domingo, 22 de marzo de 2009

Para que entre el aire fresco del Evangelio…

Este año recordamos el 50 Aniversario de la sorprendente convocatoria que hiciera el Papa Juan XXIII para la celebración de un Concilio Ecuménico en la Iglesia Católica que tomó el título de “Vaticano II”. Son solamente algo más de veinte los Concilios que a lo largo de sus ya veinte siglos de existencia ha celebrado la Iglesia Católica. El último, el Concilio Ecuménico Vaticano II, fue convocado con la intención clara de motivar una “puesta al día” (aggiornamento) de la Iglesia en el Mundo, con la consecuente tarea renovadora que tal propósito exigió en el ser, quehacer y misión de la Iglesia. Es decir, en el estilo de vida de todos los miembros del Pueblo de Dios (jerarquía y laicado), en la liturgia y en la tarea pastoral y evangelizadora de la Iglesia en el mundo.

Propósito que implicó un examen de conciencia serio y profundo respecto de la fidelidad y la indefectibilidad de la Iglesia al Evangelio de su Fundador, un arrepentimiento sincero frente a errores pasados y el abandono de viejas prácticas y modelos más acordes con “sociedades perfectas” del mundo que con la Comunidad de los creyentes en Cristo, además de un deseo sincero de conversión y renovación espiritual y material por parte de todo el Pueblo de Dios que peregrina por todos los rincones del orbe y a nivel de todas las estructuras que componen la Institución eclesial católica en el mundo.

No ignoramos que durante veinte siglos de historia y de tránsito de la Institución de la Católica en el mundo ha estado expuesta a la contaminación que supone servir más a las filosofías o ideologías que al evangelio de Jesús de Nazaret, más al dinero que a Dios, más al Antiguo que al Nuevo Testamento, más al Derecho Canónico que a los principios del Evangelio y más al poder y la pompa del mundo que a los más pobres a quienes su servicio ha de estar particularmente y privilegiadamente destinado. Por lo que el Concilio Vaticano II representó, en su momento, una oportunidad única para que la Iglesia se adecuase a los nuevos tiempos, a las nuevas urgencias, a los nuevos desafíos que el hombre y el mundo de hoy plantean a su tarea evangelizadora.

Desde el día del anuncio de su convocatoria, el 25 de enero de 1959 hasta el día de su clausura el 8 de diciembre de 1965, el Vaticano II probó ser el acto más importante de la historia de la Iglesia en sus últimos 450 años de historia. La mayoría de los Concilios anteriores provocaron divisiones y rupturas al interior de la Iglesia. Este ha sido el único Concilio que, sin provocar cismas ni graves discordias (exceptuado el minúsculo grupo de lefevristas que rechazaron las innovadoras propuestas del Concilio y, de otro lado, algunos representantes de corrientes intelectuales que buscaban mayor aceleración y radicalismo en las enseñanzas e interpretaciones doctrinales del Vaticano II) motivó y dio inicio a grandes e importantes transformaciones en el seno mismo de la Iglesia, en consonancia con los cambios del mundo contemporáneo. El Concilio Vaticano II, sin menoscabo del depósito de la fe y en continuidad histórica con el Magisterio de la Iglesia que mana de la Sagrada Escritura y de la Tradición de la Iglesia recuperó, sin embargo, importantes temas que habían sido descuidados o relegados en siglos pasados tales como: la colegialidad de los obispos, el sacerdocio de todos los bautizados, la teología de la iglesia local y la importancia y centralidad de la Sagrada Escritura y de la Eucaristía en el ser y quehacer eclesial.

El Concilio Vaticano II se distanció del método y lenguaje dogmático de otros concilios ecuménicos como el de Trento y el Vaticano I, se abstuvo de pronunciar condenas y, teológicamente, fue el fruto de los movimientos de renovación desarrollados en el siglo XX en el campo bíblico, patrístico, de estudios medievales, en teología litúrgica y en conversaciones ecuménicas. Vaticano II es fruto, además, del encuentro y dialogo con nuevas corrientes filosóficas y científicas, del replanteamiento de las relaciones entre la Iglesia y el mundo y del nuevo rol que habrían de jugar los laicos en la tarea evangelizadora de la Iglesia.

Como a todas las realidades del mundo y de la Iglesia, los cambios y renovación propuestos por el Concilio Vaticano II tocaron también al mundo Hispano Católico en los Estados Unidos; por lo que, en 1972, los Hispanos Católicos se reúnen y convocan al Primer Encuentro Nacional de Pastoral, al que seguirán el Segundo en 1977 y el Tercer Encuentro en 1985, todos celebrados en la ciudad de Washington D.C. Fueron estos encuentros intentos muy loables de buscar la comunión, la participación y la integración del mundo de habla Hispana a la Iglesia Católica en los Estados Unidos; esfuerzos que posteriormente fueron opacados por las recriminaciones y sospechas que se dieron durante la década de los 70’s y los 80’s, además de los ulteriores escándalos sexuales del clero. Todo lo cual, repito, puso freno a los esfuerzos de cambio y renovación que buscaba el laicado Hispano Católico en el seno de la Iglesia Católica en los Estados Unidos.

El Concilio Vaticano II significó un nuevo Pentecostés en la Iglesia y, en los últimos 50 años, la Iglesia Católica ha experimentado cambios vertiginosos en el seno mismo de la comunidad creyente y en el transcurrir histórico de la humanidad pero los frutos del Concilio, tanto para la jerarquía como para el laicado son, sin lugar a dudas, una experiencia única de vitalidad y enriquecimiento en la historia del catolicismo.

El Pontificado de Benedicto XVI, lanza hoy al catolicismo a re-descubrir la vida interior y personal mediante un acercamiento a las Escrituras y a buscar mayor cercanía y diálogo con el resto de las Iglesias del mundo Cristiano; pero en esta conmemoración cincuentenaria es bueno que volvamos a preguntarnos si la Iglesia de hoy, que somos todos, sigue siendo fiel al espíritu renovador del Papa “bueno” Juan XXIII al convocar el Vaticano II. Es decir, si somos fieles a la responsabilidad que tenemos como Iglesia de responder e iluminar las urgencias del hombre y del mundo, en todo tiempo, circunstancia y lugar, con la luz del Evangelio y sin anclarnos en la seguridad y comodidad que da el pasado por conocido. Más todavía, que nos preguntemos si la Iglesia de hoy permanece con sus puertas y ventanas abiertas para que por ellas circule, en beneficio de toda la humanidad, el aire fresco y siempre nuevo del evangelio de Jesucristo.

martes, 10 de marzo de 2009

Ay de mi si no predico el Evangelio (1 Cor 9,16)

Saulo (nombre hebreo) Pablo (nombre de familia romano) son los nombres con los que conocemos al gran apóstol, y fundamento de la catolicidad. Lo poco que conocemos de Pablo de Tarso nos llega a través de dos fuentes: sus propias cartas y el libro de los Hechos de los Apóstoles. Nos es desconocida la fecha exacta de su nacimiento pero – según los más importantes teólogos paulinos como Joseph A. Fitzmyer – conviene ubicarla en la primera década después de Cristo.

Pablo nació en la Ciudad helenística de Tarso y desde su nacimiento disfrutó de la condición de ciudadano romano por lo que podemos decir que en su mente caben brillantemente las tres culturas de su momento: la semítica- judía de sus padres (hebreo, judío y fariseo), la helénica (cultura dominante) y la romana (la del imperio en el que al apóstol le correspondió vivir). Esta triple visión del mundo, esta triple dimensión cultural aparece constantemente en sus escritos y le permite al apóstol gran versatilidad para adaptarse a cada distinto auditorio y para predicar adecuadamente y pretender alcanzar a todos los hombres del mundo entonces conocido con la predicación del evangelio de Jesucristo.

Esta personalidad cosmopolita, esta versatilidad cultural en Pablo, explica sobradamente el título que honrosamente le damos de “Apóstol” de la gentilidad. Gracias a esta apertura cultural, a esta visión “globalizada” (permítaseme el término) del mundo, Pablo se constituyó en el predicador y misionero más importante de los primeros días de la Iglesia y gracias a su tarea evangelizadora podemos decir, sin lugar a dudas, que la Buena Nueva de Jesucristo salió de los recodos y caminos de la Galilea para alcanzar, hasta hoy, a todo hombre y mujer de buena voluntad que llega a este mundo, en todos los rincones de la tierra.

Qué impulsó a Pablo a esta misión a la que desde el momento de su conversión dedicó incondicionalmente el resto de sus días? Cuál fue el motor de tarea apostólica? Cuál fue su “fuerza” y su motivación?: La certeza de haber encontrado la felicidad que todo hombre y mujer busca y anhela en este mundo en el Evangelio que – en su Teología – es la persona misma de Jesucristo. Desde ese encuentro personal que tuvo con Jesús, al que perseguía, en la persona de los cristianos, relatado con la simbología propia de los textos bíblicos, Pablo se dedicó por entero a contar a otros las maravillas obradas por Cristo en El. Maravillas entendidas por Pablo como obras del Crucificado para la salvación de los hombres. Una salvación/felicidad que, según Pablo, ha de llegar y alcanzar a todos sin distingos de razas, condiciones, nacionalidades, edades, etc.

