotidianos para agradecer, para vivir en una actitud permanente de agradecimiento.

Pero no ignoramos y todos sabemos que aquí y en la humanidad entera hay mucho por mejorar, mucho por humanizar, muchos motivos para el dolor, la angustia y el sufrimiento, muchas experiencias de injusticia de violencia y de muerte, muchos sueños frustrados y muchas esperanzas fallidas, muchas y muy variadas manifestaciones de mal por el egoísmo humano.

Entonces el día de ACCION DE GRACIAS y todos los días se nos presentan y plantean como una oportunidad para agradecer pero, también y especialmente, como un desafío para ser felices construyendo motivos para agradecer. Así, la gratitud es una actitud y una conquista diarias: una actitud que se conquista.

La gratitud entonces, es una actitud, un desafío y una construcción permanente. El DIA DE ACCION DE GRACIAS nos alegra y nos desafía, nos congrega pero nos envía a construir motivos cotidianos para seguir agradeciendo, para seguir siendo felices… Tenemos muchos motivos para celebrar pero tenemos muchos más razones para continuar viviendo y construyendo a diario y entre todos unas existencias, unas familias, unas relaciones, unas comunidades y unos espacios de vida abundante a nuestro alrededor que nos permitan seguir agradeciendo…

Sin esta búsqueda permanente por la felicidad, por encontrar, construir, dar y ofrecer a otros motivos para DAR GRACIAS el día de acción de gracias no pasa de ser una fecha más del calendario que al día siguiente pasa y se olvida… Porque no puede haber verdadera y autentica ACCION DE GRACIAS cuando todavía hay en el mundo hermanos que sufren y que padecen la carencia de condiciones mínimas para vivir, creer, amar, esperar, agradecer y ser felices…

THANKSGIVING DAY es una fecha patria anual, un día en el calendario para DAR GRACIAS, pero especialmente una celebración para recordarnos que esta ha de ser nuestra actitud permanente: la de ser agradecidos para ser felices y para relanzarnos no a la búsqueda desenfrenada y egoísta de otra fiestecita pasajera más sino a la construcción de un mundo mejor, más justo y más humano; un mundo en el que todos los habitantes de la tierra – no sólo de esta Nación – vivamos y tengamos la oportunidad de celebrar y agradecer…

Feliz día de Acción de Gracias! Happy Thanksgiving Day! Que siempre encuentren y construyan muchos motivos y razones para agradecer y ser felices!

jueves, 26 de septiembre de 2019

Por Una Presencia Hispana en los Estados Unidos Pensada y Bien Liderada

Como una noria, año tras año, nos llega septiembre, mes en el que  celebramos el decretado mes por el gobierno nacional de los Estados Unidos de la Herencia Hispana y, también como una noria y año tras año, nos regocijamos con dicha celebración como reconocimiento a la presencia de los hispanos y de lo hispano en esta Nación.

Y merecemos que se reconozca nuestra presencia en esta sociedad y las contribuciones que con nuestra vida y trabajo cotidiano y por décadas hemos hecho a la construcción de esta gran Nación. Y está muy bien que celebremos, que festejemos, que hagamos desfiles y comparsas, que mostremos nuestros trajes típicos y nuestra alegría, que exhibamos nuestras costumbres y tradiciones y nuestro alborozo. Pero esta ocasión anual tan importante no puede quedarse sólo en manifestaciones externas…. Son muchos los problemas que la humanidad afronta, muchos y muy graves los problemas en los que nuestras naciones de origen se debaten, y muchos y también muy graves los problemas que los hispanos enfrentamos en esta coyuntura histórica y política de esta Nación como para desperdiciar la oportunidad de este reconocimiento oficial y nacional a nuestra herencia en esta Nación prestándonos al juego vano de las exterioridades simplistas…

Los hispanos en esta Nación hemos de ser más serios y profundos, menos superficiales, más reflexivos y comprometidos con nuestro presente y nuestro futuro próximo en los Estados Unidos.

