domingo, 27 de septiembre de 2020
martes, 1 de septiembre de 2020
Rezar para Orar
En la suma de las dimensiones que somos como seres humanos, hay una, la más importante: esa que nos eleva por encima de la cotidianidad, que nos libera de la materialidad tangible, perecedera y consumista postmoderna, que nos hace volar, que nos permite crear ideales y metas, soñar con utopías y a no resignarnos a la estrechez, precariedad y limitaciones de nuestro barro; se trata de la dimensión trascendente de la vida de cada ser humano.
Esta dimensión humana hace que el hombre tienda a la divinidad con anhelos de plenitud, de perfección, de infinitud, de eternidad y explica, además, que todos los seres humanos establezcamos, en el día a día de nuestras vidas o en acontecimientos especiales de nuestra existencia, relaciones con el Trascendente.
La manera de hacerlo es intentando comunicación con quien cada uno considera y confiesa como su Dios, su ser Trascendente, su Creador… Y, en general, este intento de comunicación se llama – en la mayoría de los sistemas religiosos de la humanidad – oración.
Para orar e intentar entrar en un diálogo con la divinidad, los seres humanos usamos ritos, devociones, recitamos himnos, cánticos, etc. En general, usamos fórmulas tradicionales, social y culturalmente aprendidas, que - en español y en teología católica - llamamos REZAR, es decir: recitar… Y a rezar dedicamos espacio-tiempos de nuestra existencia.
Pero REZAR (recitar fórmulas, conversar con el trascendente mediante ritos, devociones, etc.) es un instrumento que nos tiene que abrir y empujar a la ORACIÓN, es decir, a vivir una vida cónsona, acorde y coherente con nuestras confesiones de fe o religiosas, con aquello que creemos y profesamos.
Así, se puede rezar mucho y vivir vidas totalmente divorciadas de aquello en lo que creemos y de los valores humanos más fundamentales (como el amor, la paz, la justicia, la verdad, la libertad, la vida…) del mismo modo que se puede tener poco tiempo-espacio para rezar y, sin embargo, ser protagonistas y constructores de mejores relaciones humanas y de sociedades más fraternas y justas.
Los rezos, pues, son un instrumento y acompañamiento para una vida en ORACIÓN. Y mientras rezar es un asunto puntual y momentáneo en la cotidianidad, la oración implica toda la vida del creyente, del ser que es religioso.
Rezar nos abre a una vida de oración, a aquello que es la voluntad profunda de Dios en el hombre: amar y servir. Rezar no es, entonces, un instrumento mito-mágico, un fetiche, un acto de magia para forzar la voluntad de la divinidad y para que todo suceda según nuestras conveniencias, según lo queremos y según nuestros caprichos e intereses, casi siempre mezquinos.
Rezar está al servicio de la oración, Vale decir, las prácticas rituales y las devociones religiosas han de estar al servicio de vidas vividas profunda y honestamente de forma humana y humanizadora.
Cuando no se entienden los rezos como instrumentos y manifestaciones de una vida entera en oración y la oración no se entiende como una vida que necesita y se manifiesta en los momentos – individuales o colectivos - de plegarias, lo que ocurre es un divorcio escandaloso entre la fe y la vida, entre las prácticas religiosas y nuestras prácticas cotidianas, entre lo que creemos y lo que vivimos, entre lo que profesamos y lo que practicamos.
La dolorosa y muy difícil coyuntura actual - por muchos temas y problemas - en la que vive hoy la humanidad, seguramente nos urge a todos a establecer más y mejores relaciones con el Trascendente, a más y mejores momentos de rezos y plegarias. Y, por estas mismas prácticas religiosas, ojalá nos sintamos más urgidos a vivir una vida en oración, haciendo la voluntad de Dios que – en todas las religiones – nos pide que nos amemos y sirvamos más los unos a los otros.
La construcción de un mundo mejor la delega Dios a la inteligencia y la libertad del hombre. Es falsa una experiencia religiosa en la que el ser humano, mediante ritos y devociones, no se hace responsable de la construcción de un mundo mejor. Es falsa y cínica una experiencia religiosa en la que el hombre pide a Dios hacer lo que es pura responsabilidad humana.