Por ello, la afirmación fundamental de la Resurrección de Jesucristo en Pablo nace de una experiencia personalísima inefable: el Crucificado cambió su vida y si transformó su vida revistiéndola de una nueva mentalidad es porque el Crucificado “Vive”!. Esta confesión de fe primordial en el “evangelio” de Pablo no nace, pues, de una tarea de tipo intelectual sino de una experiencia cotidiana avalada y reconfirmada por el testimonio de los primeros creyentes: esos primeros cristianos (hombres y mujeres mártires de las primeras horas del cristianismo) a los que el mismo Pablo perseguía vehementemente impulsado y en perfecta coherencia por el ardor de sus anteriores convicciones farisaicas.

Porque si algo es claro en la personalidad de Pablo es su autenticidad: primero vivió auténticamente como el mas fariseo de los fariseos y – desde su encuentro con Cristo – vivió auténticamente como “cristiano”.

Son muchos los aspectos de la vida de Pablo que piden ser rescatados para iluminar nuestra coyuntura histórica y eclesial actual, entre otros:

· Su visión cosmopolita del hombre y del mundo: su apertura y acogida a toda cultura y a todo hombre y mujer reconocido como hermano en Cristo en contra de la visión petrina que pretendía encerrar el evangelio en los límites del Israel de entonces y en contra, hoy, de visiones xenofóbicas, discriminatorias, divisionistas, etc., que con el disfraz de “globalizadoras” permiten el bienestar acumulado en manos de unos pocos en contra y a costa de la marginación, el empobrecimiento y la miseria de grandes mayorías.

· Su ardor misionero en la tarea de propagar el Evangelio de Jesucristo.

· Su enorme generosidad en la tarea de salvar/hacer felices a todos felices/salvos con la Buena Nueva de Jesucristo a costa de grandes sacrificios (persecuciones y cárceles sin cuento).

· Su experiencia cristiana de tipo experiencial antes que nocional.

· Su predicación y posterior reflexión teológica consignada por escrito en sus cartas que brotan de la experiencia cotidiana de saberse amado y salvado/feliz gracias a la intervención cotidiana de el Crucificado/Resucitado en su vida.

· El haber logrado establecer entre términos teológicos bíblicos vetero y neo testamentarios para designar la obra salvífica de Dios tales como salvación, redención, expiación, liberación, justificación, etc., con el anhelo fundamental de toda persona: ser feliz-en-Cristo. Porque en Pablo, la vida-en-Cristo tiene una función clara: el acontecimiento-Cristo es para hacernos felices, es decir, para salvarnos, para darnos vida eterna, vida abundante; esa que el mismo Pablo encontró camino a Damasco.

Que estas líneas nos animen a conocer más y seguir de manera más auténtica al Apóstol Pablo en la misión que todos tenemos como bautizados: vivir y predicar, con hechos y con palabras, el Evangelio de Jesucristo que es, como para Pablo, nuestro poder, nuestra fuerza, nuestra salvación, nuestra felicidad, nuestra vida eterna, la plenitud de nuestra existencia y de la historia humana.

martes, 30 de diciembre de 2008

2009: pero que sea “nuevo”

2009: Un año “nuevo”, “nuevo” comienzo. Nos alivia y refresca a todos el comienzo de un nuevo año. Un año nuevo significa tener la posibilidad de olvidar y recomenzar, de borrar y renovar, de olvidar, perdonar y reencontrar el camino... El comienzo de un nuevo año nos sitúa en una coyuntura en la que aprendemos del pasado y proyectamos un mejor futuro.

Pero las ilusiones que nuestras promesas por un mejor porvenir encierran no nos impiden desconocer la realidad presente marcada por una profunda crisis puesta de manifiesto en los más variados conflictos de índole personal, familiar, laboral, económico, político, social, cultural, religioso, etc.…

La vida de muchos hombres y mujeres sin sentido ni dirección que se refleja en más altos índices de suicidio, consumo de drogas, alcoholismo…, familias destrozadas por las más variadas circunstancias, profunda crisis económica de la que nadie pareciera ser responsable y con la que resultan más afectados los más pobres de entre los pobres, dos frentes de guerra en dos distintas naciones, pésimas relaciones con el resto del mundo, una convivencia conflictiva entre los distintos grupos que conforman la sociedad norteamericana, etc.…. pone a esta Nación ante la necesidad de que el año nuevo sea verdaderamente nuevo y novedoso.

Para presidir la novedad que urge en los Estados Unidos - ante los fracasos presentes y del pasado próximo - fue elegido como Presidente del Gobierno de esta gran Nación el Senador por Illinois, Señor: Barack Hussein Obama.

Ya es de por sí una novedad en la historia de esta Nación la elección del primer presidente de origen Afro-americano. Muy novedoso si se tiene en cuenta que dicha elección se da en una sociedad en la que aun persisten rasgos de discriminación y segregación racial y en la que las minorías permanecen siendo y llevando vida de minorías.

Aun cuando los cristianos tenemos puesta nuestra esperanza en Dios que se revela en su Hijo nuestro Señor Jesucristo como Dios de la Vida abundante, los pueblos de la tierra tienen puestas sus esperanzas próximas en los líderes de los pueblos y en el bueno y acertado manejo que tengan de sus gobiernos.

Así, para el futuro inmediato de la sociedad norteamericana tenemos puesta nuestra confianza y esperanza en el gobierno que presidirá a partir del próximo 20 de enero el Señor Presidente electo Barack H. Obama. En él tenemos puesta la esperanza de que, según lo prometió en campaña electoral, pondrá fin a las irracionales, injustas e inhumanas confrontaciones bélicas que no sólo desangran la economía y el bienestar social de la Nación sino también la sangre joven de nuestros jóvenes soldados y que, además, bien rodeado de sus inmediatos colaboradores acertará en un manejo nacional e internacional de la economía de tal manera que, a corto plazo, volvamos a la prosperidad que ha representado esta Nación para sus ciudadanos y para el resto del mundo.

Pero, además, tenemos puesta la confianza en que el gobierno que presidirá el Señor Obama tendrá un “nuevo”, manejo del asunto migratorio de tal manera que todos los inmigrantes y, especialmente, los hispanos sin documentos con domicilio en esta Nación obtengan un trato más digno, más solidario, más justo y más humano acorde con una población que ha puesto lo mejor de sí y de sus fuerzas para contribuir con su trabajo a la grandeza de la que hace alarde ante el mundo la entera sociedad norteamericana.

De la misma manera, los hispanos residentes en esta Nación y en todos nuestros países de origen esperamos del Gobierno entrante unas mejores y más adecuadas relaciones internacionales con todos los Países de América Latina, como corresponde entre Naciones que compartimos el mismo continente y el mismo destino al que está convocada la humanidad entera: hacer de este mundo un lugar más vivible, más fraterno y, por ello, más humano.

Al iniciar un nuevo año dejemos atrás las malas noticias y lancémonos solidariamente a la construcción de mejores y más buenas noticias con la certeza de que si las pequeñas o grandes crisis a las que asistimos afectados en el momento presente tienen como causa última una crisis de humanidad, vale decir, una profunda crisis en el espíritu del ser humano será un proceso y crecimiento “humanizador” hacia el interior de cada ser humano y el surgimiento de unas nuevas y más honestas relaciones entre los hombres y los pueblos lo que nos depare un año nuevo y un porvenir mejor.

Esta alegría por un año nuevo y estas esperanzas en un Gobierno nuevo tiene fundamento en la fe cristiana que nos invita siempre a re-novarnos, a dejar atrás al hombre viejo y construir en cada uno de nosotros el hombre nuevo que es el mismo Cristo, a imagen y semejanza del Padre.

El nuevo año será nuevo en la medida en que todos: tanto los que participan más directamente en la misión de gobierno como todos los ciudadanos construyamos con nuestros hechos, palabras, comportamientos y actitudes la novedad de la que tanto necesitamos. Brindemos entonces por un año nuevo, una sociedad nueva, un Gobierno nuevo para una mejor Nación y un mundo nuevo. Deseo a todos que tengan, junto a sus seres queridos, un novedoso, bendecido y feliz 2009.

martes, 23 de diciembre de 2008

Navidad y la Sagrada Familia

La Navidad es una época del año que tiene su fundamento en un acontecimiento histórico-salvífico: el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, que los cristianos conmemoramos en un tiempo litúrgico del mismo nombre. En una sociedad materialista como la nuestra, la Navidad ha sido convertida en una temporada del año para vender y comprar, para gastar y consumir, para ostentar y derrochar. Y en este enorme tráfico consumista el mensaje de lo que los cristianos recordamos, el significado de lo que los cristianos celebramos en estas fechas se manipula, se pierde, se diluye, se olvida.