Asomo aquí, en estas líneas, algunos de los problemas que deberíamos tomar con seriedad, que deberíamos afrontar con unión y decisión, temas en los que deberíamos detenernos con reflexión y acción para lograr, aquí y ahora, en esta Nación, que nuestra presencia no sea sólo física y simbólica sino presencia fuerte y decisiva. Para que nuestra presencia y herencia en los Estados Unidos no se recuerde sólo un mes al año sino que sea presencia y herencia respetable y respetada, fuerte, unida, solidaria y contundente para la cosecha de nuestras mejores aspiraciones, para la comunidad actual, para los hispanos que vendrán y para las futuras generaciones de hispanos en los Estados Unidos.

El relato ancestral de nuestros orígenes hispanos cuenta que procedemos de la “raza cósmica” de Vasconcelos. Que los hispanos llevamos en la sangre la alquimia de las sangres de la humanidad entera. Que somos, todo al tiempo: negros y blancos, aborígenes e indo-europeos, asiáticos y moros… Somos ecuménicos y católicos en el sentido más literal de las palabras: somos universales. En nuestra mente y corazón caben todos los colores, las formas, las expresiones y las culturas…. Porque somos así, cósmicos, no caben en nuestra mente y corazón las posturas ideológicas, sociales y políticas racistas y discriminatorias. No caben en nuestro modo de ser y hacer el mundo ni los muros ni las divisiones, no caben ni las separaciones ni las segregaciones… No discriminamos a nadie pero tampoco podemos permitir ser discriminados, divididos, separados, rotulados…

Entonces, apelo a la conciencia de la comunidad hispana para que, repito, además de nuestras anuales manifestaciones carnestolendas nos enfoquemos en combatir con hechos y palabras, con votos y leyes, las posturas y prejuicios anti-inmigrantes que hoy padecemos y que sumen a millones de nuestros hermanos y familias hispanas en un sinfín de situaciones que producen enorme sufrimiento…

El comunismo, las guerrillas, las revoluciones internas no son, aquí y ahora,  nuestra amenaza. Nuestros problemas reales, nuestras reales amenazas proceden – entre otros temas y problemas que sería extenso mencionar y argumentar sobre ellos - de la enorme y sin medida corrupción administrativa y política que junto al narcotráfico corroe los cimientos de nuestras naciones de origen y que, como despiadada e inmediata consecuencia, origina mil formas de violencia y muerte, empobrece a millones de latinoamericanos y los obliga a emigrar hacia esta Nación, entre otros destinos, en búsqueda de mejores condiciones de vida.

La solución de todo lo anterior y los logros que urgentemente requerimos para nuestra herencia y presencia hispana en esta Nación exige, en consecuencia, un liderazgo hispano aquí y en nuestras patrias de origen, inteligente y honesto, un liderazgo serio y combativo, generoso y altruista, formado y comprometido con las mejores esperanzas de los latinoamericanos y de los hispanos residentes en esta Nación.

Necesitamos con urgencia líderes que se sintonicen con los hispanos y con lo hispano, formados, inteligentes y conocedores del funcionamiento de esta sociedad norteamericana y de nuestras raíces histórico sociales. Capaces de sintonizar con lo norteamericano y con las necesidades y el bien común al que aspiran los hispanos residentes en esta Nación. Necesitamos con urgencia líderes que sean capaces de conocer y sintonizarse con nuestras frustraciones y anhelos, con nuestras rabias y nuestros valores, con lo mejor de nuestra herencia y lo mejor de esta sociedad norteamericana. Líderes capaces de defender nuestra integración a esta sociedad por encima y en contra de cualquier forma de sumisión, entreguismo o asimilación. Líderes, en fin, combativos para lograr relaciones políticas y diplomáticas más justas, equitativas y respetuosas de esta Nación con nuestras naciones de origen y con nuestra presencia y herencia hispana en los estados Unidos de Norteamérica.

¡Tenemos mucho que pensar y repensar en estas fechas anuales de nuestra herencia hispana! ¡Es mucho lo que hemos hecho, construido y logrado pero mucho más lo que nos falta por construir y lograr!