Que nuestra vida religiosa nos empuje a la construcción de un mundo mejor como voluntad de Dios en el hombre. Que recemos para vivir en oración, para amarnos los unos a los otros y que, viviendo en oración, amándonos y sirviéndonos, recemos los unos por los otros, por todas nuestras mejores intenciones y más profundas necesidades y las de la entera humanidad.
domingo, 16 de agosto de 2020
El Vaticano nos convoca a impulsar una transformación ética y moral para enfrentar a la COVID-19
EN PRINCIPIO, todos los documentos que produce el Vaticano están dirigidos a la humanidad en su conjunto, pero en cuestión de fe, los católicos somos, desde luego, sus primeros destinatarios. Sin embargo, una nueva serie de reflexione sobre el coronavirus, publicada por la Pontificia Academia para la Vida, se dirige a todos los miembros de la familia humana global, la humana communitas.
En el texto intitulado precisamente Humana communitas en la era de la pandemia: consideraciones intempestivas sobre el renacimiento de la vida, dicha Academia, dedicada a promover la consistencia ética de la Iglesia católica sobre la vida, nos convoca a impulsar una reorientación radical para combatir la pandemia. Nos pide prestar atención especialmente a “nuestra responsabilidad común por la familia humana”, una renovada apreciación del don de la vida y una conciencia acerca de y una respuesta concreta ante el hecho de que la mayoría de los miembros de la sociedad —específicamente los ancianos y los marginados del mundo entero, así como “los prisioneros [y] los abandonados destinados al olvido en los campos de refugiados del infierno”— sufren la mayor carga infligida por la pandemia.
Al argumentar a favor de la dignidad inherente a todos los seres humanos, estas reflexiones se califican a sí mismas de “intempestivas”, condición que explica puntualmente el arzobispo Vincenzo Paglia, presidente de la Academia: “para indicar la urgencia de encontrar una concepción de comunidad, misma que, aparentemente, no es ya contemporánea”. El documento convoca a los líderes gubernamentales, a las élites sociales y a los ciudadanos ordinarios del acaudalado mundo desarrollado a no permitir que el egoísmo y los intereses económicos particulares pesen más que el cuidado y la preocupación que deben merecernos nuestros hermanos que no cuentan con los medios necesarios para protegerse del impacto de la pandemia y de otras “enfermedades debido a no tener acceso a los tratamientos por ser demasiado caros”.
Por ello, la vacuna contra el virus, una vez que esté disponible en el mercado, no deberá tratarse como una mercancía rentable, sugiere el documento, sino, en solidaridad con los más pobres y vulnerables de nuestra sociedad, deberá distribuirse entre todos aquellos que la necesiten y que estén en mayor riesgo. No deberá estar al alcance sólo de las naciones ricas, donde “la gente puede permitirse los requisitos de seguridad”.
Al final de cuentas, por encima de todo, dice el documento: “todos somos ‘frágiles’: radicalmente marcados por la experiencia de la finitud en la esencia de nuestra existencia”, aun cuando el mundo occidental se las ingenie para ocultar su vulnerabilidad mediante sus hazañas económicas. En las naciones ricas, los gobiernos y los individuos se dejan llevar a la par por “una ética de racionalidad calculadora inclinada hacia una imagen distorsionada de la autorrealización, impermeable a la responsabilidad del bien común a escala global, y no sólo nacional”.
“La interdependencia humana”, al igual que “la vulnerabilidad común”, prosiguen estas meditaciones, “demandan una cooperación internacional al mismo tiempo, y la comprensión de que no se puede resistir una pandemia sin una infraestructura médica adecuada, accesible a todos a nivel mundial”. Esto requiere el “intercambio de información, la prestación de ayuda y la asignación de los escasos recursos [que] deberán abordarse en una sinergia de esfuerzos”. En este sentido, por ejemplo, el hecho de que Estados Unidos ayude a México en el combate de la pandemia beneficia obviamente a ambos países.
El documento plantea “una renovada apreciación de la realidad existencial del riesgo: todos nosotros podemos sucumbir a las heridas de la enfermedad, a la matanza de las guerras, a las abrumadoras amenazas de los desastres. A la luz de esto, surgen responsabilidades éticas y políticas muy específicas respecto a la vulnerabilidad de los individuos que corren un mayor riesgo”. Todo es cuestión de ética: “centrarse en la génesis natural de la pandemia, sin tener en cuenta las desigualdades económicas, sociales y políticas entre los países del mundo, es no entender las condiciones que hacen que su propagación sea más rápida y difícil de abordar”.