Es enorme la significación que la Navidad contiene para el mundo en general y para los cristianos en particular. Lo que celebramos es el nacimiento de JESUS DE NAZARET, quien es, para todos, modelo de Humanidad y Divinidad: porque Jesús es Divino por lo profundamente Humano.

Cuando los cristianos confesamos a Jesús como Dios hecho Hombre, confesamos al mismo tiempo, el destino último y definitivo al que está llamada la humanidad entera: el de divinizarnos encarnándonos en la historia y su cotidianidad para divinizarnos humanizándonos. En Navidad, por tanto, celebramos la alegre y esperanzadora certeza de que en el Nacimiento de Jesús, Dios ha querido quedarse para siempre con nosotros mostrándonos en El, el Camino, la Verdad y la Vida a la que todos estamos llamados.

El acontecimiento histórico de la Navidad ocurre en el contexto de una Familia. Entre tantas significaciones que aporta la conmemoración de la primera Navidad, el valor dado por Dios a la familia en el nacimiento de Jesús cobra hoy importancia y especial vigencia entre nosotros.

Padecemos y asistimos hoy a una profunda crisis de la humanidad y de humanidad en todos los órdenes. Los graves problemas puestos de manifiesto en la crisis muestran una más profunda y definitiva crisis en el corazón mismo del ser humano: una des-humanización contraria a todo lo que significa e implica el mensaje de la Navidad. Pero, al mismo tiempo, los graves problemas sociales que brotan del corazón del hombre tienen su origen en una profunda crisis de la familia.

Es extensa la lista de los enormes conflictos que hoy atentan contra el modelo familiar propuesto desde la primera noche de Navidad y sustentado por la predicación de la Iglesia Católica en Occidente:



  • A la brecha generacional entre padres e hijos en un mundo que cambia a diario y velozmente se suman

  • Las rupturas, los divorcios y nulidades rápidas y fáciles tipo “express”.

  • La infidelidad en una sociedad pansexualista que la propicia y estimula.

  • La falta de compromiso en una sociedad hedonista que propugna por lo liviano, lo pasajero, lo efímero, lo fácil, desechable, lo puramente estético y aparente.

  • El mundo académico y laboral que separa, aleja y desintegra familias.

  • El machismo y el feminismo.

  • La pretendida manipulación cientista de los designios de Dios sobre la creación y la vida en familia.

  • El aborto.

  • El tabaquismo, el alcohol, las drogas.

  • El sin-sentido de la vida en una sociedad que mata pronto las ganas de vivir cuando reduce el fin de la vida a lo meramente material e intra-histórico ocultando la visión Trascendente del hombre, del mundo y de su historia, etc….

En un mundo que aboga por la pluralidad de las ideas y los estilos de vida junto al respeto por las libertades individuales y de los derechos del hombre, la Verdad – bajo ese pretexto - no debe ser negada, confundida ni disuelta en medio del mar de las individuales, pequeñas y casi siempre mezquinas verdades de bolsillo. A la Iglesia, desde la Buena Noticia que el Evangelio contiene para todo hombre y mujer de buena voluntad le corresponde anunciar cada día y, especialmente en el tiempo de Navidad, que todo hombre tiene derecho a nacer y “crecer en gracia y en sabiduría” en el seno de una familia constituida por un padre, una madre y unos hijos: modelo familiar en el que se repliquen y vivan las relaciones de amor paternales, filiales y fraternales que los cristianos reconocemos y alabamos en el mismo seno mismo de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Las perturbadoras estadísticas que nos hablan e interpelan sobre los millones de niños y niñas que intentan “crecer” y “formarse” en “hogares” disfuncionales, uni-parentales, hogares “sustitutos”, con los abuelos u otros familiares o en instituciones gubernamentales que intentan “suplir” a las familias inexistentes, son una alarma sobre algo muy grave que está ocurriendo en nuestras comunidades y un desafío urgente para que volvamos a valorar y vivir el modelo de familia cristiana sugerido en la Navidad de nuestro señor Jesucristo.

Hoy, como nunca antes, hay nostalgia de Nazaret.



  • Nostalgia de hogares donde padres e hijos vivan y con-vivan en comun-unión.

  • Nostalgia de hogares a ejemplo del de Nazaret: donde los padres se amen y cumplan con la voluntad de Dios amando y sirviendo la vida a sus hijos.

  • Hogares en los que los hijos cumplan la voluntad de Dios obedeciendo a sus padres.

  • Hogares que favorezcan la construcción de un mundo en fraternidad viviendo primero en casa las relaciones fraternas.

  • Hogares en los que prevalezcan el amor y el respeto sobre las circunstancias siempre difíciles y siempre cambiantes de la vida.

  • Hogares con padres dedicados al cuidado de sus hijos y con hijos atentos y devotos a sus padres.

  • Hogares que sean verdaderas iglesias domésticas, primera experiencia de iglesia y semilleros de permanente evangelización.

  • Hogares en los que padres e hijos crezcan en humanidad cooperando con la obra creadora de Dios mediante el trabajo cotidiano.

  • Familias que sean verdaderos hogares, es decir, hogueras encendidas de amor capaces de calentar e iluminar un mundo tantas veces frío y en tinieblas.

Me congratulo con ustedes en estos días santos que vivimos los cristianos en memoria del Nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Me alegro con la alegría del mundo porque “un hijo nos ha nacido, un niño se nos ha dado” que lleva por nombre “Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros” y los animo para que prolonguemos en nuestras casas, en nuestros ambientes, en nuestras comunidades, las lecciones grandes, las lecciones buenas, las lecciones sagradas y eternas que podemos aprender para nuestra vida en familia del hogar de la Sagrada Familia de Nazaret, en esta Navidad y siempre.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

La Espiritualidad de Jesús de Nazaret

Hablar de la espiritualidad de Jesús de Nazaret supone emprender un trabajo heurístico, exegético y hermenéutico que consiste en la aproximación a las fuentes bíblicas que nos hablan de su persona, de su ministerio, de su proyecto de vida, de su evangelio, de sus anuncios, de sus denuncias, de sus conflictos, de su pasión, muerte y resurrección. Y entre las fuentes bíblicas hemos de internarnos especialmente en los textos del Nuevo Testamento y, más específicamente, en los mismísimos hechos y palabras de Jesús tal como fueron vistos y/o escuchados, recordados y mantenidos en la memoria de la tradición oral hasta ser consignados por escrito por las primitivas comunidades cristianas autoras de los evangelios como nos han llegado hasta hoy, vividos e interpretados – además - por la tradición ya milenaria del cristianismo y de la Iglesia en la historia.

El trabajo hermenéutico consistirá especialmente en que, mediante una lectura “inteligente” de la Biblia, seamos capaces de distinguir en ella los “datos históricos” de las confesiones de fe que – a la luz de la Pascua - fueron hechas por los cristianos sobre la persona y obra de Jesús de Nazaret.

El trabajo exegético que busca indagar sobre las claves de la espiritualidad de Jesús ha de tener en cuenta, entre otros aspectos, que no todos los textos escritos sobre Jesús llegaron hasta nosotros y que no todo lo que Jesús dijo e hizo quedo consignado por escrito (Jn 21,25).

Hechas estas aclaraciones preliminares sobre la manera como nos aproximamos a las fuentes neo-testamentarias conviene advertir, además, que el vocablo “espiritualidad” ha ido perdiendo su original contenido, se ha ido desfigurando su sentido y corrompiéndose su valor de tal manera, que ha devenido en significar un asunto “Light”, un término usado – y no pocas veces manoseado – desde la astrología hasta el Budismo Zen, desde los “mantras” hinduistas hasta todo el diverso mercado religioso “New Age”. Espiritualidad se refiere así a un asunto alejado de la realidad o que, en el peor de los casos, nos ayuda a escapar de ella, de su cotidianidad. Algo – por ello mismo - inútil y banal; sobre todo, cuando vivimos inmersos en una sociedad que maximaliza y privilegia lo tangible, lo pragmático, lo útil, lo “material”.

También, la espiritualidad – errónea y últimamente – se vincula a un asunto pertinente y solo manejado por grupos o instituciones religiosas y por quienes en ellas militan y practican. Inclusive, “espiritualidad” ha llegado a significar un asunto opuesto a la práctica religiosa institucionalizada de tal manera que hay personas que se dicen no religiosas (no asiduas a ninguna institución religiosa) pero profundamente “espirituales”.