La aceptación de una “ética del riesgo”, declara el documento, significa que debemos “dar cuerpo a un concepto de solidaridad que vaya más allá del compromiso genérico de ayudar a los que sufren. Una pandemia nos insta a todos a abordar y remodelar las dimensiones estructurales de nuestra comunidad global que son opresivas e injustas, aquellas a las que en términos de fe se les llama estructuras de pecado”. Al final, “el acceso a una atención de salud de calidad y a los medicamentos esenciales debe reconocerse como un derecho humano universal”.
“En última instancia, el significado moral, y no sólo estratégico, de la solidaridad es el verdadero problema en la actual encrucijada a la que ha de hacer frente la familia humana. La solidaridad conlleva la responsabilidad hacia el otro que está en una situación de necesidad, que se basa en el reconocimiento de que, como sujeto humano dotado de dignidad, cada persona es un fin en sí mismo, no un medio. La articulación de la solidaridad como principio de la ética social se basa en la realidad concreta de una presencia personal en la necesidad, que clama por su reconocimiento. Así pues, la respuesta que se nos pide no es sólo una reacción basada en nociones sentimentales de simpatía; es la única respuesta adecuada a la dignidad del otro que requiere nuestra atención, una disposición ética basada en la aprehensión racional del valor intrínseco de todo ser humano”. El egoísmo, en cualquier aspecto de nuestra vida, debe dar paso a un auténtico altruismo.
“Sin un verdadero despertar de la conciencia”, afirma el arzobispo Paglia, “sólo podremos remediar algunos problemas organizacionales, pero al final, todo será como solía ser. Más bien, debemos replantear nuestros modelos de desarrollo y coexistencia, de modo que sean cada vez más valiosos para la comunidad humana. Y, en consecuencia, deben ser adecuados para las personas vulnerables, sin rebasar sus límites, como si no existieran: dentro de esos límites, de hecho, hay hombres, mujeres y niños que merecen una mejor atención en todos los sentidos. Todos ellos, no sólo nosotros”.
El arzobispo finaliza sus reflexiones con un tono optimista: “a partir del ensayo general de esta pandemia, seguramente habrá un florecimiento de orgullo de la humana communitas. Así será si nos lo proponemos”.
Para leer el texto completo de las meditaciones, por favor haga clic aquí.
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jueves, 23 de julio de 2020
domingo, 21 de junio de 2020
Por Una Única Raza
Por estos días, la
población de los Estados Unidos prosigue su marcha bajo los titulares
noticiosos, la tensión y las protestas por el homicidio por asfixia –así lo
determinó la autopsia- del afroamericano George Floyd a manos del agente
policial Derek Chauvin y con la complicidad de tres compañeros más. Este suceso
opacó, incluso, la noticia de la pandemia por COVID-19, que ya deja miles de
contagiados y de muertos en esta nación.
La vida de un ser
humano es invaluable y la vida de muchos, mucho más. Entonces, ¿por qué, de
repente, en el acontecer nacional, la muerte de uno se vuelve más importante y
más noticiosa que la muerte de miles? Porque la muerte de George Floyd revive
dolorosamente, en las entrañas norteamericanas, el atroz fantasma del racismo:
una tara, una plaga, una terrible pandemia que ha acompañado –desde sus
orígenes– la historia de este país.
Sí. Triste, dolorosamente,
durante toda la trayectoria de nuestro acontecer nacional, hemos tenido que
convivir con la plaga social y moral de la discriminación y la desigualdad
racial. Cierto que Estados Unidos constitucionalmente abolió la esclavitud,
también es cierto que en la presidencia de Lyndon B. Johnson, en 1964, se firmó
y promulgó la llamada Ley de los Derechos Civiles y que son muchas las
conquistas y logros ciudadanos que los llamados grupos poblacionales
minoritarios en esta nación han alcanzado. Y, sin embargo, conviviendo en
paralelo con las formalidades legales y constitucionales, no es menos cierto
que la muerte de George Floyd nos revela nuestras taras, nuestras hipocresías,
nuestras falencias como tejido social y lo mucho que nos queda a todos por trabajar,
construir y lograr en el empeño por una sociedad verdaderamente democrática, es
decir, verdaderamente equitativa, justa, solidaria y humana.