Quisiera que aquí, de la manera más elemental y directa, entendiésemos por “espiritualidad” las motivaciones más profundas de cada ser humano que alientan y motivan todo su ser, estar y obrar en el mundo. La espiritualidad es así, el peregrinaje que cada ser humano hace – o tiene que hacer – al interior de sí mismo en búsqueda de su propia esencia, de su razón de ser y existir. Itinerario y camino que genera un encuentro con el bien, es decir, con las tendencias divinas que hay en nosotros por ser creaturas de Dios. Encuentro que integra toda nuestra vida y da sentido y dirección a nuestros hechos y palabras, a nuestra cotidianidad en el mundo; inaugura e introduce un nuevo significado en las relaciones que establecemos con los otros y con el Trascendente. La espiritualidad es, entonces, una toma de conciencia, una cosmovisión que se manifiesta en una manera de ser y estar en el mundo. Es una actitud, un estilo de vida que se concreta – y da frutos - en hechos y palabras.

La “espiritualidad” desencadena en el hombre un compromiso como protagonista de la historia y constructor de un mundo mejor de acuerdo a una criteriología, a una determinada escala de valores. Cuando el hombre prescinde de la espiritualidad que lo alienta o abandona la tarea de encontrar su propia espiritualidad entonces la vida pierde sentido.

El episodio bíblico del Bautismo de Jesús – como el de la Transfiguración - ilumina bien cuando de buscar las claves o el fundamento de la espiritualidad de Jesús se trata. En ambos casos, la voz desde la nube dice “este es mi Hijo amado” (Mt 3,27; Mc 9,7)

Si en el Antiguo Testamento Dios se revela como “El que Soy”(Ex 3,14-15, Is 43,11; 45,5, 48,12), en el Nuevo Testamentó de Jesús, Dios sale de sí (ad extra) y va al encuentro salvífico de todo hombre para revelarse como Padre. Por eso, la revelación de Dios es ante todo “Buena Nueva”(Mt 4,23) gozosa y esperanzadora noticia que colma al ser humano de confianza, de esperanza, de vida eterna, plena, abundante, de felicidad: “He venido para que tengan vida y que la tengan en abundancia” (Jn 10,10)

Y entonces lo más original y novedoso pero, al mismo tiempo, lo más propio y cotidiano en la vida y enseñanza de Jesús es que llame a Dios “Abba”(Gal 4,6). Así, si Dios vive para Jesús y para todo hombre como Padre “misericordioso” (Lc 6,36) “que hace salir el sol sobre malos y buenos” (Mt 5,45) Jesús se dedica fiel e incondicionalmente a vivir para Dios como Hijo: “verdaderamente este era el Hijo de Dios” (Mc 15,39) haciendo siempre su voluntad (Lc 3,49; Mt 26,39) que consiste en amar y servir a todos como hermanos: “Un mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros...No he venido para ser servido sino para servir” (Mt 20,28).

De donde, la espiritualidad de Jesús no surge ni se apoya en la estructura religiosa de su pueblo, ni siquiera en las escrituras, tradiciones o el culto de su tiempo a los que muchas veces critica: “Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas que pagan el diezmo de la menta, del aneto y del comino y descuidan lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe” (Mt 23,23) “Ustedes han hecho de la Casa de mi Padre una cueva de bandidos” (Jn 2,16). La espiritualidad de Jesús se funda en una experiencia novedosa: la certeza de que Dios es “su” Padre y “nuestro” Padre (Jn 20,17; Mt 6,9) la certeza de saberse gratuitamente (Jn 15,16; Mt 10,8; Mt 17,26) “Hijo muy amado de Dios”, sin más requerimientos de preceptos ni de ritos previos, sin necesidad de sacrificios u holocaustos. Todo lo cual explicará después, durante el ejercicio de su ministerio, su independencia, audacia y libertad profética frente a las tradiciones, preceptos, leyes, culto y frente a quienes detentan el poder social y religioso: “Vayan y díganle a ese zorro…” (Lc 13,32), “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18,36).

Así, la espiritualidad de Jesús, su toma de conciencia más íntima, el aliento de toda su existencia, proyecto y ministerio nace de la experiencia que tiene de Dios. Distingo y opongo aquí la palabra “experiencia” a un conocimiento meramente gnoseológico, nemotécnico, conceptual, racional de Dios. Los antepasados de Jesús en el Antiguo Testamento confesaron rasgos de Dios según cada experiencia que tuvieron de El en cada distinto momento de su historia como pueblo. Así, en tiempos de éxodo lo confesaron “Liberador” y en tiempos de reyes lo confesaron “Rey”; en tiempos de sacerdotes lo confesaron “Santo” y en tiempos de batallas lo confesaron “Dios de los ejércitos”, en tiempos buenos lo confesaron “nuestro Dios” y en tiempos malos le reclamaron el “olvido de la alianza”, etc.…

Es decir, que los rasgos conocidos y confesados de Dios en el Antiguo Testamento nacen y se fundan en una experiencia histórica concreta.
Jesús, como sus antepasados, tiene y hace de Dios una personalísima experiencia y descubre y confiesa de Dios – del mismo Dios del Antiguo Testamento – el rasgo de Padre compasivo y misericordioso (Cfr. Lc 15; Mt 20,15; Mt 18,33).

La experiencia de la “paternidad” de Dios y de su consecuente “filiación”, marca todo el temperamento, la personalidad, las actitudes, las posturas, las opciones, los hechos, las palabras, los riesgos, la pasión, muerte y resurrección de Jesús. En adelante, a partir de la toma de conciencia de Dios como Padre, Jesús se dedica a vivir como Hijo, a amar y servir a todos como hermanos, hijos del mismo Padre, por que “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13).

Esta experiencia integra todas las facetas conocidas de lo que llamamos el “ministerio público” de Jesús de Nazaret. La certeza de que Dios es Padre es el aliento de su vida, su razón de ser, de estar y obrar en el mundo, es decir, la paternidad de Dios es la clave y fundamento de su espiritualidad, llevada hasta las últimas consecuencias. (Mt 27,46).

En una elemental lectura del Nuevo Testamento es claro que, en Jesús, Dios es una experiencia histórica y cotidiana y nunca un concepto. Por ello, Jesús no predica un cuerpo doctrinal o filosófico sobre la manera de ser Dios al interior (ad intra) de sí mismo o sobre la manera de concebirlo sino que propone una “Buena Noticia” una nueva manera de ser y estar en el mundo a partir de la certeza de que Dios es Padre de todos y de que el hombre es amado por Dios como “hijo”: “Tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo” (Lc 15,31); de donde se deriva el compromiso de construir un mundo según relaciones de amor, es decir, de libertad, de solidaridad para la justicia, de reconciliación por el perdón para la paz.

La certeza de que Dios es Padre configura en Jesús un estilo de vida como “Hijo” que se manifiesta en alegría, dicha, esperanza, humildad obediencia y confianza en el amor del Padre. La paternidad amorosa de Dios es en la vida de Jesús una presencia permanente, cotidiana (Lc 5,16; Mc 6,46) que lo “anima” a vivir como Hijo.

Si bien Jesús asume y respeta las anteriores confesiones de fe vetero-testamentarias descubiertas y hechas sobre Dios se distancia de sus antepasados en cuanto que no propone ni propugna por un “sistema religioso" sino que predica una nueva y fecunda manera de ser y estar en el mundo, un nuevo estilo de vida, el de los hijos de Dios: porque ahora no somos siervos ni esclavos sino hijos, con la libertad de los hijos (Jn 15,15; Rom 8,21; Mt 17,26). Vida de hijos que responde a la ancestral pregunta por la incesante búsqueda de felicidad que palpita en cada ser humano: qué tenemos que hacer para alcanzar la vida eterna? (Lc 18,18 ; Lc 10,25).

Así, mientras el “sistema religioso” en el pueblo y en tiempos de Jesús busca dar gloria a Dios mediante el cumplimiento estricto y externo de preceptos, ritos y leyes, Jesús intenta asociar la vida de Dios con la del hombre y aproximar el hombre a la vida de Dios. La preocupación primera y fundamental de Jesús es el hombre y su bien-estar en el mundo desde la perspectiva divina, desde el horizonte de comprensión o cosmovisión de un Dios que es Padre cercano y bueno: “Por tanto, vayan y aprendan lo que significa quiero misericordia y no sacrificios”. (Mt 9,13; Mt 12,7).

Es claro, leyendo los evangelios, que esta “buena noticia” es entendida y seguida más pronto y más fácil - ayer y hoy - por quienes más necesitan de la misericordia de Dios: los pecadores, los marginados por el sistema socio-religioso establecido, los publicanos, los enfermos, las mujeres, los niños, los pobres y empobrecidos en las más variadas circunstancias… Son los que se acercan a “escuchar” a Jesús (Lc 15,1), a beneficiarse de la misericordia de Dios manifestada en las palabras y obras del Hijo.

Un segundo grupo en el auditorio de Jesús, que presenta el Nuevo Testamento, integrado por sumos sacerdotes, escribas, fariseos, ancianos, autoridades, etc.… del pueblo, detentores del poder social – que en ese momento se identifica con el poder cultual y religioso en el Templo – se acercan a Jesús para “ponerlo a prueba” (Mt 22,15s) o para encontrar pretextos y así “quitarlo de en medio”. Y es que Jesús, en su tiempo y en su pueblo se convirtió en una amenaza contra todo el statu quo que identificaba lo político-legal con lo sagrado y cultual.

Jesús llama a los hombres de su tiempo y a todo hombre y mujer de buena voluntad, a una vida digna y feliz, una vida de hijo de Dios. Jesús experimenta a Dios como un Padre preocupado por la suerte de sus hijos especialmente de los hijos más necesitados. Un Padre bueno, que corre al encuentro de sus hijos y conmovido los abraza y los colma de besos, bienes y bendiciones (Cfr. Lc 15,20; Lc 10,30s) Por ello, Jesús incluso viola leyes sagradas como la del sábado con tal de favorecer al hombre (Mt 12,1s; Mt 12,10s).

Podemos decir que la espiritualidad de Jesús es una Antropología iluminada por la Teología o una Teología concretada en una Antropología. Mejor, la espiritualidad de Jesús es una Antropología Teológica. En la espiritualidad de Jesús el amor que Dios nos da cotidianamente ha de manifestarse en el amor de los unos por los otros porque “con la medida que midáis seréis medidos” (Mt 7,2) y el culto que hemos de dar a Dios acontece en la ofrenda de nuestras vidas al servicio – con obras - de los hermanos, especialmente de los más necesitados. Por ello deja tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano (Mt 5,23). Más aun, este criterio, este estilo de vida, esta espiritualidad de hijo de Dios y hermano de los hombres define nuestra salvación o condenación: “Porque tuve hambre y me disteis de comer… En verdad os digo, cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos mas pequeños a mi me lo hicisteis” (Mt 25, 31s). Entendiendo por salvación nuestra felicidad en el aquí y ahora que se prolonga en el más allá de la historia.

Más aún, las relaciones humanas y la construcción del mundo como un espacio posible de felicidad para el hombre, para todos los hombres, como un “cielo nuevo en una tierra nueva” (Is 66,22) son, según Jesús, la medida de nuestra relación con Dios. Por lo que el lugar de culto a Dios ya no es el Templo sino cada ser humano, ya no el templo de piedras muertas sino el templo de piedras vivas: “No sabéis que sois templos de Dios?” (1 Cor 3,16; 1 Pe 2,5).

Todo lo anterior explica bien que Lucas, junto a todos los primeros cristianos, hayan aplicado a Jesús y a su misión las palabras de Isaías cuando lee aquel pasaje que dice: “El Espíritu del Señor está sobre mi y me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4,16).

Jesús, pues, no invita a buscar a Dios como una tarea de corte intelectual e intimista y pietista sino que invita a la construcción del reinado de Dios: “Busquen primero el reinado de Dios y su justicia” (Mt 6,33); es decir, la Soberanía de Dios en la historia. Buscar el reino de Dios es construir espacios de vida en el mundo donde Dios sea soberano en la medida en que los hombres se aman como hermanos en el reconocimiento de que son todos hijos de Dios que es Padre bueno, compasivo y misericordioso (Lc 11,13). Espacios que son profundamente “divinos” cuando son profundamente “humanos”, es decir, si contribuyen a una vida más digna y feliz para todo hombre que viene a este mundo. Todo lo cual supone justicia, solidaridad, libertad, paz y pan.

Por ello, también, cuando invita a la conversión, es decir, al “regreso” a la casa de Dios, insólita y escandalosamente para el auditorio de su tiempo, Jesús invita a “regresar” al hermano y a construir condiciones de justicia: “Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres y si engañé a alguno le devolveré cuatro veces más” (Lc 19,8). Así, según Jesús, la “santificación” del mundo sucede cuando acontece su “humanización”.

A esta experiencia espiritual es a la que Jesús nos invita e invita a sus discípulos de todos los tiempos. Más aún, la novedad de nuestra vida cristiana se autentica, según lo entendieron los primeros cristianos y así lo vivieron, celebraron, confesaron y consignaron por escrito (Cfr. Hc 2,42; 4,32), cuando somos capaces de llamar a Dios Padre (Gal 4,6) y de amarnos los unos a los otros como hermanos, pues “sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos” (1 Jn 3,14s). Es decir, cuando somos capaces de vivir en y por la misma espiritualidad de Jesús.

lunes, 6 de octubre de 2008

“Tu palabra es antorcha para mis pasos, luz para mi sendero”. (Sal 119, 105)

En carta del 8 de febrero del 2008, el Reverendo Doctor Dennis C. Dickerson, Ph.D., Presidente de la Junta de Directores de la AMERICAN BIBLE SOCIETY confirmó - por intermedio de Su Excelencia Nikola Eterović, Arzobispo Titular de Sisak y Secretario General del Sínodo de los Obispos - la oferta hecha con anterioridad a Benedicto XVI de elaborar y publicar una edición especial de la Biblia Políglota – Biblia Polyglotta.

El Contexto


Dicha edición especial multilingüe de la Biblia ha sido pensada como un obsequio de la AMERICAN BIBLE SOCIETY al Papa y a todos los participantes en la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos Católicos que tendrá lugar del 5 al 26 de octubre del 2008 en la Ciudad del Vaticano y que tendrá como tema La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia. Biblia Políglota que, según los acuerdos logrados entre la AMERICAN BIBLE SOCIETY y el Vaticano presentará el Antiguo Testamento en cinco idiomas: hebreo-arameo, griego, latín, inglés y español, y el Nuevo Testamento, a su vez, en cuatro idiomas: griego, latín, inglés y español.

El Texto

Para lograr este grande y noble empeño fue necesaria la compra, por parte de la AMERICAN BIBLE SOCIETY, de los derechos de autor en las diversas versiones y lenguas antes mencionadas a las siguientes casas editoriales:

  • La Biblia Hebraica Stuttgartensia, Edited by Karl Elliger and Wilhelm Rudolph / 1977 and 1997 Deutsche Bibelgesellschaft, Stuttgart.
  • La Septuaginta, Edited by Alfred Rahlfs / 2006 Deutsche Bibelgesellschaft, Stuttgart.
  • The Catholic Edition of the Revised Standard Version of the Bible, 1965, 1966 National Council of the Churches of Christ in the United States of America.
  • La Biblia de Jerusalén / 1998 / Editorial Desclée De Brouwer, S.A.
  • La Nova Vulgata / 1998 – Libreria Editrice Vaticana.
  • The Greek New Testament / 1993 Deutsche Bibelgesellschaft, Stuttgart.

Esta edición de la Biblia está siendo elaborada en la imprenta bíblica de la Sociedad Bíblica Brasilera que, con financiación de la AMERICAN BIBLE SOCIETY, funciona en Brasil. Imprenta que es considerada como la segunda en importancia en el mundo por su elaboración e impresión de Biblias que alcanza a 6.000.000 millones de unidades anualmente. La primera y más grande imprenta bíblica está en la China, la cual ha elaborado e impreso unos 50.000.000 millones de unidades en los últimos 25 años. Localizada en la Ciudad de Nanjing y propiedad de la Sociedad Bíblica China esta imprenta funciona con una importante participación e inversión del gobierno chino y de la AMERICAN BIBLE SOCIETY.

La Biblia Políglota, conmemorativa del Sínodo de los Obispos, ha sido pensada no como una edición de difusión popular pero sí como una edición con textos que puedan ser utilizados en las asambleas litúrgicas y con valor académico, exegético. Se trata de una edición de la Biblia contenida en más 3220 páginas con un ejemplar de lujo exquisitamente elaborado en cuero y ornamentado en oro y plata, dedicado al Papa Benedicto XVI. La presentación final de esta edición especial de la Biblia Políglota está avalada y aprobada por la AMERICAN BIBLE SOCIETY y la LIBRERÍA EDITRICE VATICANA. Se trata, por otra parte, de una edición que el Papa Benedicto XVI desea usar como regalo a jefes de estado y personalidades que le visiten en el Vaticano.

La American Bible Society

El proyecto de la BIBLIA POLIGLOTA se justifica en el ser y la identidad de la AMERICAN BIBLE SOCIETY definida como una institución cuya misión consiste en proporcionar la Biblia en los más diversos ambientes del mundo y a la mayor cantidad posible de personas, de tal modo que todos puedan tener acceso – de una manera inteligible - a la Revelación de Dios y experimentar transformaciones mediante la adecuación de sus vidas a la Palabra de Dios consignada en las Sagradas Escrituras.

La AMERICAN BIBLE SOCIETY, fundada hace 192 años, es la organización interconfesional más antigua y prestigiosa en los Estados Unidos. La AMERICAN BIBLE SOCIETY no es una iglesia ni está asociada a ninguna iglesia o denominación cristiana en particular, sin embargo y debido a los orígenes protestantes de la historia de esta Nación, se entiende que en el transcurso de los años la AMERICAN BIBLE SOCIETY haya sido percibida como una institución que ha servido y sirve más a las hermanas iglesias separadas que a la Iglesia Católica.