Abolimos la
esclavitud, pero quedó latente su peor secuela: el racismo. Casi seis décadas
después del famoso discurso de Martin Luther King en Washington, la muerte de
George Floyd devela la coexistencia hipócrita de dos naciones en una: la de los
multimillonarios y la de los sin-nada, la de los lujos y la de los ghettos, la
de los que tienen todo y todas las oportunidades y la de los muchos que carecen
de las mínimas oportunidades políticas y sociales para vivir con dignidad.
Porque la inmensa mayoría de los afroamericanos, como la inmensa mayoría de
otras poblaciones de grupos “minoritarios” viven en esta nación carentes de
calidad y dignidad en aspectos esenciales para la vida del ser humano como
educación, vivienda, empleo, salud; sometidos a permanentes abusos legales y
policiales, en medio de injusticia e inequidad en la aplicación de los derechos
y las oportunidades; injusticia e inequidad que segrega, que discrimina, que
margina, que descarta, que atropella, que aplasta, que colma las cárceles y que, finalmente, mata.
Esta plaga moral y
social del racismo es, para nuestra desgracia, un asunto estructural, casi
institucional, sistémico, sistemático y endémico, en el ser y quehacer de los
Estados Unidos. Vale decir: es un asunto enraizado e introyectado en la médula
de esta nación. El racismo funciona y se manifiesta, unas veces sutilmente,
otras descarada y salvajemente, en nuestras estructuras mentales, en nuestras
interrelaciones cotidianas, en nuestro sistema educativo, en la configuración y
paisaje de nuestros planeamientos urbanísticos, en nuestras legislaciones, etc.
En el caso más
reciente, cuatro agentes de la policía, que deberían representar la protección
gubernamental para los ciudadanos, se convirtieron en instrumento vil y brutal
contra la vida de un hombre afroamericano, hasta asesinarlo; para escribir así,
una página más en la cruenta y vergonzosa historia racista de este país.’
En consecuencia,
Estados Unidos ha vivido, ya por dos semanas, manifestaciones públicas de
protesta -legítimamente amparadas por la Constitución- por el asesinato de
George Floyd, a lo largo y ancho del territorio nacional. Y, oprobiosamente, el
papel del presidente Trump, en esta difícil y peligrosa coyuntura, como ya
reiteradamente se ha diagnosticado en esta y en otras ocasiones, no ha sido el
de unir a la población, sino el de dividir y tratar de restarle justificación a
las justas reclamaciones de las protestas públicas, rotulando –entre otros
adjetivos– con el de “terroristas” a los protestantes. Todo esto es más grave,
tratándose de sucesos que ocurren en el país que se erige como ejemplo de
logros políticos, económicos y sociales, y modelo de democracia para el
concierto mundial de las naciones de la Tierra.
Escondidos,
camuflados, infiltrados en las justas protestas hubo quienes desviaron el
propósito primero de las mismas –protestar contra la muerte de George Floyd y
contra el racismo- y se dedicaron a cometer toda clase de desmanes contra la
propiedad privada y los comercios de las ciudades por donde transitaron las
manifestaciones. Abusos que tienen dos implicaciones y consecuencias
principales: el atropello contra una población también minoritaria y
vulnerable, como la mayoría de la población en protesta, que hizo que, en
cuestión de horas, muchos hombres y mujeres pobres perdieran propiedades y
negocios fruto de muchos años de trabajo, esfuerzo y sacrificios. Y, de otra
parte, con dichos comportamientos abusivos validan y aparentemente dan la razón
y justifican el discurso de los racistas de nuestra sociedad.
El asesinato de
George Floyd nos recuerda que hemos fallado y estamos fracasando como sociedad;
que son muchas nuestras conquistas, pero mucho más lo que nos falta por lograr…
y, al mismo tiempo, nos señala el norte hacia el que todos tenemos que avanzar
unidos para lograr una nación verdaderamente igualitaria, libre, diversa,
plural, justa, solidaria, reconciliada, equitativa y democrática. La equidad
racial no puede ser reducida a un “sueño”, a un parágrafo de la Constitución, a
una frustración o a una rabia que esporádicamente se manifiesta públicamente.
La equidad racial tiene que ser una conquista cotidiana de parte de todos y
debe manifestarse en todos nuestros comportamientos, actitudes y relaciones.
Por otro parte, es
esperanzador que sea la población joven la que mayoritariamente se lanzó a las
calles a protestar, porque podemos esperar un futuro mejor de parte de los que
van tomando las riendas de nuestro destino nacional. De cómo se resuelvan todas
las demandas justamente pregonadas en las recientes protestas por la muerte de
G. Floyd dependerá, en mucho, el futuro próximo de esta nación, de su progreso
y bienestar interno y de su rol como líder político de la humanidad.