LA AMERICAN BIBLE SOCIETY tampoco toma parte en las discusiones teológicas doctrinales de cualquier iglesia o credo. Ejerce, de esta manera, libre y ecuménicamente el ministerio bíblico al cual está consagrada y sirve en la propagación de la Palabra de Dios a todos los creyentes en Cristo.

La Evangelización: tarea de todos, tarea Ecuménica.

En palabras de Monseñor Eterovic, LA BIBLIA POLIGLOTA cuya presentación está destinada a “redescubrir las riquezas de la Palabra de Dios, que se manifiesta de forma completa en la Persona de Jesucristo, la Palabra Eterna Encarnada, y su perenne importancia en la vida de la Iglesia, de las comunidades eclesiásticas, de la sociedad en general y de cada creyente” es una edición de carácter ecuménico puesto que sus textos, todos con el imprimatur y el nihil obstat de la Iglesia Católica, proceden – como el texto en ingles - del Consejo de Iglesias Protestantes y de las Sociedades Bíblicas Unidas. Es enorme, pues, el valor simbólico y el aporte que esta iniciativa de la AMERICAN BIBLE SOCIETY representa en la tarea ecuménica, la tarea de todos los creyentes en Cristo: impregnar el mundo con los valores del Evangelio.

Por encima de nuestras historias fundacionales, más allá de nuestras tradiciones y de nuestras diferencias en el terreno de lo doctrinal, de lo litúrgico y de las distintas expresiones religiosas, LA BIBLIA POLIGLOTA confirma, posibilita, engrandece y enriquece un acuerdo común entre todos los cristianos y una intención relevante en el interés ecuménico del pontificado de Benedicto XVI: la centralidad que ha de tener la Palabra de Dios en nuestras historias personales, eclesiales y sociales.

Los cristianos nos alegramos por esta iniciativa bíblica que contribuye de manera muy significativa al deseo de nuestro Señor: “ Que todos sean uno”.

(Production details of the Polyglot Bible: http://groups.google.com/group/mr-marios-reflections/web/biblia-polyglotta?hl=en)

viernes, 19 de septiembre de 2008

La Fuente de la Espiritualidad Cristiana
Una lectura de “el Padre Nuestro”

En un encuentro como éste, en el que se me ha pedido compartir con ustedes una reflexión sobre la fuente de la espiritualidad cristiana conviene, primero que todo, definir los términos principales en el título del tema que nos ocupa. Es decir, definir qué entendemos por “espiritualidad” y qué es lo específico “cristiano”, en la vida de un creyente en Cristo.

El término “espiritualidad” se refiere – en todos los estados, situaciones, estilos de vida y credos - a una “toma de conciencia” reflexiva sobre lo más íntimo y más propio del mismo ser humano que la realiza, de su más íntima y honda identidad personal y de su razón de ser en el mundo. En dicha toma de conciencia – realizada según diversos métodos a lo largo de la historia de la humanidad y especialmente de las grandes religiones – el ser humano, volcado sobre sí, termina abriéndose al mundo que lo circunda, a los otros, a lo divino y respondiendo a grandes interrogantes sobre el origen, misión y destino final de su propio ser y existencia y de la de los demás. Por ello, digámoslo sólo de paso, de estas sucesivas tomas de conciencia personales y/o comunitarias, nacen - y, al mismo tiempo, de ellos se nutren - los sistemas filosóficos y teológicos.

En el caso de la religión cristiana, este viaje a la interioridad del hombre y sus circunstancias, se realiza mediante lo que llamamos “oración”, entendida ésta como una toma de conciencia del propio ser humano que – abierto al mundo y al Trascendente - resulta percibiéndose y reconociéndose como creatura, como ser finito, como dependiente de una presencia amorosa creadora que todo lo invade, que todo lo circunda, que todo lo llena, a la que llamamos “Dios”. Toma de conciencia que genera, en quien la realiza, un particular “estilo de vida”. Es decir, que la “toma de conciencia” en la oración cristiana que parecería, en un primer estadio, un asunto meramente gnoseológico, intelectual, se transforma luego, y a partir de ella, en una práctica cotidiana de vida, con sus propias y definidas características y validada o invalidada por los frutos.

Y si decimos, que en la vida cristiana la toma de conciencia o “espiritualidad” se realiza mediante la oración, el episodio y enseñanza del “el Padre nuestro” por parte de el mismo Jesús a sus discípulos, tan conocido por todos y presente en los evangelios de Mateo (6, 9 -13) y Lucas (11,2 - 4), es - evidentemente - el que más ayuda cuando pretendemos reflexionar y responder a la pregunta por la identidad, por lo específicamente “cristiano” en la vida de los hombres y mujeres creyentes en Cristo.

Baste por ahora notar que el padre nuestro Mateano se encuentra inserto en el discurso evangélico conocido como “el Sermón del Monte”; el cual, dicen los exegetas y hermeneutas bíblicos, recoge y contiene la mayor cantidad “de las mismísimas palabras del Señor”, tal como Jesús debió pronunciarlas en su momento y, por ello mismo, la sección evangélica menos “contaminada” tanto por la mentalidad veterotestamentaria presente aún en los autores de los evangelios (judíos recién convertidos) como por la “intencionalidad teológica” o plan del evangelista o de la comunidad cristiana que nos transmitió el texto bíblico.

El Padre nuestro Lucano, por su parte, responde a la solicitud que uno de sus discípulos, viéndole - como otras tantas veces - orar, hace a Jesús: “Señor, enséñanos a orar…”. Lo cual puede leerse también como: “Señor enséñanos tu secreto, el secreto de tu intimidad, de tu “espiritualidad”, la fórmula más íntima de tu vida en relación con Dios, con el mundo y con los demás… Señor, enséñanos tu toma de conciencia más profunda de la cual manan y desde la cual se entienden tu relación con Dios, toda tu experiencia cotidiana de vida, tus hechos y tus palabras….” Según esta interpretación, “el Padre nuestro” es, entonces, el condensado y síntesis de la mismidad de Jesús, de su esencia interior, de su “espiritualidad”, de todo el Evangelio, de los evangelios, de todo el Nuevo Testamento y, por ello mismo, “el Padre nuestro” se convierte en norma de la espiritualidad de quien se sabe discípulo de Cristo.

Así pues, me propongo aquí hablar sobre la espiritualidad del cristiano desde la espiritualidad de Jesús. Me propongo disertar sobre la “espiritualidad cristiana” reflexionando sobre la espiritualidad de Jesús de Nazaret implícita y hecha síntesis elemental pero fundamental en “el Padre nuestro”. Aceptando que “el Padre nuestro”, como todo texto humano, es susceptible de diversas miradas o enfoques dependiendo del contexto desde el cual se realiza la lectura, quiero aquí - como especial aporte y énfasis en el Año Paulino convocado recientemente por Benedicto XVI y en el que nos encontramos - referirme a la lectura asumida, vivida, padecida, reflexionada, predicada y sistematizada que de Jesús, de su Evangelio, hecho síntesis en “el Padre nuestro”, hizo el apóstol de Tarso y que hoy podemos intuirla, sospecharla y saborearla en su “Teología” consignada en sus escritos.

Padre…

Nunca antes en la historia hombre alguno llamó de esta manera a Dios o se relacionó así con el Creador. “Abba”: “Padre”, es un término hebreo que reviste total confianza, total dependencia, total ternura. Llamar a Dios “Padre” significa, además de una profanación en la mentalidad bíblica del momento, inaugurar una nueva imagen de Dios pero, especialmente, un nuevo tipo de relación, de ligazón, de “religión” con Dios. Tratar, vivir, revelar y anunciar a Dios con rostro, rasgos y tratamiento de “Padre”, distinto – y en algunos casos hasta contradictorios con los rasgos de Dios confesados en el Antiguo Testamento - es el aporte más novedoso de Jesús, su mejor y mayor “Buena Noticia” para el mundo. El Dios del Antiguo Testamento revelado en Jesucristo es “Padre” y toda novedad implica, simultáneamente, una ruptura con el pasado.

Años después de la experiencia histórica de Jesús de Nazaret testificada por sus discípulos y cuantos le conocieron, vieron y escucharon personalmente, Pablo de Tarso dirá que la vida del cristiano se caracteriza por “poder llamar a Dios, como Jesús mismo lo hizo, Abba, Padre”: “La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: Abba, Padre!. De modo que ya no eres esclavo sino hijo…” (Gal 4,6ss),

Vida de hijos!

Por lo tanto, somos “hijos de Dios”. Al tratamiento y revelación de Dios como “Padre” corresponde, en consecuencia, un reconocimiento de nuestra filiación divina. Jesús llama a Dios Padre porque se reconoce su “Hijo” y se le confiesa, en todo el Nuevo Testamento, como “el Hijo”: “Este es mi Hijo amado….” (Mt 3,17), “Nadie conoce al Padre sino el Hijo…” (Mt 11, 27)

Jesús nos enseña a relacionarnos con Dios como “Padre” y, a ello, corresponde, un estilo de vida cotidiana de “hijos” semejantes al “Hijo”: “Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo” (Rm 8,29). Vida de “hijos” que se caracteriza por la humilde obediencia, la incondicional confianza en el poder y la compasión del Padre, la gratitud con el Padre y la alegre esperanza en el poder y el amor del “Padre bueno del cielo”: “Subo a mi Padre y vuestro Padre…” (Jn 20, 17), “Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso…” (Mt 6, 32), “Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados…” (Mt 10,30)

Más aún, podríamos decir aquí que “las Bienaventuranzas” describen bien el perfil y el programa de vida de uno que tiene “espíritu de pobre”, un hijo, un discípulo, uno que ha reconocido en su vida a Dios como Padre y - manso, misericordioso, limpio de corazón y con hambre y sed de justicia - se convierte en perseguido, trabajando por la paz, a ejemplo del mismo Hijo Jesús.

Todo lo cual significa que Jesús, al tiempo que revela a Dios como “Padre” revela y eleva al hombre a la condición de vida y dignidad de “hijo” de Dios.

Pablo – como Jesús mismo - entiende que esta novedosa condición y vida de hijo, y el “hijo”, según Pablo, es el “hombre nuevo”, el hombre resucitado, el hombre en Cristo - difiere enormemente de la vida de “esclavo” anterior al acontecimiento Cristo: “No os llamo ya siervos porque el siervo no sabe lo que hace su amo…” (Jn 15,15), “…para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios…” (Rm 8,21), “Así que, hermanos, no somos hijos de la esclava sino de la libre” (Gal 4,31), “Por tanto, libres están los hijos.” (Mt 17,26). “Porque la ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte” (Rm 8,2ss).

La espiritualidad cristiana, entonces, define y acompaña en el hombre una vida con estilo propio: el estilo de vida de los “hijos de Dios”, el mismo estilo de vida vivido y enseñado por el Hijo (con mayúscula): Jesús de Nazaret.

La espiritualidad cristiana es, con lo dicho hasta aquí, un itinerario, un seguimiento, una discipulatura que consiste en hacernos hijos semejantes al Hijo para, por El, con El y en El, llegar al Padre y hacernos “a su imagen y semejanza” (Gn 1, 26): “El que me ha visto a Mi ha visto al Padre” (Jn 14,9), “Sed pues imitadores de Dios como hijos queridos…” (Ef 5 ,1), “Para que seáis hijos de vuestro Padre celestial…” (Mt 5,45)

Es a este camino de ir haciéndonos semejantes al Hijo al que la Teología llama proceso de “Cristificación” (hijos en el Hijo) hasta poder gritar como Pablo: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20).

Y cuando esta vida se va logrando en el “ya pero todavía no” de nuestra historia cotidiana, personal y comunitaria, va ocurriendo - al mismo tiempo - el proceso de “Trinitización”: la humanidad entera se encamina, entra, llega al Padre, por el Hijo, en el Espíritu y todo el Cosmos, “ la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto” (Rm 8,22) hasta que ésto suceda”, hasta “que “ Dios sea todo en todo” (1 Cor 15,28).

La espiritualidad cristiana, digámoslo de la manera más directa, es un itinerario, un estilo de vida, que consiste en hacernos semejantes al Padre, compasivos y misericordiosos como El mismo, “que hace salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos” (Mt 5,45), haciéndonos semejantes al Hijo. Esta es nuestra vocación primera, esta es nuestra primera llamada, nuestra más importante tarea intra-histórica: “hacernos hijos de Dios” (Jn 1,12)

Nuestro…

Y si los que recitamos “el Padre nuestro” decimos “nuestro” eso significa que somos todos hijos del mismo Padre y, en consecuencia, “hermanos”. Al reconocimiento de Dios como “Padre” corresponde el reconocimiento de que somos sus “hijos” y, entonces, “hermanos” entre nosotros.

La espiritualidad cristiana por ello pide y predica una relación fraterna con todos… Más aún, en la relación/religión con los otros se encuentra la medida “cristiana” de la relación/religión con Dios: “ Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda “ (Mt 5, 23-24. Por tanto, “Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo’ (Lc 6,36), porque “Con la medida que midáis se os medirá y aun con creces” (Mc 4,24).

Y no sólo eso: el cristiano entiende que la autenticidad de su espiritualidad, de su discipulatura, de toda su vida, consiste en tener como programa permanente de vida el hacer en todo la voluntad del Padre que, revelada por el Hijo, consiste en que nos amemos los unos a los otros. “Que como Yo os he amado así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos si os tenéis amor los unos a los otros “(Jn 13,34ss) porque “nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte” (1 Jn 3,14) y “quien no ama no ha conocido a Dios porque Dios es amor” (1 Jn 4,8).

Mandamiento del amor vivido con obras y dedicación especial a quienes más lo necesitan: los más débiles, los desposeídos, los pecadores, los pobres y empobrecidos, los marginados y despreciados de la tierra, los excluidos de la sociedad y de sus oportunidades: “Yo te bendigo Padre…porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños…” (Mt 11,25), “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos mas pequeños, a mi me lo hicisteis…” (Mt 25,40) porque “ ha escogido Dios mas bien lo necio del mundo, para confundir a los sabios, y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es” (1 Cor 1, 27ss), “…derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes…”(Lc 1,50).

“Hijo y Hermano de todos”: ‘este fue Jesús y esto es lo que ha de ser y hacer cotidianamente y en cada estado de vida y circunstancia cada hombre y mujer que se llama “cristiano”. Esta es una nueva visión de Dios, del hombre y del mundo. Porque cuando el hombre pretende desaparecer a Dios del escenario de la historia o vivir a espaldas de El, se convierte - a falta de reconocerse “hijo” - en un ser soberbio, capaz de las mayores atrocidades y en un competidor y enemigo de todos.

La espiritualidad cristiana, entonces, permite la convivencia humana mediante la “fraternidad”, manifestada en perdón, verdad, libertad, solidaridad, justicia, paz, vida abundante.

Quedan así, en las dos primeras palabras de “el Padre nuestro”, superados el odio, la violencia, la venganza, las divisiones, toda clase de mal y la muerte en sus mil manifestaciones y se impone la vida y una “vida abundante”.(Jn 10,10) porque “Dios no es un Dios de muertos sino de vivos”. (Mt 22,32).

La espiritualidad cristiana es así, un itinerario de hijos de Dios que lo testifican y manifiestan cuando, con obras, aman a todos como hermanos. Santiago, con la misma conciencia de los primeros cristianos entre los cuales despunta Pablo, lo dice tajantemente: “Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario y alguno de vosotros les dice: “Idos en paz, calentaos y hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, de que sirve? Así también la fe si no tiene obras, está realmente muerta” (St 2,15-17)

El resto de “el Padre nuestro” es un hermoso rosario de frases que repiten las dos primeras palabras. Es decir, enfatizan en la fundamental enseñanza confirmada en la vida y Buena Nueva de Jesús para todo hombre y mujer que viene a este mundo: Dios es “Padre” bueno, nosotros somos sus “hijos” y, por tanto, “hermanos” entre nosotros; llamados a vivir en el “amor” que se manifiesta en “obras”, especialmente con los más “pequeños”, como Dios mismo ama, nos ama. Sí, ésta es la síntesis de la vida de Jesús de Nazaret, de su evangelio, de todo su ministerio en hechos y palabras. Jesús vivió como “Hijo” de Dios y “Hermano” de todos.

Desde entonces, la espiritualidad y vida de sus discípulos consiste en que vivamos en una relación filial con Dios y fraterna con los demás.

Que estás en la tierra como en el cielo…

Porque la vida cristiana consiste en acercar el más allá al más acá de nuestra historia cotidiana. En construir la vida eterna para el más allá desde el aquí y ahora de nuestra historia presente. En construir un cielo nuevo en una tierra nueva (Is 66,22). Y Dios está en el cielo, es decir, en el lugar donde se vive y construye su voluntad, su soberanía: donde los hombres se aman como hermanos en reconocimiento de que son todos hijos e hijas del mismo Dios-Padre.

Y si el cielo es causa de nuestra más grande inquietud y de nuestra búsqueda incesante mientras peregrinamos en la tierra, entonces el cristiano – como Pablo - entiende que su mayor anhelo, siempre inacabado de felicidad, coincide con la salvación ofrecida por Jesucristo a todos los de buena voluntad. Porque, como dice S. Agustín, “Dios nos creó para El y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en El”.

Salvación-Felicidad que consiste en que vivamos todos como hijos de Dios en el amor de los hermanos. Este es el cielo en la tierra, esta vida es la que nos salva, esta es la vida eterna, esta es la vida plena, esta es la vida feliz que comienza ahora y se abre al más allá definitivo en Dios. Por eso Pablo puede exclamar: “Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo…”(Filip 3,8).