¡Ya basta! Que la
muerte de Floyd no sea en vano. Mientras… los invito a seguir soñando con
Martin Luther King para que lleguen días en que “los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños
de los esclavos se puedan sentar juntos en la mesa de la hermandad” y a
vivir en un país en el que nadie sea juzgado “por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad” y
para que, en adelante y por siempre, sólo hablemos de una única raza: ¡la raza
humana!
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domingo, 10 de mayo de 2020
EL PRIMER PASO… Más allá de la Pandemia
Tímidamente, los humanos empezamos a asomarnos a las calles. Al parecer, van quedando atrás los más terribles días de miedo, tribulación, angustia y luto que nos dejó la pandemia por el coronavirus llamado covid 19. Cuando escribo este artículo, las cifras “oficiales” globales dan cuenta de casi tres millones y medio de contagiados, padeciendo en la más absoluta soledad, un millón de recuperados y casi doscientos cincuenta mil muertes en solitario, difuntos anónimos, sin dolientes ni pompas funerarias.
La humanidad entera vivió una situación inusitada e inédita de encierro, de retiro obligatorio, de confinamiento planetario, de cuarentena y asilamiento social como el remedio más efectivo para impedir el contagio, en prevención y cuidado de los dones inestimables de la salud y de la vida.
Esta, sin lugar a dudas, es la mayor crisis sanitaria de nuestro tiempo, que trastocó toda nuestra cotidianidad y “normalidad”, invirtió todas nuestras seguridades, certidumbres y costumbres, produjo la sospecha de los unos por los otros, sacudió nuestras ideas de solidaridad y fraternidad consistentes en estar-juntos, próximos los unos a los otros y produjo una – todavía – incalculable desaceleración económica mundial, manifestada – en primerísimo lugar, en una suma aterradora de desempleos.
Nadie duda que esta pandemia es un hito en la historia de la humanidad y un punto de inflexión para nuestra manera de vivir, de ser y estar en la tierra. Por eso, por estos días todos nos preguntamos cómo volver a lo que se llama ya la “nueva normalidad”. Y aunque la humanidad ha conocido anteriormente pestes y pandemias, ésta es la que nos correspondió vivir y sobre ésta quiero compartir aquí unas breves reflexiones que, siendo realistas, positivas y esperanzadoras, ojalá medien entre el exagerado optimismo de unos según el cual – pasada la pandemia – el mundo será “nuevo”, “otro” y radicalmente “distinto” al conocido, como si por arte de magia el virus nos convirtiera en mejores seres humanos y el pesimismo fatalista de otros que pregonan desastre, caos, hecatombe y muerte.
En primer lugar, permítanme resumir – además de las ya mencionadas arriba – otra de las evidencias y lecciones que nos deja la pandemia. De repente, descubrimos la inutilidad de las mil cosas que teníamos por importantes y la utilidad de las que valen de veras: una vida con sentido, con dirección, con valores… Porque la pandemia nos enfrenta a la realidad más real según la cual nada vale ni nada cuenta si no hay salud ni hay vida.
Por lo mismo, la pandemia nos enseña que no existen ni la economía ni ninguna otra área de la vida en sociedad sin la salud y la vida, como valores fundamentales de la existencia humana. Por lo mismo, también, la pandemia nos reveló de golpe y crudamente quién es quién en la sociedad. Quién es socialmente útil y quién inútil: porque hoy es más importante ser camillero de un hospital o domiciliario de un restaurante que jugador de futbol, estrella de cine o charlatán politiquero de pacotilla, a los que tanto culto y pleitesía rendimos… De repente, el personal sanitario y los profesionales científicos – a los que tan poco o ningún reconocimiento social damos - quedaron en la primera línea de la sociedad, en la lucha contra la pandemia
Aprendimos también sobre la condición planetaria y ecuménica de los seres humanos: que somos profunda y universalmente solidarios en el bien y en el mal. Que – literalmente – cuando alguien estornuda en china hay fiebre en el otro extremo de la tierra… Y que, por lo mismo, nada que interese a un ser humano puede dejar indiferente y ser ajeno al resto de la humanidad. Que como por estos días lo ha repetido el Papa Francisco “nadie se salva solo” y que todos compartimos la misma “casa común”.