La espiritualidad cristiana consiste entonces en ser felices viviendo en seguimiento de Cristo: el Hijo de Dios y hermano de todos. La espiritualidad cristiana nos desafía a vivir “en la tierra como en el cielo”. Entonces… “Qué hacéis ahí plantados, mirando al cielo?” (Hc 1,11).

Santificado sea tu nombre…

Y lo santificamos cuando vivimos como hijos de Dios y hermanos los unos de los otros, cuando vamos construyendo cielo en la tierra. Así, la Santidad del sólo Santo que es Dios de Amor pide nuestra santidad vivida en el amor: amor a Dios en sus hijos, nuestros hermanos.

La espiritualidad cristiana es un itinerario de santificación: santificando el nombre de Dios cuando santificamos nuestro mundo de relaciones.

Venga tu reino…

Que seas Tú el Soberano de nuestras historias personales y comunitarias. Que vayamos construyendo el mundo según tu sabiduría, según los criterios y valores del Evangelio de tu Hijo Jesucristo. Y Dios reina y es Soberano en el mundo cuando somos capaces de amarnos los unos a los otros en el reconocimiento de que somos hermanos hijos del mismo Padre.

La espiritualidad cristiana es una toma de conciencia de nuestro ser creatural que nos pone en relación con Dios como Creador, revelado por Jesús de Nazaret con rostro de “Padre” bueno y misericordioso. Esta toma de conciencia nos permite desarrollar todo lo divino, lo bueno y verdadero que hay en nuestra humanidad “a imagen y semejanza de Dios”.

La espiritualidad cristiana toma conciencia de nuestra existencia abierta a lo divino, al Trascendente, necesitada del amor compasivo del Padre y, al mismo tiempo, de la necesidad que Dios tiene del hombre, de cada uno de nosotros, en la construcción de su Reinado en la Historia.

Hágase tu voluntad…

Que hagamos lo que Tú quieres y no nuestros caprichos e intereses casi siempre egoístas, mezquinos. La voluntad de Dios consiste en que nos amemos los unos a los otros. Para los discípulos de todos los tiempos, el Evangelio nos pide “hacer” más que “decir”, vivir en coherencia con lo que creemos y practicar lo que predicamos. Así, el Reinado de Dios se construye mediante el cumplimiento de su voluntad que se manifiesta en obras, en frutos. “No el que dice “Señor, Señor” sino el que hace la voluntad del Padre…” (Mt 7,21), “Id, pues, a aprender qué significa aquello de: misericordia quiero y no sacrificios…” (Mt 9,13) porque “el que hace la voluntad de mi Padre ese es mi hermano, mi hermana, mi madre” (Mt 12,49) y “por sus frutos los conoceréis” ( Mt 7,16).

Bien podemos decir que el programa de la vida de Jesús consistió en “hacer” siempre la voluntad del Padre, desde su más tierna infancia hasta el momento supremo de su pasión-muerte en cruz: “No sabias que yo debo ocuparme de los asuntos mi Padre?”(lc 2,49) , “…Padre… que no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mt 26,39). De la misma manera, el discípulo que escucha el Evangelio y hace la voluntad del Padre, poniéndola en práctica, construye sobre roca (Lc 6,48).

La espiritualidad cristiana consiste en construir la Soberanía de Dios en nuestro mundo personal y social haciendo la voluntad de Dios revelada en Jesucristo: “que nos amemos los unos a los otros”.

Danos “nuestro” pan…


Llegados aquí, conviene anotar que “el Padre nuestro” está enseñado y consignado en plural porque la vida del cristiano, ya quedó dicho, se autentica en la vida-en-relación con los otros; y así como no decimos: “mi Padre” o “Padre mío” tampoco decimos el pan “mío”.

Pedimos en plural para dárnoslo, para partirlo, compartirlo, repartirlo… En la posibilidad de entregar el pan y la propia vida - porque hay quienes más tienen y más pueden dar y hay quienes menos tienen y pueden recibir – está la posibilidad de construir fraternidad, de hacer la voluntad del Padre, de santificar su nombre, de construir su reinado.

Engañamos a Dios cuando le pedimos pan (y todo lo que sabe a pan: el techo, la familia, la educación, la salud, las relaciones fraternas, toda clase de oportunidades de humanización en la sociedad) en plural y, una vez obtenido, lo manejamos en singular, lo acaparamos egoístamente generando así, toda clase de inequidades, injusticias, violencias y muerte.

Pero el mandato de Jesús para sus discípulos de todos los tiempos sigue vigente: “Dadles vosotros de comer…que nada se desperdicie” (Mc 6,37ss), “Lo que gratis habéis recibido dadlo gratis” (Mt 10, 8). De tal manera que mientras un solo hombre pase hambre o cualquier tipo de necesidad el Evangelio continúa desafiándonos. Así lo entendió Pablo, junto a todos los primeros cristianos: (Cfr. El testimonio de las primeras comunidades cristianas en Hc 2,42ss; 4,32ss y 1 Cor 11,17ss).

La espiritualidad cristiana se vive “en plural” porque pide la construcción de un mundo en fraternidad. Así, el cristiano vive con la certeza de que más que pan lo que falta es amor.

De cada día…

Para que cada día recordemos, confiados, que tenemos un Padre que nos ama, que somos sus hijos. Porque cuando acumulamos y acaparamos - y, con ello, torcemos el querer de Dios, su plan salvífico - corremos el riesgo de olvidarnos de Dios como Padre y de los otros como hermanos. (Cfr. Lc 12,20)

Como nosotros perdonamos…

Somos hijos de Dios y somos hermanos pero somos distintos, diversos. Porque la obra creadora de Dios no es aburrida ni monótona, sino multicolor. Con una diversidad que no amenaza sino que posibilita el enriquecimiento mutuo. Por ello, en “cristiano”, el perdón es posibilidad y condición única de convivencia humana. El perdón es la manifestación más clara del amor y de la paz evangélica; paz que nace del perdón, entendiendo la “paz” como un estado de “vida abundante” producto de las mil bendiciones de Dios sobre el hombre: “Mi paz os dejo, mi paz os doy pero no os la doy Yo como la da el mundo” (Jn 14,27, también Jn 20,22), “No podías tú tener compasión de tu hermano como yo tuve compasión de ti?” (Mt 18,23ss),

Otra vez, en “cristiano”, la medida de nuestra relación/religión con Dios se mide por nuestras relaciones con los demás. Así, el perdón de Dios al hombre está en relación directa con nuestra capacidad de perdonar, de con-vivir como hermanos los unos con los otros: “Perdonad y seréis perdonados” (Lc 6,37), “Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas” (Mt 6,14).

La espiritualidad cristiana es un itinerario de perdón para posibilitar todo “el Padre nuestro”; porque es mediante el perdón que santificamos el nombre de Dios, que hacemos su voluntad, que construimos su reinado y que somos capaces de compartir el pan cotidiano.

Líbranos de la tentación y el mal…

La espiritualidad cristiana no ignora la experiencia del mal sino que la reconoce, la acepta, la “encarna”, la asume para salvarla, para redimirla, para transformarla, para iluminarla, para santificarla. Porque la luz tiene sentido, presta todo su servicio, brillando en medio de las tinieblas (Cfr. Mt 5,14ss)

El cristiano vive su espiritualidad en medio de la tentación y el mal y entiende que no hay mayor experiencia de mal en el mundo que la tentación de no reconocer a Dios como Padre y, por ello, no reconocernos sus hijos y – en consecuencia – tampoco, hermanos entre nosotros. Este conflicto moral fue descrito magistralmente por Pablo cuando, desde su propia experiencia, exclama: “Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero sino que hago lo que aborrezco” (Rm 7,15);

Pero “en todo esto salimos vencedores gracias a Aquel que nos amó” (Rm 8,37) primero. Por ello, “llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros. Atribulados en todo, mas no aplastados; perplejos, mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados” (2 Cor 4,8ss).

La espiritualidad cristiana como vida de hijos, como experiencia cotidiana de “el Padre nuestro” consiste en superar la tentación y vencer el mal en el mundo mediante el amor que brota del reconocimiento de que Dios nos ama como Padre bueno y nos pide que su amor sea vivido y manifestado en la experiencia de la fraternidad: “Vence el mal a fuerza de bien”(Rm 12,21) con la confianza puesta siempre en Cristo que nos dice “En el mundo tendréis tribulación. Pero ánimo!: Yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).

Digamos finalmente que la fuente de la espiritualidad cristiana, mientras peregrinamos en este mundo, es la misma vida de Cristo hecha vida en nosotros. Hasta poder decir como Pablo de Tarso: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20); por lo que el mismo Apóstol exclama: “Ya no vivo yo es Cristo quien vive en mí (Gal 2,20).

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Esta disertación está inspirada en: ROA CARDENAS, Mizael A. JESÚS Y SU ESPIRITUALIDAD EN EL SERMÓN DEL MONTE. Apuntes para la Monografía de la Licenciatura en Teología / PUJ – Bogotá, Colombia. 1986. 112 Págs.