Aprendimos que aunque la bondad y el altruismo no han desaparecido y se manifiestan por estos días en mil iniciativas de solidaridad con los más desprotegidos de la sociedad coexisten con formas de inconciencia, de egoísmo, corrupción y maldad manifestados por estos días especialmente en la no cooperación y cuidado para no contagiar a otros y en el robo de ayudas gubernamentales para los más pobres.
Políticamente hablando, si algo desnudó esta crisis sanitaria fue la insuficiencia e incapacidad de la tan publicitada “globalización” y de las instituciones gubernamentales para enfrentarla. Que un problema global ha pretendido ser resuelto con medidas locales. Quedaron, además, al
descubierto grandes fisuras y fallas estructurales en el seno de las sociedades. Fallas según las cuales las mil formas de inequidad y de injusticia estructurales no pueden continuar…
Nos percatamos también de una ausencia total de liderazgo mundial. Estados Unidos perdió la oportunidad de ejercerlo y los que soñábamos con un nuevo orden mundial multilateral, de golpe nos despertamos literalmente “desnortados”, sin norte, sin rumbo, desorientados…
Todo esto, con el peligro de que – con el pretexto de la pandemia – los abusadores en ciertos regímenes y gobiernos de turno se aprovechen de los miedos colectivos para atropellar y conculcar los derechos humanos, las libertades civiles e individuales alcanzadas, con - por ejemplo - estados de excepción, toques de queda, estados de emergencia para legislar, mayor intervención policial y militar para contener a la población en las calles, etc... Peligro que conduciría desgraciadamente a nuevas formas de autocracias, de autoritarismos, populismos, totalitarismos, dictaduras, proteccionismos, aislacionismos, nacionalismos y xenofobia, que atentarían contra formas de vida social en democracia ya conquistadas.
Curiosa y dolorosamente también, esta pandemia fue vivida con la ausencia del acompañamiento espiritual de las instituciones religiosas. En sociedades ya abiertamente ateas en las relaciones y estructuras sociales, a cada ser humano le ha tocado resolver solo – en su personal e íntimo confinamiento – las preguntas más angustiantes y fundamentales sobre el sentido de la vida y la proximidad de la muerte y el más allá…
Pero este no es el fin de la vida humana en la tierra y no puede ser tampoco el fin de la confianza, la solidaridad y la esperanza. Esta crisis ha de procurarnos a todos una nueva y distinta actitud frente a la vida y a los demás. Esta crisis puede significar una oportunidad para que los gobiernos del mundo apliquen nuevos paradigmas en todos los campos de la vida social: la familia, la salud, la educación, el trabajo, la vivienda, los servicios públicos, etc… Esta inconmensurable crisis es una oportunidad sin igual para ajustar valores humanos y sociales, para enderezar la andadura… Ahora se trata no sólo de vencer el virus sino de vencer nuestras soberbias vanas y los fracasos humanos y globales puestos al descubierto por la pandemia.
Esta crisis nos urge a todos por nuevas formas de cooperación internacional y formas de solidaridad globalizada menos dañinas y más sanas para todos, para que seamos capaces de lidiar con presentes y futuras crisis tales como el hambre, las guerras, el cambio climático, etc… temas estos que involucran también a al entera familia humana.
De la pandemia aprendamos que es falsa la disyuntiva salud-economía. Que en adelante el bien público exige que la economía esté puesta al servicio de la salud de todos… De cómo resolvamos y gestionemos las lecciones que nos deja esta pandemia dependerá – en gran parte – el futuro próximo de la humanidad. El virus no acabara con la desigualdad económica, tampoco con la mala entraña de gobernantes y gobernados. El virus tampoco no obrará milagrosamente una mutación en el espíritu humano. Nos salvarán – en adelante – eso sí, la solidaridad fraterna, la igualdad de oportunidades, el trabajo honesto y la confianza – sin temores ni angustias - en nosotros mismos, en los demás y en nuestras instituciones.
¡Que llegue pronto la vacuna! ¡Que regrese la alegría de vivir! ¡Que la próxima pandemia sea la del amor solidario y fraterno! “Llevadera es la labor cuando entre todos compartimos la fatiga” decía Homero. Y “un viaje de mil millas comienza con el primer paso” dijo Lao-Tse. Pues… ¡Demos el primer paso…!
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SOMOS Community Care
jueves, 7 de mayo de 2020
SOMOS INNOVATION: el futuro después de DSRIP
Justo
ahora, cuando nuestra ciudad, nuestro estado, nuestro país y el mundo entero se
enfrentan a la pandemia del coronavirus, quiero antes que nada expresarles mi
gratitud y mi mayor admiración por el trabajo que han venido desarrollando en
la línea frontal para atender a las víctimas del coronavirus y para proteger a
los neoyorquinos en todos los frentes. Es mi mayor anhelo que ustedes y su
personal se mantengan sanos y salvos, y sepan que cuentan con todo el apoyo de
nuestra organización SOMOS.
Como saben,
el programa de DSRIP concluyó oficialmente el 31 de marzo de 2020. Nos causó
una gran decepción enterarnos de que las autoridades federales y estatales
hayan optado por no renovar el período del programa a pesar de los muchos
logros alcanzados mediante DSRIP. Sin embargo, SOMOS continuará su labor
innovadora en beneficio de los pacientes más pobres de la ciudad, ahora a
través de SOMOS INNOVATION. Puesta la vista en ese nuevo capítulo, les escribo
estas notas.
Lo
siguiente se basa en las recomendaciones y observaciones contenidas en un
reporte que elaboró Helgerson Solutions Group (HSG), el cual completó a principios
de este año una auditoría estratégica de SOMOS, precisamente para delinear
nuestro futuro después de DSRIP. El fundador y director de HSG es Jason
Helgerson, ex director del Medicaid del Departamento de Salud de Nueva York y
arquitecto visionario de DSRIP. Tanto él como su equipo conocen a detalle el
panorama del sistema de salud. Es un panorama que se está transformando
radicalmente a causa del modelo del Pago Basado en el Valor Real (VBP), y SOMOS
INNOVATION será el guía y el defensor de nuestros médicos.
Como tal,
el reporte de HSG asegura que SOMOS INNOVATION es “más que un simple innovador
del VBP. […] SOMOS cuenta con el potencial para revolucionar la atención
sanitaria y social… y para ser una luz en el desierto al servicio de los
médicos y los grupos médicos de todo el país”. Tal como lo mostró por primera
vez DSRIP, el modelo del VBP se aparta de la fórmula tradicional del Medicaid
de pago-por-servicio, lo cual les permite a las organizaciones de médicos
independientes evitar a los sistemas hospitalarios para “contratar directamente
con las aseguradoras (o con el gobierno) y tomar el control de todos los
dólares disponibles en el sistema de salud y de la flexibilidad que esos
modelos de pago ofrecen para revolucionar la atención médica”. Con SOMOS
INNOVATION de su lado, nuestros médicos podrán seguir “de pie para hacerse
cargo de su propio destino”.
SOMOS
INNOVATION continuará transformando la atención médica en beneficio de los
pacientes más vulnerables de la Ciudad de Nueva York al proseguir con “la
institucionalización de la competencia cultural, el empoderamiento de los
pacientes y la atención de las auténticas causas de origen de la mala salud y
sus efectos sociales”. El hecho de que muchos de nuestros médicos compartan los
mismos antecedentes culturales de la gente que atienden significa “un
conocimiento excepcional de su base de pacientes, algo que es muy difícil de
lograr y mucho más difícil de replicar por parte de otras organizaciones”.
Con el fin
de fortalecer la influencia y el crecimiento de nuestra red de médicos, SOMOS
INNOVATION buscará sumar a otras asociaciones de médicos independientes (IPAs).
También tendrá como prioridad asociarse con distintas organizaciones
comunitarias para incluir a los Determinantes Sociales de la Salud, un
componente crucial en la prestación de servicios integrales y holísticos en
materia de salud. Una atención de tal naturaleza tiene el poder de mejorar “la
felicidad comunitaria” al “incorporar todas las necesidades sanitarias,
sociales y económicas de la comunidad”. Es un modelo de atención diseñado en
torno al médico primario de vecindario como un auténtico líder comunitario.
Para
prevenir la competencia, SOMOS INNOVATION planea establecer “asociaciones creativas”
con hospitales que, de otra manera, podrían dificultar el acceso a una atención
especializada. También buscará concretar contratos tipo VBP con organizaciones
de atención médica administrada que aceptarán a SOMOS INNOVATION como un
competidor hospitalario.
SOMOS
INNOVATION ha estado funcionando por un tiempo y, actualmente, sigue implementando
una rápida estrategia de desarrollo. El Consejo Directivo de SOMOS designó a un
veterano del sistema de salud, con más de 20 años de experiencia, como presidente
ejecutivo (CEO) de SOMOS INNOVATION: Dan McCarthy. Como experto en la atención
médica basada en el valor real, Dan invirtió la mayor parte del año pasado
construyendo la organización y poniendo en marcha a su equipo administrativo.
El momento
es ahora, dice el reporte de HSG: “SOMOS está en el lado correcto de la
historia del sistema de salud. Luego de varios años de retraso, el mundo
sanitario está finalmente empezando a incorporar el valor real. El estado de
Nueva York y el Medicare prosiguen presionando para que virtualmente todos los
proveedores se incorporen al modelo del VBP”. El objetivo es posicionar a SOMOS
INNOVATION en la vanguardia de la innovación de los servicios médicos
financiados con recursos públicos, en todo el estado e, incluso, a nivel
nacional.
El logro de
este objetivo será crucial si SOMOS INNOVATION desea tener éxito en la tarea de
habilitar a sus médicos para que sigan siendo competitivos en una época de
cambios rápidos y de cara al desafío potencial que entraña el hecho de que los
Cuatro Grandes —Apple, Google, Amazon y Microsoft— ingresen al campo de “la
innovación tecnológica que revolucionará la prestación de muchos servicios
médicos en la próxima década”, advierte HSG.
Bajo la
forma de procesos robóticos y de Inteligencia Artificial, “la tecnología podría
remplazar hasta un 80 por ciento de las funciones que actualmente desempeñan
los médicos, y SOMOS deberá adelantarse a esa tendencia en beneficio de sus
médicos”. Es necesario poner énfasis en el establecimiento de “asociaciones
productivas entre médicos y máquinas”. El desarrollo de tecnologías cada vez
más sofisticadas liberará a los médicos de sus “tareas rutinarias para que
puedan volver a enfocar su tiempo y atención en el apoyo psicológico de sus
pacientes y en ayudarles a comprender —y a actuar con respecto a— su condición
médica”. Seguramente, esta estrecha atención brindada a los pacientes será
esencial para proporcionar una óptima atención médica basada en el valor real.
Entre las
herramientas tecnológicas del futuro estarán las aplicaciones de los teléfonos
celulares, gracias a las cuales será posible monitorear a los pacientes las 24
horas de los 7 días de la semana. Es de esperarse un fuerte crecimiento en los
tipos de “tecnología portátil, sensores biométricos y en otras aplicaciones”,
todos trabajando en armonía para crear un “Internet del cuerpo”. “En el futuro,
los médicos prescribirán aplicaciones”, lo cual les permitirá a los pacientes
diagnosticarse por su cuenta. Sobre todo, la tecnología generará “un cambio en
el largo plazo del manejo de las enfermedades a la prevención de las mismas”.
El reporte
dice que, en el futuro, los médicos podrían “dar sus indicaciones mediante
aplicaciones de conversación, mensajes instantáneos y videollamadas, en vez de
estar sentados en un consultorio con una larga fila de pacientes que esperan
verlos”. Se hace notar en el informe que los médicos de SOMOS “ya sobresalen en
algunos aspectos interactivos de su trabajo gracias a la virtud de estar en, y
ser parte de, la comunidad a la que atienden”, pero será necesario que
adquieran “nuevas destrezas” […] “para forjar el pivote que los eleve a un
papel más interpretativo y contextual por sí solo”.
HSG señala
que la telemedicina —la atención a distancia del paciente— tendrá un valor de
mercado de $130 mil millones de dólares en 2025; y “se proyecta que el mercado
de la inteligencia artificial abocada a la atención médica alcance los $19 mil
millones de dólares en 2026”. Toda esta innovación significa que “el futuro de
la medicina será más preciso, personalizado, inclusivo y preventivo. Estos
atributos se apegan perfectamente a los valores actuales de SOMOS”.
En efecto,
apoyar y capacitar a nuestros médicos para que puedan “planear y prepararse
para las disrupciones tecnológicas del futuro” será el distintivo de SOMOS
INNOVATION. Parte del compromiso general de nuestra organización es capacitar a
nuestros médicos para que estén en posibilidades de ofrecer el mejor servicio
posible a los pacientes más vulnerables de la Ciudad de Nueva York y, de esta
manera, para llevar a cabo una reforma duradera de la prestación de servicios
médicos subvencionados con fondos públicos.
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